Incorporados al batallón de Extremadura, se nos llevó por la calle
de Palomar hasta la plaza de la Magdalena, desde donde oímos fuerte
estrépito de combate hacia el extremo de la calle de Puerta Quemada.
Como nos habían dicho, el enemigo procuraba extenderse por la calle de
Pabostre para apoderarse de Puerta Quemada, punto importantísimo que le
permitía enfilar con su artillería la calle del mismo nombre hasta la
plaza de la Magdalena; y como la posesión de San Agustín y las Mónicas
les permitía amenazar aquel punto céntrico por el fácil tránsito de la
calle de Palomar, ya se conceptuaban dueños del arrabal. En efecto: si
los de San Agustín lograban avanzar hasta las ruínas del Seminario,
y los de la calle de Pabostre hasta Puerta Quemada, era imposible
disputar á los franceses el barrio de Tenerías.
Después de una breve espera, nos llevaron á la calle de Pabostre; y
como la lucha era combinada entre el interior de los edificios y la
vía pública, entramos por la calle de los Viejos á la primera manzana.
Desde las ventanas de la casa en que nos situaron no se veía más que
humo, y apenas podíamos hacernos cargo de lo que allí pasaba; mas luego
advertí que la calle estaba llena de zanjas y cortaduras de trecho en
trecho, con parapetos de tierra, muebles y escombros.
Desde las ventanas se hacía un fuego horroroso. Recordando una frase
del mendigo cojo _Sursum Corda_, puedo decir que nuestra alma era toda
balas. En el interior de las casas corría la sangre á torrentes. El
empuje de la Francia era terrible; y para que la resistencia no fuese
menor, las campanas convocaban sin cesar al pueblo; los Generales
dictaban órdenes crueles para castigar á los rezagados; los frailes
reunían gente de los otros barrios, trayéndola como en traílla, y
algunas mujeres heróicas daban el ejemplo, arrojándose en medio del
peligro, fusil en mano.
Día horrendo, cuyo rumor pavoroso retumba sin cesar en los oídos del
que lo presenció, cuyo recuerdo le persigue, pesadilla indeleble de
toda la vida. Quién no vió sus excesos, no oyó su vocerío y estruendo,
ignora con qué aparato externo se presenta á los sentidos humanos
el ideal del horror. Y no me digáis que habéis visto el cráter de un
volcán en lo más recio de sus erupciones, ó una furiosa tempestad en
medio del Océano, cuando la embarcación, lanzada al cielo por una
cordillera de agua, cae después al abismo vertiginoso; no me digáis que
habéis visto eso, pues nada de eso se parece á los volcanes y á las
tempestades que hacen estallar los hombres, cuando sus pasiones les
llevan á eclipsar los desórdenes de la Naturaleza.
Era difícil contenernos, y no pudiendo hacer gran hostilidad desde
allí, bajamos á la calle unos tras otros, sin hacer caso de los jefes
que querían contenernos. El combate tenía sobre todos una atracción
irresistible, y nos llamaba como llama el abismo al que lo contempla
desde el vértice de elevada cima.
Jamás me he considerado héroe; pero es lo cierto que en aquellos
momentos ni temía la muerte, ni me arredraba el espectáculo de las
catástrofes que á mi lado veía. Verdad es que el heroísmo, como
cosa del momento é hijo directo de la inspiración, no pertenece
exclusivamente á los valerosos, razón por la cual suele encontrarse con
frecuencia en las mujeres y en los cobardes.
Por no parecer prolijo, no referiré aquí las peripecias de aquel
combate de la calle de Pabostre. Se parecen mucho á las que antes
he contado, y si en algo se diferenciaron fué por el exceso de la
constancia y de la energía, llevadas á un grado tal que allí acababa
lo humano y empezaba lo divino. Dentro de las casas pasaban escenas
como las que en otro lugar se refieren, pero con mayor encarnizamiento,
porque el triunfo se creía más definitivo. La ventaja adquirida en
una pieza perdíanla los imperiales en otra; la acción trabada en la
buhardilla descendía peldaño por peldaño hasta el sótano, y allí se
remataba al arma blanca, con ventaja siempre para los paisanos. Las
voces de mando con que unos y otros dirigían los movimientos dentro de
aquellos laberintos, retumbaban de pieza en pieza con ecos espantosos.
En la calle usaban ellos artillería y nosotros también: Varias veces
trataron de apoderarse con rápidos golpes de mano de nuestras piezas;
pero perdían mucha gente sin conseguirlo nunca. Acobardados al ver
que el esfuerzo empleado otra vez para ganar una batalla no bastaba
entonces para conquistar dos varas de calle, se negaban á batirse, y
sus oficiales les sacudían á palos la pereza.
Por nuestra parte no era preciso emplear tales medios y bastaba la
persuasión. Los frailes, sin dejar de prestar auxilio á los moribundos,
atendían á todo, y al advertir debilidad en un punto, volaban á llamar
la atención de los jefes.
En una de las zanjas abiertas en la calle, una mujer, más que ninguna
valerosa, Manuela Sancho, después de hacer fuego de fusil, disparó
varios tiros en la pieza de á 8. Mantúvose ilesa durante gran parte
del día, animando á todos con sus palabras y sirviendo de ejemplo
á los hombres; pero serían las tres de la tarde cuando cayó en la
zanja, herida en una pierna, y durante largo tiempo confundióse con
los muertos, porque la hemorragia la puso exánime y con apariencia de
cadáver. Más tarde, advirtiendo que respiraba, la retiramos, y fué
curada, quedando tan bien, que muchos años después tuve el gusto de
verla viva. La historia no ha olvidado á aquella valiente joven, y
además, la calle de Pabostre, cuyas mezquinas casas son más elocuentes
que las páginas de un libro, lleva el nombre de _Manuela Sancho_.
