Al llegar á este punto de mi narración, ruego al lector que me dispense
si no puedo consignar concretamente las fechas de lo que refiero. En
aquel período de horrores, comprendido desde el 27 de Enero hasta
la mitad del siguiente mes, los sucesos se confunden, se amalgaman,
se eslabonan en mi mente de tal modo, que no puedo distinguir días
ni noches, y á veces ignoro si algunos lances de los que recuerdo
ocurrieron á la luz del sol. Me parece que todo aquello pasó en un
largo día, ó en una noche sin fin, y que el tiempo no marchaba
entonces con sus divisiones ordinarias. Los acontecimientos, los
hombres, las diversas sensaciones se reúnen en mi memoria formando
un cuadro inmenso donde no hay más líneas divisorias que las que
ofrecen los mismos grupos, el mayor espanto de un momento, la furia
inexplicable ó el pánico de otro momento.
Por esta razón no puedo precisar el día en que ocurrió lo que voy á
narrar ahora; pero fué, si no me engaño, al día siguiente de la jornada
de las Mónicas, y según mis conjeturas del 30 de Enero al 2 de Febrero.
Ocupábamos una casa de la calle de Pabostre. Los franceses eran dueños
de la inmediata, y trataban de avanzar por el interior de la manzana
hasta llegar á Puerta Quemada. Nada es comparable á la expedición
laboriosa por dentro de las casas; ninguna clase de guerra, ni las más
sangrientas batallas en campo abierto, ni el sitio de una plaza, ni
la lucha en las barricadas de una calle, pueden compararse á aquellos
choques sucesivos entre el ejército de una alcoba y el ejército de
una sala, entre las tropas que ocupan un piso y las que guarnecen el
superior.
Sintiendo el sordo golpe de las piquetas por diversos puntos, nos
causaba espanto el no saber por qué parte seríamos atacados. Subíamos
á las buhardillas; bajábamos á los sótanos, y pegando el oído á
los tabiques, procurábamos indagar el intento del enemigo según la
dirección de sus golpes. Por último, advertimos que se sacudía con
violencia el tabique de la misma pieza donde nos encontrábamos, y
esperamos á pie firme en la puerta después de amontonar los muebles
formando una barricada. Los franceses abrieron un agujero, y luego,
á culatazos, hicieron saltar maderos y cascajo, presentándosenos en
actitud de querer echarnos de allí. Eramos veinte. Ellos eran menos, y
como no esperaban ser recibidos de tal manera, retrocedieron, volviendo
al poco rato en número tan considerable, que nos hicieron gran daño,
obligándonos á retirarnos, después de dejar tras los muebles cinco
compañeros, dos de los cuales estaban muertos. En el angosto pasillo
topamos con una escalera por donde subimos precipitadamente sin saber á
dónde íbamos; pero luego nos hallamos en un desván, posición admirable
para la defensa. Era angosta la escalera, y el francés que intentaba
pasarla moría sin remedio. Así estuvimos un buen rato, prolongando
la resistencia, y animándonos unos á otros con vivas y aclamaciones,
cuando el tabique que teníamos á la espalda empezó á estremecerse con
fuertes golpes, y al punto comprendimos que los franceses, abriendo
una entrada por aquel sitio, nos cogerían irremisiblemente entre
dos fuegos. Eramos trece, porque en el desván habían caído dos muy
gravemente heridos.
El tío Garcés, que nos mandaba, exclamó furioso:
—¡Recuerno! No nos cogerán esos perros. En el techo hay un tragaluz.
Salgamos por él al tejado. Que seis sigan haciendo fuego... Al que
quiera subir, partirlo. Que los demás agranden el agujero: fuera miedo,
y ¡viva la Virgen del Pilar!
Se hizo como él mandaba. Ello iba á ser una retirada en regla, y
mientras parte de nuestro ejército contenía la marcha invasora del
enemigo, los demás se ocupaban en facilitar el paso. Este hábil plan
fué puesto en ejecución con febril prontitud, y bien pronto el hueco de
escape tenía suficiente anchura para que pasaran tres hombres á la vez,
sin que durante el tiempo empleado en esto ganaran los franceses un
solo peldaño. Velozmente salimos al tejado. Eramos nueve. Tres habían
quedado en el desván, y otro fué herido al querer salir, cayendo vivo
en poder del enemigo.
