Hay un silencio triste, de consuelo, en el prado.
Una esquila se queja en los brazos del viento
como un poeta triste, eternamente atado
al buey de la materia, sin luz ni sentimiento.
Las voces pueblerinas de unos chicos se alejan
entre el grueso ramaje con que se adorna al río.
De su inercia unas rocas parecen que se quejan
y la yerba se seca al beso del estío.
Otra vez el silencio. Ahora es un gorjeo
que sobre mi cabeza sueña un verso de amor...
Vuelve a chillar la prosa: mugriento y sin aseo
el tren silba ya el grito carnal de un estertor.
Unas nubes muy blancas se agarran al azul.
Árboles verdinegros vigilan el espacio.
Los murmullos del río me rozan como un tul
que acaricia las trenzas de una novia. Despacio
marcha el sol. Al azar abro el libro, un retrato
me sonríe... ¡Es tu risa!... En mi triste mirar
se esfuma la campiña. Todo esto es sólo un rato.
¡Después son unas ganas muy grandes de llorar!..
Los Molinos, Agosto 1921.