Los buenos Padres nos animaban con sus exhortaciones, y alguno de
ellos, confundiéndose con nosotros en lo más apretado de las filas, nos
decía:
—Hijos míos, no desmayéis. Previendo que llegaría este caso, hemos
conservado un mediano número de víveres en nuestra despensa. También
tenemos vino. Sacudid el polvo á esa canalla. Animo, queridos jóvenes.
No temáis el plomo enemigo. Más daño hacéis vosotros con una de
vuestras miradas, que ellos con una descarga de metralla. Adelante,
hijos míos. La Santa Virgen del Pilar es entre vosotros. Cerrad los
ojos al peligro, mirad con serenidad al enemigo, y entre las nubes
veréis la santa figura de la Madre de Dios. ¡Viva España y Fernando VII!
Llegamos á la iglesia; pero los franceses, que habían entrado por la
sacristía, se nos adelantaron, y ya ocupaban el altar mayor. Yo no
había visto jamás una mole churrigueresca, cuajada de esculturas y
follajes de oro, sirviendo de parapeto á la infantería; yo no había
visto que vomitasen fuego los mil nichos, albergue de mil santos de
ebanistería; yo no había visto nunca que los rayos de madera dorada,
que fulminan su llama inmóvil desde los huecos de una nube de cartón
poblada de angelitos, se confundieran con los fogonazos, ni que tras
los pies del Santo Cristo, y tras el nimbo de oro de la Virgen María,
el ojo vengativo del soldado afinara su mortífera puntería.
Baste deciros que el altar mayor de San Agustín era una gran fábrica
de entalle dorado, cual otras que habréis visto en cualquier templo
de España. Este armatoste se extendía desde el piso á la bóveda, y de
machón á machón, representando en sucesivas hileras de nichos como
una serie de jerarquías celestiales. Arriba, el Cristo ensangrentado
abría sus brazos sobre la cruz; abajo y encima del altar, un templete
encerraba el símbolo de la Eucaristía. Aunque la mole se apoyaba en
el muro del fondo, había pequeños pasadizos interiores destinados al
servicio casero de aquella república de santos, y por ellos el lego
sacristán podía subir desde la sacristía á mudar el traje de la Virgen,
á encender las velas del altísimo Crucifijo, ó á limpiar el polvo que
los siglos depositaban sobre el antiguo tisú de los vestidos y la
madera bermellonada de los rostros.
Pues bien: los franceses se posesionaron rápidamente del camarín
de la Virgen, de los estrechos tránsitos que he mencionado; y
cuando llegamos nosotros, en cada nicho, detrás de cada santo, y en
innumerables agujeros abiertos á toda prisa, brillaba el cañón de los
fusiles. Igualmente establecidos detrás del ara santa, que á empujones
adelantaron un poco, se preparaban á defender en toda regla la
cabecera de la iglesia.
No nos hallábamos enteramente á descubierto, y para resguardarnos del
gran retablo, teníamos los confesonarios, los altares de las capillas
y las tribunas. Los más expuestos éramos los que entramos por la nave
principal; y mientras los más osados avanzaron resueltamente hacia el
fondo, otros tomamos posiciones en el coro bajo, tras el facistol, tras
las sillas y bancos amontonados contra la reja, molestando desde allí
con certera puntería á la nación francesa, posesionada del altar mayor.
El tío Garcés, con nueve de igual empuje, corrió á posesionarse del
púlpito, otra pesada fábrica churrigueresca, cuyo guarda-polvo,
coronado por una estatua de la Fe, casi llegaba al techo. Subieron,
ocupando la cátedra y la escalera, y desde allí, con singular acierto,
dejaban seco á todo francés que, abandonando el presbiterio, se
adelantaba á lo bajo de la iglesia. También sufrían ellos bastante,
porque les abrasaban los del altar mayor, deseosos de quitar de en
medio aquel obstáculo. Al fin se destacaron unos veinte hombres,
resueltos á tomar á todo trance aquel reducto de madera, sin cuya
posesión era locura intentar el paso de la nave. No he visto nada más
parecido á una gran batalla, y así como en ésta la atención de uno y
otro ejército se reconcentra á veces en un punto, el más disputado
y apetecido de todos, y cuya pérdida ó conquista decide el éxito de
la lucha, así la atención de todos se dirigió al púlpito, tan bien
defendido como bien atacado.
Los veinte tuvieron que resistir el vivísimo fuego que se les hacía
desde el coro, y la explosión de las granadas de mano que los de las
tribunas les arrojaban; pero á pesar de sus grandes pérdidas, avanzaron
resueltamente á la bayoneta sobre la escalera. No se acobardaron los
diez defensores del fuerte, y defendiéronse á arma blanca con aquella
superioridad infalible que siempre tuvieron en este género de lucha.
Muchos de los nuestros, que antes hacían fuego parapetados tras los
altares y los confesonarios, corrieron á atacar á los franceses por
la espalda, representando de este modo en miniatura la peripecia
de una vasta acción campal; y trabóse la contienda cuerpo á cuerpo
á bayonetazos, á tiros y á golpes, según como cada cual cogía á su
contrario.
