Cesado el fuego de cañón y de fusil, un gran resplandor iluminaba la
ciudad. Era el incendio de la Audiencia, que, comenzando cerca de la
media noche, había tomado terribles proporciones, y devoraba por sus
cuatro costados aquel hermoso edificio.
Sin atender más que á mi objeto, seguí presuroso hasta la calle de
Antón Trillo. La casa del tío Candiola había estado ardiendo todo el
día, y al fin, sofocada la llama entre los escombros de los techos
hundidos, de entre las paredes agrietadas salía negra columna de humo.
Los huecos, perdida su forma, eran unos agujeros irregulares por donde
se veía el cielo, y el ladrillo desmoronado formaba una dentelladura
desigual en lo que fué arquitrabe. Parte del lienzo de pared que
daba frente á la huerta se había venido al suelo, obstruyendo ésta
en términos que habían desaparecido el antepecho y la escalerilla de
piedra, llegando el cascajo hasta la misma tapia de la calle. En medio
de estas ruínas, subsistía incólume el ciprés, cual pensamiento que
permanece vivo al sucumbir la materia, y alzaba su negra cima como un
monumento conmemorativo.
El portalón estaba destrozado por los hachazos de los que en el primer
momento acudieron á contener el fuego. Cuando penetré en la huerta,
ví que hacia la derecha, y junto á la reja de una ventana baja, había
alguna gente. Aquella parte de la casa era la que se conservaba mejor,
pues el piso bajo no había sufrido casi nada, y el desplome del techo
sobre el principal no había conmovido á éste, aunque era de esperar que
con el gran peso se rindiese más ó menos pronto.
Acerquéme al grupo, creyendo encontrar á Candiola, y, en efecto, allí
estaba sentado junto á la reja, con las manos en cruz, inclinada la
cabeza sobre el pecho, y lleno el vestido de girones y quemaduras.
Rodeábale una pequeña turba de mujeres y chiquillos, que cual abejorros
zumbaban á su alrededor, prodigándole toda clase de insultos y
vejámenes. No me costó gran trabajo ahuyentar tan molesto enjambre, y
aunque no se fueron todos y persistían en husmear por allí, creyendo
encontrar entre las ruínas el oro del rico Candiola, éste se vió al fin
libre de los tirones, pedradas y de las crueles agudezas con que era
mortificado.
—Señor militar—me dijo,—le agradezco á usted que ponga en fuga á esa
vil canalla. Aquí se le quema á uno la casa y nadie le da auxilio. Ya
no hay autoridades en Zaragoza. ¡Qué pueblo, señor, qué pueblo! No será
porque dejemos de pagar gabelas, diezmos y contribuciones.
—Las autoridades no se ocupan más que de las operaciones
militares—advertí,—y son tantas las casas destruídas, que es imposible
acudir á todas.
¡Maldito sea mil veces—exclamó llevándose la mano á la cabeza
desnuda,—quien nos ha traído estos desastres! Atormentado en el
infierno por mil eternidades no pagaría su culpa. Pero ¿qué demonios
busca usted aquí, señor militar? ¿Quiere usted dejarme en paz?
—Vengo en busca del Sr. Candiola—le respondí,—para llevarle á donde se
le pueda socorrer, curando sus quemaduras y dándole un poco de alimento.
—¡A mí!... yo no salgo de mi casa—exclamó con voz lúgubre.—La Junta
tendrá que reedificármela. ¿Y á dónde me quiere llevar usted? Ya...
ya... ya estoy en el caso de que me den una limosna. Mis enemigos han
conseguido su objeto, que era ponerme en el caso de pedir limosna;
pero no la pediré, no. Antes me comeré mi propia carne y beberé mi
sangre, que humillarme ante los que me han traído á semejante estado.
¡Ah, miserables: le quitan á uno su harina para ponerla después en
las cuentas como adquirida á noventa ó cien reales! Como que están
vendidos á los franceses, y prolongan la resistencia para redondear sus
negocios... Luego les entregan la ciudad y se quedan tan frescos.
