Eres el grito del derecho herido,
la encarnación de las candentes lágrimas
que en la noche sin luz de su pasado,
de mi país los ojos escaldaban.
Yo te leí cien veces. Noble amigo,
hallé siempre flotando en cada página,
un paño para el llanto del esclavo,
para el tirano vengadora tralla.
¡Cómo sentía, al recortar tus hojas,
lástima por mi patria esclavizada!
¡Cuál lloraba contigo en mis insomnios,
y ansiaba, como tú, la luz del alba!
Más un día... sonaron los fusiles,
ahogó los suspiros la metralla,
y fulminando muertes, al derecho
pronto abriéronle paso las espadas.
Y tembló la opresión. Himno de muerte
parecía el rugido de sus armas,
y en su mismo estertor... ¡ay! frente a ella
irguióse su conciencia: ¡cuán manchada!
Entonces, al clangor estrepitoso
que producían, al herir, las balas,
veía al pueblo defender sin miedo
la idea que tus párrafos inflama.
Veíale surgir grande, potente,
dispuesto a perecer en la demanda,
a recabar con sangre de sus venas
su libertad y su honra conculcadas.
Y fué obra tuya, tuya solamente;
que, sin tí, aún no viera nuestra patria
roto el dogal que le estrujaba el cuello
y en sus cielos brillando la alborada.
¡Ah!--Mucho hiciste. Verbo del opreso,
anatema al poder, tus hojas santas,
al irradiar en los cerebros muertos,
de la opresión libraron una raza.
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Te cierro ya. En la noche de su sueño,
¡paz al patriota que escribió tus páginas!
dile que sus hermanos no le olvidan,
que en cada pecho se le erige un ara.
Octubre, 1898.