Los franceses habíanse apoderado también de la batería de los Mártires,
y en aquella misma tarde fueron dueños de las ruínas de Santa Engracia
y del Convento de Trinitarios. ¿Se concibe que continúe la resistencia
de una plaza después de perdido lo más importante de su circuito?
No: no se concibe, ni en las previsiones del arte militar ha entrado
nunca que, apoderado el enemigo de la muralla por la superioridad
incontrastable de su fuerza material, ofrezcan las casas nuevas líneas
de fortificaciones, improvisadas por la iniciativa de cada vecino; no
se concibe que tomada una casa sea preciso organizar un verdadero plan
de sitio para tomar la inmediata, empleando la zapa, la mina y ataques
parciales á la bayoneta, desarrollando contra un tabique ingeniosa
estratagema; no se concibe que tomada una acera sea preciso, para pasar
á la de enfrente, poner en ejecución las teorías de Vauban, y que para
saltar un arroyo sea preciso hacer paralelas, zigs-zags y caminos
cubiertos.
Los Generales franceses se llevaban las manos á la cabeza, diciendo:
«Esto no se parece nada de lo que hemos visto.» En los gloriosos anales
del Imperio se encuentran muchos partes como éste: «Hemos entrado en
Spandau; mañana estaremos en Berlín.» Lo que aún no se había escrito
era lo siguiente: «Después de dos días y dos noches de combate, hemos
tomado la casa núm. 1 de la calle de Pabostre. Ignoramos cuándo se
podrá tomar el núm. 2.»
No tuvimos tiempo para reposar. Los dos cañones que enfilaban la calle
de Pabostre, en el ángulo de Puerta Quemada, se habían quedado sin
gente. Unos corrimos á servirlos, y el resto del batallón ocupó varias
casas en la calle de Palomar. Los franceses dejaron de hacer fuego
de cañón contra los edificios que habíamos abandonado, ocupándose
precipitadamente en repararlos como pudieron. Lo que amenazaba ruína lo
demolían, y tapaban los huecos con vigas, cascajo y sacas de lana.
Como no podían atravesar sin riesgo el espacio intermedio entre los
restos de muralla y sus nuevos alojamientos, comenzaron á abrir una
zanja en zig-zag desde el Molino de la ciudad á la casa que antes
ocupáramos nosotros, la cual sólo conservaba en buen estado para
alojamiento la planta baja.
Al punto comprendimos que una vez dueños de aquella casa, procurarían,
derribando tabiques, apoderarse de toda la manzana; y para evitarlo,
la tropa disponible fué distribuída en guarniciones que ocuparon todos
los edificios donde había peligro. Al mismo tiempo se levantaban
barricadas en las boca-calles, aprovechando los escombros. Nos pusimos
á trabajar con ardor frenético en distintas faenas, entre las cuales
la menos penosa era seguramente la de batirnos. Dentro de las casas
arrojábamos por los balcones todos los muebles; afuera transportábamos
heridos, ó arrimábamos los muertos al zócalo de los edificios, pues las
únicas honras fúnebres que por entonces podían hacérseles consistían en
quitarlos de donde estorbaran.
Quisieron también los franceses ganar á Santa Mónica, Convento situado
en la línea de las Tenerías, más al Norte de la calle de Pabostre; pero
sus paredes ofrecían buena resistencia, y no era fácil tomarlo como
aquellas endebles casas, que el estruendo tan sólo de los cañones hacía
estremecer. Los voluntarios de Huesca la defendían con gran arrojo, y
después de repetidos ataques, los sitiadores dejaron la empresa para
otro día. Posesionados tan sólo de algunas casas, en ellas permanecían
á la caída de la tarde como en escondida madriguera, y ¡ay de aquél
que la cabeza asomaba fuera de las ventanas! Las paredes próximas,
los tejados, las buhardillas y tragaluces abiertos en distintas
direcciones, estaban llenos de atentos ojos que observaban el menor
descuido del soldado enemigo para soltarle un tiro.
