Desde aquel día, tan memorable en el segundo sitio como el de las Eras
en el primero, empezó el gran trabajo, el gran frenesí, la exaltación
ardiente en que vivieron por espacio de mes y medio sitiadores y
sitiados. Las salidas verificadas en los primeros dos días de Enero
no fueron de gran importancia. Los franceses, concluída la primera
paralela, avanzaron en zig-zag para abrir la segunda, y con tanta
actividad trabajaron en ella, que bien pronto vimos amenazadas nuestras
dos mejores posiciones del Mediodía, San José y el reducto del Pilar,
por imponentes baterías de sitio, cada una con diez y seis cañones.
Excusado es decir que no cesábamos en mortificarles, ya enviándoles un
incesante fuego, ya sorprendiéndoles con audaces escaramuzas; pero
así y todo, Junot, que por aquellos días sustituyó á Moncey, llevaba
adelante los trabajos con mucha diligencia.
Nuestro batallón continuaba en el reducto, obra levantada en la
cabecera del puente de la Huerva y á la parte de fuera. El radio de
sus fuegos abrazaba una extensión considerable, cruzándose con los de
San José. Las baterías de los Mártires, del Jardín Botánico y de la
torre del Pino, más internadas en el recinto de la ciudad, tenían menos
importancia que aquellas dos sólidas posiciones avanzadas, y le servían
de auxiliares. Nos acompañaban en la guarnición muchos voluntarios
aragoneses, algunos soldados del resguardo, y varios paisanos armados
de los que espontáneamente se adherían al cuerpo más de su gusto. Ocho
cañones tenía el reducto. Era su jefe D. Domingo Larripa; mandaba la
artillería D. Francisco Betbezé, y hacía de jefe de ingenieros el gran
Simonó, oficial de este distinguido cuerpo, hombre de tal condición,
que se le puede citar como modelo de buenos militares, así en el valor
como en la pericia.
Era el reducto una obra, aunque de circunstancias, bastante fuerte,
y no carecía de ningún requisito material para ser bien defendida.
Sobre la puerta de entrada, al extremo del puente, habían puesto
sus constructores una tabla con la siguiente inscripción: _Reducto
inconquistable de Nuestra Señora del Pilar. ¡Zaragozanos: morir por la
Virgen del Pilar ó vencer!_
Allí dentro no teníamos alojamiento, y aunque la estación no era muy
cruda, lo pasábamos bastante mal. El suministro de provisiones de boca
se hacía por una Junta encargada de la administración militar; pero
esta Junta, á pesar de su celo, no podía atendernos de un modo eficaz.
Por nuestra fortuna y para honor de aquel magnánimo pueblo, de todas
las casas vecinas nos mandaban diariamente lo mejor de sus provisiones,
y á menudo éramos visitados por las mismas mujeres caritativas que
desde la acción del 31 se habían encargado de cuidar en su propio
domicilio á nuestros pobres heridos.
No sé si he hablado de Pirli. Pirli era un muchacho de los arrabales,
labrador, como de veinte años y de condición tan festiva, que los
lances peligrosos desarrollaban en él una alegría nerviosa y febril.
Jamás le ví triste; acometía á los franceses cantando, y cuando las
balas silbaban en torno suyo, sacudía manos y pies haciendo grotescos
gestos y cabriolas. Llamaba al fuego graneado _pedrisco_, á las balas
de cañón _las tortas calientes_, á las granadas _las señoras_, y á
la pólvora la _harina negra_, usando además otros terminachos de que
no hago memoria en este momento. Pirli, aunque poco formal, era un
cariñoso compañero.
No sé si he hablado del tío Garcés. Era un hombre de cuarenta y cinco
años, natural de Garrapinillos, fortísimo, atezado, con semblante
curtido y miembros de acero, ágil cual ninguno en los movimientos, é
imperturbable como una máquina ante el fuego; poco hablador y bastante
desvergonzado cuando hablaba, pero con cierto gracejo en su garrulería.
