Agustín Montoria y yo hicimos la guardia con nuestro batallón en el
Molino de la ciudad, hasta después de anochecido, hora en que nos
relevaron los voluntarios de Huesca, y se nos concedió toda la noche
para estar fuera de las filas. Más no se crea que en estas horas de
descanso estábamos mano sobre mano, pues cuando concluía el servicio
militar, empezaba otro no menos penoso en el interior de la ciudad,
ya conduciendo heridos á la Seo y al Pilar, ya desalojando casas
incendiadas, ó bien llevando material á los señores canónigos, frailes
y magistrados de la Audiencia, que hacían cartuchos en San Juan de los
Panetes.
Pasábamos Montoria y yo por la calle de Pabostre. Yo iba comiendo
con mucha gana un mendrugo de pan. Mi amigo, taciturno y sombrío,
regalaba el suyo á los perros que encontrábamos al paso, y aunque hice
esfuerzos de imaginación para alegrar un poco su ánimo contristado, él,
insensible á todo, contestaba con tétricas expresiones á mi festivo
charlar. Al llegar al Coso me dijo:
—Dan las diez en el reloj de la Torre Nueva. Gabriel, ¿sabes que quiero
ir allá esta noche?
—Esta noche no puede ser. Esconde entre ceniza la llama del amor
mientras atraviesan el aire esos otros corazones inflamados que llaman
bombas y que vienen á reventar dentro de las casas, matando medio
pueblo.
En efecto: el bombardeo, que no había cesado durante todo el día,
continuaba en la noche, aunque un poco menos recio; y de vez en cuando
caían algunos proyectiles, aumentando las víctimas que ya en gran
número poblaban la ciudad.
—Iré allá esta noche—me contestó.—¿Me vería Mariquilla entre el
gentío que tocó á las puertas de su casa? ¿Me confundiría con los que
maltrataron á su padre?
—No lo creo: esa niña sabrá distinguir á las personas formales. Ya
averiguarás eso más adelante, que ahora no está el horno para bollos.
¿Ves? De aquella casa piden socorro, y por aquí van unas pobres
mujeres. Mira, una de ellas no se puede arrastrar y se arroja en el
suelo. Es posible que la señorita Doña Mariquilla Candiola ande también
socorriendo heridos en San Pablo ó en el Pilar.
—No lo creo.
—O quizá esté en la cartuchería.
—Tampoco lo creo. Estará en su casa, y allá quiero ir, Gabriel; ve tú
al transporte de heridos, á la pólvora ó á donde quieras, que yo voy
allá.
Diciendo esto, se nos presentó Pirli, con su hábito de fraile ya en
mil partes agujereado, y el morrión francés tan lleno de abolladuras y
desperfectos en el pelo, chapa y plumero, que el héroe, portador de
tales prendas, más que soldado parecía una figura de Carnaval.
—¿Van ustedes al acarreo de heridos?—nos dijo.—Ahora se nos murieron
dos que llevábamos á San Pablo. Allá quieren gente para abrir la
zanja en que van á enterrar los muertos de ayer; pero yo he trabajado
bastante, y voy á descabezar un sueño en casa de Manuela Sancho. Antes
bailaremos un poco. ¿Queréis venir?
—No: vamos á San Pablo—contesté,—y enterraremos muertos, pues todo es
trabajar.
—Dicen que los muchos difuntos envenenan el aire, y que por eso hay
tanta gente con calenturas, las cuales despachan para el otro barrio
más pronto que los heridos. Yo más quiero el _pastel caliente_ que la
epidemia, y una _señora_ no me da miedo; pero el frío y la calentura,
sí. Con que ¿vais á enterrar muertos?
—Sí—dijo Agustín.—Enterremos muertos.
—En San Pablo hay lo menos cuarenta, todos puestos en una
capilla—añadió Pirli,—y al paso que vamos, pronto seremos más los
muertos que los vivos. ¿Queréis divertiros? Pues no vayáis á abrir
la zanja, sino á la cartuchería, donde hay unas mozas... Todas las
muchachas principales del pueblo están allí, y de cuando en cuando
echan algo de canto y bailoteo para alegrar las almas.
—Pero allí no hacemos falta. ¿Está también Manuela Sancho?
