En una vega ubérrima y tranquila,
bajo el quemante ardor de un sol de estío,
sonoro y riente se desliza el río
desde el lago de Bay hasta Manila.
Bruñe la faz de su caudal bravío
brillante luz que todo refocila,
y se entorna ofuscada la pupila
al contemplar tan fulgido atavío.
Al saludo jovial de la cañada
y del _sipao_ que trina en la enramada,
su romántica y triste serenata,
van pasando sus linfas transparentes
bajo el arco de hierro de los puentes
como una eterna procesión de plata.