Concluída la conducción, busqué á Agustín; pero no le encontraba en
ninguna parte, ni en casa de su padre, ni en el almacén de la Junta de
Abastos, ni en el Coso, ni en Santa Engracia. Al fin halléle á la caída
de la tarde en el Molino de pólvora, hacia San Juan de los Panetes. He
olvidado decir que los zaragozanos, atentos á todo, habían improvisado
un taller donde se elaboraban diariamente de nueve á diez quintales de
pólvora. Ayudando á los operarios que ponían en sacos y en barriles
la cantidad fabricada en el día, ví á Agustín Montoria trabajando con
actividad febril.
—¿Ves este enorme montón de pólvora?—me dijo cuando me acerqué á
él.—¿Ves aquellos sacos y aquellos barriles todos llenos de la misma
materia? Pues aún me parece poco, Gabriel.
—No sé lo que quieres decir.
—Digo que si esta inmensa cantidad de pólvora fuera del tamaño de
Zaragoza, me gustaría aún más. Sí: y en tal caso, quisiera yo ser el
único habitante de esta gran ciudad. ¡Qué placer! Mira, Gabriel, si
así fuera, yo mismo le pegaría fuego, volaría hasta las nubes escupido
por la horrorosa erupción, como la piedrecilla que lanza el cráter del
volcán á cien leguas de distancia. Subiría al quinto cielo; de mis
miembros despedazados al caer, después de esparcidos en diferentes
distancias, no quedaría memoria. La muerte, Gabriel, la muerte es lo
que deseo. Pero yo quiero una muerte... No sé cómo explicártelo. Mi
desesperación es tan grande, que morir de un balazo, morir de una
estocada no me satisface. Quiero estallar y difundirme por los espacios
en mil inflamadas partículas; quiero sentirme en el seno de una nube
flamígera, y que mi espíritu saboree, aunque sólo sea por un instante
de inconmensurable pequeñez, las delicias de ver reducida á polvo de
fuego la carne miserable. Gabriel, estoy desesperado. ¿Ves toda esa
pólvora? Pues supón dentro de mi pecho todas las llamas que puedan
salir de aquí... ¿La viste cuando salió á recoger á su padre? ¿Viste
cuando arrojó las monedas?... Yo estaba en la esquina observándolo
todo. María no sabe que aquel hombre que maltrató á su padre es el
mío, ¿Viste cómo los chicos arrojaban lodo al pobre Candiola? Yo
reconozco que Candiola es un miserable; pero ella, ¿qué culpa tiene?
Ella y yo, ¿que culpa tenemos? Nada, Gabriel, mi corazón destrozado
anhela mil muertes: yo no puedo vivir; yo correré al sitio de mayor
peligro, y me arrojaré á buscar el fuego de los franceses, porque
después de lo que he visto hoy, yo y la tierra en que habito somos
incompatibles.
Le saqué de allí, llevándole á la muralla, y tomamos parte en las obras
de fortificación que se estaban haciendo en las Tenerías, el punto
más débil de la ciudad después de la pérdida de San José y de Santa
Engracia. Ya he dicho que desde la embocadura de la Huerva hasta San
José había 50 bocas de fuego. Contra esta formidable línea de ataque,
¿qué valía nuestro circuito fortificado?
