Los días anteriores le había oído a la Justa quejarse de dolores de

cabeza, de falta de apetito; pero no sospechaba aquella resolución, no

creía que le iba a abandonar así, tan fríamente.

¡Y se sentía tan solo, tan miserable, tan cobarde otra vez! Aquel cuarto

inundado de sol, que antes lo había encontrado alegre, ahora le parecía

triste y sombrío. Miró desde el balcón las casas lejanas, con sus

tejados rojos. En lontananza se extendía Madrid, envuelto en el ambiente

limpio y claro, bajo un sol de oro. Algunas nubes blancas pasaban lenta

y majestuosamente, desplegando sus fantásticas formas.

Familias de artesanos endomingados pasaban en grupos; se oían vagamente

notas alegres de los organillos.

Manuel se sentó en la cama pensativo. ¡Cuántos buenos proyectos, cuántos

planes acariciados en la mente no habían fracasado en su alma! Estaba al

principio de la vida y se sentía sin fuerzas ya para la lucha. Ni una

esperanza, ni una ilusión le sonreía. El trabajo, ¿para qué? Componer y

componer columnas de letras de molde, ir y venir a casa, comer, dormir,

¿para qué? No tenía un plan, una idea, una aspiración. Miraba la tarde

del domingo alegre, inundada de sol, el cielo azul, las torrecillas

lejanas...

Embebido en vagos pensamientos, no oyó Manuel que llamaban a la puerta,

cada vez más fuerte.

--¿Será la Justa?--pensó.--No puede ser.

Abrió la puerta con la vaga esperanza de encontrarla. Delante de él se

presentaron dos hombres.

--Manuel Alcázar--le dijo uno de ellos--, quedas detenido.

--¿Por qué?

--El juez te lo dirá; ponte las botas y anda para adelante.

--¿Me van a atar?--preguntó Manuel.

--Si no haces tonterías, no. ¡Hala!, vamos.

Bajaron los tres a la calle y salieron al paseo de Areneros.

--Tomaremos el tranvía--dijo uno de los polizontes.

Entraron; venía atestado de gente y fueron los tres en la plataforma. Al

llegar a la plaza de Santa Bárbara bajaron, y, cruzando dos o tres

calles, aparecieron frente a las Salesas; de aquí torcieron una esquina,

se metieron en un portal, atravesaron un pasillo largo, y al final de

éste hicieron entrar a Manuel en un calabozo y cerraron por fuera.

* * * * *

Dicen que la soledad y el silencio son como el padre y la madre de los

pensamientos profundos. Manuel, en medio de la soledad y el silencio, no

encontró ni la idea más insignificante en su caletre. Por no encontrar,

no encontró ni siquiera en el mundo de los fenómenos un sitio donde

sentarse, lo cual no tenía nada de extraño, porque no había ni una mala

silla ni una mala banqueta en el calabozo. Se sentía abatido y cansado,

y se dejó caer en el suelo. Así permaneció algunas horas; de pronto, una

claridad pálida brilló sobre la puerta, en un montante.

--Han encendido luz--se dijo Manuel--. Habrá obscurecido.

Poco después se oyó un estrépito de voces y de lloros.

--Ande usted, que si no le va a salir peor cuenta--decía una voz grave.

--Pero si yo no he sido, señor guardia, si yo no he sido--replicaba una

voz suplicante--; déjeme usted ir a casa.

--¡Hala! Adentro.

--¡Por Dios! ¡Por Dios!, que yo no he sido.

--Adentro.

Se oyó el ruido que hizo el hombre al entrar empujado en el calabozo,

después el cerrar violento de la puerta. La voz suplicante siguió

clamando con pesada monotonía:

--Yo no he sido... Yo no he sido... Yo no he sido.

--Pues señor, ¡vaya una lata!--se dijo Manuel. Si está toda la noche

así, me va a divertir.

Las lamentaciones del vecino fueron aminorando poco a poco y debieron

terminar en silencioso llanto. Se oía en el corredor los pasos rítmicos

de alguno que iba y venía.