—No: todas son señoritas principales, que han sido llamadas por la
Junta de Seguridad. Y también hay muchas en los hospitales. Ellas se
brindan á este servicio, y la que falta es mirada con tan malos ojos,
que no encontrará novio con quien casarse en todo este año ni en el que
viene.
Sentimos detrás de nosotros pasos precipitados, y volviéndonos, vimos
mucha gente, entre cuyas voces reconocimos la de D. José de Montoria,
el cual, al vernos, muy encolerizado nos dijo:
—¿Qué hacéis, papanatas? Tres hombres sanos y rollizos se están aquí
mano sobre mano, cuando hace tanta falta gente para el trabajo. Vamos,
largo de aquí. Adelante, caballeritos. ¿Veis aquellos dos palos que hay
junto á la subida del Trenque, con una viga cruzada encima, de la que
penden seis dogales? ¿Veis la horca que se ha puesto esta tarde para
los traidores? Pues es también para los holgazanes. A trabajar, ó á
puñetazos os enseñaré á mover el cuerpo.
Seguimos tras ellos, y pasamos junto á la horca, cuyos seis dogales se
balanceaban majestuosamente á impulso del viento, esperando gargantas
de traidores ó cobardes.
Montoria, cogiendo á su hijo por un brazo, mostróle con enérgico ademán
el horrible aparato, y le habló así:
—Aquí tienes lo que hemos puesto esta tarde: ¡mira qué buen regalo para
los que no cumplen con su deber! Adelante: yo, que soy viejo, no me
canso jamás, y vosotros, jóvenes llenos de salud, parecéis de manteca.
Ya se acabó aquella gente invencible del primer sitio. Señores,
nosotros los viejos demos ejemplo á estos pisaverdes, que desde que
llevan siete días sin comer, se quejan y empiezan á pedir caldo. Caldo
de pólvora os daría yo, y una garbanzada de cañón de fusil, ¡cobardes!
Ea, adelante, que hace falta enterrar muertos y llevar cartuchos á las
murallas.
—Y asistir á los enfermos de esta condenada epidemia que se está
desarrollando,—dijo uno de los que acompañaban á Montoria.
—Yo no sé qué pensar de esto que llaman epidemia los facultativos, y
que yo llamo miedo, señores, puro miedo—añadió D. José,—porque eso de
quedarse uno frío, y entrarle calambres y calentura, y ponerse verde y
morirse, ¿qué es sino efecto del miedo? Ya se acabó la gente templada,
sí, señores: ¡qué gente aquélla la del primer sitio! Ahora, en cuanto
hacen fuego nutrido y lo reciben por espacio de diez horas, ¡una
friolera! ya se caen de fatiga y dicen que no pueden más. Hay hombre
que sólo por perder pierna y media se acobarda, y empieza á llamar á
gritos á los Santos Mártires diciendo que lo lleven á la cama. ¡Nada,
cobardía y pura cobardía! Como que hoy se retiraron de la batería de
Palafox varios soldados, entre los cuales había muchos que conservaban
un brazo sano y mondo. Y luego pedían caldo... ¡Que se chupen su propia
sangre, que es el mejor caldo del mundo! Cuando digo que se acabó la
gente de pecho, aquella gente, ¡porra, mil porras!
—Mañana atacarán los franceses las Tenerías—dijo otro.—Si resultan
muchos heridos, no sé dónde les vamos á colocar.
—¡Heridos!—exclamó Montoria.—Aquí no se quieren los heridos. Los
muertos no estorban, porque se hace con ellos un montón, y... pero los
heridos... Como la gente no tiene ya aquel arrojo, pues... apuesto á
que defenderán las posiciones mientras no se vean reducidos á la décima
parte; pero las abandonarán desde que encima de cada uno se echen un
par de docenas de franceses... ¡Qué debilidad! En fin, sea lo que Dios
quiera, y pues hay heridos y enfermos, asistámoslos. ¿Qué tal? ¿Se ha
recogido hoy mucha gallina?
—Como unas doscientas, de las cuales más de la mitad son de donativo, y
las demás se han pagado á seis reales y medio. Algunos no las quieren
dar.