El arrabal de las Tenerías se extiende al Oriente de la ciudad, entre
la Huerva y el recinto antiguo, perfectamente deslindado aún por la
gran vía que se llama el Coso. Componíase el caserío, á principios
del siglo, de edificios endebles, casi todos habitados por labradores
y artesanos, y las construcciones religiosas no tenían allí la
suntuosidad de otros monumentos de Zaragoza. La planta general de
este barrio es aproximadamente un segmento de círculo, cuyo arco da
al campo y cuya cuerda le une al resto de la ciudad, desde la Puerta
Quemada á la subida de Sepulcro. Corrían desde esta línea hacia la
circunferencia varias calles, unas interrumpidas como las de Añón,
Alcover y las Arcadas, y otras prolongadas como las de Palomar y San
Agustín. Con éstas se enlazaban, sin plan ni concierto ni simetría
alguna, estrechas vías como la calle de la Diezma, Barrio Verde, de los
Clavos y de Pabostre. Algunas de éstas se hallaban determinadas, no
por hileras de casas, sino por largas tapias, y á veces faltando una
cosa y otra las calles se resolvían en informes plazuelas, mejor dicho,
corrales ó patios donde no había nada. Digo mal, porque en los días á
que me refiero, los escombros ocasionados por el primer sitio sirvieron
para alzar baterías y barricadas en los puntos donde las casas no
ofrecían defensa natural. Cerca del pretil del Ebro existían algunos
trozos de muralla antigua y varios cubos de mampostería, que algunos
suponen hechos por manos de gente romana, y otros juzgan obra de los
árabes. En mi tiempo (no sé cómo estará actualmente), estos trozos de
muralla aparecían empotrados en las manzanas de casas, mejor dicho,
las casas estaban empotradas en ellos, buscando apoyo en los recodos y
ángulos de aquella obra secular, ennegrecida, mas no quebrantada, por
el paso de tantos siglos. Así lo nuevo se había edificado sobre y entre
los restos de lo antiguo en confuso amasijo, como la gente española se
desarrolló y crió sobre despojos de otras gentes con mezcladas sangres,
hasta constituirse como hoy lo está.
El aspecto general del barrio de las Tenerías traía á la imaginación,
acompañados de cierta idealidad risueña, los recuerdos de la
dominación arábiga. La abundancia del ladrillo, los largos aleros, el
ningún orden de las fachadas, las ventanuchas con celosías, la completa
anarquía arquitectural, aquello de no saberse dónde acababa una casa y
empezaba otra; la imposibilidad de distinguir si ésta tenía dos pisos ó
tres, si el tejado de aquélla servía de apoyo á las paredes de las de
más allá; las calles que á lo mejor acababan en un corral sin salida,
los arcos que daban entrada á una plazuela, todo me recordaba lo que en
otro pueblo de España, de allí muy distante, había visto.
Pues bien: esta amalgama de casas que os he descrito muy á la
ligera; este arrabal fabricado por varias generaciones de labriegos
y curtidores, según el capricho de cada uno y sin orden ni armonía,
estaba preparado para la defensa, ó se preparaba en los días 24 y 25
de Enero, una vez que se advirtió la gran pompa de fuerzas ofensivas
que desplegó el francés por aquella parte. Y he de advertir que todas
las familias habitadoras de las casas del arrabal, procedían á ejecutar
obras, según su propio instinto estratégico, y allí había ingenieros
militares con faldas, que dieron muestras de un profundo saber de
guerra al tabicar ciertos huecos y abrir otros al fuego y á la luz. Los
muros de Levante estaban en toda su extensión aspillerados. Los cubos
de la muralla _cesaraugustana_, hechos contra las flechas y las piedras
de honda, sostenían cañones.
Si la zona de acción de alguna de estas piezas era estrechada por
cualquier tejado colindante, azotea ó casa entera, al punto se quitaba
el obstáculo. Muchos pasos habían sido obstruídos, y dos de los
edificios religiosos del arrabal, San Agustín y las Mónicas, eran
verdaderas fortalezas. La tapia había sido reedificada y reforzada;
las baterías se enlazaban unas con otras, y nuestros ingenieros
habían calculado hábilmente las posiciones y el alcance de las obras
enemigas, para acomodar á ellas las defensivas. Dos puntos avanzados
tenía la línea, y eran el molino de Goicoechea y una casa que, por
pertenecer á un D. Victoriano González, ha quedado en la historia con
el nombre de _Casa de González_. Recorriendo dicha línea desde Puerta
Quemada, se encontraba primero la batería de Palafox; luego el Molino
de la ciudad; luego las Eras de San Agustín; en seguida el molino de
Goicoechea, colocado fuera del recinto; después la tapia de la huerta
de las Mónicas, y á continuación las de San Agustín; más adelante una
gran batería y la casa de González. Esto es todo lo que recuerdo de
las Tenerías. Había por allí un sitio que llamaban el Sepulcro, por
la proximidad de una iglesia de este nombre. Al arrabal entero, mejor
que á una parte de él, cuadraba entonces el nombre de _sepulcro_. Y no
os digo más por no cansaros con estas menudencias descriptivas, que
en rigor son innecesarias para quien conoce aquellos gloriosísimos
lugares, é insuficientes para el que no ha podido visitarlos.