Manuel trató de buscar desesperadamente una idea en su cerebro, aunque

no fuese más que para entretenerse con ella, y no encontró nada; lo

único que pudo sacar en conclusión es que se había lucido.

Tal carencia de ideas le condujo como de la mano a un sueño profundo,

que quizá no duró más que un par de horas, pero que a él le parecieron

un año. Se despertó derrengado, con la cintura dolorida; no había

perdido en el sueño la idea de que se hallaba encerrado, pero fué para

él tan reparador el corto momento de descanso, que se encontró fuerte,

dispuesto a cualquier cosa.

Tenía en el bolsillo aún el dinero que le habían dado en la imprenta.

Llamó discretamente a la puerta del calabozo.

--¿Qué quiere usted?--le dijeron de afuera.

--Quisiera salir un rato.

--Salga usted.

Salió al pasillo.

--¿Podría traerme alguno un café?--preguntó a un guardia.

--Pagándolo...

--Claro que pagándolo. Que me traigan un café con tostada y una

cajetilla.--Entregó al guardia dos pesetas.

--Ahora van--dijo éste.

--¿Qué hora es?--preguntó Manuel.

--Las doce.

--Si no fuera porque tengo que estar en ese rincón, le invitaría a tomar

café conmigo; pero...

--Aquí fuera lo puede usted tomar. Con un café hay para los dos.

Vino un mozo con el café y los cigarros. Tomaron el café, fumaron un

pitillo, y el guardia, ya conquistado, le dijo:

--Llévese usted un banco de estos para dormir.

Manuel cargó con uno y se echó a la larga. El día anterior, libre, se

encontraba débil y caído; en aquel momento, preso, se sentía fuerte. Los

proyectos se amontonaban en su cabeza, pero no podía dormir.

El cansancio físico consume las fuerzas y excita el cerebro; la

imaginación aletea en la obscuridad como los pájaros nocturnos; como

ellos, también se refugia en las ruinas.

Manuel no durmió, pero soñó y proyectó mil cosas: unas lógicas, la

mayoría absurdas. La luz del día, al entrar vaga por el montante de la

puerta, desechó sus ideas sobre el porvenir y pensó en lo inmediato.

Le irían a llevar ante el juez. ¿Qué iba a contestar? Idearía un plan:

una casualidad le había llevado al puente del Sotillo; no conocía a

Calatrava; pero, ¿y si le careaban con ellos? Se iba a embarullar. Lo

mejor era decir la verdad y atenuarla en todo lo que pudiera, para

favorecer su causa: le conocía a Calatrava por su primo; le veía de

cuando en cuando en el Salón; él trabajaba en una imprenta...

Estaba ya decidido a seguir este plan, cuando entró un guardia:

--Manuel Alcázar.

--Servidor.

--Anda, al despacho del juez.

Siguieron los dos un largo pasillo y llamaron en una puerta.

--¿Da usía su permiso?--dijo el guardia.

--Adelante.

Pasaron a un despacho con dos grandes ventanas por donde se veían los

árboles de la plaza. Delante de la mesa estaba el juez sentado en un

sillón de alto respaldar. Frente a la mesa había un armario de estilo

gótico lleno de libros. Un escribiente entraba y salía llevando montones

de papeles debajo del brazo; el juez le hacía alguna que otra pregunta y

firmaba de prisa.

Cuando terminó, el guardia, con la gorra en la mano, se acercó al juez y

le indicó, en pocas palabras, quien era Manuel. El juez echó una mirada

rápida sobre el muchacho, y éste, en aquel momento, pensó:

--Hay que decir la verdad; si no, me la arrancarán y será peor.

Con esta decisión se sintió más tranquilo.

--Acérquese usted--le dijo el juez.

Manuel se acercó.

--¿Cómo se llama usted?

--Manuel Alcázar.

--¿Cuántos años tiene?

--Veintiuno.

--¿Qué oficio?

--Cajista.

--¿Jura usted decir verdad en todo aquello que le sea preguntado?

--Sí, señor.

--Si así lo hace, Dios se lo premie, y si no, se lo demande. ¿Qué hizo

usted el día del crimen?

