Atruenan el patio ligeros corceles,
sus locas fanfárrias la trompa sonora
une al argentino ladrar de lebreles
en la cristalina quietud de la aurora.
Los hierros del puente desatan sus nudos,
invade los bosques alegres el coro:
ellos, como heráldos de nobles escudos,
ellas, como un vuelo de alondras de oro.
De súbito, un grito mortal se derrama;
se apercibe el ruido de una lucha breve...
Todos enmudecen de espanto ante el drama
del que Benvenuto forjara un esmalte:
la garza, una rubia marquesa de nieve,
ha muerto en las garras de un vil gerifalte...
Abril, 1922.