Amaremos a la aurora
que arrulla tierna a los días
en la cuna,
y a la tibia luz que llora,
llena de melancolías,
blanca luna.
A las gotas de rocío,
que engalanan con diamantes
a las flores,
y al que alegra el bosque umbrío,
gorgear de los amantes
ruiseñores.
De las líquidas serpientes,
las de espumosas escamas,
los acentos,
y las selvas y las fuentes
y las hojas y las ramas
y los vientos.
Al celaje caprichoso
que de mil raras visiones
formas toma;
y al arrullo cariñoso
con que alegra a sus pichones
la paloma.
A la noche, cuyos duelos
en su manto de topacios
lleva escritos;
amaremos a los cielos,
amaremos los espacios
infinitos.
Amarás tú mis canciones,
yo el encanto que suspira
tu ternura;
tú mis versos, yo tus sones,
tú a tu dueño, yo a mi lira
¡qué ventura!
Almas para el bien nacidas
que perdidos sus lamentos
gimen solas,
naves son ¡ay! sumergidas
al embate de los vientos
y las olas.
¿Lloras mi lira? ¿Estás triste?
No nos suma en sus abismos
la amargura.
Dios nos dió el raudal que existe
dentro de nosotros mismos
de ventura.
Lloraremos la alegría,
reiremos indiferentes
los enojos.
Y agotáranse algún dia
tus suspiros y las fuentes
de mis ojos.
Yo te daré mis canciones;
tú la voz que en mi ser deja
dulce calma;
yo mis versos, tú tus sones;
yo un ¡ay! triste, tú una queja,
¡yo mi alma...!