El día siguiente, 22, fué cuando Palafox dijo al parlamentario de
Moncey que venía á proponerle la rendición: _No sé rendirme: después
de muerto hablaremos de eso_. Contestó en seguida á la intimación en
un largo y elocuente pliego que publicó la _Gaceta_ (pues también
en Zaragoza había _Gaceta_); pero según opinión general, ni aquel
documento ni ninguna de las proclamas que aparecían con la firma
del Capitán General eran obra de éste, sino de la discreta pluma
de su maestro y amigo el Padre Basilio Boggiero, hombre de mucho
entendimiento, á quien se veía con frecuencia en los sitios de peligro
rodeado de patriotas y jefes militares.
Excusado es decir que los defensores estaban muy envalentonados con
la gloriosa acción del 21. Era preciso, para dar desahogo á su ardor,
disponer alguna salida. Así se hizo, en efecto; pero ocurrió que todos
querían tomar parte en ella al mismo tiempo, y fué preciso sortear los
cuerpos. Las salidas, dispuestas con prudencia, eran convenientes,
porque los franceses, extendiendo su línea en derredor de la ciudad, se
preparaban para un sitio en regla, y habían comenzado las obras de su
primera paralela. Además, el recinto de Zaragoza encerraba mucha tropa,
lo cual, á los ojos del vulgo, era una ventaja, pero un gran peligro
para los inteligentes, no sólo por el estorbo que causaba, sino porque
el gran consumo de víveres traería pronto el hambre, ese terrible
general que es siempre el vencedor de las plazas bloqueadas. Por esta
misma causa del exceso de gente eran oportunas las salidas. Hizo una
Renovales el 24 con las tropas del fortín de San José, y cortó un
olivar que ocultaba los trabajos del enemigo; por el Arrabal salió el
25 D. Juan O’Neille con los voluntarios de Aragón y de Huesca, y tuvo
la suerte de coger desprevenido al enemigo, matándole bastante gente,
y el 31 se hizo la más eficaz de todas por dos puntos distintos y con
fuerzas considerables.
Durante el día, en los anteriores, habíamos divisado perfectamente
las obras de su primera paralela, establecida como á ciento sesenta
toesas de la muralla. Trabajaban con mucha actividad, sin descansar de
noche, y notamos que se hacían señales en toda la línea con farolitos
de colores. De vez en cuando disparábamos nuestros morteros; pero
les causábamos muy poco daño. En cambio, si se les antojaba destacar
guerrillas para un reconocimiento, eran despachadas por las nuestras
en menos que canta un gallo. Llegó la mañana del 31, y á mi batallón
le tocó marchar á las órdenes de Renovales, encargado de mortificar al
enemigo en su centro, desde Torrero al camino de la Muela, mientras el
brigadier Butrón lo hacia por la Bernardona, es decir, por la izquierda
francesa, saliendo con bastantes fuerzas de infantería y caballería por
las puertas de Sancho y del Portillo.
Para distraer la atención de los franceses, el jefe mandó que un
batallón se desplegase en guerrillas por las Tenerías, llamando hacia
allí la atención del enemigo, y entre tanto, con algunos cazadores de
Olivenza y parte de los de Valencia, avanzamos por el camino de Madrid,
derechos á la línea francesa. Desplegadas guerrillas á un lado y otro
del camino, cuando los enemigos se percataron de nuestra presencia, ya
estábamos encima, veloces como gamos, y arrollábamos la primera tropa
de infantería francesa que nos salió al paso. Tras una torre medio
destruída se hicieron fuertes algunos, y dispararon con encarnizamiento
y buena puntería. Por un instante permanecimos indecisos, pues
flanqueábamos la torre unos veinte hombres, mientras los demás seguían
por la carretera, persiguiendo á los fugitivos; pero Renovales se
lanzó delante y nos llevó, matando á boca de jarro y á bayonetazos á
cuantos defendían la casa. En el momento en que pusimos el pie dentro
del patiecillo delantero, advertí que mi fila se clareaba: ví caer,
exhalando el último gemido, á algunos compañeros; miré á mi derecha,
temiendo no encontrar entre los vivos á mi querido amigo; pero Dios le
había conservado. Montoria y yo salimos ilesos.
