Señor: Pues esta niña estaba abandonada
Por el rajhá, ocupado en combates sin fin,
Y como ya muriera su madre, infortunada,
Ahora buscaba amor y aroma en el jardín.
Pero las flores, muchísimo menos amorosas
Que esas santas llamadas las madres de los hombres,
De la gentil chiquilla y su beldad celosas
Acordaron matarla, señor, aunque te asombres.
Que a veces la flor mata, como matan las leyes,
Así sean las víctimas diosas o hijas de reyes,
Así el verdugo luego grite arrepentimiento.
Y el acuerdo de todas las flores vengativas,
Desde las sampaguitas hasta las siemprevivas,
Quedó temblando a modo de una hoz sobre el viento.