XX

Dormí desde las tres al amanecer, y por la mañana oímos misa en el

Coso. En el gran balcón de la casa llamada de las Monas, hacia la

entrada de la calle de las Escuelas Pías, ponían todos los domingos

un altar y allí se celebraba el oficio divino, pudiéndose ver el

sacerdote, por la situación de aquel edificio, desde cualquier punto

del Coso. Semejante espectáculo era muy conmovedor, sobre todo en el

momento de alzar, y cuando, puestos todos de rodillas, se oía un sordo

murmullo de extremo á extremo.

Poco después de terminada la misa, advertí que venía como del Mercado

un gran grupo de gente alborotada y gritona. Entre la multitud, algunos

frailes pugnaban por apaciguarla; pero ella, sorda á las voces de la

razón, más rugía á cada paso, y en su marcha arrastraba una víctima sin

que fuerza alguna pudiera arrancársela de las manos. Detúvose el pueblo

irritado junto á la subida del Trenque, donde estaba la horca, y al

poco rato uno de los dogales de ésta suspendió el cuerpo convulso de un

hombre, que se sacudió en el aire hasta quedar exánime. Sobre el madero

apareció bien pronto un cartel que decía: _Por asesino del género

humano, á causa de haber ocultado veinte mil camas._

Era aquel infeliz un D. Fernando Estallo, guarda-almacén de la

Casa-utensilios. Cuando los enfermos y los heridos espiraban en el

arroyo y sobre las frías baldosas de las iglesias, encontróse un

gran depósito de camas, cuya ocultación no pudo justificar el citado

Estallo. Desencadenóse impetuosamente sobre él la ira popular, y no

fué posible contenerla. Oí decir que aquel hombre era inocente. Muchos

lamentaron su muerte; pero al comenzar el fuego en las trincheras,

nadie se acordó más de él.

Palafox publicó aquel día una proclama en que trataba de exaltar los

ánimos, y ofrecía el grado de capitán al que se presentara con cien

hombres, amenazando con _pena de horca y confiscación de bienes al que

no acudiese prontamente á los puntos ó los desamparase_. Todo esto era

señal del gran apuro de las autoridades.

Memorable fué aquel día por el ataque á Santa Mónica, que defendían los

voluntarios de Huesca. Durante el anterior y gran parte de la noche,

los franceses bombardearon el edificio. Las baterías de la huerta

estaban inservibles, y fué preciso retirar los cañones, operación que

nuestros valientes llevaron á cabo, sufriendo á descubierto el fuego

enemigo. Este abrió al fin brecha, y penetrando en la huerta, quiso

apoderarse también del edificio, olvidando que había sido rechazado

dos veces en los días anteriores. Pero Lannes, contrariado por la

extraordinaria y nunca vista tenacidad de los zaragozanos, había

mandado reducir á polvo el Convento, lo cual, teniendo morteros y

obuses, era más fácil que conquistarlo. Efectivamente: después de seis

horas de fuego de artillería, una gran parte del muro de Levante cayó

al suelo, y allí era de ver el regocijo de los franceses, que sin

pérdida de tiempo se abalanzaron al asalto de la posición, auxiliados

por los fuegos oblicuos del Molino de la ciudad. Viéndoles venir

Villacampa, jefe de los de Huesca, y Palafox, que había acudido al

punto del peligro, trataron de cerrar la brecha con sacos de lana

y unos cajones vacíos que habían venido con fusiles. Llegando los

franceses, asaltaron con furia loca, y después de un breve choque

cuerpo á cuerpo, fueron rechazados. Durante la noche siguieron

cañoneando el Convento.

Al siguiente día resolvieron dar otro asalto, seguros de que no habría

mortal que defendiese aquel esqueleto de piedra y ladrillo que por

momentos se venía al suelo. Embistiéronlo por la puerta del locutorio;

pero durante la mañana no pudieron conquistar ni un palmo de terreno en

el claustro.

Desplomóse al caer de la tarde el techo por la parte oriental del

Convento. El tercer piso, que estaba muy quebrantado, no pudo resistir

el peso, y cayó sobre el segundo. Este, aún más endeble, dejóse ir

sobre el principal, y el principal, incapaz por sí solo de resistir

encima todo el edificio, hundióse sobre el claustro, sepultando

centenares de hombres. Parecía natural que los demás se acobardaran con

esta catástrofe; pero no fué así. Los franceses dominaron una parte

del claustro, pero nada más, y para apoderarse de la otra necesitaban

franquearse camino por entre los escombros. Mientras lo hicieron, los

de Huesca, que aún existían, fijaban su alojamiento en la escalera,

y agujereaban el piso alto para arrojar granadas de mano contra los

sitiadores.

Entre tanto, nuevas tropas francesas logran penetrar por la iglesia,

pasan al techo del Convento, extiéndense por el interior del maderamen

abuhardillado, bajan al claustro alto, y atacan á los voluntarios

indomables. Con la algazara de este encuentro, anímanse los de abajo,

redoblan sus esfuerzos, y sacrificando multitud de hombres consiguen

llegar á la escalera. Los voluntarios se encuentran entre dos fuegos,

y si bien aún pueden retirarse por uno de los dos agujeros practicados

en el claustro alto, casi todos juran morir antes que rendirse. Corren

buscando un lugar estratégico que les permita defenderse con alguna

ventaja, y son cazados á lo largo de las crujías. El último tiro fué

señal de que había caído el último hombre. Algunos pudieron salir

por un portillo que habían abierto en los más escondidos aposentos

del edificio, junto á la ciudad; por allí salió también D. Pedro

Villacampa, comandante del batallón de voluntarios de Huesca, y al

hallarse en la calle, miraba maquinalmente en torno suyo, buscando á

sus muchachos.

Durante esta jornada, nos hallábamos en las casas inmediatas de la

calle de Palomar, haciendo fuego sobre los franceses que se destacaban

para asaltar el Convento. Antes de concluída la acción, comprendimos

que en las Mónicas ya no había defensa posible, y el mismo D. José

Montoria, que estaba con nosotros, lo confesó.

—Los voluntarios de Huesca no se han portado mal—dijo.—Se conoce que

son buenos chicos. Ahora les emplearemos en defender estas casas de la

derecha... pero se me figura que no ha quedado ninguno. Allí sale solo

Villacampa. ¿Pues y Mendieta, y Paúl, y Benedicto, y Oliva? Vamos: veo

que todos han quedado en el sitio.

De este modo el Convento de las Mónicas pasó á poder de Francia.

Zaragoza · 第 23 / 37 题