XV

Y engañamos al viejo y fuimos, ya muy avanzada la noche, porque la

inhumación que acabo de mencionar duró más de tres horas. La luz del

incendio por aquella parte había dejado de verse; la masa de la torre

perdíase en la obscuridad de la noche, y su gran campana no sonaba sino

de tarde en tarde para anunciar la salida de una bomba. Pronto llegamos

á la plazuela de San Felipe, y al observar que humeaba el techo de una

casa cercana en la calle del Temple, comprendimos que no fué la del tío

Candiola, sino aquélla, la que tres horas antes habían invadido las

llamas.

—Dios la ha preservado—dijo Agustín con mucha alegría,—y si la ruindad

del padre trae sobre aquel techo la cólera divina, las virtudes y la

inocencia de Mariquilla la detienen. Vamos allá.

En la plazuela de San Felipe había alguna gente; pero la calle de Antón

Trillo estaba desierta. Nos detuvimos junto á la tapia de la huerta

y pusimos atento el oído. Todo estaba tan en silencio, que parecía

abandonada la casa. ¿Lo estaría realmente? Aunque aquel barrio era

de los menos castigados por el bombardeo, muchas familias lo habían

desalojado, ó vivían refugiadas en los sótanos.

—Si entro—me dijo Agustín,—tú entrarás conmigo. Después de la escena

de hoy, temo que D. Jerónimo, suspicaz y medroso como buen avaro, esté

alerta toda la noche y ronde la huerta, creyendo que vuelven á quitarle

su hacienda.

—En ese caso—le respondí,—más vale no entrar, porque además del peligro

que trae el caer en manos de ese vestiglo, habrá gran escándalo, y

mañana todos los habitantes de Zaragoza sabrían que el hijo de D. José

Montoria, el joven destinado á encajarse una mitra en la cabeza, anda

en malos pasos con la hija del tío Candiola.

Pero esto y algo más que le dije era predicar en desierto, y así, sin

atender razones, insistiendo en que yo le siguiera, hizo la señal

amorosa, aguardando con la mayor ansiedad que fuera contestada.

Transcurrió algún tiempo, y al cabo, después de mucho mirar y remirar

desde la acera de enfrente, percibimos luz en la ventana alta. Sentimos

luego descorrer muy quedamente el cerrojo del portalón, y éste se

abrió sin rechinar, pues sin duda el amor había tenido la precaución

de engrasar sus viejos goznes. Los dos entramos, topando de manos á

boca, no con la deslumbradora hermosura de una perfumada y voluptuosa

doncella, sino con una avinagrada cara, en la que al punto reconocí á

Doña Guedita.

—¡Vaya unas horas de venir!—dijo gruñendo;—y viene con otro.

Caballeritos, hagan el favor de no meter ruido. Anden sobre las puntas

de los pies, y cuiden de no tropezar ni con una hoja seca, que el

señor me parece que está despierto.

Esto nos lo dijo en voz tan baja, que apenas lo entendimos; y luego

marchó adelante haciendo señas de que la siguiéramos, y poniendo el

dedo en los labios para intimarnos un silencio absoluto. La huerta

era pequeña: pronto le dimos fin, tropezando con una escalerilla de

piedra que conducía á la entrada de la casa, y no habíamos subido seis

escalones cuando nos salió al encuentro una esbelta figura, arrebujada

en una manta, capa ó cabriolé. Era Mariquilla. Su primer ademán fué

imponernos silencio, y luego miró con inquietud una ventana lateral que

también á la huerta caía. Después mostró sorpresa al ver que Agustín

iba acompañado; pero éste supo tranquilizarla diciendo:

—Es Gabriel, mi amigo, mi mejor, mi único amigo, de quien me has oído

hablar tantas veces.

—Habla más bajo—dijo María.—Mi padre salió hace poco de su cuarto con

una linterna y rondó toda la casa y la huerta. Me parece que no duerme

aún. La noche está obscura. Ocultémonos en la sombra del ciprés, y

hablemos en voz muy baja.

