Ya están en mis manos las dos sacras hoces
que el herrero anónimo para mí forjó:
la de hierro duro, que es mi fortaleza,
y la de oro fino, que es mi ensoñación.
La segur más grácil, para cuando quiera
cercenar un lauro o una flor de amor,
para el santo muérdago de la vida íntima
y para el ensueño de mi corazón;
y la más robusta, para las podridas
ramas que del árbol la ignominia son;
para las raíces de la mala yerba
que la gloria roban de la mies en flor,
y para los cuellos del halcón y el lobo
y el áspid traidor.
Mayo, 1914.