Con una lenta ondulación de raso,
después de largo y febricente asedio,
veo tu sombra deslizarse en medio
de una esfumada claridad de ocaso.
El leve aroma de tu carne acaso
sea el que impregna de tu parque el predio;
como la rosa que al morir de tedio
deja su esencia en el marfil del vaso.
El sol que copia tu mirada ambigua,
sobre tu negra cabellera undosa,
irisa el tul de la vestal antigua.
Y entre los oros de la tarde incierta
vuela al capullo de tus labios rosa
la mariposa de mi alma muerta...