¿Porqué, cuando la noche perezosa
envuelve la ciudad en el misterio,
así me atrae la olvidada fosa,
perdida en un rincón del cementerio?
¿Porqué voy a rezar sobre esa tumba
donde duerme el pasado, si me deja
hasta el insecto que en los aires zumba
en el alma la cifra de una queja?
Fué ayer cuando murió la pobre Rosa.
¡Fué ayer cuando murió! ¡la amaba tanto
que busco siempre su olvidada fosa,
perdida en un rincón del camposanto!
Con rudo golpe mi contraria suerte
me hirió, cuando en el cielo me creía;
el dulce idilio interrumpió la muerte...
¡y nadie compartió la pena mía!
Por su belleza y su bondad vencido,
aún vive su recuerdo en mi memoria,
mas mi ventura para siempre ha huído
desde que el ángel retornó a la gloria.
No lo puedo olvidar; amanecía
y el sol, de luz en lágrimas deshecho,
hasta la alcoba penetrar quería
y besar su cadáver en el lecho.
¡Pasó como las nubes del estío!
después ¡la realidad...! una mortaja...
un cuerpo inerte, inanimado, frío,
que encierran sin piedad en una caja...
Como valor fingía, de mis ojos
el llanto contener pude un instante;
para no ver sus míseros despojos
oculté entre mis manos mi semblante.
Alcé luego la frente, mas no estaba
su cadáver allí. ¡Vana porfía!
¡Ya su cuerpo en la tierra descansaba!
¡Ya en una tumba su beldad yacía!
No para hacer de mi pasión alarde,
para hallar fuerzas en la lucha acaso,
al templo de la muerte por la tarde
del triste día dirigí mi paso.
Lloré sobre su abierta sepultura
aquel perdido bien que tanto amara...
¡Nunca pude pensar que mi ternura
tanto placer en el dolor hallara!
Y desde entonces, de la noche umbrosa,
envuelta la ciudad en el misterio,
así me atrae la olvidada fosa
perdida en un rincón del cementerio.
(CANCIONERO DE MANILA)