--La noche antes, Vidal y yo, con dos mujeres, fuimos a ver cómo

fusilaban a un soldado; después, por la mañana, dormí un rato, y a las

once fuí con una mujer al merendero del puente del Sotillo, en donde nos

habíamos citado con Vidal.

--¿Qué parentesco tenía usted con el muerto?

--Era su primo.

--¿Riñó usted alguna vez con él?

--No, señor.

--¿Cómo ha vivido usted hasta el día en que murió Vidal?

--He vivido del juego.

--¿Qué hacía usted para vivir del juego?

--Jugaba el dinero que me daban, en el Círculo de la Amistad, y

entregaba las ganancias unas veces a Vidal, otras a un cojo que se llama

Calatrava.

--¿Qué cargos desempeñaban en el Círculo Vidal y ese cojo?

--El Cojo era secretario del Maestro, y Vidal secretario del Cojo.

--¿Cómo se llama el Cojo?

--Marcos Calatrava.

--¿Por quién le conoció usted al Cojo?

--Por Vidal.

--¿En dónde?

--En la taberna del Majo de las Cubas, que está en la calle Mayor.

--¿Cuánto tiempo hará de esto?

--Un año.

--¿Quién le llevó a usted al Círculo de la Amistad?

--Vidal.

--¿Conoce usted a un sujeto apodado el Bizco?

--Sí, señor.

--¿De dónde le conoce usted?

--De que era amigo de Vidal, cuando chico.

--¿No era amigo también de usted?

--Amigo, no; nunca he tenido simpatía por él.

--¿Por qué?

--Porque me parecía malo.

--¿Qué entiende usted por esto?

--Lo que entiende todo el mundo; que tenía malas entrañas y martirizaba

al que era más débil que él.

--¿Usted tiene una querida?

--Sí, señor.

--¿Es una mujer pública?

--Sí, señor--tartamudeó Manuel, temblando de dolor y de ira.

--¿Cómo se llama?

--Justa.

--¿Dónde vive?

--No sé; se marchó de mi casa anteayer.

--¿Dónde la conoció usted?

--En casa de un trapero, en donde yo estuve de criado.

--¿Cómo se llama ese trapero?

--El señor Custodio.

--¿Fué usted el que impulsó a su querida a prostituirse?

--Yo no, señor.

--Cuando la conoció usted, ¿era ya mujer pública?

--No, señor. Cuando la conocí era modista; un hombre la sacó de su casa;

luego, cuando la ví por segunda vez, era ya pública.

Al decir esto, a Manuel le temblaba la voz y las lágrimas pugnaban por

salir de sus ojos.

El juez le contempló fríamente.

--¿Quién propuso ir al merendero del puente del Sotillo?

--Vidal.

--¿Vió usted al Bizco rondar por los alrededores del merendero?

--Sí, señor.

--¿No le chocó?

--Sí, señor.

--¿Tenía usted noticia de que el Bizco había matado a una mujer en el

camino de Aravaca?

--Eso me dijo Vidal.

--Después de este crimen del Bizco, ¿había hablado usted alguna vez con

él?

--No, señor.

--¿Nunca?

--No, señor.

--Tenga cuidado con lo que dice--y el juez clavó su mirada en Manuel--.

¿No habló usted, después de la muerte de la mujer, nunca con el Bizco?

--No, señor--y Manuel sostuvo con energía la mirada del juez.

--¿No le chocó el que el Bizco rondara el merendero?

--Sí, señor.

--¿Cómo no le comunicó usted la noticia a Vidal?

--Porque mi primo me había dicho que no le hablara del Bizco.

--¿Por qué?

--Porque le daba miedo. Yo, sabiendo esto, no quise asustarle.

--Cuando vió usted que iba a salir, ¿cómo no le advirtió usted que

podría estar el Bizco?

--No se me ocurrió.

--¿Qué hizo usted cuando oyó el grito dado por Vidal?

--Salí al balcón del merendero con las tres mujeres y con el Cojo, y

desde allá vimos a Vidal y al Bizco en la islilla, que peleaban.

--¿Cómo conoció usted que eran ellos?

--Por el grito de Vidal, y además porque llevaba un sombrero cordobés

blanco.