Al encontrarnos arriba, saltamos de alegría. Esparcirnos la vista por
los techos del arrabal, y vimos á lo lejos las baterías francesas. A
gatas avanzamos buen trecho, explorando el terreno, después de dejar
dos centinelas en el boquete con orden de descerrajar un tiro al que
quisiese escurrirse por él; y no habíamos andado veinte pasos, cuando
oímos gran ruido de voces y risas, que al punto nos parecieron de
franceses. Efectivamente: desde un ancho buhardillón nos miraban riendo
aquellos malditos. No tardaron en hacernos fuego; parapetados nosotros
tras las chimeneas y tras los ángulos y recortaduras que allí ofrecían
los tejados, les contestamos, á los tiros con tiros y á los juramentos
y exclamaciones con otras mil invectivas que nos inspiraba el fecundo
ingenio del tío Garcés.
Al fin nos retiramos, saltando al tejado de la casa cercana. Creímosla
en poder de los nuestros, y nos internamos por la ventana de un
chiribitil, considerando fácil el bajar desde allí á la calle, donde,
unidos y reforzados con más gente, podíamos proseguir aquella aventura
al través de pasillos, escaleras, tejados y desvanes. Pero aún no
habíamos puesto el pie en firme, cuando sentimos en los aposentos que
quedaban bajo nosotros el estruendo de repetidas detonaciones.
—Abajo se están batiendo—dijo Garcés,—y de seguro los franceses que
dejamos en la casa de al lado se han pasado á ésta, donde se habrán
encontrado con los compañeros. ¡Cuerno, recuerno! Bajemos ahora mismo.
¡Abajo todo el mundo!
Pasando de un desván á otro, vimos una escalera de mano que facilitaba
la entrada á un gran aposento interior, desde cuya puerta se oía
vivo rumor de voces, destacándose principalmente algunas de mujer.
El estrépito de la lucha era mucho más lejano, y, por consiguiente,
procedía de punto más bajo. Franqueando, pues, la escalerilla, nos
hallamos en una gran habitación, materialmente llena de gente, la mayor
parte ancianos, mujeres y niños, que habían buscado refugio en aquel
lugar. Muchos, arrojados sobre jergones, mostraban en su rostro las
huellas de la terrible epidemia, y algún cuerpo inerte sobre el suelo
tenía todas las trazas de haber exhalado el último suspiro muy pocos
momentos antes.
Otros estaban heridos, y se lamentaban sin poder contener la crueldad
de sus dolores; dos ó tres viejas lloraban ó rezaban. Algunas voces se
oían de rato en rato diciendo con angustia: «agua, agua.» Desde que
bajamos distinguí en un extremo de la sala al tío Candiola que ponía
cuidadosamente en un rincón multitud de baratijas, ropas y objetos de
cocina y de loza. Con gesto displicente apartaba á los chicos curiosos
que querían poner sus manos en aquella despreciable quincalla, y lleno
de inquietud, diligente en amontonar y resguardar su tesoro, sin que la
última pieza se le escapase, decía:
—Ya me han quitado dos tazas. Y no me queda duda: alguien de los
que están aquí las ha de tener. No hay seguridad en ninguna parte;
no hay autoridades que garanticen á uno la posesión de su hacienda.
Fuera de aquí, muchachos mal criados. ¡Oh! Estamos bien... ¡Malditas
sean las bombas y quien las inventó! Señores militares, á buena hora
llegan ustedes. ¿No podrían ponerme aquí un par de centinelas para que
guardaran estos objetos preciosos que con gran trabajo logré salvar?
Como es de suponer, mis compañeros se rieron de tan graciosa
pretensión. Ya íbamos á salir, cuando ví á Mariquilla. La infeliz
estaba transfigurada por el insomnio, el llanto y el terror; pero tanta
desolación en torno suyo y en ella misma, aumentaba la dulce expresión
de su hermoso semblante. Ella me vió, y al punto fué hacia mí con
viveza, mostrando deseo de hablarme.
—¿Y Agustín?—le pregunté.
—Está abajo—repuso con voz temblorosa.
—Abajo están dando una batalla. Las personas que nos habíamos refugiado
en esta casa, estábamos repartidas por los distintos aposentos. Mi
padre llegó esta mañana con Doña Guedita. Agustín nos trajo de comer,
y nos puso en un cuarto donde había un colchón. De repente sentimos
golpes en los tabiques... venían los franceses. Entró la tropa, nos
hicieron salir, trajeron los heridos y los enfermos á esta sala
alta... aquí nos han encerrado á todos, y luego, rotas las paredes,
los franceses se han encontrado con los españoles y han empezado á
pelear... ¡Ay! Agustín está abajo también...
