El fuerte de San José se había rendido, mejor dicho, los franceses
entraron en él cuando la artillería lo hubo reducido á polvo, y
cuando yacían entre los escombros uno por uno todos sus defensores.
Los imperiales, al penetrar, encontraron inmenso número de cuerpos
destrozados, montones de tierra y guijarros amasados con sangre. No
podían aún establecerse allí, porque eran flanqueados por las baterías
de los Mártires y del Jardín Botánico, y continuaron las operaciones
de zapa para apoderarse de estos dos puntos. Las fortificaciones que
conservábamos estaban tan destrozadas, que urgía una composición
general, y se dictaron órdenes terribles convocando á todos los
habitantes de Zaragoza para trabajar en ellas. La proclama dijo que
todos debían llevar el fusil en una mano y la azada en la otra.
El 12 y el 13 se trabajó sin descanso, disminuyendo bastante el fuego,
porque los sitiadores, escarmentados, no querían arriesgarse en nuevos
golpes de mano, y comprendiendo que aquello era obra de paciencia y
estudio más que de arrojo, abrían despacio y con toda seguridad zanjas
y caminos cubiertos que les trajesen á la posesión del reducto sin
pérdida de gente. Casi fué preciso hacer de nuevo las murallas, mejor
dicho, sustituirlas con sacos de tierra; operación en que, además de
toda la tropa, se ocupaban muchos frailes, canónigos, magistrados de
la Audiencia, chicos y mujeres. La artillería estaba casi inservible;
el foso casi cegado, y era preciso continuar la defensa á tiro de
fusil. Así nos sostuvimos todo el 13, protegiendo los trabajos de
recomposición, padeciendo mucho y viendo que por horas mermábamos en
número, aunque entraba gente nueva á cubrir las considerables bajas. El
14, la artillería enemiga empezó á desbaratar de nuevo nuestra muralla
de sacos, abriéndonos brechas por el frente y los costados; mas no se
atrevían á intentar un nuevo asalto, contentándose con seguir abriendo
una zanja en tal dirección, que no podíamos de modo alguno enfilarla
con nuestro fuego, ni con los de las baterías inmediatas.
El valeroso, el provocativo fuerte de tierra, iba á estar bien pronto
bajo los fuegos cubiertos de baterías cercanas que arrojarían á los
cuatro vientos el polvo de que estaba formado. En esta situación,
érale forzoso rendirse más tarde ó más temprano, pues se hallaba á
merced de los tiros del francés, como un barco á merced de las olas del
Océano. Flanqueado por caminos cubiertos y zig-zags, por cuyos huecos
discurría sin peligro un enemigo inteligente, fortalecido por todos
los recursos de la ciencia, el baluarte era como un hombre cercado por
un ejército. No teníamos cañones servibles, ni podíamos traer otros
nuevos, porque las murallas no los hubieran resistido.
Nuestro único recurso era minar el reducto para volarlo en el momento
en que entraran en él los franceses, y destruir también el puente para
impedir que nos persiguieran. Así se hizo, y durante la noche del 14
al 15 trabajamos sin descanso en la mina, y pusimos los hornillos del
puente, esperando que los enemigos se echasen encima al día siguiente
por la mañana. Con todo, no fué así, porque no atreviéndose á dar un
asalto sin tomar las precauciones y seguridades posibles, continuaron
sus trabajos de zapa hasta muy cerca del foso. En esta faena, nuestra
infatigable fusilería les hacía poco daño. Estábamos desesperados, sin
poder hacer nada, sin que la misma desesperación nos sirviera para la
defensa. Era una fuerza inútil como la cólera del loco en su jaula.