--¿Qué hora sería cuando sucedió esto?

--No sé a punto fijo. Estaba anocheciendo.

--¿Cómo conoció usted al Bizco?

--No le conocí; pensé que era él.

--¿Llevaba dinero Vidal?

--No lo sé.

--¿Cuánto duró la lucha?

--Un momento.

--¿No tuvieron ustedes tiempo de ir en su socorro?

--No, señor. A poco de asomarnos al balcón, cayó Vidal al suelo, y el

otro se metió en el río y se fué.

--Está bien; ¿qué pasó después?

--El Cojo y yo nos descolgamos por el barandado, saltamos al río y nos

acercamos a la isla. El Cojo le cogió la mano a Vidal y dijo: «Está

muerto.» Luego volvimos los dos al merendero y nos fuimos.

El juez se volvió al escribiente:

--Luego le leerá usted la declaración, y que la firme.

Llamó al timbre y apareció el guardia.

--Que siga incomunicado.

Manuel salió del despacho, erguido. Le habían llegado al alma algunas de

las frases del juez, pero estaba satisfecho de su declaración; no le

habían llegado a embrollar.

Entró de nuevo en el calabozo y se tendió en el banco.

--El juez quiere hacerme cómplice del crimen. O ese juez es muy bruto o

muy malo. En fin, esperemos.

Al medio día abrieron la puerta del calabozo y entraron dos hombres. Uno

era Calatrava; el otro el Garro.

--Chico, acabo de leer en un periódico cómo te han prendido--dijo

Calatrava.

--Ya ve usted, aquí me tienen.

--¿Has declarado?

--Sí.

--¿Qué has dicho?

--Toma, ¡qué voy a decir!, la verdad.

--¿Has hablado de mí?

--No que no. He hablado de usted, del Maestro y de todos.

--Rediós, ¡qué bestia eres!

--No; que voy a pudrirme yo aquí, sin culpa, mientras los demás se

pasean por la calle.

--Merecías estar aquí siempre--exclamó Calatrava--, por panoli, por

boceras.

Manuel se encogió de hombros. Consultáronse con la mirada Calatrava y el

Garro, y salieron del calabozo.

Volvió Manuel a tenderse. A media tarde se abrió de nuevo la puerta y

entró el guardia. Llevaba un puchero, pan y una botella de vino.

--¿Quién me manda esto?--preguntó Manuel.

--Una muchacha que se llama Salvadora.

Se enterneció Manuel con el recuerdo, y como el enternecimiento no le

quitó el apetito, comió abundantemente y se tendió en el banco.

CAPÍTULO VI

LO QUE PASABA EN EL DESPACHO DEL JUEZ.--LA CASA DE CANÓNIGOS.

UNAS horas después el juez recibió tres cartas urgentes. Las abrió e

hizo sonar inmediatamente un timbre.

--¿Quién ha traído estas cartas?--preguntó el juez de guardia.

--Un lacayo.

--¿Hay por ahí algún agente?

--Está el agente Garro.

--Que pase.

Entró el agente y se acercó a la mesa del juez.

--En estas cartas--le dijo éste--se hace referencia a la declaración que

ha prestado ese muchacho preso. ¿Cómo alguien puede saber la declaración

que ha dado?

--No lo sé.

--¿Ha hablado ese muchacho con alguno?

--Con nadie--dijo tranquilamente el Garro.

--En esta carta, dos señoras a quienes el ministro no puede negar nada,

le piden a él, y él me pide a mí, que eche tierra a este asunto. ¿Qué

interés pueden tener estas señoras en ello?

--No sé. Si supiera quiénes son, quizá...

--Son la señora de Braganza y la marquesa de Buendía.

--Sí, entonces sé de qué se trata. Los dueños del Círculo en donde

estaba empleado el muchacho, tienen interés en que no se hable de la

casa de juego. Uno de los dueños es la Coronela, que habrá hablado a

esas señoras y esas señoras al ministro.

--¿Y qué relación tiene la Coronela con estas señoras?

