En la paz de los viejos parques ducales,
junto al lago que irradia verdes reflejos,
el alma pensativa de los rosales
flota en un azulado temblor de espejos.
El gemido del agua se pierde en una
vaguedad por la senda de las acacias;
y las ruinas adquieren, bajo la luna,
esplendor de remotas aristocracias.
Estas grises estátuas han visto acaso
la pareja, de rosas engalanada,
esfumarse en túpidos fondos de raso;
y lucir como un dardo de amor y celo,
en la noche de estrellas, embalsamada,
el puñal veneciano de algún Otelo...
Abril, 1922.