Tenía una pequeña hacienda en los alrededores, y casa muy modesta; mas
con sus propias manos había arrasado la casa, y puesto por tierra los
perales, para quitar defensas al enemigo. Oí contar de él mil proezas
realizadas en el primer sitio; ostentaba bordado en la manga derecha
el _escudo de premio y distinción_ de 16 de Agosto. Vestía tan mal que
casi iba medio desnudo, no porque careciera de traje, sino por no haber
tenido tiempo para ponérselo. El y otros como él, fueron sin duda los
que inspiraron la célebre frase de que antes he hecho mención. Sus
carnes _sólo se vestían de gloria_. Dormía sin abrigo y comía menos
que un anacoreta, pues con dos pedazos de pan acompañados de un par
de mordiscos de cecina, dura como cuero, tenía bastante para un día.
Era hombre algo meditabundo, y cuando observaba los trabajos de la
segunda paralela, decía mirando á los franceses: _Gracias á Dios que se
acercan, ¡cuerno!... ¡Cuerno! esta gente le acaba á uno la paciencia._
—¿Qué prisa tiene usted, tío Garcés?—le decíamos.
—¡Recuerno! Tengo que plantar los árboles otra vez antes que pase el
invierno—contestaba,—y para el mes que entra quisiera volver á levantar
la casita.
En resumen: el tío Garcés, como el reducto, debía llevar un cartel en
la frente que dijera: _Hombre inconquistable._
Pero ¿quién viene allí, avanzando lentamente por la hondonada de
la Huerva, apoyándose en un grueso bastón, y seguido de un perrillo
travieso que ladra á todos los transeuntes por pura fanfarronería
y sin intención de morderles? Es el Padre Fray Mateo del Busto,
lector y calificador de la Orden de Mínimos, capellán del segundo
tercio de voluntarios de Zaragoza, insigne varón á quien, á pesar de
su ancianidad, se vió durante el primer sitio en todos los puestos
de peligro, socorriendo heridos, auxiliando moribundos, llevando
municiones á los sanos, y animando á todos con el acento de su dulce
palabra.
Al entrar en el reducto, nos mostró una cesta grande y pesada que
trabajosamente cargaba, y en la cual traía algunas vituallas algo
mejores que las de nuestra ordinaria mesa.
—Estas tortas—dijo sentándose en el suelo y sacando uno por uno los
objetos que iba nombrando,—me las han dado en casa de la excelentísima
señora Condesa de Bureta, y ésta en casa de D. Pedro Ric. Aquí tenéis
también un par de lonjas de jamón, que son de mi Convento y se
destinaban al Padre Loshoyos, que está muy enfermito del estómago; pero
él, renunciando á este regalo, me lo dió para traéroslo. A ver qué os
parece esta botella de vino. ¿Cuánto darían por ella los gabachos que
tenemos enfrente?
Todos miramos hacia el campo. El perrillo, saltando denodadamente á la
muralla, empezó á ladrar á las líneas francesas.
—También os traigo un par de libras de orejones, que se han conservado
en la despensa de nuestra casa. Ibamos á ponerlos en aguardiente;
pero primero que nadie sois vosotros, valientes muchachos. Tampoco
me he olvidado de tí, querido Pirli—añadió volviéndose al chico de
este nombre,—y como estás casi desnudo y sin manta, te he traído un
magnífico abrigo. Mira este lío. Pues es un hábito viejo que tenía
guardado para darlo á un pobre: ahora te lo regalo para que cubras y
abrigues tus carnes. Es vestido impropio de un soldado; pero si el
hábito no hace al monje, tampoco el uniforme hace al militar. Póntelo,
y estarás muy holgadamente con él.
El fraile dió á nuestro amigo su lío, y éste se puso el hábito entre
risas y jácara de una y otra parte; y como conservaba aún, llevándolo
constantemente en la cabeza, el alto sombrero de piel que el día 31
había cogido en el campamento enemigo, hacía la figura más extraña que
puede imaginarse.