La escalera de piedra conducía á una especie de corredor ó balcón

con antepecho de madera. En el extremo de este corredor, un ciprés

corpulento plantado en la huerta, proyectaba gran masa de sombra,

formando allí una especie de refugio contra la claridad de la luna.

Las ramas desnudas del olmo se extendían sin sombrear por otro lado,

y garabateaban con mil rayas el piso del corredor, la pared de la

casa y nuestros cuerpos. Al amparo de la sombra del ciprés sentóse

Mariquilla en la única silla que allí había; púsose Montoria en el

suelo y junto á ella, apoyando las manos en sus rodillas, y yo sentéme

también sobre el piso no lejos de la hermosa pareja. Era la noche, como

de Enero, serena, seca y fría; quizás los dos amantes, caldeados en

el amoroso rescoldo de sus corazones, no sentían la baja temperatura;

pero yo, criatura ajena á sus incendios, me envolví en mi capote, para

resguardarme de la frialdad de los ladrillos. La tía Guedita había

desaparecido. Mariquilla entabló la conversación abordando desde luego

el punto difícil.

—Esta mañana te ví en la calle. Cuando sentimos Guedita y yo el ruido

de mucha gente que se agolpaba en nuestra puerta, me asomé á la

ventana, y te ví en la acera de enfrente.

—Es verdad—respondió Montoria con turbación.—Allá fuí; pero tuve que

marcharme al instante, porque se me acababa la licencia.

—¿No viste cómo aquellos bárbaros atropellaron á mi padre?—dijo

Mariquilla conmovida.—Cuando aquel hombre cruel le castigó, miré á

todos lados, esperando que tú saldrías en su defensa; pero ya no te ví

por ninguna parte.

—Lo que te digo, Mariquilla de mi corazón—repuso Agustín,—es que tuve

que marcharme antes... Después me dijeron que tu padre había sido

maltratado, ¡y me dió un coraje!... Quise venir.

—¡A buenas horas! Entre tantas, entre tantas personas—añadió Candiola

llorando,—ni una, ni una sola hizo un gesto para defenderle. Yo me

moría de miedo aquí arriba, viéndole en peligro. Miramos con ansiedad

á la calle. Nada: no había más que enemigos... Ni una mano generosa,

ni una voz caritativa. Entre todos aquellos hombres, uno más cruel

que todos arrojó á mi padre en el suelo... ¡Oh! Recordando esto, no

sé lo que me pasa. Cuando lo presencié, un gran terror me tuvo por

momentos paralizada. Hasta entonces no conocí yo la verdadera cólera,

aquel fuego interior, aquel impulso repentino, que me hizo correr de

aposento en aposento buscando... Mi pobre padre yacía en el suelo, y el

miserable le pisoteaba como si fuera un reptil venenoso. Viendo esto,

yo sentía la sangre hirviendo en mi cuerpo. Como te he dicho, corrí

por la habitación buscando un arma, un cuchillo, un hacha, cualquier

cosa. No encontré nada... Desde lo interior, oí lamentos de mi padre,

y sin esperar más bajé á la calle. Al verme en el almacén entre tantos

hombres, sentí de nuevo invencible terror, y no podía dar un paso. El

mismo que le había maltratado, me alargó un puñado de monedas de oro.

No las quise tomar; pero luego se las arrojé á la cara con fuerza. Me

parecía tener en la mano un puñado de rayos, y que vengaba á mi padre

lanzándolos contra aquellos viles. Salí después, miré otra vez á todos

lados buscándote; pero nada ví. Sólo entre la turba inhumana, mi padre

se encontraba sobre el cieno pidiendo misericordia.

—¡Oh! María, Mariquilla de mi corazón—exclamó Agustín con dolor,

besando las manos de la desgraciada hija del avaro,—no hables más de

ese asunto, que me destrozas el alma. Yo no podía defenderle... tuve

que marcharme... no sabía nada... creí que aquella gente se reunía con

otro objeto. Es verdad que tienes razón; pero deja ese asunto que me

lástima, me ofende y me causa inmensa pena.

—Si hubieras salido á la defensa de mi padre, éste te hubiera mostrado

gratitud. De la gratitud se pasa al cariño. Habrías entrado en casa...