—Deje usted todas esas consideraciones para otro momento—le dije,—y
sígame ahora, que no está el tiempo para pensar en eso. Su niña de
usted ha encontrado donde guarecerse, y á usted le daremos asilo en el
mismo lugar.
—Yo no me muevo de aquí. ¿En dónde está mi hija?—preguntó con
pena.—¡Ah! Esa loca no sabe permanecer al lado de su padre en
desgracia. La vergüenza la hace huir de mí. ¡Maldita sea su liviandad y
el momento en que la descubrí! Señor, Jesús Nazareno, y tú, mi patrono
Santo Dominguito del Val, decidme: ¿qué he hecho yo para merecer tantas
desgracias en un mismo día? ¿No soy bueno, no hago todo el bien que
puedo, no favorezco á mis semejantes prestándoles dinero con un interés
módico, pongo por caso, la miseria de tres ó cuatro reales por peso
fuerte al mes? Pues si soy un hombre bueno á carta cabal, ¿á qué
llueven sobre mí tantas desventuras? Y gracias que no pierdo lo poco
que á fuerza de trabajos he reunido, porque está en paraje á donde no
pueden llegar las bombas; pero ¿y la casa, los muebles, los recibos, y
lo que aún queda en el almacén? Maldito sea yo, y cómanme los demonios,
si cuando esto se acabe y cobre los piquillos que por ahí tengo, no me
marcho de Zaragoza para no volver más.
—Nada de eso viene ahora al caso, señor de Candiola. Sígame usted.
—Sí—dijo con furia,—sí viene al caso. Mi hija se ha envilecido. No sé
cómo no la maté esta mañana. Hasta aquí yo había supuesto á María un
modelo de virtudes, de honestidad; me deleitaba su compañía, y de todos
los buenos negocios destinaba un real para comprarle regalitos. ¡Mal
empleado dinero! ¡Dios mío, tú me castigas por haber despilfarrado un
gran capital en cosas supérfluas, cuando á interés compuesto hubiérase
ya triplicado! Yo tenía confianza en mi hija. Esta mañana levantéme
al amanecer; acababa de pedir con fervor á la Virgen del Pilar que me
librara del bombardeo, y tranquilamente abrí la ventana para ver cómo
estaba el día. Póngase usted en mi caso, señor militar, y comprenderá
mi asombro y pena al ver dos hombres allí... allí, en aquel corredor,
junto al ciprés... me parece que les estoy viendo. Uno de ellos
abrazaba á mi hija. Ambos vestían uniforme; no pude verles el rostro,
porque aún era escasa la claridad del día. Precipitadamente salí de
mi habitación; pero cuando bajé á la huerta, ya los dos estaban en
la calle. Quedóse muda mi hija al ver descubierta su liviandad, y
leyendo en mi cara la indignación que tan vil conducta me producía, se
arrodilló delante de mí pidiéndome perdón.—«Infame—le dije ciego de
cólera,—tú no eres hija mía, tú no eres hija de este hombre honrado que
jamás ha hecho mal á nadie. ¡Muchacha loca y sin pudor, no te conozco;
tú no eres mi hija: vete de aquí!... ¡Dos hombres, dos hombres en mi
casa, de noche, contigo! ¿No has reparado en las canas de tu anciano
padre; no consideras que esos hombres pueden robarme; no has reparado
que la casa está llena de mil objetos de valor, que caben fácilmente
en una faltriquera?... ¡Mereces la muerte! Si no me engaño, aquellos
dos hombres se llevaban alguna cosa. ¡Dos hombres! ¡Dos novios! ¡Y
recibirles de noche, en mi casa, deshonrando á tu padre y ofendiendo á
Dios! ¡Y yo desde mi cuarto miraba la luz del tuyo, creyendo con esto
que velabas allí haciendo alguna labor!... De modo, miserable chicuela;
de modo, hembra despreciable, que mientras tú estabas en la huerta, en
tu cuarto se estaba gastando inútilmente una vela.»