Poco después llegaron algunas mujeres también con cestas de
provisiones. La aparición del sexo femenino transformó de súbito el
aspecto del reducto. No sé de dónde sacaron la guitarra; lo cierto es
que la sacaron de alguna parte: uno de los presentes empezó á rasguear
primorosamente los compases de la incomparable, de la divina, de la
inmortal jota, y en un momento se armó gran jaleo de baile. Pirli,
cuya grotesca figura empezaba en ingeniero francés y acababa en fraile
español, era el más exaltado de los bailarines, y no se quedaba atrás
su pareja, una muchacha graciosísima, vestida de serrana, y á quien
desde el primer momento oí que llamaban Manuela. Representaba veinte
ó veintidós años, y era delgada, de tez pálida y fina. La agitación
del baile inflamó bien pronto su rostro, y por grados avivaba sus
movimientos, insensible al cansancio. Con los ojos medio cerrados,
las mejillas enrojecidas, agitando los brazos al compás de la grata
cadencia, sacudiendo con graciosa presteza sus faldas, cambiando de
lugar con ligerísimo paso, presentándosenos, ora de frente, ora de
espaldas, Manuela nos tuvo encantados durante largo rato. Viendo su
ardor coreográfico, más se animaban el músico y los demás bailarines,
y con el entusiasmo de éstos aumentábase el suyo, hasta que al fin,
cortado el aliento y rendida de fatiga, aflojó los brazos, y cayó
sentada en tierra sin respiración y casi como la grana.
Pirli se puso junto á ella, y al punto formóse un corrillo, cuyo centro
era la cesta de provisiones.
—A ver qué nos traes, Manuelilla—dijo Pirli.—Si no fuera por tí y el
Padre Busto, que está presente, nos moriríamos de hambre. Y si no fuera
por este poco de baile con que quitamos el mal gusto de _las tortas
calientes_ y de _las señoras_, ¡qué sería de estos pobres soldados!
—Os traigo lo que hay—repuso Manuela sacando las provisiones.—Queda
poco, y si esto dura, comeréis ladrillos.
—Comeremos metralla amasada con harina negra—dijo Pirli.—Manuelilla,
¿ya se te ha quitado el miedo á los tiros?
Al decir esto tomó con presteza su fusil, disparándolo al aire. La moza
dió un fuerte grito, y sobresaltada huyó de nuestro grupo.
—No es nada, hija—dijo el fraile.—Las mujeres valientes no se asustan
del ruido de la pólvora; antes al contrario, deben encontrar en él
tanto agrado como en el son de las castañuelas y bandurrias.
—Cuando oigo un tiro—dijo Manuela acercándose llena de miedo,—no me
queda gota de sangre en las venas.
En aquel instante, los franceses, que sin duda querían probar la
artillería de su segunda paralela, dispararon un cañón, y la bala vino
á rebotar contra la muralla del reducto, haciendo saltar en pedazos mil
los deleznables ladrillos.
Levantáronse todos á observar el campo enemigo; la serrana lanzó una
exclamación de terror, y el tío Garcés púsose á dar gritos desde una
tronera contra los franceses, prodigándoles insolentes vocablos,
acompañados de mucho _cuerno_ y _recuerno_. El perrillo, recorriendo la
cortina de un extremo á otro, ladraba con exaltada furia.
—Manuela, echemos otra jota al son de esta música, y ¡viva la Virgen
del Pilar!—exclamó Pirli saltando como un insensato.
Impulsada por la curiosidad, alzábase Manuela lentamente, alargando el
cuello para mirar al campo por encima de la muralla. Luego, al extender
los ojos por la llanura, parecía disiparse poco á poco el miedo en su
espíritu pusilánime, y al fin la vimos observando la línea enemiga con
cierta serenidad y hasta con un poco de complacencia.