—Tu padre es incapaz de amar á nadie—respondió Montoria.—No esperes que

consigamos nada por ese camino. Confiemos en llegar al cumplimiento

de nuestro deseo por caminos desconocidos, con la ayuda de Dios y

cuando menos lo parezca. No pensemos en lo ordinario ni en lo que

tenemos delante, porque todo lo que nos rodea está lleno de peligros,

de obstáculos, de imposibilidades; pensemos en algo imprevisto, en

algún medio superior y divino, y llenos de fe en Dios y en el poder de

nuestro amor, aguardemos el milagro que nos ha de unir, porque será un

milagro, María, un prodigio como los que cuentan de otros tiempos y nos

resistimos á creer.

—¡Un milagro!—exclamó María con melancólica estupefacción.—Es

verdad. Tú eres un caballero principal, hijo de personas que jamás

consentirían verte casado con la hija del Sr. Candiola. Mi padre es

aborrecido en toda la ciudad. Todos huyen de nosotros, nadie nos

visita; si salgo, me señalan, me miran con insolencia y desprecio. Las

muchachas de mi edad no gustan de alternar conmigo, y los jóvenes del

pueblo que recorren de noche la ciudad cantando músicas amorosas al pie

de las rejas de sus novias, vienen junto á las mías á decir insultos

contra mi padre, llamándome á mí misma con los nombres más feos. ¡Oh!

¡Dios mío! Comprendo que ha de ser preciso un milagro para que yo sea

feliz... Agustín, nos conocemos hace cuatro meses y aún no has querido

decirme el nombre de tus padres. Sin duda no serán tan odiados como el

mío. ¿Por qué lo ocultas? Si fuera preciso que nuestro amor se hiciera

público, te apartarías de las miradas de tus amigos, huyendo con horror

de la hija del tío Candiola.

—¡Oh! No, no digas eso—exclamó Agustín abrazando las rodillas de

Mariquilla y ocultando el rostro en su regazo.—No digas que me

avergüenzo de quererte, porque al decirlo insultas á Dios. No es

verdad. Hoy nuestro amor permanece en secreto, porque es necesario

que así pase; pero cuando sea preciso descubrirlo, lo descubriré

arrostrando la cólera de mi padre. Sí, María: mis padres me maldecirán,

arrojándome de su casa. Hace pocas noches me dijiste, mirando ese

monumento que desde aquí se descubre: «Cuando esa torre se ponga

derecha dejaré de quererte.» Yo te juro que la firmeza de mi amor

excede á la inmovilidad, al grandioso equilibrio de esa torre, que

podrá caer al suelo, pero jamás ponerse á plomo sobre la base que la

sustenta. Las obras de los hombres son variables: las de la Naturaleza

son inmutables, y descansan eternamente sobre su inmortal asiento. ¿Has

visto el Moncayo, esa gran peña que, escalonada con otras muchas, se

divisa hacia Poniente, mirando desde el arrabal? Pues cuando el Moncayo

se canse de estar en aquel sitio y se mueva, y venga andando hasta

Zaragoza, y ponga uno de sus pies sobre nuestra ciudad reduciéndola á

polvo, entonces, sólo entonces dejaré de quererte.

De este modo hiperbólico y con este naturalismo poético expresaba mi

amigo su grande amor, correspondiendo y halagando así la imaginación

de la hermosa Candiola, que propendía con impulso ingénito al mismo

sistema. Callaron ambos un momento, y luego los dos, mejor dicho, los

tres proferimos una exclamación y miramos á la torre, cuya campana

había lanzado al viento dos toques de alarma. En el mismo instante

un globo de fuego surcó el negro espacio, describiendo rápidas

oscilaciones.

—¡Una bomba! ¡Es una bomba!—exclamó María con pavor, arrojándose en

brazos de su amigo.

