III

Pronto anidaron en aquellas almas,

presas bajo inquietas pesadumbres,

anhelos como antojos iniciales;

pronto gimieron las nativas palmas

al soplo que traía de las cumbres

el polen de fecundos ideales.

Pronto la hoz del nuevo pensamiento,

a golpes de cerebro hacía mella

en la raíz de instituciones rancias;

y pronto sucedió el derrumbamiento

al tajo vengador de la centella,

que incubaron las mismas circunstancias.

En medio de los rudos episodios

del despertar de aquellas multitudes

vieron pasar las familiares glebas,

sobre el torrente de encontrados odios,

la racha formidable de virtudes,

la tempestad de las ideas nuevas.

Y sobre el mar del popular tumulto,

en la corriente de furor insano,

como reliquia de inviolable culto,

flotaba el arca del saber humano.

Fué menester el trasponer la orilla

de aquella charca de corrupto lodo,

aniquilar y abandonarlo todo,

tener las manos limpias de mancilla

y no lavarse nada en la conciencia

sino el tesoro santo de la ciencia.

Tres siglos han pasado. ¡Tres centurias

que desataron las tremendas furias

de condensadas iras en sufragio

del alma popular! Viejos prestigios

cayeron con los últimos vestigios

después de aquel providencial naufragio.

Y dijo entonces Dios: "Pondré en la altura

mi arco en señal de la perpetua alianza

entre vosotros". Y brilló en los cielos

el signo de los tiempos que inaugura

la era anunciada de la nueva gracia;

arco de triunfo bajo el cual avanza

la humanidad con todos sus anhelos;

el gran iris social: la democracia!

Iris de nuestras épocas triunfales,

nuncio de un bello porvenir, que arranca

de su fecundo seno hecho de amores

la plenitud de todos los ideales,

como se funde en una luz--la blanca--

la hermosa variedad de los colores.

Tres siglos han pasado. Espesa hiedra

veo cubrir el cúmulo de escombros

que han apilado los pasados años;

y veo levantar la enorme piedra

del porvenir los esforzados hombros

llenos de fé, de propios y de extraños.

Hacínense a la luz de los crepúsculos

y excítelos el nervio de mis versos,

como en un haz de contraídos músculos,

esos sumandos de vigor dispersos:

que antes que nuestra fuerza, que hoy se agosta,

en mútuas desconfianzas se consuma,

la patria necesita, a toda costa,

fundar el porvenir sobre la suma

de todos los esfuerzos.

Escarbemos

la tierra inculta como unidos potros,

y bienvenidos sean los supremos

y francos sacrificios de los otros:

porque en el campo inmenso de la Historia

y en la vasta expansión de sus periodos

hay tiempo y hay lugar para la gloria,

para la gloria, por igual, de todos.

Parnaso Filipino Antología de Poetas del Archipelago Magellanico · 第 276 / 368 题