—Uno, dos, tres cañones—dijo contando las bocas de fuego que á lo lejos
se divisaban.—Vamos, chicos, no tengáis miedo. Eso no es nada para
vosotros.
Oyóse hacia San José estrépito de fusilería, y en nuestro reducto sonó
el tambor, mandando tomar las armas. Del fuerte cercano había salido
una pequeña columna que se tiroteaba de lejos con los trabajadores
franceses. Algunos de éstos, corriéndose hacia su izquierda, parecían
próximos á ponerse al alcance de nuestros fuegos: corrimos todos á
las aspilleras, dispuestos á enviarles un poco de _pedrisco_, y sin
esperar la orden del jefe, algunos dispararon sus fusiles con gran
algazara. Huyeron en tanto por el puente y hacia la ciudad todas las
mujeres, excepto Manuela. ¿El miedo le impedía moverse? No: su miedo
era inmenso; temblaba, dando diente con diente, desfigurado el rostro
por repentina amarillez; pero una curiosidad irresistible la retenía en
el reducto, y fijaba los atónitos ojos en los tiradores, y en el cañón
que en aquel instante iba á ser disparado.
—Manuela—le dijo Agustín.—¿No te vas? ¿No te causa temor esto que estás
mirando?
La serrana, con la atención fija en aquel espectáculo, asombrada,
trémula, los labios blancos y el pecho palpitante, ni se movía ni
hablaba.
—Manuelilla—gritó Pirli, corriendo hacia ella,—toma mi fusil y
dispáralo.
Contra lo que esperábamos, Manuelilla no hizo movimiento alguno de
terror.
—Tómalo, prenda—añadió Pirli, haciéndole tomar el arma:—pon el dedo
aquí, apunta afuera y tira. ¡Viva la segunda artillera Manuela Sancho,
y la Virgen del Pilar!
La serrana tomó el arma, y á juzgar por su actitud y el estupor inmenso
revelado en su mirar, parecía que ella misma no se daba cuenta de su
acción. Pero alzando el arma con mano temblorosa, apuntó hacia el
campo, tiró del gatillo é hizo fuego.
Mil gritos y ardientes aplausos acogieron este disparo, y la serrana
soltó el fusil. Estaba radiante de satisfacción, y el júbilo encendió
de nuevo sus mejillas.
—¿Ves? ya has perdido el miedo—dijo el Mínimo.—Si á estas cosas no
hay más que tomarlas el gusto. Lo mismo debieran hacer todas las
zaragozanas, y de ese modo la Agustina y Casta Alvarez no serían una
gloriosa excepción entre las de su sexo.
—¡Venga otro fusil!—exclamó la serrana,—que quiero tirar otra vez.
—Se han marchado ya, prenda. ¿Te ha sabido á bueno?—dijo Pirli,
preparándose á hacer desaparecer algo de lo que contenían las
cestas.—Mañana, si quieres, estás convidada á un poco de _torta
caliente_. Ea, sentémonos, y á comer.
El fraile, llamando á su perrillo, le decía:
—Basta, hijo, no ladres tanto, ni lo tomes tan á pechos, que vas á
quedarte ronco. Guarda ese arrojo para mañana: por hoy, no hay en qué
emplearlo, pues si no me engaño van á toda prisa á guarecerse detrás de
sus parapetos.
En efecto: la escaramuza de los de San José había concluído, y por el
momento no teníamos franceses á la vista. Un rato después sonó de nuevo
la guitarra, y regresando las mujeres, comenzaron los dulces vaivenes
de la jota con Manuela Sancho y el gran Pirli en primera línea.
X
Cuando desperté al amanecer del siguiente día, ví á Montoria, que se
paseaba por la muralla.
—Creo que va á empezar el bombardeo—me dijo.—Se nota gran movimiento en
la línea enemiga.
—Empezarán por batir este reducto—indiqué yo, levantándome con
pereza.—¡Qué feo está el cielo, Agustín! El día amanece muy triste.