Cuando anocheció, empezamos á abrir huecos en los tabiques para
comunicar todas las casas de una misma manzana. A pesar del incesante
ruido del cañón y la fusilería, en el interior de los edificios
pudimos percibir el golpear de las piquetas enemigas, ocupadas en igual
tarea que nosotros. También ellos establecían comunicaciones. Como
aquella arquitectura era frágil y casi todos los tabiques de tierra, en
poco tiempo abrimos paso entre varias casas.
A eso de las diez de la noche nos hallábamos en una que debía de ser
muy inmediata á la de Manuela Sancho, cuando sentimos que por conductos
desconocidos, por sótanos, pasillos ó subterráneas comunicaciones,
llegaba á nuestros oídos el rumor de las voces del enemigo. Una mujer
subió azorada por una escalerilla, diciéndonos que los franceses
estaban abriendo un boquete en la pared de la cuadra, y bajamos al
instante; pero aún no estábamos todos en el patio frío, estrecho y
obscuro de la casa, cuando á boca de jarro se nos disparó un tiro, y un
compañero fué levemente herido en el hombro.
A la escasa claridad percibimos varios bultos que sucesivamente se
internaron en la cuadra, é hicimos fuego, avanzando después con brío
tras ellos.
Al ruido de los tiros acudieron otros compañeros nuestros que habían
quedado arriba, y penetramos denodadamente en la lóbrega pieza. Los
enemigos no se detuvieron en ella, y á todo escape repasaron el agujero
abierto en la pared medianera buscando refugio en su primitiva morada,
desde la cual nos enviaron algunas balas. No estábamos completamente
á obscuras, porque ellos tenían una hoguera, de cuyas llamas débiles
rayos penetraban por la abertura, difundiendo rojiza claridad sobre el
teatro de aquella lucha.
Yo no había visto nunca lucha semejante, ni jamás presencié combate
alguno entre cuatro negras paredes, á la luz indecisa de una llama
lejana, cuya oscilación proyectaba móviles sombras y espantajos en
nuestro derredor.
Adviértase que la claridad era perjudicial á los franceses, porque á
pesar de guarecerse tras el hueco, nos ofrecían blanco seguro. Nos
tiroteamos breve rato, y dos compañeros cayeron muertos ó mal heridos
sobre el húmedo suelo. A pesar de este desastre, hubo otros que
quisieron llevar adelante aquella aventura, asaltando el agujero é
internándose en la guarida del enemigo; pero aunque éste había cesado
de ofendernos, parecía prepararse para atacar mejor. De repente se
apagó la hoguera y quedamos en completa obscuridad. Dimos repetidas
vueltas buscando la salida, y chocábamos unos con otros. Esta
situación, junto con el temor de ser atacados con elementos superiores,
ó de que arrojaran en medio de aquel sepulcro granadas de mano, nos
obligó á retirarnos al patio confusamente y en tropel.
Tuvimos tiempo, sin embargo, para buscar á tientas y recoger á los dos
camaradas que habían caído durante la refriega, y luego que salimos,
cerramos la puerta, tabicándola por dentro con piedras, escombros,
vigas, toneles y cuanto en el patio se nos vino á las manos manos. Al
subir, el que nos mandaba repartió algunos hombres en distintos puntos
de la casa, dejando un par de escuchas en el patio para atender á los
golpes de la zapa enemiga, y á mí me tocó salir fuera con otros para
traer un poco de comida, que á todos nos hacía muchísima falta.
En la calle, nos pareció que de una mansión de tranquilidad pasábamos
al mismo infierno, porque en medio de la noche continuaba el fuego
entre las casas y la muralla. La claridad de la luna permitía correr
sin tropiezo de un punto á otro, y las calles eran á cada instante
atravesadas por escuadrones de tropa y paisanos, que iban, según la voz
pública, á donde había verdadero peligro. Muchos, sin entrar en fila
y guiados de su propio instinto, acudían aquí y allí, haciendo fuego
desde el punto que mejor les venía á cuento. Las campanas de todas
las iglesias tocaban á la vez con lúgubre algazara, y á cada paso se
encontraban grupos de mujeres transportando heridos.
