Llegada la noche, y cuando parte de nuestras tropas se replegó á la
ciudad, todo el pueblo corrió hacia el Arrabal para contemplar de cerca
el campo de batalla, ver los destrozos hechos por el fuego, contar los
muertos, y regocijar la imaginación representándose una por una las
heróicas escenas. La animación, el movimiento y bulla hacia aquella
parte de la ciudad eran inmensas. Por un lado, grupos de soldados
cantando con febril alegría; por otro, las cuadrillas de personas
piadosas que transportaban á sus casas los heridos; en todas partes
general satisfacción, que se mostraba en los diálogos vivos, en las
preguntas, en las exclamaciones jactanciosas, y con lágrimas y risas,
mezclando la jovialidad al entusiasmo.
Serían las nueve cuando rompimos filas los de mi batallón, porque
faltos de acuartelamiento, se nos permitía dejar el puesto por algunas
horas, siempre que no hubiera peligro. Corrimos Agustín y yo hacia el
Pilar, donde se agolpaba un gentío inmenso, y entramos difícilmente.
Quedéme sorprendido al ver cómo forcejeaban unas contra otras, las
personas allí reunidas, para acercarse á la capilla en que mora la
Virgen del Pilar. Los rezos, las plegarias y las demostraciones de
agradecimiento formaban un conjunto que no se parecía á los rezos de
ninguna clase de fieles. Más que rezo era un hablar continuo, mezclado
de sollozos, gritos, palabras tiernísimas y otras de íntima é ingenua
confianza, como suele usarlas el pueblo español con los santos que
le son queridos. Caían de rodillas, besaban el suelo, se asían á las
rejas de la capilla, dirigíanse á la santa imagen llamándola con los
nombres más familiares y más patéticos del lenguaje. Los que por
la aglomeración de la gente no podían acercarse, hablaban con la
Virgen desde lejos agitando sus brazos. Allí no había sacristanes
que prohibieran los modales descompuestos y los gritos irreverentes,
porque éstos y aquéllos eran hijos del desbordamiento de la devoción,
semejante á un delirio. Faltaba el silencio solemne de los lugares
sagrados: todos estaban allí como en su casa; como si la casa de la
Virgen querida, la madre, ama y reina de los zaragozanos, fuese también
la casa de sus hijos, siervos y súbditos.
Asombrado de aquel fervor, á quien la familiaridad hacía más
interesante, pugné por abrirme paso hasta la reja, y ví la célebre
imagen. ¿Quién no la ha visto, quién no la conoce al menos por las
innumerables esculturas y estampas que la han reproducido hasta lo
infinito de un extremo á otro de la Península? A la izquierda del
pequeño altar que se alza en el fondo de la capilla, dentro de un
nicho adornado con lujo oriental, estaba entonces, como ahora, la
escultura. Gran profusión de velas de cera la alumbran, y las piedras
preciosas pegadas á su vestido y corona, despiden deslumbradores
reflejos. Brillan el oro y los diamantes en el cerquillo de su rostro,
en la ajorca de su pecho, en los anillos de sus manos. Una criatura
viva rendiríase sin duda al peso de tan gran tesoro. El vestido sin
pliegues, rígido y estirado de arriba abajo como una funda, deja asomar
solamente las manos; y el niño Jesús, sostenido en el lado izquierdo,
muestra apenas su carita morena entre el brocado y las pedrerías. El
rostro de la Virgen, bruñido por el tiempo, es también moreno. Posee
una apacible serenidad, emblema de la beatitud eterna. Dirígese al
exterior, y su dulce mirada excruta perpetuamente el devoto concurso;
brilla en sus pupilas un rayo de las cercanas luces, y aquel artificial
fulgor de los ojos remeda la intención y fijeza de la mirada humana.
Era difícil, cuando la ví por primera vez, permanecer indiferente en
medio de aquella manifestación religiosa, y no añadir una palabra al
concierto de lenguas entusiastas que hablaban en distintos tonos con la
Señora.
Yo contemplaba la imagen cuando Agustín me apretó el brazo, diciéndome:
—Mírala, allí está.
—¿Quién, la Virgen? Ya la veo.
—No, hombre: Mariquilla. ¿La ves? Allá enfrente, junto á la columna.
