¡Perdóname, bien mío!
De inmenso amor arrobadores cuentos
nos relataba el río:
aún palpitaban del ardiente estío
en las fugaces auras los alientos.
Con cántiga amorosa,
daba su adiós al espirante día
la alondra melodiosa:
bajo inmenso dosel color de rosa
Héspero, rutilante, sonreía.
El astro soberano
al descender tras el roquero monte
que cierra el fertil llano,
trasunto hermoso del Edén cristiano
dibujaba en el mágico horizonte.
Tus ojos, como espejos
reflejaban también aquellos rojos
y dorados reflejos:
tu mirabas allá, lejos, muy lejos...
y yo te devoraba con mis ojos.
¡Perdóname, bien mío!
Todo invitaba amores, alegría,
demente desvarío:
la tierna alondra, el murmurante río,
el sol de ocaso, el fugitivo día.
¿Quién se hubiera cuidado
de humanos males ni mundanos dolos?
Tú al mío, yo a tu lado,
¡solos, mi bien! hubiéramos estado,
sin nuestro tierno amor, nosotros solos.
"Mi amor a tí--decía--
arderá como el sol que siempre arde:
ese sol, alma mía,
da en otros horizontes vida al día
que aquí mata en los brazos de la tarde.
Sus alas extendiendo,
la plúmea turba al aire ofrece en salva
sonoroso estruendo,
la tarde aquí con pena despidiendo,
allá dichosa saludando al alba."
El día, agonizante,
suspiraba quizá por la luz pura
que, al sonreirme amante,
derramaba en mi pecho palpitante
de tu mirada intensa la ternura...
¡Perdóname, bien mío!
Todo, menos tu faz y mi alegría,
tornábase sombrío:
calló la alondra, adormecióse el río,
bajó al abismo el sol, expiró el día...
--"Qué dichosos instantes,
viendo el alba nacer en esos otros
horizontes distantes,
las almas gozarán de dos amantes
tan felices tal vez como nosotros.
¡Ellos más...! Aquí mata
nuestro bien, la que odiamos, noche impía;
allí la aurora grata
que en fúlgidos torrentes se desata
les ofrece de amor entero un día!"
Tus frases de amor llenas,
desbordaron, rompiendo de mi calma
las frágiles cadenas,
un mar de hirviente lava por mis venas
y otro mar de delirios por mi alma.
¡Perdóname, bien mío...!
Pusieron contra tí del alma mía
en el volcán impío,
su amor la alondra, su murmurio el río,
su ausencia el sol, su negra noche el día.
Cediendo tu fiereza
en mi seno estreché con embeleso
tu celestial cabeza...
¡Y el último fulgor de tu pureza
partió con el rumor del primer beso...!
¡ADIOS, LA NAVE!
(FRAGMENTO)
Ya se ha borrado la estela
que bordaba aquella nave,
que al impulso de su vela,
sobre los abismos rueda
ráuda y gentil como el ave.
Ya en lid con los elementos
en el ancho mar a solas,
no traen hasta mi los vientos
los rumorosos lamentos
de aquellas vencidas olas;
y apenas la vista alcanza
su velámen arrogante,
que se ofrece a semejanza
de blanco espectro gigante,
alzándose en lontananza.
¡La nave...! ¿Quién sabe cierto
si los que surcando van
de los mares el desierto
llegarán salvos al pueblo?
¿Quién sabe si volverán?
¿Quién sabe si el mar aborda
detrás del eco postrero
de la canción lenta y sorda
que, recostado en la borda,
canta el bravo marinero?
Mi ser tras de ti se lanza;
sólo allí, en la inmensidad,
el alma a entrever alcanza
de su insegura esperanza
la anhelada realidad.
Del infinito en presencia,
sólo la vital esencia
puede sentir explicable
el eterno e insondable
misterio de la existencia.
Volemos, nave querida,
lejos del mundano lodo;
la inmensidad nos convida,
y siento que es dulce todo
lo que aleja de la vida.
Las aguas del mar envuelve
en su seno y sube, sube,
y otra vez se las devuelve
cuando en lluvia se resuelve,
limpias y dulces la nube.
Y es que del mar la amargura
al subir de si destierra,
y el agua es tanto más pura
cuanto mayor es la altura
que la aparta de la tierra.
¡La nave, adios! Muere el dia
y plácida noche en calma
su primer beso te envía:
al mundo paz, a mi alma
profunda melancolía....