Mientras los morteros situados al Mediodía arrojaban bombas en el
centro de la ciudad, los cañones de la línea oriental dispararon
con bala rasa sobre la débil tapia de las Mónicas, y sobre las
fortificaciones de tierra y ladrillo del molino de aceite y de la
batería de Palafox. Bien pronto abrieron tres grandes brechas, y el
asalto era inminente. Apoyábanse en el molino de Goicoechea, que
tomaron el día anterior, después de ser abandonado ó incendiado por los
nuestros.
Seguras del triunfo, las masas de infantería recorrían el campo
ordenándose para asaltarnos. Mi batallón ocupaba una casa de la calle
de Pabostre, cuya pared había sido en toda su extensión aspillerada.
Muchos paisanos y compañías de varios regimientos aguardaban en la
cortina, llenos de furor y sin que les arredrara la probabilidad de una
muerte segura, con tal de escarmentar al enemigo en su impetuoso avance.
Pasaron largas horas: apuraron los franceses los recursos de su
artillería por ver si nos aterraban, obligándonos á dejar el barrio;
pero las tapias se desmoronaban, estremecíanse las casas con espantoso
sacudimiento, y aquella gente heróica, que apenas se había desayunado
con un zoquete de pan, gritaba desde la muralla, diciéndoles que se
acercasen. Por fin, contra la brecha del centro y la de la derecha
avanzaron fuertes columnas sostenidas con otras á retaguardia, y se
vió que la intención de los franceses era apoderarse á todo trance
de aquella línea de pulverizados ladrillos, que defendían algunos
centenares de locos, y tomarla á cualquier precio, arrojando sobre ella
masas de carne y haciendo pasar la columna viva sobre los cadáveres de
la muerta.
No se diga, para amenguar el mérito de los nuestros, que el francés
luchaba á pecho descubierto; los defensores también lo hacían, y detrás
de la desbaratada cortina, no podía guarecerse una cabeza. Allí era de
ver cómo chocaban las masas de hombres, y cómo las bayonetas se cebaban
con saña, más propia de fieras que de hombres, en los cuerpos enemigos.
Desde las casas hacíamos fuego incesante, viéndoles caer materialmente
en montones, heridos por el plomo y el acero al pie mismo de los
escombros que querían conquistar. Nuevas columnas sustituían á las
anteriores, y en los que llegaban después, á los esfuerzos del valor se
unían ferozmente las brutalidades de la venganza.
Por nuestra parte, el número de bajas era enorme: los hombres quedaban
por docenas estrellados contra el suelo en aquella línea que había
sido muralla, y ya no era sino una aglomeración informe de tierra,
ladrillos y cadáveres. Lo natural, lo humano habría sido abandonar unas
posiciones defendidas contra todos los elementos de la fuerza y de la
ciencia militar reunidos; pero allí no se trataba de nada que fuese
humano y natural, sino de extender la potencia defensiva hasta límites
infinitos, desconocidos para el cálculo científico y para el valor
ordinario, desarrollando en sus inconmensurables dimensiones el genio
aragonés, que nunca se sabe á dónde llega.
Siguió, pues, la resistencia, sustituyendo los vivos á los muertos
con entereza sublime. Morir era un accidente, un detalle trivial, un
tropiezo del cual no debía hacerse caso.
Mientras esto pasaba, otras columnas igualmente poderosas trataban
de apoderarse de la casa de González, que he mencionado arriba; pero
desde las casas inmediatas y desde los cubos de la muralla se les
hizo fuego tan terrible de fusilería y cañón, que desistieron de su
intento. Iguales ataques tenían lugar, con mejor éxito de parte suya,
por nuestra derecha hacia la huerta de Campo-Real y baterías de los
Mártires, y la inmensa fuerza desplegada por los sitiadores á una misma
hora y en una línea de poca extensión, no podía menos de producir
resultados.
Desde la casa de la calle de Pabostre, inmediata al Molino de la
Ciudad, hacíamos fuego, como he dicho, contra los que daban el asalto,
cuando he aquí que las baterías de San José, antes ocupadas en demoler
la muralla, enfilaron sus cañones contra aquel viejo edificio, y
sentimos que las paredes retemblaban; que las vigas crujían como
cuadernas de un buque conmovido por las tempestades; que las maderas
de los tapiales estallaban, destrozándose en mil astillas; en suma, que
la casa se venía abajo.
—¡Cuerno, recuerno!—exclamó el tío Garcés.—¡Que se nos viene la casa
encima!