Miré y sólo ví mucha gente: al instante nos apartamos de aquel sitio,
buscando entre la multitud un paso para transportarnos al otro lado.
—No está con ella el tío Candiola—dijo Agustín muy alegre.—Viene con la
criada.
Y diciendo esto, codeaba á un lado y otro para hacerse camino,
estropeando pechos y espaldas, pisando pies, chafando sombreros y
arrugando vestidos. Yo seguía tras él, causando iguales estragos á
derecha é izquierda, y por fin llegamos junto á la hermosa joven, que
lo era realmente, según pude reconocerlo en aquel momento por mis
propios ojos. La entusiasta pasión de mi buen amigo no me engañó, y
Mariquilla valía la pena de ser desatinadamente amada. Llamaban la
atención en ella la tez morena y descolorida, los ojos de profundo
negror, la nariz correctísima, la boca incomparable y la frente
hermosa, aunque pequeña. Había en su rostro, como en su cuerpo delgado
y ligero, cierto voluptuoso abandono; cuando bajaba los ojos, creyérase
que una dulce y amorosa obscuridad envolvía su figura, confundiéndola
con las nuestras. Sonreía con gravedad, y cuando nos acercamos, sus
miradas revelaban temor. Todo en ella anunciaba la pasión circunspecta
y reservada de las mujeres de cierto carácter, y debía de ser, según me
pareció en aquel momento, poco habladora, falta de coquetería y pobre
de artificios. Después tuve ocasión de comprobar aquél mi prematuro
juicio. Resplandecía en el rostro de Mariquilla una calma platónica
y cierta seguridad de sí misma. A diferencia de la mayor parte de
las mujeres, y semejante al menor número de las mismas, aquella alma
se alteraba difícilmente; pero al verificarse la alteración, la cosa
iba de veras. Blandas y sensibles otras como la cera, ante un débil
calor sin esfuerzo se funden; pero Mariquilla, de durísimo metal
compuesta, necesitaba la llama de un gran fuego para perder la compacta
conglomeración de su carácter, y si este momento llegaba, había de ser
como el metal derretido que abrasa cuanto toca.
Además de su belleza, me llamó la atención la elegancia y hasta cierto
punto el lujo con que vestía, pues acostumbrado á oir exagerar la
avaricia del tío Candiola, supuse que tendría reducida á su hija á los
últimos extremos de la miseria en lo relativo á traje y tocado. Pero no
era así. Según Montoria me dijo después, el tacaño de los tacaños, no
sólo permitía á su hija algunos gastos, sino que la obsequiaba de peras
á higos con tal cual prenda, que á él le parecía el _non plus ultra_
de las pompas mundanas. Si Candiola era capaz de dejar morir de hambre
á parientes cercanos, tenía con su hija condescendencias de bolsillo
verdaderamente escandalosas y fenomenales; aunque avaro, era padre:
amaba regularmente, quizás mucho, á la infeliz muchacha, hallando por
esto en su generosidad el primero, tal vez el único agrado de su árida
existencia.
Algo más hay que hablar en lo referente á este punto; pero irá saliendo
poco á poco durante el curso de la narración, y ahora me concretaré
á decir que mi amigo no había dicho aún diez palabras á su adorada
María, cuando un hombre se nos acercó de súbito, y después de mirarnos
un instante á los dos con centelleantes ojos, dirigióse á la joven, la
tomó por el brazo, y enojadamente le dijo:
—¿Qué haces aquí? Y usted, tía Guedita, ¿por qué la ha traído al Pilar
á estas horas? A casa, á casa pronto.
Y empujándolas á ambas, ama y criada, llevólas hacia la puerta y á la
calle, desapareciendo los tres de nuestra vista.
Era Candiola. Lo recuerdo bien, y su recuerdo me hace estremecer
de espanto. Más adelante sabréis por qué. Desde la breve escena en
el templo del Pilar, la imagen de aquel hombre quedó grabada en mi
memoria, y no era ciertamente su figura de las que prontamente se
olvidan. Viejo, encorvado, con aspecto miserable y enfermizo, de mirar
oblicuo y desapacible, flaco de cara y hundido de mejillas, Candiola
se hacía antipático desde el primer momento. Su nariz corva y afilada
como el pico de un pájaro lagartijero, la barba igualmente picuda,
los largos pelos de las cejas blanquinegras, la pupila verdosa,
la frente vasta y surcada por una pauta de paralelas arrugas, las
orejas cartilaginosas, la amarilla tez, el ronco metal de la voz, el
desaliñado vestir, el gesto insultante, toda su persona, desde la punta
del cabello, mejor dicho, desde la bolsa de su peluca hasta la suela
del zapato, producía repulsión invencible. Se comprendía que no tuviera
ningún amigo.