--La Coronela presta dinero. Esta señora de Braganza firmó en falso con

el nombre de su marido, y el documento lo guarda la Coronela.

--¿Y la marquesa?

--Lo de la marquesa es otra cuestión. Ya sabe usted que, últimamente, su

querido era Ricardo Salazar.

--¿El ex diputado?

--Sí, un golfo completo. Hace uno o dos años, cuando las relaciones de

Ricardo y la marquesa estaban todavía recientes, la marquesa recibía de

vez en cuando una carta en la que le decían: «Tengo una carta de usted

dirigida a su amante, en la que dice usted esto y esto (cosas íntimas

bastante fuertes). Si no me da usted mil pesetas, enviaré la carta a su

marido.» Ella, asustada, pagó tres, cuatro, cinco veces, hasta que por

consejo de una amiga, y de acuerdo con un delegado, prendieron al hombre

que iba con la carta. Resultó que era un enviado del mismo Ricardo

Salazar.

--¿Del amante?

--Sí.

--¡Vaya un caballero!

--Cuando riñeron la marquesa y Ricardo...

--¿Al descubrirse el enredo de la carta?

--No, eso se lo perdonó la marquesa. Riñeron porque Ricardo exigía

dinero que la marquesa no pudo o no quiso darle. Salazar debía tres mil

duros a la Coronela, y ésta, que no es tonta, le dijo: «Deme usted las

cartas de la marquesa y no me debe usted nada.» Ricardo se las dió, y la

marquesa ha quedado entregada de pies y manos a la Coronela y a sus

socios.

El juez se levantó de su silla y paseó lentamente por el despacho.

--Hay además--dijo--un besalamano del director de _El Popular_, en que

me ruega que no prospere este asunto. ¿Qué relación hay entre el garito

y el propietario del periódico?

--Que es socio. En el caso que se descubriera el garito, el periódico

haría una campaña fuerte contra el gobierno.

--¡Quién hace justicia de este modo!--murmuró el juez, pensativo.

El Garro contempló al juez irónicamente.

Se oyó el timbre del teléfono, que resonó durante largo tiempo.

--¿Da usía su permiso?--preguntó un escribiente.

--¿Qué hay?

--De parte del señor ministro, si se ha despachado el asunto conforme a

sus deseos.

--Que sí, dígale usted que sí--contestó el juez malhumorado. Luego se

volvió hacia el agente--. Este muchacho preso, ¿no tiene participación

ninguna en el crimen?

--Absolutamente ninguna--contestó el Garro.

--¿Es primo del muerto?

--Sí, señor.

--¿Y conoce al Bizco?

--Sí, ha sido amigo suyo.

--¿Podría ayudar a la policía a capturar al Bizco?

--De esto yo me encargo. ¿Se le pone en libertad al preso?

--Sí. Necesitamos coger al Bizco. ¿No se sabe dónde anda?

--Andará escondido por las afueras.

--¿No hay algún agente que conozca bien los rincones de las afueras?

--El mejor es un cabo de Orden público que se llama Ortiz. Si quiere

usted escribirle al Coronel de Seguridad que ponga a Ortiz a mis

órdenes, el Bizco, antes de ocho días, está en la cárcel.

Llamó el juez a un escribiente, le mandó escribir una carta, y se la

entregó a Garro.

Salió éste del despacho del juez e hizo que abrieran el calabozo de

Manuel.

--¿Hay que declarar otra vez?--preguntó el muchacho.

--No; vas a firmar la declaración y quedas libre. Vamos.

Salieron a la calle. A la puerta del Juzgado vió Manuel a la Fea y a la

Salvadora, pero ésta no tenía un aspecto tan severo como de ordinario.

--¿Estás ya libre?--le dijeron.

--Así parece. ¿De dónde sabíais que estaba preso?

--Lo hemos leído en el periódico--contestó la Fea--, y a ésta se le

ocurrió traerte la comida.

--¿Y Jesús?

--En el Hospital.

--¿Qué tiene?

--El pecho... ya está mejor... Pasa luego por casa. Vivimos en el

callejón del Mellizo, cerca de la calle de la Arganzuela.

--Bueno.

--Adiós, ¿eh?