No podíamos emplear mucho tiempo en comunicarnos la satisfacción que
experimentábamos al ver que vivíamos, porque Renovales dió orden de
seguir adelante en dirección hacia la línea de atrincheramientos que
estaban levantando los franceses; pero abandonamos la carretera, y
torcimos hacia la derecha con intento de unirnos á los voluntarios de
Huesca, que acometían por el camino de la Muela. Se comprende, por lo
que llevo referido, que los franceses no esperaban aquella salida, y
que, completamente descuidados, sólo tenían allí, además de la escasa
fuerza que custodiaba los trabajos, las cuadrillas de ingenieros que
abrían las zanjas de la primera paralela. Les embestimos con ímpetu,
haciéndoles un fuego horroroso, aprovechando muy bien los minutos
antes que llegasen fuerzas temibles; cogíamos prisioneros á los que
encontrábamos sin armas; matábamos á los que las tenían; recogíamos los
picos y azadas, todo esto con una fuerza sin igual, animándonos con
palabras ardientes y exaltados por la idea de que nos estaban viendo
desde la ciudad.
En aquel lance todo fué afortunado, porque mientras nosotros
destrozábamos tan sin piedad á los trabajadores de la primera
paralela, las tropas que por la izquierda habían salido á las órdenes
del brigadier Butrón, empeñaban un combate muy feliz contra los
destacamentos que tenía el enemigo en la Bernardona. Mientras los
voluntarios de Huesca, los granaderos de Palafox y las guardias
walonas arrollaban la infantería francesa, aparecieron los escuadrones
de caballería de Numancia y Olivenza, cautelosamente salidos por la
puerta de Sancho, y que, describiendo una gran vuelta, habían venido
á ocupar el camino de Alagón por una parte y el de la Muela por otra,
precisamente cuando los franceses retrocedían de la izquierda al
centro, en demanda de mayores fuerzas que les auxiliaran. Hallándose
en su elemento los briosos caballos, lanzáronse por el arrecife,
destruyendo cuanto encontraban al paso, y allí fué el caer y el
atropellarse de los desgraciados infantes que huían hacia Torrero.
En su dispersión, muchos fueron á caer precisamente entre nuestras
bayonetas, y si grande era su ansiedad por huir de los caballos, mayor
era nuestro anhelo de recibirlos dignamente á tiros. Unos corrían,
arrojándose en las acequias por no poder saltarlas; otros se entregaban
á discreción, soltando las armas; algunos se defendían con heroísmo,
dejándose matar antes que rendirse, y, por último, no faltaron unos
pocos que, encerrándose dentro de un horno de ladrillos cargado de
ramas secas y de leña, le pegaron fuego, prefiriendo morir asados á
caer prisioneros.
Todo esto que he referido con la mayor concisión posible, pasó en
brevísimo tiempo, sólo mientras pudo el cuartel general, harto
imprevisor en aquella hora, destacar fuerzas suficientes para contener
y castigar nuestra atrevida expedición. Tocaron á generala en Monte
Torrero, y vimos que venía contra nosotros fuerte caballería. Pero los
de Renovales, lo mismo que los de Butrón, habíamos conseguido nuestro
deseo, y no teníamos para qué esperar á los que tan tarde llegaban á
la función: sin vacilar nos retiramos, dándoles desde lejos los buenos
días con las frases más pintorescas y más agudas de nuestro repertorio.
Tuvimos aún tiempo de inutilizar algunas piezas de las dispuestas para
su colocación al día siguiente; recogimos una multitud de herramientas
de zapa, y destruímos á toda prisa lo que pudimos en las obras de la
paralela, sin dejar de la mano las docenas de prisioneros á quienes
habíamos echado el guante.
