Todas las noches, a la sombra amena
de un frondoso macizo floreciente,
yo acudía con paso diligente
y con el alma de ilusiones llena.
Veía a poco su cuerpo de azucena
avanzar indeciso, lentamente,
mientras un ansia de pasión ardiente
daba a mi pecho hervores de colmena.
Juntos los dos en dulces embelesos,
volviamos al cuento de los besos,
sin pensar que es voluble la fortuna.
Y sólo nuestro ardor se interrumpía
cuando ya en el azul se desleía
la dorada sonrisa de la luna.
1917.