—Creo que atacarán por todas partes á la vez, pues tienen hecha su
segunda paralela. Ya sabes que Napoleón, hallándose en París, al saber
la resistencia de esta ciudad en el primer sitio, se puso furioso
contra Lefebvre Desnouettes porque había embestido la plaza por el
Portillo y la Aljafería. Luego pidió un plano de Zaragoza; se lo
dieron, é indicó que la ciudad debía ser atacada por Santa Engracia.
—¿Por aquí? Pronto lo veremos. Mal día se nos prepara si se cumplen las
órdenes de Napoleón. Dime: ¿tienes por ahí algo que comer?
—No te lo enseñé antes porque quise sorprenderte,—me dijo, mostrándome
un cesto, que servía de sepulcro á dos aves asadas, fiambres, con
algunas confituras y conservas finas.
—¿Lo has traído anoche...? Ya. ¿Cómo pudiste salir del reducto?
—Pedí licencia al jefe, y me la concedió por una hora. Mariquilla tenía
preparado este festín. Si el tío Candiola sabe que dos de las gallinas
de su corral han sido muertas y asadas para regalo de los defensores de
la ciudad, se le llevarán los demonios. Comamos, pues, Sr. Araceli, y
esperemos ese bombardeo... ¡Eh! ¡Aquí está... una bomba, otra, otra!
Las ocho baterías que embocaban sus tiros contra San José y el reducto
del Pilar, empezaron á hacer fuego; ¡pero qué fuego! ¡Todo el mundo á
las troneras, ó al pie del cañón! ¡Fuera almuerzos, fuera desayunos,
fuera melindres! Los aragoneses no se alimentan sino de gloria. El
fuerte inconquistable contestó al insolente sitiador con orgulloso
cañoneo, y bien pronto el gran aliento de la patria dilató nuestros
pechos. Las balas rasas, rebotando en la muralla de ladrillo y en los
parapetos de tierra, destrozaban el reducto, cual si fuera un juguete
apedreado por un niño; las granadas, cayendo entre nosotros, reventaban
con estrépito, y las bombas, pasando con pavorosa majestad por sobre
nuestras cabezas, iban á caer en las calles y en los techos de las
casas.
¡A la calle todo el mundo! No haya gente cobarde ni ociosa en la
ciudad. Los hombres á la muralla, las mujeres á los hospitales de
sangre, los chiquillos y los frailes á llevar municiones. No se haga
caso de estas terribles masas inflamadas que agujerean los techos,
penetran en las habitaciones, abren las puertas, horadan los pisos,
bajan al sótano, y al reventar desparraman las llamas del infierno en
el hogar tranquilo, sorprendiendo con la muerte al anciano inválido
en su lecho y al niño en su cuna. Nada de esto importa. ¡A la calle
todo el mundo, y con tal que se salve el honor, perezcan la ciudad y
la casa, la iglesia y el convento, el hospital y la hacienda, que son
cosas terrenas! Los zaragozanos, despreciando los bienes materiales
como desprecian la vida, viven con el espíritu en los infinitos
espacios de lo ideal.
En los primeros momentos nos visitó el Capitán General, con otras
muchas personas distinguidas, tales como D. Mariano Cereso[2], el cura
Sas, el general O’Neilly, San Genis y D. Pedro Ric. También estuvo
allí el bravo, generoso y campechano D. José Montoria, que abrazó á
su hijo, diciéndole: «Hoy es día de vencer ó morir. Nos veremos en el
Cielo.» Tras de Montoria se nos presentó D. Roque, al cual ví hecho
un valiente, y como empleado en el servicio sanitario, desde antes
que existieran heridos había comenzado á desplegar de un modo febril
su actividad, y nos mostró un mediano montón de hilas. Varios frailes
se mezclaron asimismo entre los combatientes durante los primeros
disparos, exhortándonos con un furor místico, inspirado en el libro de
los Macabeos.