Esto decía, cuando entró Manuela Sancho, trayendo dos cántaros de agua
para los heridos. Aquellos desgraciados se arrojaron frenéticamente de
sus lechos, disputándose á golpes un vaso de agua.
—No empujar, no atropellarse, señores—dijo Manuela riendo.—Hay agua
para todos. Vamos ganando. Trabajillo ha costado echarles de la alcoba,
y ahora están disputándose la mitad de la sala, porque la otra mitad
está ya ganada. No nos quitarán tampoco la cocina ni la escalera. Todo
el suelo está lleno de muertos.
Mariquilla se estremeció de horror.
—Tengo sed,—me dijo.
Al punto pedí agua á la Sancho; pero como el único vaso que trajera,
ocupado en aplacar la sed de los demás, andaba de boca en boca, por no
esperar tomé una de las tazas que en su montón tenía el tío Candiola.
—Eh, señor entrometido—dijo sujetándome la mano,—deje usted ahí esa
taza.
—Es para que beba esta joven—contesté indignado.—¿Tanto valen estas
baratijas, señor Candiola?
El avaro no me contestó ni se opuso á que diera de beber á su hija;
mas luego que ésta calmó su sed, un herido tomó ávidamente de sus
manos la taza, y he aquí que ésta empezó á correr también, pasando de
boca en boca. Cuando yo salí para unirme á mis compañeros, D. Jerónimo
seguía con la vista, de muy mal talante, el extraviado objeto que tanto
tardaba en volver á sus manos.
Tenía razón Manuela Sancho al decir que íbamos ganando. Desalojados
del piso principal de la casa, los franceses habíanse retirado al de
la contigua, donde continuaban defendiéndose. Cuando yo bajé, todo
el interés de la batalla estaba en la cocina, disputada con mucho
encarnizamiento; pero lo demás de la casa nos pertenecía. Muchos
cadáveres de una y otra nación cubrían el ensangrentado suelo; algunos
patriotas y soldados, rabiosos por no poder conquistar aquella cocina
funesta, desde donde se les hacía tanto fuego, lanzáronse dentro de
ella á la bayoneta, y aunque perecieron bastantes, este acto de arrojo
decidió la cuestión, porque tras ellos fueron otros, y por fin todos
los que cabían.
Aterrados los imperiales con tan ruda embestida, buscaron salida
precipitadamente por el laberinto que de pieza en pieza habían
abierto. Persiguiéndoles por pasillos y aposentos, cuya serie
inextricable volvería loco al mejor topógrafo, les rematábamos donde
podíamos alcanzarles, y algunos de ellos se arrojaban desesperadamente
á los patios. De este modo, después de reconquistada aquella casa,
reconquistamos la vecina, obligándoles á contenerse en sus antiguas
posiciones, que eran por aquella parte las dos casas primeras de la
calle de Pabostre.
Después retiramos los muertos y heridos, y tuve el sentimiento de
encontrar entre éstos á Agustín Montoria, aunque no era de gravedad
el balazo recibido en el brazo derecho. Mi batallón quedó aquel día
reducido á la mitad.
Los infelices que se refugiaban en la habitación alta de la casa,
quisieron acomodarse de nuevo en los distintos aposentos; pero esto no
se juzgó conveniente, y fueron obligados á abandonarla buscando asilo
en lugares más lejanos del peligro.
Cada día, cada hora, cada instante las dificultades crecientes de
nuestra situación militar se agravaban con el obstáculo que ofrecía
número tan considerable de víctimas, hechas por el fuego y la epidemia.
¡Dichosos mil veces los que eran sepultados en las ruínas de las casas
minadas, como aconteció á los valientes defensores de la calle de
Pomar, junto á Santa Engracia! Lo verdaderamente lamentable estaba
allí donde se hacinaban unos sobre otros, sin poder recibir auxilio,
multitud de hombres destrozados por horribles heridas. Había recursos
médicos para la centésima parte de los pacientes. La caridad de las
mujeres, la diligencia de los patriotas, la multiplicación de la
actividad en los hospitales, nada bastaba.
