Mellizo, próximo al matadero de cerdos. No había en el callejón que en
su principio tenía empalizadas a ambos lados y estaba obstruído por
grandes losas puestas unas encima de otras, más que una casa grande en
el fondo. Delante de la casa, en un patio grande, trajinaban algunos
_cañís_ con mulas y pollinos en las galerías asomaban gitanas negras y
gitanillas de ojos brillantes y trajes abigarrados.
Preguntaron a un gitano por la Fea y les indicó el número 6 del piso
segundo.
En la puerta del cuarto, un letrero, escrito en una cartulina, ponía:
«Se cose a máquina».
Llamaron y apareció un chiquillo rubio.
--Este es el hermano de la Salvadora--dijo Manuel.
Se presentó la Fea en la puerta y recibió a Manuel con grandes extremos
de alegría y saludó a Ortiz.
--¿Y la Salvadora?--preguntó Manuel.
--En la cocina; ahora viene.
El cuarto era claro, con una ventana por donde entraban los últimos
rayos del sol poniente.
--Debe ser muy alegre este cuarto--dijo Manuel.
--Entra el sol desde que sale hasta que se marcha--contestó la Fea--.
Queremos mudarnos, pero no encontramos cuarto parecido a éste.
Respiraba aquello tranquilidad y trabajo; había dos máquinas de coser
nuevas, un armario de pino, sillas y macetas en la ventana.
--¿Y Jesús, en el hospital?
--En la clínica de San Carlos--dijo la Fea.
No quería ser gravoso a la familia; y aunque la Salvadora y ella le
hubieran cuidado en casa, a él se le había metido en la cabeza ir al
hospital. Afortunadamente, se encontraba ya mucho mejor y le iban a dar
el alta.
En esto entró la Salvadora. Estaba muy arrogante y muy guapa. Saludó a
Manuel y a Ortiz y se sentó a coser a la máquina.
--¿Te quedarás a cenar con nosotras?--le preguntó la Fea a Manuel.
--No, no puedo; no me dejan.
--Si vosotras me aseguráis--saltó diciendo Ortiz--que cuando le avise a
este hombre vendrá, aunque sean las dos de la mañana, le dejo libre.
--Sí, pues se lo aseguramos a usted--dijo la Fea.
--Bueno, entonces me voy. Mañana a las nueve en punto en mi casa.
¿Estamos?
--Sí, señor.
--Con exactitud militar.
--Con exactitud militar.
Se fué Ortiz y quedó Manuel en el cuarto de las dos costureras.
La Salvadora, muy desdeñosa con Manuel, parecía ofenderse porque éste le
miraba con cierta complacencia al verla tan guapa. Enrique, el hermano
de la Salvadora, estaba fuerte y muy gracioso; jugó con Manuel y le
contó, en su media lengua, una porción de cosas de su hermana y de su
tía, como le llamaba a la Fea.
Después de cenar y de acostar al chico, pasaron al cuarto de una
bordadora de la vecindad y Manuel se encontró con dos antiguos amigos
suyos: el Aristas y el Aristón.
El Aristas había olvidado sus entusiasmos de gimnasta y se había hecho
capataz de periódicos.
Corría medio Madrid llevando el _papel_ de un puesto a otro, y le había
sustituído al Aristón en su cargo de comparsa. Por la mañana repartía
periódicos, repartía entregas, repartía prospectos; por la tarde solía
pegar anuncios y por la noche iba al teatro. Tenía una actividad
extraordinaria, no paraba nunca; organizaba funciones, bailes;
representaba los domingos con una compañía de aficionados; sabía de
memoria todo el _Don Juan Tenorio_, _El puñal del godo_ y otros dramas
románticos; tenía tres o cuatro novias y a todas horas hablaba,
peroraba, disponía y manifestaba una alegría sana y comunicativa.
El Aristón, algo más moderado en su necromanía, estaba de ajustador en
una fábrica y tenía un buen sueldo. Manuel se encontró muy
agradablemente entre sus antiguos amigos.
Vió, o creyó ver al menos, que el Aristón galanteaba a la Fea y le
llamaba repetidas veces Joaquina, como era su nombre. La Fea, al verse
galanteada, se ponía hasta guapa.