Poco después de las tres, una horrísona explosión conmovió las casas
que los franceses nos habían disputado tan encarnizadamente durante
la mañana, y entre el espeso humo y el polvo, más espeso aún que el
humo, vimos volar en pedazos mil las paredes y el techo, cayendo todo
al suelo con un estruendo de que no puede darse idea. Los franceses
empezaban á emplear la mina para conquistar lo que por ningún otro
medio podía arrancarse de las manos aragonesas. Abrieron galerías,
cargaron los hornillos, y los hombres cruzáronse de brazos, esperando
que la pólvora lo hiciera todo.
Cuando reventó la primera casa, nos mantuvimos serenos en las
inmediatas y en la calle; pero cuando con estallido más fuerte aún vino
á tierra la segunda, inicióse el movimiento de retirada con bastante
desorden. Al considerar que eran sepultados entre las ruínas ó lanzados
al aire tantos infelices compañeros, que no se habrían dejado vencer
por la fuerza del brazo, nos sentimos débiles para luchar con aquel
elemento de destrucción, y parecíanos que en todas las demás casas y en
la calle, minadas ya también, iban á estallar horribles cráteres que en
pedazos mil nos salpicarían desgarrados en sangrientos girones.
Los jefes nos detenían, diciendo:
—Firmes, muchachos. No correr. Eso es para asustaros. Nosotros también
tenemos pólvora en abundancia y abriremos minas. ¿Creéis que eso
les dará ventaja? Al contrario. Veremos cómo se defienden entre los
escombros.
Palafox se presentó á la entrada de la calle, y su presencia nos
contuvo algún tanto. El mucho ruido impidióme oir lo que nos dijo; pero
por sus gestos comprendí que quería impelernos á marchar sobre las
ruínas.
—Ya oís, muchachos, ya oís lo que dice el Capitán General—vociferó
á nuestro lado un fraile de los que venían en la comitiva de
Palafox.—Dice que si hacéis un pequeño esfuerzo más, no quedará vivo un
solo francés.
—¡Y tiene razón!—exclamó otro fraile.—No habrá en Zaragoza una mujer
que os mire, si al punto no os arrojáis sobre las ruínas de las casas y
echáis de allí á los franceses.
—Adelante, hijos de la Virgen del Pilar—añadió un tercer fraile.—Allí
hay un grupo de mujeres. ¿Las veis? Pues dicen que si no vais vosotros,
irán ellas. ¿No os da vergüenza vuestra cobardía?
Con esto nos contuvimos un poco. Reventó otra casa á la derecha, y
entonces Palafox se internó en la calle. Sin saber cómo ni por qué,
nos llevaba tras sí. Y ahora es ocasión de hablar de este personaje
eminente, cuyo nombre va unido al de las célebres prozas de Zaragoza.
Debía en gran parte su prestigio á su gran valor; pero también á la
nobleza de su origen, al respeto con que siempre fué mirada allí la
familia de Lazán, y á su hermosa y arrogante presencia. Era joven.
Había pertenecido al cuerpo de Guardias, y se le elogiaba mucho por
haber despreciado los favores de una muy alta señora, tan famosa por su
posición como por sus escándalos. Lo que más que nada hacía simpático
al caudillo zaragozano era su indomable y serena valentía, aquel ardor
juvenil con que acometía lo más peligroso y difícil, por simple afán de
tocar un ideal de gloria.
Si carecía de dotes intelectuales para dirigir obra tan ardua como
aquélla, tuvo el acierto de reconocer su incompetencia y rodeóse de
hombres insignes por distintos conceptos. Estos lo hacían todo, y
Palafox quedábase tan sólo con lo teatral. Sobre un pueblo en que tanto
prevalece la imaginación, no podía menos de ejercer subyugador dominio
aquel General joven, de ilustre familia y simpática figura, que se
presentaba en todas partes, reanimando á los débiles y distribuyendo
recompensas á los animosos.
Los zaragozanos habían simbolizado en él sus virtudes, su constancia,
su patriotismo ideal con ribetes de místico, y su fervor guerrero.
Lo que él disponía todos lo encontraban bueno y justo. Como aquellos
Monarcas á quienes las tradicionales leyes han hecho representación
personal de los principios fundamentales del Gobierno, Palafox no podía
hacer nada malo: lo malo era obra de sus consejeros. Y en realidad, el
ilustre caudillo reinaba y no gobernaba. Gobernaba el Padre Basilio,
O’Neilly, Saint-March y Butrón, clérigo escolapio el primero, Generales
insignes los otros tres.
En los puntos de peligro aparecía siempre Palafox como la expresión
humana del triunfo. Su voz reanimaba á los moribundos, y si la Virgen
del Pilar hubiera hablado, no lo habría hecho por otra boca. Su rostro
expresaba siempre una confianza suprema, y en él la triunfal sonrisa
infundía coraje como en otros el ceño feroz. Vanagloriábase de ser el
impulsor de aquel gran movimiento. Como comprendía por instinto que
parte del éxito era debido, más que á sus cualidades de General, á
sus cualidades de actor, siempre se presentaba con todos sus arreos
de gala, entorchados, plumas y veneras, y la atronadora música de los
aplausos y los vivas le halagaban en extremo. Todo esto era preciso,
pues ha de haber siempre algo de mutua adulación entre la hueste y el
caudillo, para que el enfático orgullo de la victoria arrastre á todos
al heroísmo.