Pronto anidaron en aquellas almas,
presas bajo inquietas pesadumbres,
anhelos como antojos iniciales;
pronto gimieron las nativas palmas
al soplo que traía de las cumbres
el polen de fecundos ideales.
Pronto la hoz del nuevo pensamiento,
a golpes de cerebro hacía mella
en la raíz de instituciones rancias;
y pronto sucedió el derrumbamiento
al tajo vengador de la centella,
que incubaron las mismas circunstancias.
En medio de los rudos episodios
del despertar de aquellas multitudes
vieron pasar las familiares glebas,
sobre el torrente de encontrados odios,
la racha formidable de virtudes,
la tempestad de las ideas nuevas.
Y sobre el mar del popular tumulto,
en la corriente de furor insano,
como reliquia de inviolable culto,
flotaba el arca del saber humano.
Fué menester el trasponer la orilla
de aquella charca de corrupto lodo,
aniquilar y abandonarlo todo,
tener las manos limpias de mancilla
y no lavarse nada en la conciencia
sino el tesoro santo de la ciencia.
Tres siglos han pasado. ¡Tres centurias
que desataron las tremendas furias
de condensadas iras en sufragio
del alma popular! Viejos prestigios
cayeron con los últimos vestigios
después de aquel providencial naufragio.
Y dijo entonces Dios: "Pondré en la altura
mi arco en señal de la perpetua alianza
entre vosotros". Y brilló en los cielos
el signo de los tiempos que inaugura
la era anunciada de la nueva gracia;
arco de triunfo bajo el cual avanza
la humanidad con todos sus anhelos;
el gran iris social: la democracia!
Iris de nuestras épocas triunfales,
nuncio de un bello porvenir, que arranca
de su fecundo seno hecho de amores
la plenitud de todos los ideales,
como se funde en una luz--la blanca--
la hermosa variedad de los colores.
Tres siglos han pasado. Espesa hiedra
veo cubrir el cúmulo de escombros
que han apilado los pasados años;
y veo levantar la enorme piedra
del porvenir los esforzados hombros
llenos de fé, de propios y de extraños.
Hacínense a la luz de los crepúsculos
y excítelos el nervio de mis versos,
como en un haz de contraídos músculos,
esos sumandos de vigor dispersos:
que antes que nuestra fuerza, que hoy se agosta,
en mútuas desconfianzas se consuma,
la patria necesita, a toda costa,
fundar el porvenir sobre la suma
de todos los esfuerzos.
Escarbemos
la tierra inculta como unidos potros,
y bienvenidos sean los supremos
y francos sacrificios de los otros:
porque en el campo inmenso de la Historia
y en la vasta expansión de sus periodos
hay tiempo y hay lugar para la gloria,
para la gloria, por igual, de todos.