Se oye un lamento de agoreras aves
bajo el palio del cielo tropical,
y se aspira un olor de brisas suaves
que estremece el silencio sepulcral.
Sobre el lejano mar las negras naves
sombras son en la calma vesperal;
en la fronda un rumor de notas graves,
que deslíe un liróforo oriental.
Es la hora del crepúsculo. Silente
gime el aura rindiendo vasallaje
a Febo que desciende al Occidente.
Eternamente fúlgida y doliente,
es la tarde del trópico salvaje
que muere lenta, lenta, lentamente...