¿Sabes cuál es...? ¡Escúchame un momento!
con voz muy queda lo diré a tu oído,
que no lo pueda oir el mismo viento
que, al refrescar tu frente con su aliento,
palpita de placer estremecido.
Es muy pobre, muy pobre... casi nada,
es más bien la fineza de un mendigo:
una joya sin brillo, desgastada,
que, por cobrar su luz en tu mirada,
te la ofrece el afecto de un amigo.
¡Aquí lo tienes, toma!... te lo entrego:
es este corazón ya moribundo,
que se agita entre océanos de fuego,
y que latiendo temeroso y ciego,
te vió y te amó con un amor profundo...
Es este corazón de fibras rotas,
anémico y enfermo, siempre triste...
donde circulan de la hiel las gotas
y vibran melancólicas las notas
de un mal tenaz que en maltratar insiste.
Es este corazón, que va sangrando
con la herida brutal de su delirio,
mi pobre corazón, agonizando,
mientras va sollozando... sollozando...
al rudo golpear de su martirio.
Este martirio he siempre comprimido
por inquieto temor a tu repulsa,
hondo martirio que, a mi ser asido,
parece cual mi vida confundido
y siempre al lloro y al sufrir me impulsa.
¡Cuántas veces sentí su horrible clavo
golpearme con áspera sevicia,
y sentí a su furor cómo temblaba
el cielo de las dichas que soñaba,
como un mundo de luz que se desquicia!
¡Cuántas veces también alzó en mi pecho,
la indómita borrasca de la angustia,
y por las noches le encontré en acecho
para robar mi sueño, sobre el lecho
en que gemía por mi vida mustia!
¡Ay, no es verdad que brote la alborada
tras la noche caótica y severa!...
Donde la pena labra su morada,
allí estará cual víbora enroscada,
siempre más pertinaz, siempre más fiera.
En vano, muchas veces, temerario,
intenté refrenar con valla ruda
el cauce de mis penas tumultuario:
no he logrado desviarme del calvario
donde sucumbo sin piedad ni ayuda.
Ya han hollado mis pies muchas espinas,
y aunque avanzo llorando en mi camino,
sólo encuentro doquier sombras y ruinas,
tristes, como las tintas vespertinas,
y obscuras, cual la voz de mi destino.
¿Qué me resta sufrir?... En mi amargura,
¿Dónde tender la vista lacrimosa
sin que encuentre mi propia desventura?
¡oh!... ¿Como descansar de esta tortura
el alma que no vive ni reposa?
Sólo tú, sólo tú, virgen del cielo,
puedes reverdecer mi vida muerta;
tú regalarme puedes el consuelo,
y puedes alegrar mi triste duelo
y restañar mi herida siempre abierta.
¡Oh! en tí está mi esperanza; no la mates;
déjame acariciar mis ilusiones,
y no me arranques ¡ay! no me arrebates
la dicha que me anima en los combates
y rompe de mi mal los eslabones.
¡Es tan triste sufrir!... Es tan sombrío
batallar con el propio sentimiento,
que, si no escuchas el acento mío,
tal vez con la punzada del estío
no me dure la vida ni un momento.
¡Oh! escúchame... ¡Aquí estoy! Solo, perdido
en mitad de mi obscuro derrotero...
Y aunque procuro, loco, dolorido,
desterrar mi pesar con el olvido,
ya no puedo luchar... ¡Amame o muero!