A un mismo tiempo, y con igual furia, atacaban los franceses el reducto
del Pilar y el fortín de San José. Este, aunque ofrecía un aspecto
más formidable, había de resistir menos, quizás por presentar mayor
blanco al fuego enemigo. Pero allí estaba Renovales con los voluntarios
de Huesca, los voluntarios de Valencia, algunos guardias walonas, y
varios individuos de las milicias de Soria. El gran inconveniente
de aquel fuerte consistía en estar construído al amparo de un vasto
edificio, que la artillería enemiga convertía paulatinamente en ruínas;
y desplomándose de rato en rato pedazos de paredón, muchos defensores
morían aplastados. Nosotros estábamos mejor: sobre nuestras cabezas no
teníamos más que cielo; y si ningún techo nos guarecía de las bombas,
tampoco se nos echaban encima masas de piedra y ladrillo. Batían la
muralla por el frente y los costados, y era un dolor ver cómo aquella
frágil masa se desmoronaba, dejándonos al descubierto. Sin embargo,
después de cuatro horas de incesante fuego con poderosa artillería,
apenas pudieron abrir una brecha practicable.
Así pasó todo el día 10, sin ventaja alguna para los sitiadores por
nuestro lado, si bien hacia San José habían logrado acercarse y abrir
una brecha espantosa, lo cual, unido al estado ruinoso del edificio,
anunciaba la dolorosa necesidad de su rendición. No obstante, mientras
el fuerte no estuviese reducido á polvo, y muertos ó heridos sus
defensores, había esperanza. Renováronse allí las tropas, porque los
batallones que trabajaban desde por la mañana, estaban diezmados, y
cuando anocheció, después de abierta la brecha é intentado sin fruto un
asalto, aún se sostuvo Renovales sobre las ruínas empapadas en sangre,
entre montones de cadáveres y con la tercera parte tan sólo de su
artillería.
No interrumpió la noche el fuego, antes bien siguió con encarnizamiento
en los dos puntos. Nosotros habíamos tenido buen número de muertos y
muchos heridos. Estos eran al punto recogidos y llevados á la ciudad
por los frailes y las mujeres; pero aquéllos aún prestaban el último
servicio con sus fríos cuerpos, porque estóicamente los arrojábamos á
la brecha abierta, que luego se acababa de tapar con sacos de lana y
tierra.
Durante la noche no descansamos ni un solo momento, y la mañana del
11 nos vió poseídos del mismo frenesí, ya apuntando las piezas contra
la trinchera enemiga, ya acribillando á fusilazos á los pelotones
que venían á flanquearnos, sin abandonar ni un instante la operación
de tapar la brecha, que de hora en hora iba agrandando su horroroso
espacio vacío. Así nos sostuvimos toda la mañana, hasta el momento en
que dieron el asalto á San José, ya convertido en un montón de ruínas,
y con gran parte de su guarnición muerta. Aglomerando contra los dos
puntos grandes fuerzas, mientras caían sobre el convento, dirigieron
un atrevido movimiento sobre nosotros; y fué que con objeto de hacer
practicable la brecha que nos habían abierto, avanzaron por el camino
de Torrero con dos cañones de batalla, protegidos por una columna de
infantería.
En aquel instante nos consideramos perdidos: temblaron los endebles
muros, y los ladrillos mal pegados se desbarataban en mil pedazos.
Acudimos á la brecha que se abría y se abría cada vez más. Los
franceses nos abrasaron con un fuego espantoso, porque viendo que el
reducto se deshacía pedazo á pedazo, cobraron ánimo, llegando al borde
mismo del foso. Era locura tratar de tapar aquel hueco formidable, y
hacerlo á pecho descubierto, era ofrecer víctimas sin fin al curioso
enemigo. Abalanzáronse muchos con sacos de lana y paletadas de tierra,
y más de la mitad quedaron yertos en el sitio. Cesó el fuego de cañón,
porque parecía innecesario; hubo un momento de pánico indefinible: se
nos caían los fusiles de las manos; nos vimos destrozados, deshechos,
aniquilados por lluvia de disparos que parecían incendiar el aire,
y nos olvidamos del honor, de la muerte gloriosa, de la patria y de
la Virgen del Pilar, cuyo nombre decoraba la puerta del baluarte
inconquistable. La confusión más espantosa reinó en nuestras filas.