»¡Oh, señor militar! no pude contener mi indignación; y luego que esto
le dije, cogíla por un brazo y la arrastré para echarla fuera. En mi
cólera ignoraba lo que hacía. La infeliz me pedía perdón, añadiendo:
“Yo le amo, padre; yo no puedo negar que le quiero.” Se redobló mi
furor oyéndola, y exclamé así: “¡Maldito sea el pan que te he dado en
diez y nueve años! ¡Meter ladrones en mi casa! ¡Maldita sea la hora en
que naciste, y malditos los lienzos en que te envolvimos en la noche
del 3 de Febrero del año 91! Antes se hundirá el cielo, y antes me
dejará de su mano la Señora Virgen del Pilar, que volver á ser para
tí tu padre, y tú para mí la Mariquilla á quien tanto he querido.”
Apenas dije esto, señor militar, cuando pareció que todo el firmamento
reventaba en pedazos cayendo sobre mi casa. ¡Qué espantoso estruendo y
qué conmoción tan horrible! Una bomba cayó en el techo, y en el espacio
de cinco minutos cayeron otras dos. Corrimos adentro: el incendio
se propagaba con voracidad, y el hundimiento del techo amenazaba
sepultarnos allí. Quisimos salvar á toda prisa algunos objetos; pero
no nos fué posible. Mi casa, esta casa que compré el año 87, casi de
balde, porque fué embargada á un deudor que me debía cinco mil reales,
con trece mil y un pico de intereses, se desmoronaba; como un bollo de
mazapán se deshacía, y por aquí cae una viga, por allí salta un vidrio,
por acullá se desplomaba una pared. El gato maullaba; Doña Guedita me
arañó el rostro al salir del cuarto: yo me aventuré á entrar en el mío
para recoger un recibito que había dejado sobre la mesa, y estuve á
punto de perecer.»
Así habló el tío Candiola. Su dolor, además de profunda afección
moral, era como un desorden nervioso, y al instante se comprendía que
aquel organismo estaba completamente perturbado por el terror, el
disgusto y el hambre. Su locuacidad, más que desahogo del alma, era
un desbordamiento impetuoso, y aunque aparentaba hablar conmigo, en
realidad dirigíase á entes invisibles, los cuales, á juzgar por los
gestos de él, también le devolvían alguna palabra. Por esto, sin que yo
le dijera nada, siguió hablando en tono de contestación, y respondiendo
á preguntas que sus ideales interlocutores le hacían.
—Yo he dicho que no me marcharé de aquí mientras no recoja lo mucho que
aún puede salvarse. Pues qué, ¿voy á abandonar mi hacienda? Ya no hay
autoridades en Zaragoza. Si las hubiera, se dispondría que vinieran
aquí cien ó doscientos trabajadores á revolver los escombros para sacar
alguna cosa. Pero, Señor, ¿no hay quien tenga caridad, no hay quien
tenga compasión de este infeliz anciano que nunca ha hecho mal á nadie?
¿Ha de estar uno sacrificándose toda la vida por los demás, para que al
llegar un caso como éste no encuentre un brazo amigo que le ayude? No,
no vendrá nadie, y si vienen es por ver si entre las ruínas encuentran
algún dinero... ¡Já, já, já!—(decía esto riendo como un demente).—¡Buen
chasco se llevan! Siempre he sido hombre precavido, y ahora, desde
que empezó el sitio, puse mis ahorros en lugar tan seguro, que sólo
yo puedo encontrarlos. No, ladrones; no, tramposos; no, egoístas: no
encontraréis un real aunque levantéis todos los escombros y hagáis
menudos pedazos lo que queda de esta casa, aunque piquéis la madera
haciendo con ella palillos de dientes, aunque reduzcáis todo á polvo,
pasándolo luego por un tamiz.
—Entonces, Sr. de Candiola—le dije tomándole resueltamente por un brazo
para llevarle fuera,—si las peluconas están seguras, ¿á qué viene el
estar aquí de centinela? Vámonos.