Juan Pirli, uno de nuestros compañeros en el batallón, traía al volver
á Zaragoza un morrión de ingeniero, que se puso para sorprender al
público, y además una sartén, en la cual aún había restos de almuerzo,
comenzado en el campamento frente á Zaragoza y terminado en el otro
mundo.
Habíamos tenido en nuestro batallón nueve muertos y ocho heridos.
Cuando Agustín se reunió á mí, cerca de la puerta del Carmen, noté que
tenía una mano ensangrentada.
—¿Te han herido?—le dije, examinándole.—No es más que una rozadura.
—Una rozadura es—me contestó;—pero no de bala, ni de lanza, ni de
sable, sino de dientes, porque cuando le echó la zarpa al francés que
alzó el azadón para descalabrarme, el condenado me clavó los dientes en
esta mano como un perro de presa.
Cuando entrábamos en la ciudad, unos por la puerta del Carmen, otros
por el Portillo, todas las piezas de los reductos y fuertes del
Mediodía hicieron fuego contra las columnas que venían en nuestra
persecución. Las dos salidas combinadas habían hecho bastante daño á
los franceses. Sobre que perdieron mucha gente, se les inutilizó una
parte, aunque no grande, de los trabajos de su primera paralela, y
nos apoderamos de un número considerable de herramientas. Además de
esto, los oficiales de ingenieros que llevó Butrón en aquella osada
aventura, habían tenido tiempo de examinar las obras de los sitiadores,
y explorarlas y medirlas para dar cuenta de ellas al Capitán General.
La muralla estaba invadida por la gente. Habíase oído desde dentro de
la ciudad el tiroteo de las guerrillas, y hombres, mujeres, ancianos
y niños, todos acudieron á ver qué nueva acción gloriosa era aquélla
entablada fuera de la plaza. Fuimos recibidos con exclamaciones de
gozo, y desde San José hasta más allá de Trinitarios, la larga fila de
hombres y mujeres mirando hacia el campo, encaramados sobre la muralla
y batiendo palmas á nuestra llegada, ó saludándonos con sus pañuelos,
presentaban un golpe de vista magnífico. Después tronó el cañón; los
reductos hicieron fuego á la vez sobre el llano que acabábamos de
abandonar, y aquel estruendo formidable parecía una salva triunfal,
según se mezclaban con él los cantos, los vítores, las exclamaciones
de alegría. En las cercanas casas, ventanas y balcones estaban llenos
de mujeres, y la curiosidad, el interés de algunas era tal, que se las
veía acercarse en tropel á los fuertes y á los cañones, para regocijar
sus varoniles almas y templar sus acerados nervios con el ruido, á
ningún otro comparable, de la artillería. En el fortín del Portillo
fué preciso mandar salir á la muchedumbre. En Santa Engracia, la
concurrencia daba á aquel sitio el aspecto de un teatro, de una fiesta
pública. Cesó al fin el fuego de cañón, que no tenía más objeto que
proteger nuestra retirada, y sólo la Aljafería siguió disparando de
tarde en tarde contra las obras del enemigo.
En recompensa de la acción de aquel día, se nos concedió en el
siguiente llevar una cinta encarnada en el pecho, á guisa de
condecoración; y haciendo justicia á lo arriesgado de aquella salida,
el Padre Boggiero nos dijo, entre otras cosas, por boca del General:
«Ayer sellásteis el último día del año con una acción digna de
vosotros... Sonó el clarín, y á un tiempo mismo los filos de vuestras
espadas arrojaban al suelo las altaneras cabezas, humilladas al valor y
al patriotismo. ¡Numancia! ¡Olivenza! ¡Ya he visto que vuestros ligeros
caballos sabrán conservar el honor de este ejército y el entusiasmo de
estos sagrados muros!... ¡Ceñid esas espadas ensangrentadas, que son el
vínculo de vuestra felicidad y el apoyo de la patria!...»