--Adiós y muchas gracias.

Dieron el Garro y Manuel la vuelta a la esquina y entraron en un portal

con dos leones de bronce y subieron una corta escalera.

--¿Qué es esto?--preguntó Manuel.

--Esta es la Casa de Canónigos.

Recorrieron un pasillo con mamparas negras, y en un cuarto en donde

escribían dos hombres, el Garro preguntó por el Gaditano.

--Ahí fuera debe estar--le dijeron.

Siguieron adelante. Pululaban por los pasillos hombres que iban y venían

de prisa; otros, quietos, esperaban. Eran éstos obreros desharrapados,

mujeres vestidas de negro, viejas tristes con el estigma de la miseria,

gente toda asustada, tímida y humilde.

Los que iban y venían llevando carpetas y papeles bajo el brazo, todos o

casi todos tenían un continente altivo y orgulloso; era el juez que

pasaba con su birrete y su levita negra, mirando con indiferencia a

través de sus gafas; era el escribano, menos grave, más jovial, que

llamaba a uno y le hablaba al oído, entraba en la escribanía, dictaba,

firmaba y volvía a salir; era el abogado joven que preguntaba por la

marcha de sus pleitos; era el procurador, los curiales, los

escribientes, los pinches.

Y empujando al rebaño de humildes y de miserables hacia el matadero de

la Justicia, aparecían el usurero, el polizonte, la corredora de

alhajas, el prestamista, el casero...

Todos se entendían con los pinches y escribientes, los cuales les

arreglaban sus asuntos; daban carpetazo a los procesos molestos,

arreglaban o empeoraban un litigio y mandaban a presidio o sacaban de él

por poco dinero.

¡Qué admirable maquinaria! Desde el primero hasta el último de aquellos

leguleyos, togados y sin togar, sabían explotar al humilde, al pobre de

espíritu, proteger los sagrados intereses de la sociedad haciendo que el

fiel de la justicia se inclinara siempre por el lado de las monedas...

El Garro encontró al Gaditano, a quien buscaba, y le llamó:

--Oye, tú has tomado la declaración a este chico, ¿verdad?

--Sí.

--Pues haz el favor de poner que no sabe quién le mató a su primo; que

supone que sea el Bizco, y nada más. Y luego decreta su libertad.

--Bueno. Pasad a la escribanía.

Entraron en un cuarto estrecho, con una ventana en el fondo. En una de

las paredes largas del cuarto había un armario y encima una porción de

cosas procedentes de robos y de embargos, entre ellas una bicicleta.

Entró el Gaditano, sacó del armario un legajo y se puso a escribir

rápidamente.

--Que es primo del muerto y que supone que el autor del hecho de autos

es un sujeto apodado el Bizco, ¿no es eso?

--Eso es--dijo el Garro.

--Bueno, que firme aquí... Ahora aquí... Ya está.

Se despidió el agente del Gaditano, y Manuel y Garro salieron a la

calle.

--¿Ya estoy libre?--preguntó Manuel.

--No.

--¿Por qué no?

--Te han dejado libre con una condición: que ayudes a buscar al Bizco.

--Yo no soy de la policía.

--Bueno, pues escoge: o ayudas a buscar al Bizco, u otra vez vas al

calabozo.

--Nada; ayudaré a buscar al Bizco.

CAPÍTULO VII

LA FEA Y LA SALVADORA.--ORTIZ.--ANTIGUOS CONOCIDOS.

SALIERON los dos por la calle del Barquillo a la de Alcalá.

No me vuelven a coger, pensó Manuel; pero luego se le ocurrió que tan

tupida y espesa era la trama de las leyes que resultaba muy difícil no

tropezar con ella aunque se anduviese con mucho tiento.

--Y no me ha dicho usted todavía por quién me dejan libre--exclamó

Manuel.

--¿Por quién te han puesto libre? Por mí--contestó Garro.

--Manuel no contestó.

--Y ahora, ¿dónde vamos?--preguntó.

--Al Campillo del Mundo Nuevo.

--Entonces tenemos camino largo.

--En la Puerta del Sol tomaremos el tranvía de la Fuentecilla.

