Me pides sampaguitas... No te envío,
porque, al ir a cortarlas de la rama,
sentí temblar mis manos y mi pecho
prensado por la lástima.
No quiero que padezcan esas flores,
como padece, lejos de tí, mi alma,
no quiero que al contacto de mis manos
perezcan marchitadas.
¡Qué caigan ellas solas! Yo, que siento
más que nunca mortíferas nostalgias,
no quiero que por mí tengan las flores
nostalgia de las ramas.
Es crueldad separarlas de sus tallos
antes que lo haga el soplo de las áuras
¡quién sabe si en las horas más de vida
que se irán al troncharlas,
ellas esparcirán en el ambiente
la esencia más sabrosa y delicada
que formada con mieles de rocío
en sus corolas guardan!
Deja que vivan. A nosotros mismos,
a pesar de seguir nuestra jornada,
marchando sobre espinas y entre sombras
la vida nos es grata.
Nada tememos más sino la muerte...
¿Y si tuvieran esas flores alma?
¡Quién sabe si sintieran asimismo
temor de verse lacias!
No; déjalas vivir. Que vivan siempre
en su palacio de hojas y de ramas;
que las encuentre allí la mariposa,
su eterna enamorada;
que saluden los ocres de la tarde,
que explendan con las púrpuras del alba,
que beban del rocío de las noches
y halaguen las miradas.
Las pobres sampaguitas se resienten
cuando alguien de su tallo las separa;
al hallarse en el pecho o en las trenzas,
sufren; se tornan pálidas.
Y cuando están así ¿qué hombre puede
contener de los ojos una lágrima?
¿Quién no se acuerda de los tristes seres
que mueren de nostalgia?
1900.