Por todas partes, especialmente en el extremo de las calles que
remataban en la muralla de Tenerías, se veían hacinados los cuerpos, y
el herido se confundía con el cadáver, no pudiendo determinarse de qué
bocas salían aquellas voces lastimeras que imploraban socorro. Yo no
había visto jamás desolación tan espantosa; y más que el espectáculo de
los desastres causados por el hierro, me impresionó ver en los dinteles
de las casas, ó arrastrándose por el arroyo en busca de lugar seguro,
á muchos atacados de la epidemia, que se morían por momentos sin tener
en las carnes la más ligera herida. El horroroso frío les hacía dar
diente con diente, é imploraban auxilio con ademanes de desesperación,
porque no podían hablar.
A todas éstas, el hambre nos había quitado por completo las fuerzas, y
apenas nos podíamos detener.
—¿Dónde encontraremos algo de comida?—me dijo Agustín.—¿Quién se va á
ocupar de semejante cosa?
—Esto tiene que acabarse pronto de una manera ó de otra—respondí.—O se
rinde la ciudad, ó perecemos todos.
Al fin, hacia las piedras del Coso encontramos una cuadrilla de
administración que estaba repartiendo raciones, y ávidamente tomamos
las nuestras, llevando á los compañeros todo lo que podíamos cargar.
Ellos lo recibieron con gran algarabía y cierta jovialidad impropia de
las circunstancias; pero el soldado español es y ha sido siempre así.
Mientras comían aquellos mendrugos tan duros como el guijarro, cundió
por el batallón la opinión unánime de que Zaragoza no podía ni debía
rendirse _nunca_.
Era la media noche, cuando empezó á disminuir el fuego. Los franceses
no conquistaban un palmo de terreno fuera de las casas que ocuparon
por la tarde, aunque tampoco se les pudo echar de sus alojamientos.
Esta epopeya se dejaba para los días sucesivos; y cuando los hombres
influyentes de la ciudad, los Montoria, los Cereso, los Sas, los
Salamero y los San Clemente, volvían de las Mónicas, teatro aquella
noche de grandes prodigios, manifestaban una confianza enfática y un
desprecio del enemigo, que enardecían el ánimo de cuantos les oían.
—Esta noche se ha hecho poco—decía Montoria.—La gente ha estado algo
floja. Verdad que no había para qué echar el resto, ni debemos salir de
nuestro ten con ten, mientras los franceses nos ataquen con tan poco
brío... Veo que hay algunas desgracias... poca cosa. Las monjas han
batido bastante aceite con vino, y todo es cuestión de aplicar unos
cuantos parches... Si hubiera tiempo, bueno sería enterrar los muertos
de ese montón; pero ya se hará más adelante. La epidemia crece... es
preciso dar muchas friegas... friegas y más friegas: es mi sistema.
Por ahora, bien pueden pasarse sin caldo: el caldo es un brebaje
repugnante. Yo les daría un trago de aguardiente, y en poco tiempo
podrían tomar el fusil. Con que, señores, la fiesta parece acabarse por
esta noche; descabezaremos un sueño de media hora, y mañana... mañana
se me figura que los franceses nos atacarán formalmente.
Luego encaró con su hijo, que en mi compañía se le acercaba, y continuó
así:
—¡Oh, Agustinillo! Ya había preguntado por tí. Pues estaba con cuidado,
porque en acciones como la de hoy, suele suceder que muere alguna
gente. ¿Estás herido? No: no tienes nada; á ver... un simple rasguño...