Manuel, de noche, fué a su casa a la calle de Galileo. No había vuelto
la Justa. El Aristas le encontró trabajo en una imprenta de la Carrera
de San Francisco.
CAPÍTULO VIII
LA PISTA DEL BIZCO.--LAS AFUERAS.--EL IDEAL DE JESÚS.
AL día siguiente, después de trabajar en la imprenta, Manuel, a las
nueve de la noche, estaba en casa de Ortiz.
--Así me gusta--le dijo el cabo--, con puntualidad militar.
Ortiz se armó de un revólver que metió en el cinto, de un bastón que
sujetó al puño con una correa y de una cuerda; entregó un garrote a
Manuel y salieron los dos.
--Vamos por estos cafetines--dijo el guardia a Manuel--, y tú mira bien
si está el Bizco.
Hablaron mientras subían por la calle de la Arganzuela.
Ortiz era un polizonte enamorado de su profesión. Su padre lo había sido
también, y el instinto de persecución era en ellos tan fuerte como en
los perros de caza.
Ortiz, según contó, estuvo de carabinero en la costa de Málaga, en lucha
siempre con los contrabandistas, hasta que vino a Madrid y entró en el
Orden público.
--He hecho más servicios que nadie--dijo--; pero no me ascienden porque
no tengo recomendaciones. A mi padre le pasó lo mismo; él cogió más
ladrones que toda la policía de Madrid junta, y nada, no pasó de cabo.
Luego le colocaron en la ronda de las alcantarillas, y tuvo cada
trifulca allá abajo...; pero aquél no llevaba revólver, ni garrote, como
yo, sino su trabuco. Era un guerrero.
Pasaron por delante de una taberna y entraron, bebieron su copa de vino,
y Manuel recorrió con la mirada la gente reunida alrededor de las mesas.
--No hay nada de lo que buscas--dijo el tabernero al policía.
--Ya veo que no, tío Pepe--contestó Ortiz, y sacó dos monedas para
pagar.
--Está pago--replicó el tabernero.
--Gracias. ¡Adiós!
Salieron de la taberna y llegaron a la plaza de la Cebada.
--Vamos al café de Naranjeros--dijo el polizonte--; aunque por aquí no
es fácil que ande ese pájaro, pero muchas veces, donde menos se
piensa...
Entraron en el café; no había más que un grupo de personas hablando con
las cantaoras. Ortiz, desde la puerta, gritó:
--Eh, Tripulante, haz el favor.
Se levantó un joven con aire de señorito y se acercó a Ortiz.
--¿Tú conoces a un randa a quien llaman el Bizco?
--Sí, creo que sí.
--¿Anda por estos barrios?
--No, por aquí no.
--¿De veras?
--De veras que no. Estará hacia abajo; puede usted creerme.
--Te creo, hombre, ¿por qué no? Oye, Tripulante--añadió Ortiz agarrando
del brazo al muchacho--: Ojo ¿eh? que te vas a caer.
El Tripulante se echó a reir, y poniéndose el dedo índice de la mano
derecha en el párpado inferior y guiñando el ojo, murmuró:
--¡La pista!... ¡Y que no aluspia uno, camará!
--Bueno; pues estate al file por si acaso. Mira que te se conoce.
--Descuide usted, señor Ortiz--replicó el muchacho--; se filará.
Salieron el guardia y Manuel del café.
--Este es uno de ful, listo como un condenado. Vamos hacia abajo; quizá
que el Tripulante tenga razón.
Llegaron a la ronda de Toledo. La noche estaba hermosa, estrellada;
brillaban algunas hogueras a lo lejos; de la chimenea de la Fábrica del
Gas salía una humareda negra, como la espiración poderosa de un
monstruo. Pasaron por la calle del Gas, iluminada, para contrastar su
nombre, con faroles de petróleo, y bajaron, rasando Casa Blanca, a las
Injurias. Cruzaron por una callejuela y se encontraron de manos a boca
con el sereno.
