XVII

Mientras los morteros situados al Mediodía arrojaban bombas en el

centro de la ciudad, los cañones de la línea oriental dispararon

con bala rasa sobre la débil tapia de las Mónicas, y sobre las

fortificaciones de tierra y ladrillo del molino de aceite y de la

batería de Palafox. Bien pronto abrieron tres grandes brechas, y el

asalto era inminente. Apoyábanse en el molino de Goicoechea, que

tomaron el día anterior, después de ser abandonado ó incendiado por los

nuestros.

Seguras del triunfo, las masas de infantería recorrían el campo

ordenándose para asaltarnos. Mi batallón ocupaba una casa de la calle

de Pabostre, cuya pared había sido en toda su extensión aspillerada.

Muchos paisanos y compañías de varios regimientos aguardaban en la

cortina, llenos de furor y sin que les arredrara la probabilidad de una

muerte segura, con tal de escarmentar al enemigo en su impetuoso avance.

Pasaron largas horas: apuraron los franceses los recursos de su

artillería por ver si nos aterraban, obligándonos á dejar el barrio;

pero las tapias se desmoronaban, estremecíanse las casas con espantoso

sacudimiento, y aquella gente heróica, que apenas se había desayunado

con un zoquete de pan, gritaba desde la muralla, diciéndoles que se

acercasen. Por fin, contra la brecha del centro y la de la derecha

avanzaron fuertes columnas sostenidas con otras á retaguardia, y se

vió que la intención de los franceses era apoderarse á todo trance

de aquella línea de pulverizados ladrillos, que defendían algunos

centenares de locos, y tomarla á cualquier precio, arrojando sobre ella

masas de carne y haciendo pasar la columna viva sobre los cadáveres de

la muerta.

No se diga, para amenguar el mérito de los nuestros, que el francés

luchaba á pecho descubierto; los defensores también lo hacían, y detrás

de la desbaratada cortina, no podía guarecerse una cabeza. Allí era de

ver cómo chocaban las masas de hombres, y cómo las bayonetas se cebaban

con saña, más propia de fieras que de hombres, en los cuerpos enemigos.

Desde las casas hacíamos fuego incesante, viéndoles caer materialmente

en montones, heridos por el plomo y el acero al pie mismo de los

escombros que querían conquistar. Nuevas columnas sustituían á las

anteriores, y en los que llegaban después, á los esfuerzos del valor se

unían ferozmente las brutalidades de la venganza.

Por nuestra parte, el número de bajas era enorme: los hombres quedaban

por docenas estrellados contra el suelo en aquella línea que había

sido muralla, y ya no era sino una aglomeración informe de tierra,

ladrillos y cadáveres. Lo natural, lo humano habría sido abandonar unas

posiciones defendidas contra todos los elementos de la fuerza y de la

ciencia militar reunidos; pero allí no se trataba de nada que fuese

humano y natural, sino de extender la potencia defensiva hasta límites

infinitos, desconocidos para el cálculo científico y para el valor

ordinario, desarrollando en sus inconmensurables dimensiones el genio

aragonés, que nunca se sabe á dónde llega.

Siguió, pues, la resistencia, sustituyendo los vivos á los muertos

con entereza sublime. Morir era un accidente, un detalle trivial, un

tropiezo del cual no debía hacerse caso.

Mientras esto pasaba, otras columnas igualmente poderosas trataban

de apoderarse de la casa de González, que he mencionado arriba; pero

desde las casas inmediatas y desde los cubos de la muralla se les

hizo fuego tan terrible de fusilería y cañón, que desistieron de su

intento. Iguales ataques tenían lugar, con mejor éxito de parte suya,

por nuestra derecha hacia la huerta de Campo-Real y baterías de los

Mártires, y la inmensa fuerza desplegada por los sitiadores á una misma

hora y en una línea de poca extensión, no podía menos de producir

resultados.

Desde la casa de la calle de Pabostre, inmediata al Molino de la

Ciudad, hacíamos fuego, como he dicho, contra los que daban el asalto,

cuando he aquí que las baterías de San José, antes ocupadas en demoler

la muralla, enfilaron sus cañones contra aquel viejo edificio, y

sentimos que las paredes retemblaban; que las vigas crujían como

cuadernas de un buque conmovido por las tempestades; que las maderas

de los tapiales estallaban, destrozándose en mil astillas; en suma, que

la casa se venía abajo.

—¡Cuerno, recuerno!—exclamó el tío Garcés.—¡Que se nos viene la casa

encima!