Desclavamos también el tablón que decía _Reducto inconquistable_,
para llevarnos aquel testimonio de nuestra justificada jactancia, y
al anochecer fué abandonado el fuerte, quedando sólo cuarenta hombres
para custodiarlo hasta el fin y _matar lo que se pudiera_, como decía
nuestro capitán, pues no debía perderse ninguna ocasión de hacer un par
de bajas al enemigo. Desde la torre del Pino presenciamos la retirada
de los cuarenta, á eso de las ocho de la noche, después de haberla
emprendido á bayonetazos con los ocupadores y batiéndose en retirada
con bravura. La mina del interior del reducto hizo muy poco efecto;
pero los hornillos del puente desempeñaron tan bien su cometido,
que el paso quedó roto y el reducto aislado en la otra orilla de la
Huerva. Adquirido este sitio y San José, los franceses tenían el apoyo
suficiente para abrir su tercera paralela y batir cómodamente todo el
circuito de la ciudad.
Estábamos tristes, y un poco, un poquillo desanimados. Pero ¿qué
importaba un decaimiento momentáneo si al día siguiente tuvimos una
fiesta divertidísima? Después de batirse uno con ardor frenético, no
venía mal un poco de jolgorio y bullanga precisamente cuando faltaba
tiempo para enterrar muertos, y acomodar en las casas el inmenso número
de heridos. Verdad es que para todo había manos, gracias á Dios; y el
motivo de la general alegría fué que empezaron á circular noticias
estupendas sobre ejércitos españoles que venían á socorrernos, sobre
derrotas de los franceses en distintos puntos de la Península, y otras
zarandajas. Agolpábase el pueblo en la plaza de la Seo, ó frente al
arco de la Magdalena, esperando que saliese la _Gaceta_, y al fin
salió á regocijar los ánimos y hacer palpitar de esperanza todos los
corazones. No sé si efectivamente llegaron á Zaragoza tales noticias,
ó si las sacó de su cacumen el redactor principal, que era D. Ignacio
Asso: lo cierto es que en letras de molde se nos dijo que Reding venía
á socorrernos con un ejército de sesenta mil hombres; que el Marqués de
Lazán, después de derrotar á la canalla en el Norte de Cataluña, había
entrado en Francia, _llevando el espanto por todas partes_; que también
venía en nuestro auxilio el Duque del Infantado; que entre Blake y la
Romana habían derrotado á Napoleón, _matándole veinte mil hombres_,
inclusos Berthier, Ney y Savary, y que á Cádiz habían llegado _diez
y seis millones de duros_, enviados por los ingleses para gastos de
guerra. ¿Qué tal? ¿Se explicaba la _Gaceta_?
Con ser tantas y tan gordas, nos las tragamos, y allí fueron las
demostraciones de alegría, el repicar campanas, y el correr por las
calles cantando la jota, con otros muchos excesos patrióticos que
por lo menos tenían la ventaja de proporcionarnos un poco de aquel
refrigerio espiritual que necesitábamos. No crean ustedes que por
consideración á nuestra alegría había cesado la lluvia de bombas.
Muy lejos de eso, aquellos condenados parecían querer mofarse de las
noticias de nuestra _Gaceta_, repitiendo la dosis.
Sintiendo un deseo vivísimo de reirnos en sus barbas, corrimos á la
muralla, y allí las músicas de los regimientos tocaron con cierta
afectación provocativa, cantando todos en inmenso coro el famoso tema:
_La Virgen del Pilar dice
Que no quiere ser francesa..._
También ellos estaban para burlas, y arreciaron el fuego de tal
modo, que la ciudad recibió en menos de dos horas mayor número de
proyectiles que en el resto del día. Ya no había asilo seguro; ya no
había un palmo de suelo ni de techo libre de aquel satánico fuego.
Huían las familias de sus hogares, ó se refugiaban en los sótanos;
los heridos, que abundaban en las principales casas, eran llevados
á las iglesias, buscando reposo bajo sus fuertes bóvedas; otros
salían arrastrándose; otros más ágiles llevaban á cuestas sus propias
camas. Los más se acomodaban en el Pilar, y después de ocupar todo el
pavimento, tendíanse en los altares y obstruían las capillas. A pesar
de tantos infortunios, se consolaban con mirar á la Virgen, la cual sin
cesar, con el lenguaje de sus brillantes ojos, les decía _que no quería
ser francesa_.