—¿Cómo se entiende, señor entrometido?—gritó desasiéndose con
fuerza.—Vaya usted noramala, y déjeme en paz. ¿Cómo quiere usted que
abandone mi casa, cuando las autoridades de Zaragoza no mandan un
piquete de tropa á custodiarla? Pues qué, ¿cree usted que mi casa no
está llena de objetos de valor? ¿Ni cómo quiere que me marche de aquí
sin sacarlos? ¿No ve usted que el piso bajo está seguro? Pues quitando
esta reja, se entrará fácilmente, y todo puede sacarse. Si me aparto de
aquí un solo momento, vendrán los rateros, los granujas de la vecindad,
y ¡ay de mi hacienda, ay del fruto de mi trabajo, ay de los utensilios
que representan cuarenta años de laboriosidad incesante! Mire usted,
señor militar, en la mesa de mi cuarto hay una palmatoria de cobre,
que pesa lo menos tres libras. Es preciso salvarla á toda costa. Si la
Junta mandara aquí, como es su deber, una compañía de ingenieros...
»Pues también hay una vajilla que está en el armario del comedor, y
que debe de permanecer intacta. Entrando con cuidado y apuntalando el
techo, se la puede salvar. ¡Oh! sí: es preciso salvar esa desgraciada
vajilla. No es esto solo, señor militar, señores. En una caja de
lata tengo los recibos: espero salvarlos. También hay un cofre donde
guardo dos casacas antiguas, algunas medias y tres sombreros. Todo
esto está aquí abajo y no ha padecido deterioro. Lo que se pierde
irremisiblemente es el ajuar de mi hija. Sus trajes, sus alfileres,
sus pañuelos, sus frascos de agua de olor podrían valer un dineral si
se vendieran ahora. ¡Cómo se habrá destrozado todo! ¡Jesús, qué dolor!
Verdad es que Dios quiso castigar el pecado de mi hija, y las bombas se
fueron á los frascos de agua de olor. Pero en mi cuarto quedó sobre la
cama mi chupa, en cuyo bolsillo hay siete reales y diez cuartos. ¡Y no
tener yo aquí veinte hombres con piquetas y azadas!... ¡Dios justo y
misericordioso! ¿En qué están pensando las autoridades de Zaragoza?...
El candil de dos mecheros estará intacto. ¡Oh, Dios! Es la mejor pieza
que ha llevado aceite en el mundo. Le encontraremos por ahí, levantando
con cuidado los escombros del cuarto de la esquina. Tráiganme una
cuadrilla de trabajadores, y verán qué pronto despacho... ¿Cómo quieren
que me aparte de aquí? Si me aparto, si duermo un instante, vendrán los
ladrones... sí... ¡vendrán y se llevarán la palmatoria!
La tenacidad del avaro era tal, que resolví marcharme sin él, dejándole
entregado á su delirante inquietud. Llegó á toda prisa Doña Guedita,
trayendo una piqueta y una azada, juntamente con un canastillo en que
ví algunas provisiones.
—Señor—dijo sentándose fatigada y sin aliento.—Aquí está la piqueta
y el azadón que me ha dado mi sobrino. Ya no hacen falta, porque no
se trabajará más en fortificaciones... Aquí están estas pasas medio
podridas, y algunos mendrugos de pan.
La dueña comía con avidez. No así Candiola, que, despreciando la
comida, cogió la piqueta, y resueltamente empezó á desquiciar la reja.
Trabajando con ardiente actividad, decía:
—Si las autoridades de Zaragoza no quieren favorecerme, Doña Guedita,
entre usted y yo lo haremos todo. Coja usted la azada y prepárese á
levantar el cascajo. Mucho cuidado con las vigas, que todavía humean.
Mucho cuidado con los clavos.
Luego, volviéndose á mí, que fijaba la atención en las señas de
inteligencia hechas por el ama de llaves, me dijo:
—¡Eh! Vaya usted noramala. ¿Qué tiene usted que hacer en mi casa?
¡Fuera de aquí! Ya sabemos que viene á ver si puede pescar alguna cosa.
Aquí no hay nada. Todo se ha quemado.
No había, pues, esperanza de llevarle á las Tenerías para tranquilizar
á la pobre Mariquilla, por lo cual, no pudiendo detenerme más, me
retiré. Amo y criada proseguían con gran ardor su trabajo.