La espantosa luz pasó velozmente por encima de nuestras cabezas, por

encima de la huerta y de la casa, iluminando á su paso la torre, los

techos vecinos, hasta el rincón donde nos escondíamos. Luego sintióse

el estallido. La campana empezó á clamar, uniéndose á su grito el de

otras más ó menos lejanas, agudas, graves, chillonas, cascadas, y oímos

el tropel de la gente que corría por las inmediatas calles.

—Esa bomba no nos matará—dijo Agustín tranquilizando á su

novia.—¿Tienes miedo?

—¡Mucho, muchísimo miedo!—respondió ésta,—aunque á veces me parece que

tengo mucho, muchísimo valor. Paso las noches rezando y pidiéndole á

Dios que aparte de mi casa el fuego. Hasta ahora ninguna desgracia nos

ha ocurrido, ni en éste ni en el otro sitio. Pero ¡cuántos infelices

han perecido, cuántas casas de personas honradas y que nunca hicieron

mal á nadie han sido destruídas por las llamas! Yo deseo ardientemente

ir como los demás á socorrer á los heridos; pero mi padre me lo

prohibe, y se enfada conmigo siempre que se lo propongo.

Esto decía, cuando en el interior de la casa sentimos ruido vago

y lejano en que se confundía con la voz de la señora Guedita la

desapacible del tío Candiola. Los tres, obedeciendo á un mismo

pensamiento, nos estrechamos en el rincón y contuvimos el aliento,

temiendo ser sorprendidos. Luego sentimos más cerca la voz del avaro

que decía:

—¿Qué hace usted levantada á estas horas, señora Guedita?

—Señor—contestó la vieja asomándose por una ventana que daba al

corredor,—¿quién puede dormir con ese horroroso bombardeo? Si á lo

mejor se nos mete aquí una señora bomba y nos coge en la cama y en

paños menores, y vienen los vecinos á sacar los trastos y apagar el

fuego... ¡Oh, qué falta de pudor! No pienso desnudarme mientras dure

este endemoniado bombardeo.

—Y mi hija, ¿duerme?—preguntó Candiola, que al decir esto se asomaba

por un ventanillo al otro extremo de la huerta.

—Arriba está durmiendo como una marmota—repuso la dueña.—Bien dicen que

para la inocencia no hay peligros. A la niña no le asusta una bomba más

que un cohete.

—¡Si desde aquí se divisara el punto donde ha caído ese proyectil!—dijo

Candiola alargando su cuerpo fuera de la ventana para poder extender la

vista por sobre los tejados vecinos, más bajos que el de su casa.—Se ve

claridad como de incendio; pero no puedo decir si es cerca ó lejos.

—O yo no entiendo nada de bombas—dijo Guedita desde el corredor,—ó ésta

ha caído allá por el Mercado.

—Así parece. Si cayeran todas en las casas de los que sostienen la

defensa, y se empeñan en no acabar de una vez tantos desastres...

¡Si no me engaño, señora Guedita, el fuego luce hacia la calle de la

Tripería. ¿No están por allá los almacenes de la Junta de Abastos? ¡Ah!

¡Bendita bomba, que no cayera en la calle de la Hilarza y en la casa

del malvado y miserable ladrón!... Señora Guedita, estoy por salir á

la calle á ver si el regalo ha caído en la calle de la Hilarza, en la

casa del orgulloso, del entrometido, del canalla, del asesino D. José

de Montoria. Se lo he pedido con tanto fervor esta noche á la Virgen

del Pilar, á las Santas Másas y á Santo Domingo del Val, que al fin

creo que me han oído.

—Sr. D. Jerónimo—dijo la vieja,—déjese de correrías, que el frío de la

noche traspasa, y no vale la pena de coger una pulmonía por ver dónde

paró la bomba, que harto tenemos ya con saber que no se nos ha metido

en casa. Si la que pasó no ha caído en casa de ese bárbaro sayón, otra

caerá mañana, pues los franceses tienen buena mano. Con que acuéstese

su merced, que yo me quedo rondando la casa, por si ocurriese algo.