Efectivamente, así lo hicieron. Bajaron en el sitio indicado y tomaron

por la calle de la Arganzuela. Al final de esta calle, a mano derecha,

ya en la plaza que constituye el Campillo del Mundo Nuevo, se

detuvieron. Pasaron por un largo corredor a un patio ancho con galerías.

En la primera puerta abierta entró Garro y preguntó con voz autoritaria:

--¿Vive aquí un cabo del Orden que se llama Ortiz?

Del fondo de un rincón obscuro, en donde trabajaban dos hombres, cerca

de un hornillo, contestó uno de ellos:

--¿A mí qué me cuenta usted? Pregúnteselo usted al portero.

Los dos hombres estaban haciendo barquillos. Tomaban de una caldera,

llena de una masa blanca como engrudo, una cucharada y la echaban en

unas planchas que se cerraban como tenazas. Después de cerradas las

ponían al fuego, las calentaban por un lado y por otro, las abrían, y en

una de las planchas aparecía el barquillo como una oblea redonda. El

hombre, rápidamente, con los dedos, lo arrollaba y lo colocaba en una

caja.

--¿De manera que no saben ustedes si vive o no aquí Ortiz?--preguntó de

nuevo Garro.

--Ortiz--dijo una voz del fondo negro, en donde no se veía nada--. Si,

aquí vive. Es el administrador.

Manuel entrevió en el agujero negro dos hombres tendidos en el suelo.

--Pues si es el administrador--dijo el que trabajaba--, hace un momento

estaba en el patio.

Salieron Garro y Manuel al patio y el agente vió al guardia en la

galería del piso primero.

--¡Eh, Ortiz!--le gritó.

--¿Qué hay? ¿Quién me llama?

--Soy yo, Garro.

Bajó el guardia con rapidez, y apareció en el patio.

--¡Ola, señor Garro! ¿Qué le trae a usted por aquí?

--Este muchacho es primo de ese que han matado en el puente del Sotillo;

conoce al agresor, que es un randa conocido por el Bizco. ¿Quieres

encargarte de la captura?

--Hombre... Si me lo mandan...

--No, la cuestión es si tienes tiempo y quieres hacerlo. Yo llevo una

carta aquí del juez para tu coronel, pidiéndole que te encargues tú de

la captura. Ahora, si no tienes tiempo, dilo.

--Tiempo hay de sobra.

--Entonces ahora voy a dejar la carta a tu coronel.

--Bueno. ¿Habrá alguna propinilla, eh?

--Descuida. Aquí está el chico; no le sueltes, que te acompañe.

--Está bien.

--¿No hay más que decir?

--Nada.

--Pues adiós, y buena mano derecha.

--Adiós.

El Garro salió de la casa y quedaron frente a frente Manuel y Ortiz.

--Tú no te separas de mi lado hasta que cojamos al Bizco, ya lo

sabes--le dijo el cabo a Manuel.

El tal Ortiz, afamado como perseguidor de granujas y de bandidos, era un

tipo de criminal completo; tenía el bigote negro y recortado las cejas

salientes y unidas, la nariz chata, el labio superior retraído, que

dejaba mostrar los dientes hasta su nacimiento; la frente estrecha y una

cicatriz profunda en la mejilla.

Vestía de paisano, traje obscuro y gorra. En su figura había algo de lo

agresivo de un perro de presa y de lo feroz de un jabalí.

--¿No me va usted a dejar salir?--preguntó Manuel.

--No.

--Tenía que ver a unas amigas.

--Aquí no hay amigas que valgan. ¿Quiénes son ellas?, algunas golfas...

--No; son las hermanas de un cajista compañero mío, que fueron mis

vecinas en el parador de Santa Casilda.

--¡Ah!, pero ¿tú has vivido allí?

--Sí.

--Pues yo también. Las conoceré.

--No sé; son hermanas de un cajista que se llama Jesús.

--La Fea.

--Sí.

--La conozco. ¿Dónde vive?

--En el callejón del Mellizo.

--Aquí mismo está. Vamos a verla.

Mala Hierba · 第 14 / 16 段