El humo y el polvo no nos permitían ver lo que pasaba fuera, ni tampoco

lo que dentro ocurría.

—¡A la calle, á la calle!—gritó Pirli, arrojándose por una ventana.

—Agustín, Agustín, ¿dónde estás?—grité yo llamando á mi amigo.

Pero Agustín no parecía. En aquel momento de angustia, y no encontrando

en medio de tal confusión ni puerta para salir ni escalera para

bajar, corrí á la ventana para arrojarme fuera, y el espectáculo

que se ofreció á mis ojos obligóme á retroceder sin aliento ni

fuerzas. Mientras los cañones de la batería de San José intentaban

por la derecha sepultarnos entre los escombros de la casa y parecían

conseguirlo sin esfuerzo, por delante, y hacia la era de San Agustín,

la infantería francesa había logrado penetrar por las brechas,

rematando á los infelices que ya apenas eran hombres, y acabándoles

de matar, pues su agonía desesperada no puede llamarse vida. De los

callejones cercanos se les hacía un fuego horroroso, y los cañones

de la calle de la Diezma sustituían á los de la batería vencida.

Pero asaltada la brecha, se aseguraban en la muralla. Era imposible

conservar en el ánimo una chispa de energía ante tamaño desastre.

Huí de la ventana hacia adentro, despavorido, fuera de mí. Un trozo de

pared estalló, reventó, desgajándose en enormes trozos, y una ventana

cuadrada tomó la figura de un triángulo isósceles: el techo dejó ver

por una esquina la luz del cielo; los trozos de yeso y las agudas

astillas salpicaron mi cara. Corrí hacia el interior siguiendo á otros

que decían: «¡por aquí, por aquí!»

—Agustín, Agustín,—grité de nuevo llamando á mi amigo.

Por fin le ví entre los que corríamos pasando de una habitación á otra,

y subiendo la escalerilla que conducía á un desván.

—¿Estás vivo?—le pregunté.

—No lo sé—me dijo,—ni me importa saberlo.

En el desván rompimos fácilmente un tabique, y pasando á otra estancia,

hallamos una empinada escalera; la bajamos, y nos vimos en una

habitación chica. Unos siguieron adelante, buscando salida á la calle,

y otros detuviéronse allí.

Se ha quedado fijo en mi imaginación, con líneas y colores indelebles,

el interior de aquella mezquina pieza, bañada por la copiosa luz

que entraba por una ventana abierta á la calle. Cubrían las paredes

desiguales estampas de vírgenes y santos. Dos ó tres cofres viejos y

forrados de piel de cabra ocupaban un testero. Veíase en otro ropa de

mujer colgada de clavos y alcayatas, y una cama altísima de humilde

aspecto, aún con las sábanas revueltas. En la ventana había tres

grandes tiestos con yerbas; y parapetadas tras ellos, dirigiendo por

los huecos la rencorosa visual de su puntería, dos mujeres hacían fuego

sobre los franceses que ya ocupaban la brecha. Tenían dos fusiles. Una

cargaba y otra disparaba; agachábase la fusilera para enfilar el cañón

entre los tiestos, y suelto el tiro, alzaba la cabeza por sobre las

matas para mirar al campo de batalla.

—¡Manuela Sancho—exclamé poniendo la mano sobre el hombro de la heróica

muchacha,—toda resistencia es inútil! Retirémonos. La casa inmediata es

destruída por las baterías de San José, y en el techo de ésta empiezan

á caer las balas. Vámonos.

Pero no hacía caso, y seguía disparando. Al fin la casa, que era

débil como la vecina, y aún menos que ésta podía resistir al choque

de los proyectiles, experimentó una fuerte sacudida, cual si temblara

la tierra en que arraigaban sus cimientos. Manuela Sancho arrojó el

fusil. Ella y la mujer que le acompañaba penetraron precipitadamente en

una inmediata alcoba, de cuyo obscuro recinto sentí salir angustiosas

lamentaciones. Al entrar, vimos que las dos muchachas abrazaban á una

anciana tullida que, en su pavor, quería arrojarse del lecho.

—Madre, esto no es nada—le dijo Manuela cubriéndola con lo primero que

encontró á mano.—Vámonos á la calle, que la casa parece que se quiere

caer.

La anciana no hablaba, no podía hablar. Tomáronla en brazos las dos

mozas; mas nosotros la recogimos en los nuestros, encargando á ellas

que llevaran nuestros fusiles y la ropa que pudieran salvar. De este

modo pasamos á un patio, que nos dió salida á otra calle, donde aún no

había llegado el fuego.

Zaragoza · 第 20 / 37 题