—Bueno. ¡Que un hombre como yo se ocupe de gallinas en estos días! Han
dicho ustedes que algunos no las querían dar, ¿eh? El señor Capitán
General me ha autorizado para imponer multas á los que no contribuyan
á la defensa, y sin ruido ni violencia arreglaremos á los tibios y á
los traidores... Alto, señores. Una bomba cae por las inmediaciones
de la Torre Nueva. ¿Veis? ¿Oís? ¡Qué horroroso estrépito! Apuesto
á que la Divina Providencia, más que los morteros franceses, la ha
dirigido contra el hogar de ese judío empedernido y sin alma que ve con
indiferencia y hasta con desprecio las desgracias de sus convecinos.
Corre la gente hacia allá; parece que arde una casa, ó que se ha
desplomado... No, no corráis, infelices: dejadla que arda; dejadla que
caiga al suelo en mil pedazos. Es la casa del tío Candiola, que no
daría una peseta por salvar al género humano de un nuevo diluvio...
Eh, Agustín, ¿á dónde vas? ¿Tú también corres hacia allá? Ven acá y
sígueme, que hacemos más falta en otra parte.
Ibamos por junto á la Escuela Pía. Agustín, impulsado sin duda por un
movimiento de su corazón, tomó á toda prisa la dirección de la plazuela
de San Felipe siguiendo á la mucha gente que hacia este sitio corría;
pero detenido enérgicamente por su padre, continuó, mal de su grado, en
nuestra compañía. Algo ardía indudablemente cerca de la Torre Nueva,
y en ésta los preciosos arabescos y las facetas de los ladrillos
brillaron enrojecidos por la cercana llama. Aquel monumento elegante,
aunque cojo, descollaba en la negra noche, vestido de púrpura, y al
mismo tiempo su colosal campana lanzaba al aire prolongados lamentos.
Llegamos á San Pablo.
—Ea, muchachos, haraganes—nos dijo Don José,—ayudad á los que abren
esta zanja. Que sea holgadita, crecederita: es un traje con que van á
vestirse cuarenta cuerpos.
Y emprendimos el trabajo, sacando tierra de la zanja que se abría en el
patio de la iglesia. Agustín cavaba como yo, y á cada instante volvía
sus ojos á la Torre Nueva.
—Es un incendio terrible—me dijo.—Mira, parece que se extingue un poco,
Gabriel: yo me quiero arrojar en esta gran fosa que estamos abriendo.
—No haya prisa—le respondí,—que tal vez mañana nos echen en ella sin
que lo pidamos. Con que dejarse de tonterías, y á trabajar.
—¿No ves? Creo que se extingue el fuego.
—Sí: se habrá quemado toda la casa. El tío Candiola habráse encerrado
en el sótano con su dinero, y allí no llegará el fuego.
—Gabriel, voy un momento allá: quiero ver si ha sido su casa. Si sale
mi padre de la iglesia, le dirás que... vuelvo en seguida.
La repentina salida de D. José Montoria impidió á Agustín la fuga que
proyectaba, y los dos continuamos cavando la gran sepultura. Comenzaron
á sacar cuerpos, y los heridos ó enfermos, que eran traídos á cada
instante, veían el cómodo lecho que se les estaba preparando, quizás
para el día siguiente. Al fin se creyó que la zanja era bastante honda,
y nos mandaron suspender la excavación. Acto continuo fueron traídos
uno á uno los cadáveres y arrojados en su gran sepultura, mientras
algunos clérigos, puestos de rodillas y rodeados de mujeres piadosas,
recitaban lúgubres responsos. Cayeron dentro todos, y no faltaba sino
echar la tierra encima. D. José Montoria, con la cabeza descubierta y
rezando en voz alta un Padrenuestro, echó el primer puñado, y luego
nuestras palas y azadas empezaron á cubrir la tumba á toda prisa.
Concluída nuestra operación, todos nos pusimos de rodillas y rezamos en
voz baja. Agustín Montoria me decía al oído:
—Iremos ahora... Mi padre se marchará: le dices que hemos quedado en
relevar á dos compañeros que tienen un enfermo en su familia, y quieren
pasar á verle. Díselo, por Dios: y no me atrevo... y en seguida nos
iremos allá.