Candiola no tenía barbas: llevaba el rostro, según la moda,
completamente rasurado, aunque la navaja no entraba en aquellos campos
sino una vez por semana. Si D. Jerónimo hubiera tenido barbas, le
compararía por su figura á cierto mercader veneciano que conocí mucho
después, viajando por el vastísimo continente de los libros, y en quien
hallé ciertos rasgos de fisonomía que me hicieron recordar los de aquél
que bruscamente se nos presentó en el templo del Pilar.
—¿Has visto qué miserable y ridículo viejo?—me dijo Agustín cuando nos
quedamos solos, mirando á la puerta por donde las tres, personas habían
desaparecido.
—No gusta que su hija tenga novios.
—Pero estoy seguro de que no me vió hablando con ella. Tendrá
sospechas; pero nada más. Si pasará de la sospecha á la certidumbre,
María y yo estaríamos perdidos. ¿Viste qué mirada nos echó? ¡Condenado
avaro, alma negra forrada en la piel de Satanás!
—Mal suegro tienes.
—Tan malo—dijo Montoria con tristeza,—que no doy por él dos cuartos con
cardenillo. Estoy seguro de que esta noche la pone de vuelta y media, y
gracias que no acostumbra á maltratarla de obra.
—Y el Sr Candiola—pregunté,—¿no tendrá gusto en verla casada con el
hijo de D. José de Montoria?
—¿Estás loco? Sí... ve á hablarle de eso. Además de que ese miserable
avariento guarda á su hija como si fuera un saco de onzas y no parece
dispuesto á darla á nadie, tiene un resentimiento antiguo y profundo
contra mi buen padre, porque éste libró de sus garras á unos infelices
deudores. Te digo que si él llega á descubrir el amor que su hija me
tiene, la guardará dentro de un arca de hierro en el sótano donde
esconde los pesos duros. Pues no te digo nada si mi padre llega á
saberlo... Me tiemblan las carnes sólo de pensarlo. La pesadilla más
atroz que puede turbar mi sueño, es aquélla que me representa el
instante en que mi señor padre y mi señora madre se enteren de este
inmenso amor que tengo por Mariquilla. ¡Un hijo de D. José de Montoria
enamorado de la hija del tío Candiola! ¡Qué horrible pensamiento! ¡Un
joven que formalmente está destinado á ser obispo... obispo, Gabriel;
yo voy á ser obispo, en el sentir de mis padres!
Diciendo esto, Agustín dió un golpe con su cabeza en el sagrado muro en
que nos apoyábamos.
—¿Y piensas seguir amando á Mariquilla?
—No me preguntes eso—me respondió con energía.—¿La viste? Pues si la
viste, ¿á qué me dices si seguiré amándola? Su padre y los míos antes
me quieren ver muerto que casado con ella. ¡Obispo, Gabriel; quieren
que yo sea obispo! Compagina tú el ser obispo y el amar á Mariquilla
durante toda la vida terrenal y la eterna; compagina tú esto, y ten
lástima de mí.
—Dios abre caminos desconocidos,—le dije.
—Es verdad. Yo tengo á veces una confianza sin límites. ¡Quién sabe lo
que nos traerá el día de mañana! Dios y la Virgen del Pilar me sacarán
adelante.
—¿Eres devoto de esta imagen?
—Sí. Mi madre pone velas á la que tenemos en casa, para que no
me hieran en las batallas; yo la miro, y para mis adentros la
digo:—¡Señora, que esta ofrenda de velas sirva también para recordaros
que no puedo dejar de amar á la Candiola!
Estábamos en la nave á que corresponde el ábside de la capilla del
Pilar. Hay allí una abertura en el muro, por donde los devotos,
bajando dos ó tres peldaños, se acercan á besar el pilar que sustenta
la venerada imagen. Agustín besó el mármol rojo; besélo yo también, y
luego salimos de la iglesia para ir á nuestro vivac.