Rebajado de improviso el nivel moral de nuestras almas, todos los que
no habíamos caído, deseamos unánimemente la vida, y saltando por encima
de los heridos y pisoteando los cadáveres, huímos hacia el puente,
abandonando aquel horrible sepulcro antes que se cerrara enterrándonos
á todos.
En el puente nos agolpamos con pavor y desorden invencibles. Nada hay
más frenético que la cobardía: sus vilezas son tan vehementes como las
sublimidades del valor. Los jefes nos gritaban:—«Atrás, canallas. El
reducto del Pilar no se rinde.»—Y al mismo tiempo sus sables azotaron
de plano nuestras viles espaldas. Nos revolvimos en el puente sin poder
avanzar, porque otras tropas venían á acometernos, y tropezamos unos
con otros, confundiendo la furia de nuestro miedo con el ímpetu de su
bravura.
—¡Atrás, canallas!—gritaban los jefes abofeteándonos.—¡A morir en la
brecha!
El reducto estaba vacío: no había en él más que muertos y heridos. De
repente vimos que entre el denso humo y el espeso polvo, saltando sobre
los exánimes cuerpos y los montones de tierra, sobre las ruínas, y las
cureñas rotas, y el material deshecho, avanzaba una figura impávida,
pálida, grandiosa, imagen de la serenidad trágica. Era una mujer que
se había abierto paso entre nosotros, y penetrando en el recinto
abandonado, marchaba majestuosa basta la horrible brecha. Pirli, que
yacía en el suelo herido en una pierna, exclamó con terror:
—Manuela Sancho, ¿á dónde vas?
Todo esto pasó en mucho menos tiempo del que empleo en contarlo.
Tras de Manuela Sancho se lanzó uno, luego tres, luego muchos, y
al fin todos los demás, azuzados por los jefes que á sablazos nos
llevaron otra vez al puesto del deber. Ocurrió esta transformación
portentosa por un simple impulso del corazón de cada uno, obedeciendo á
sentimientos que se comunicaban á todos, sin que nadie supiera de qué
misterioso foco procedían. Ni sé por qué fuimos cobardes, ni sé por
qué fuimos valientes unos cuantos segundos después. Lo que sé es que,
movidos todos por fuerza extraordinaria, poderosísima, sobrehumana,
nos lanzamos á la brecha tras la heróica mujer, á punto que los
franceses intentaban con escalas el asalto; y sin que tampoco sepa
decir la causa, nos sentimos con centuplicadas energías, y aplastamos,
arrojándoles en lo profundo del foso, á aquellos hombres de algodón
que antes nos parecieron de acero. A tiros, á sablazos, con granadas
de mano, á paletadas, á golpes, á bayonetazos, murieron muchos de los
nuestros para servir de baluarte á los demás con sus fríos cuerpos;
defendimos el paso de la brecha, y los franceses se retiraron, dejando
mucha gente al pie de la muralla. Volvieron á disparar los cañones, y
el reducto inconquistable no cayó el día 11 en poder de la Francia.
Cuando la tempestad de fuego se calmó, no nos conocíamos: estábamos
transfigurados, y algo nuevo y desconocido palpitaba en lo íntimo
de nuestras almas, dándonos una ferocidad inaudita. Al día siguiente
decía Palafox con elocuencia: «_Las bombas, las granadas y las balas,
no mudan el color de nuestros semblantes, ni toda la Francia lo
alteraría._»