LAS CALLES DE INTRAMUROS

Cuando paso por las calles de Manila, me parece

que resurgen intramuros los recuerdos del ayer;

en la vaga somnolencia de la tarde que anochece,

evocando voy memorias de heroismo y de poder.

Veo lanzas y arcabuces, veo picas y banderas;

oigo vítores y pasos en ruidosa confusión,

desfilando por mi mente las legiones altaneras

de Legazpi y de Salcedo, Lavezares y Chacón.

A mis ojos con visiones de centurias idas brindo

y me abstraigo de las gentes y costumbres de mi edad,

sorprendiendo a don Alonso cuando, al pié del tamarindo,

de su esposa Catalina castigó la liviandad.

Las aceras animadas van poblándose de seres

que en las místicas edades esculpieron su vivir;

a la luz de la leyenda pasan hombres y mujeres,

con sus gozos y sus duelos, su llorar y su reir.

Una dama que en el manto se arrebuja el lindo talle

se ve entrar en una iglesia; y, al oirse la oración,

un hidalgo que se para en la esquina de una calle

y el chambergo se destoca con cristiana devoción.

Por los claustros vagan sombras pensativas de doctores

que escribieron en las celdas o incensaron el altar;

y del Sol a los postreros moribundos resplandores

a un alféizar asomado se ve a un fraile meditar.

El espacio hienden torres de la iglesia redentora

que la cúpula cobija con los brazos de la cruz

y del fondo de los siglos va la chispa inspiradora

encendiendo en las conciencias los destellos de su luz.

Con monjiles atavíos, tras las tapias del convento,

se presiente que va pronto María Clara a parecer,

evocando soñadora, ya dormido el pensamiento,

la azotea do hizo Ibarra sus mejillas florecer.

Allá enfrente se divisa de la Fuerza de Santiago

el histórico recinto, de almenaje señorial,

que con fúnebres tapices enlútose el día aciago

que vió arder entre sus muros la capilla de Rizal.

¡Ah! ¡Que apague la Discordia de su tea fratricida

los impúdicos fulgores, el maldito resplandor!

¡Que la Muerte no separe lo que júntase en la Vida!

¡Que los hombres no desunan lo que uniera el Creador!

Ni separa ni desune. Su cristiano testamento

fué la síntesis suprema de la unión espiritual

de dos pueblos que son uno, por la Fé y el Pensamiento;

que son uno en los amores y en el verbo de Rizal.

Y asi fué. Cuando caía de los mástiles gloriosos

la bandera que la cuna de Rizal empavesó,

el espíritu hermanado de dos pueblos generosos

en la mente libertaria de Rizal nidificó.

Parnaso Filipino Antología de Poetas del Archipelago Magellanico · 第 344 / 368 题