El humo y el polvo no nos permitían ver lo que pasaba fuera, ni tampoco
lo que dentro ocurría.
—¡A la calle, á la calle!—gritó Pirli, arrojándose por una ventana.
—Agustín, Agustín, ¿dónde estás?—grité yo llamando á mi amigo.
Pero Agustín no parecía. En aquel momento de angustia, y no encontrando
en medio de tal confusión ni puerta para salir ni escalera para
bajar, corrí á la ventana para arrojarme fuera, y el espectáculo
que se ofreció á mis ojos obligóme á retroceder sin aliento ni
fuerzas. Mientras los cañones de la batería de San José intentaban
por la derecha sepultarnos entre los escombros de la casa y parecían
conseguirlo sin esfuerzo, por delante, y hacia la era de San Agustín,
la infantería francesa había logrado penetrar por las brechas,
rematando á los infelices que ya apenas eran hombres, y acabándoles
de matar, pues su agonía desesperada no puede llamarse vida. De los
callejones cercanos se les hacía un fuego horroroso, y los cañones
de la calle de la Diezma sustituían á los de la batería vencida.
Pero asaltada la brecha, se aseguraban en la muralla. Era imposible
conservar en el ánimo una chispa de energía ante tamaño desastre.
Huí de la ventana hacia adentro, despavorido, fuera de mí. Un trozo de
pared estalló, reventó, desgajándose en enormes trozos, y una ventana
cuadrada tomó la figura de un triángulo isósceles: el techo dejó ver
por una esquina la luz del cielo; los trozos de yeso y las agudas
astillas salpicaron mi cara. Corrí hacia el interior siguiendo á otros
que decían: «¡por aquí, por aquí!»
—Agustín, Agustín,—grité de nuevo llamando á mi amigo.
Por fin le ví entre los que corríamos pasando de una habitación á otra,
y subiendo la escalerilla que conducía á un desván.
—¿Estás vivo?—le pregunté.
—No lo sé—me dijo,—ni me importa saberlo.
En el desván rompimos fácilmente un tabique, y pasando á otra estancia,
hallamos una empinada escalera; la bajamos, y nos vimos en una
habitación chica. Unos siguieron adelante, buscando salida á la calle,
y otros detuviéronse allí.
Se ha quedado fijo en mi imaginación, con líneas y colores indelebles,
el interior de aquella mezquina pieza, bañada por la copiosa luz
que entraba por una ventana abierta á la calle. Cubrían las paredes
desiguales estampas de vírgenes y santos. Dos ó tres cofres viejos y
forrados de piel de cabra ocupaban un testero. Veíase en otro ropa de
mujer colgada de clavos y alcayatas, y una cama altísima de humilde
aspecto, aún con las sábanas revueltas. En la ventana había tres
grandes tiestos con yerbas; y parapetadas tras ellos, dirigiendo por
los huecos la rencorosa visual de su puntería, dos mujeres hacían fuego
sobre los franceses que ya ocupaban la brecha. Tenían dos fusiles. Una
cargaba y otra disparaba; agachábase la fusilera para enfilar el cañón
entre los tiestos, y suelto el tiro, alzaba la cabeza por sobre las
matas para mirar al campo de batalla.
—¡Manuela Sancho—exclamé poniendo la mano sobre el hombro de la heróica
muchacha,—toda resistencia es inútil! Retirémonos. La casa inmediata es
destruída por las baterías de San José, y en el techo de ésta empiezan
á caer las balas. Vámonos.
Pero no hacía caso, y seguía disparando. Al fin la casa, que era
débil como la vecina, y aún menos que ésta podía resistir al choque
de los proyectiles, experimentó una fuerte sacudida, cual si temblara
la tierra en que arraigaban sus cimientos. Manuela Sancho arrojó el
fusil. Ella y la mujer que le acompañaba penetraron precipitadamente en
una inmediata alcoba, de cuyo obscuro recinto sentí salir angustiosas
lamentaciones. Al entrar, vimos que las dos muchachas abrazaban á una
anciana tullida que, en su pavor, quería arrojarse del lecho.
—Madre, esto no es nada—le dijo Manuela cubriéndola con lo primero que
encontró á mano.—Vámonos á la calle, que la casa parece que se quiere
caer.
La anciana no hablaba, no podía hablar. Tomáronla en brazos las dos
mozas; mas nosotros la recogimos en los nuestros, encargando á ellas
que llevaran nuestros fusiles y la ropa que pudieran salvar. De este
modo pasamos á un patio, que nos dió salida á otra calle, donde aún no
había llegado el fuego.