Llegó un día que cierta impasibilidad, más bien espantosa y cruel
indiferencia, se apoderó de los defensores, y nos acostumbramos á
ver un montón de muertos, cual si fuera montón de sacas de lana;
nos acostumbramos á ver sin lástima algunas largas filas de heridos
arrimados á las casas, curándose cada cual como mejor podía. A fuerza
de padecimientos, creyérase que las necesidades de la carne habían
desaparecido, y que no teníamos más vida que la del espíritu. La
familiaridad con el peligro había transfigurado nuestra naturaleza,
infundiéndole al parecer un elemento nuevo, el desprecio absoluto de
la materia y total indiferencia de la vida. Cada uno esperaba morir
_dentro de un rato_, sin que esta idea le conturbara.
Recuerdo que oí contar el ataque dado al Convento de Trinitarios para
arrebatarlo á los franceses, y las hazañas fabulosas, la inconcebible
temeridad de esta empresa, me parecieron un hecho natural y ordinario.
No sé si he dicho que inmediato al Convento de las Mónicas estaba el de
Agustinos Observantes, edificio de bastante capacidad, con una iglesia
no pequeña y muy irregular, vastas crujías y un claustro espacioso.
Era, pues, indudable que los franceses, dueños ya de las Mónicas,
habrían de poner gran empeño en poseer también aquel otro monasterio
para establecerse sólida y definitivamente en el barrio.
—Ya que no tuvimos la suerte de hallarnos en las Mónicas—me dijo
Pirli,—hoy nos daremos el gustazo de defender hasta morir las cuatro
paredes de San Agustín. Como no basta Extremadura para defenderlo, nos
mandan también á nosotros. ¿Y qué hay de grados, amigo Araceli? ¿Con
que es cierto que este par de caballeros que está aquí es un par de
sargentos?
—No sabía nada, amigo Pirli,—le respondí; y verdad era que ignoraba
aquél mi ascenso á las alturas jerárquicas del sargentazo.
—Pues sí: anoche lo acordó el General. El Sr. de Araceli es sargento
primero, y el señor de Pirli sargento segundo. Harto bien lo hemos
ganado, y gracias que nos ha quedado cuerpo en que poner las
charreteras. También me han dicho que á Agustín Montoria le han
nombrado teniente por lo bien que se porto en el ataque dentro de las
casas. Ayer tarde, al anochecer, el batallón de las Peñas de San Pedro
no tenía más que cuatro sargentos, un alférez, un capitán y doscientos
hombres.
—A ver, amigo Pirli, si hoy nos ganamos un par de ascensos.
—Todo es ganar el ascenso del pellejo—replicó.—Los pocos soldados que
viven del batallón de Huesca, creo que van para generales. Ya tocan
llamada. ¿Tienes que comer?
—No mucho.
—Manuela Sancho me ha dado cuatro sardinas: las partiré contigo. Si
quieres un par de docenas de garbanzos tostados... ¿Te acuerdas tú
del gusto que tiene el vino? Dígolo porque hace días que no nos dan
una gota... Por ahí corre el rum-rum de que esta tarde nos repartirán
un poco cuando acabe la guerra en San Agustín. Ahí tienes tú: sería
muy triste cosa que le matarán á uno antes de saber qué color tiene
eso que van á darnos esta tarde. Si siguieran mi consejo, lo echarían
antes de empezar, y así, el que muriera eso se llevaba... Pero la Junta
de Abastos habrá dicho: «Hay poco vino: si lo repartimos ahora, apenas
tocarán tres gotas á cada uno. Esperemos á la tarde, y como de los que
defienden á San Agustín será milagro que quede la cuarta parte, les
tocará á trago por barba.»
Y con este criterio siguió discurriendo sobre la escasez de vituallas.
No tuvimos tiempo de entretenernos en esto, porque apenas nos dábamos
la mano con los de Extremadura que guarnecían el edificio, cuando una
fuerte detonación nos puso en cuidado, y entonces un fraile apareció
diciendo á gritos:
—Hijos míos, han volado la pared medianera del lado de las Mónicas, y
ya les tenemos en casa. Corred á la iglesia: ellos deben haber ocupado
la sacristía; pero no importa. Si vais á tiempo, seréis dueños de la
nave principal, de las capillas, del coro. ¡Viva la Santa Virgen del
Pilar y el batallón de Extremadura!
Marchamos á la iglesia serenos y confiados.