De la sacristía salieron mayores fuerzas enemigas, y nuestra
retaguardia, que se había mantenido en el coro, salió también. Algunos
que se hallaban en las tribunas de la derecha, saltaron fácilmente al
cornisamento de un gran retablo lateral, y no satisfechos con hacer
fuego desde allí, desplomaron sobre los franceses tres estatuas de
santos que coronaban los ángulos del ático. En tanto el púlpito se
sostenía con firmeza, y en medio de aquel infierno, ví al tío Garcés
ponerse en pie, desafiando el fuego, y accionar como un predicador,
gritando desaforadamente con voz ronca. Si alguna vez viera al demonio
predicando el pecado en la cátedra de una iglesia, invadida por todas
las potencias infernales en espantosa bacanal, no me llamaría la
atención.
Aquello no podía prolongarse mucho tiempo, y Garcés, atravesado por
cien balazos, cayó de improviso, lanzando un ronco aullido. Los
franceses, que en gran número llenaban la sacristía, vinieron en
columna cerrada, y en los tres escalones que separan el presbiterio
del resto de la iglesia, nos presentaron un muro infranqueable. La
descarga de esta columna decidió la cuestión del púlpito, y quintados
en un instante, dejando sobre las baldosas gran número de muertos,
nos retiramos á las capillas. Perecieron los primitivos defensores
del púlpito, así como los que luego acudieron á reforzarlos, y al tío
Garcés, acribillado á bayonetazos después de muerto, le arrojaron en su
furor los vencedores por encima del antepecho. Así concluyó aquel gran
patriota que no nombra la historia.
El capitán de nuestra compañía quedó también inerte sobre el pavimento.
Retirándonos en desorden á distintos puntos, separados unos de otros,
no sabíamos á quién obedecer; bien es verdad que allí la iniciativa
de cada uno ó de cada grupo de dos ó tres era la única organización
posible, y nadie pensaba en compañías ni en jerarquías militares.
Había la subordinación de todos al pensamiento común, y un instinto
maravilloso para conocer la estrategia rudimentaria que las necesidades
de la lucha á cada instante nos iba ofreciendo. Este instintivo golpe
de vista nos hizo comprender que estábamos perdidos desde que nos
metimos en las capillas de la derecha, y era temeridad persistir en
la defensa de la iglesia ante las enormes fuerzas francesas que la
ocupaban.
Algunos opinaron que con los bancos, las imágenes y la madera de
un retablo viejo, que fácilmente podía ser hecho pedazos, debíamos
levantar una barricada en el arco de la capilla y defendernos hasta lo
último; pero dos Padres agustinos se opusieron á este esfuerzo inútil,
y uno de ellos nos dijo:
—Hijos míos, no os empeñéis en prolongar la resistencia, que os
llevaría á perder vuestras vidas sin ventaja alguna. Los franceses
están atacando en este instante el edificio por la calle de las
Arcadas. Corred allí á ver si lográis atajar sus pasos; pero no penséis
en defender la iglesia, profanada por esos cafres.
Estas exhortaciones nos obligaron á salir al claustro, y todavía
quedaban en el coro algunos soldados de Extremadura tiroteándose con
los franceses, que ya invadían toda la nave.
Los frailes sólo cumplieron á medias su oferta en lo de darnos algún
_gaudeamus_ como recompensa por haberles defendido hasta el último
extremo su iglesia, y fueron repartidos algunos trozos de tasajo y
pan duro, sin que viéramos ni oliéramos el vino en ninguna parte, por
más que alargamos la vista y las narices. Para explicar esto, dijeron
que los franceses, ocupando todo lo alto, se habían posesionado
del principal depósito de provisiones; y lamentándose del suceso,
procuraron consolarnos con alabanzas de nuestro buen comportamiento.
La falta del vino prometido hízome acordar del gran Pirli, y entonces
caí en la cuenta de que le había visto al principio del lance en una
de las tribunas. Pregunté por él; pero nadie me sabía dar razón de su
paradero.
Ocupaban los franceses la iglesia y también parte de los altos del
Convento. A pesar de nuestra desfavorable posición en el claustro bajo,
estábamos resueltos á seguir resistiendo, y traíamos á la memoria
la heróica conducta de los voluntarios de Huesca, que defendieron
las Mónicas hasta quedar sepultados bajo sus escombros. Estábamos
delirantes, ebrios; nos creíamos ultrajados si no vencíamos, y nos
impulsaba á las luchas desesperadas una fuerza secreta, irresistible,
que no puedo explicarme sino por la fuerte tensión erectiva del
espíritu y una aspiración poderosa hacia lo ideal.
Nos contuvo una orden venida de fuera, y que dictó sin duda, en su buen
sentido práctico, el general Saint-March.
—El Convento no se puede sostener—dijeron.—Antes que sacrificar gente
sin provecho alguno para la ciudad, salgan todos á defender los puntos
atacados en la calle de Pabostre y Puerta Quemada, por donde el enemigo
quiere extenderse, conquistando las casas de que se le ha rechazado
varias veces.
Salimos, pues, de San Agustín. Cuando pasábamos por la calle del mismo
nombre, paralela á la de Palomar, vimos que desde la torre de la
iglesia arrojaban granadas de mano sobre los franceses, establecidos en
la plazoleta inmediata á la última de aquellas dos vías. ¿Quién lanzaba
aquellos proyectiles desde la torre? Para decirlo más brevemente y con
más elocuencia, abramos la historia y leamos: «En la torre se habían
situado y pertrechado siete ú ocho paisanos con víveres y municiones
para hostigar al enemigo, y subsistieron verificándolo por unos días
sin querer rendirse.»
Allí estaba el insigne Pirli. ¡Oh, Pirli! Más feliz que el tío Garcés,
tú ocupas un lugar en la historia.