Candiola, respecto á la salida, varió sin duda de parecer, en vista

de los buenos consejos de la criada, porque cerrando la ventanilla,

metióse dentro y no se le sintió más en el resto de la noche. Más no

porque desapareciera rompieron los amantes el silencio, temerosos

de ser escuchados ó sorprendidos; y hasta que la vieja no vino á

participarnos que el señor roncaba como un labriego, no se reanudó el

diálogo interrumpido.

—Mi padre desea que las bombas caigan sobre la casa de su enemigo—dijo

María.—Yo no quisiera verlas en ninguna parte; pero si alguna vez se

puede desear mal al prójimo, es en esta ocasión, ¿no es verdad?

Agustín no contestó nada.

—Tú te marchaste—continuó la joven;—tú no viste cómo aquel hombre, el

más cruel, el más malvado y cobarde de todos los que vinieron, le

arrojó al suelo, ciego de cólera, y le pisoteó. Así patearán su alma

los demonios en el infierno, ¿no es verdad?

—Sí,—contestó lacónicamente el mozo.

—Esta tarde, después que todo aquello pasó, Guedita y yo curábamos

las contusiones de mi padre. Estaba tendido sobre la cama, y loco de

desesperación se retorcía mordiéndose los puños y lamentándose de no

haber tenido más fuerza que el otro. Nosotras procurábamos consolarle;

pero él nos decía que calláramos. Después me echó en cara, ¡tal era

su rabia! que hubiese yo arrojado á la calle el dinero de la harina;

enfadóse mucho conmigo, y me dijo que pues no se pudo sacar otra cosa,

los tres mil reales y pico no debían despreciarse; y que yo era una

loca despilfarradora, que le estaba arruinando. De ningún modo podíamos

calmarle. Cerca del anochecer, sentimos otra vez ruido en la calle.

Creímos que volvían los mismos y el mismo del mediodía. Mi padre quiso

arrojarse del lecho lleno de furia. Yo tuve al principio mucho miedo;

después me reanimé, considerando que era necesario mostrar valor.

Pensando en tí, dije: «Si él estuviera en casa, nadie nos insultaría.»

Como el rumor de la calle aumentara, llenéme de valor, cerré bien todas

las puertas, y rogando á mi padre que continuase quieto en su cama,

resolví esperar. Mientras Guedita rezaba de rodillas á todos los santos

del cielo, yo registré la casa buscando un arma, y al fin pude hallar

un cuchillo. La vista de este arma siempre me ha causado horror; pero

hoy la empuñé con decisión. ¡Oh! estaba fuera de mí, y aun ahora mismo

me causa espanto el pensar en aquello. Frecuentemente me desmayo al

mirar un herido; me asusto y tiemblo sólo de ver una gota de sangre;

casi lloro si castigan á un perro delante de mí, y jamás he tenido

fuerzas para matar una mosca; pero esta tarde, Agustín, esta tarde,

cuando sentí ruido en la calle, cuando creí oir de nuevo los golpes en

la puerta, cuando esperaba por momentos ver delante de mí á aquellos

hombres... Te juro que si llega á salir verdad lo que temí; si cuando

yo estaba en el cuarto de mi padre, junto á su cama, llega á entrar

el mismo hombre que le maltrató algunas horas antes, te juro que allí

mismo... sin vacilar... cierro los ojos y le parto el corazón.

—Calla por Dios—dijo Montoria con horror.—Me causas miedo, María, y

al oirte me parece que tus propias manos, estas divinas manos clavan

en mi pecho la hoja fría. No maltratarán otra vez á tu padre. Ya ves

cómo lo de esta noche fué puro miedo. No, no hubieras sido capaz de

lo que dices: tú eres una mujer, y una mujer débil, sensible, tímida,

incapaz de matar á un hombre, como no lo mates de amor. El cuchillo

se te hubiera caído de las manos, y no habrías manchado tu pureza con

la sangre de un semejante. Esos horrores se quedan para nosotros los

hombres, que nacemos destinados á la lucha, y que á veces nos vemos en

el triste caso de gozar arrancando hombres á la vida. María, no hables

más de ese asunto; no recuerdes á los que te ofendieron: perdónales, y

sobre todo no mates á nadie, ni aun con el pensamiento.

Zaragoza · 第 18 / 37 题