¡Ah! ¡chico! se me figura que no te has portado como un Montoria. Y
usted, Araceli, ¿ha perdido alguna pierna? Tampoco: parece que los
dos acaban de salir de la fábrica; no les falta ni un pelo. Malo,
malo. Me parece que tenemos aquí un par de gallinas... Es, á descansar
un rato, nada más que un rato. Si se sienten ustedes atacados de la
epidemia, friegas y más friegas... es el mejor sistema... Con que,
señores, quedamos en que mañana se defenderán estas casas tabique por
tabique. Lo mismo pasa en todo el contorno de la ciudad; pero en cada
alcoba habrá una batalla. Vamos á la Capitanía general, y veremos si
Palafox ha acordado lo que pensamos. No hay otro camino: ó entregarles
la ciudad, ó disputarles cada ladrillo como si fuera un tesoro. Se
aburrirán. Hoy han perdido seis ú ocho mil hombres. Pero vamos á ver
al excelentísimo señor D. José... Buenas noches, muchachos, y mañana
tratad de sacudir esa cobardía...
—Durmamos un poquito—dije á mi amigo cuando nos quedamos solos.—Vamos á
la casa que estamos guarneciendo, donde me parece que he visto algunos
colchones.
—Yo no duermo,—me contestó Montoria, siguiendo por el Coso adelante.
—Ya sé á dónde vas. No se nos permitirá alejarnos tanto, Agustín.
Mucha gente, hombres y mujeres, en diversas direcciones, discurrían
por aquella gran vía. De improviso, una mujer corrió velozmente hacia
nosotros y abrazó á Agustín sin decirle nada. Profunda emoción ahogaba
la voz en su garganta.
—¡Mariquilla, Mariquilla de mi corazón!—exclamó Montoria abrazándola
con júbilo.—¿Cómo estás aquí? Iba ahora en busca tuya.
Mariquilla no podía hablar, y sin el sostén de los brazos del amante,
su cuerpo desmadejado y flojo hubiera caído al suelo.
—¿Estás enferma? ¿Qué tienes? ¿Por qué lloras? ¿Es cierto que las
bombas han derribado tu casa?
Cierto debía de ser, pues la desgraciada joven mostraba en su
desaliñado aspecto una gran desolación. Su vestido era el que le vimos
la noche anterior. Tenía suelto el cabello, y en sus brazos magullados
observamos algunas quemaduras.
—Sí—dijo al fin con apagada voz.—Nuestra casa no existe; no tenemos
nada; lo hemos perdido todo. Esta mañana, cuando saliste de allá, una
bomba deshizo el techo. Luego cayeron otras dos...
—¿Y tu padre?
—Mi padre está allá y no quiere abandonar las ruínas de la casa. Yo he
estado todo el día buscándote para que nos dieras algún socorro. Me he
metido entre el fuego; he estado en todas las calles del arrabal; he
subido á algunas casas. Creí que habías muerto.
Agustín se sentó en el hueco de una puerta, y abrigando á Mariquilla
con su capote, la sostuvo en sus brazos como se sostiene á un niño.
Repuesta de su desmayo pudo seguir hablando, y entonces nos dijo que no
habían podido salvar ningún objeto, y que apenas tuvieron tiempo para
huir. La infeliz temblaba de frío: poniéndole mi capote sobre el que
ya tenía, tratamos de llevarla á la casa que guarnecíamos.
—No—dijo.—Quiero volver al lado de mi padre. Está loco de
desesperación, y dice mil blasfemias, injuriando á Dios y á los santos.
No he podido arrancarle de aquello que fué nuestra casa. Carecemos de
alimento. Los vecinos no han querido darle nada. Si ustedes no quieren
llevarme allá, me iré yo sola.
—No, Mariquilla, no: no irás allá—dijo Montoria;—te pondremos en una de
estas casas, donde, al menos por esta noche, estarás segura, y entre
tanto Gabriel irá en busca de tu padre, y llevándole algo de comer, de
grado ó por fuerza le sacará de allí.
Insistió la Candiola en volver á la calle de Antón Trillo; pero como
apenas tenía fuerzas para moverse, la llevamos en brazos á una casa de
la calle de los Clavos, donde estaba Manuela Sancho.