Ortiz le dijo a lo que iban, le dió las señas del Bizco; pero el sereno
les advirtió que allí no había ninguno de aquellas señas.
--Preguntaremos si ustedes quieren.
Entraron los tres por un pasillo estrecho a un patio, con el suelo lleno
de barro. Salía luz por la ventana de una casa y se asomaron a mirar. A
la luz de un cabo de vela, colocado en un vasar de madera, se veía un
viejo haraposo sentado en el suelo. A su lado dos muchachos y una
chiquilla, cubiertos de andrajos, dormían.
Salieron del patio y recorrieron una callejuela.
--Aquí hay una familia que no conozco--dijo el sereno, y llamó en la
puerta con la contera del chuzo. Tardaron en abrir.
--¿Quién es?--dijo de adentro una voz de mujer.
--La autoridad--contestó Ortiz.
Abrió una mujer envuelta en harapos y sin camisa. El sereno entró y
pasaron Manuel y Ortiz dentro; apestaba allí de un modo atroz. En un
camastro hecho de trapos y papeles, dormía una mujer ciega. El sereno
metió el chuzo por debajo de la cama.
--Ya ven ustedes, aquí no está.
Salieron Ortiz y Manuel de las Injurias.
--Ahí en las Cambroneras vivió el Bizco durante algún tiempo--dijo
Manuel.
--Entonces no hay que buscarle por ahí; pero no importa, ¡hala que
hala!--repuso Ortiz--. Vamos allá.
Cruzaron por el paseo de Yeserías; brillaban las luces de los faroles a
los lados del puente de Toledo; alguna vena estrecha del río los
reflejaba en su agua negra. Hacia Madrid, de las chimeneas de la Fábrica
del Gas salían llamaradas rojas como dragones de fuego. Se oían a lo
lejos los silbidos de un tren; en la dehesa del Canal los árboles
torcidos destacaban su silueta negra en el ambiente obscuro de la noche.
Se encontraron en las Cambroneras al sereno y le preguntaron por el
Bizco.
--Yo hablaré mañana a Paco el Cañí y lo sabré. ¿Dónde nos vemos mañana?
--En la taberna de la Blasa.
--Bueno. Allí iré a las tres.
--Volvieron a pasar el puente y entraron en Casa Blanca.
--Veremos al administrador--dijo Ortiz. Entraron en un portal, y a un
lado de éste, en un cuarto por cuya puerta entornada salía luz,
llamaron. Un hombre en mangas de camisa salió al portal.
--¿Quién es?--gritó.
Ortiz se dió a conocer.
--Aquí no está ese--contestó el administrador--. Estoy seguro; tengo
todos mis inquilinos apuntados en este cuaderno y los conozco.
De Casa Blanca, Ortiz y Manuel se dirigieron hacia las Peñuelas y Ortiz
echó un largo párrafo con el sereno. Después recorrieron algunas
tabernas del barrio, en donde había gente, a pesar de tener las puertas
cerradas.
Al pasar por la calle del Ferrocarril, el sereno señaló el sitio donde
se había encontrado descuartizada a la mujer del saco. Hablaron Ortiz y
el sereno de este y otros crímenes cometidos allá cerca, y se
despidieron.
--Este sereno es un barbián--dijo Ortiz--; ha acabado con los matones de
las Peñuelas a garrotazos.
Era ya tarde después de la visita a las tabernas, y Ortiz estimó que
podrían dejar la campaña para el día siguiente. Se quedó él en el
Campillo del Mundo Nuevo, y Manuel, atravesando medio Madrid, se fué a
su casa.
Por la mañana temprano marchó a la imprenta, y al advertir que por la
tarde no podía ir le despidieron.
Manuel fué a comer a casa de la Fea.
--Me han despedido de la imprenta--dijo al entrar.
--Habrás ido tarde--saltó la Salvadora.
--No, sino que Ortiz me dijo ayer que esta tarde tenía que ir con él, y
lo he advertido en la imprenta y me han despedido.
--Si hasta que esté arreglado eso no puedes empezar a hacer nada--dijo
la Fea.
La Salvadora sonrió irónicamente y Manuel sintió que se le enrojecía la
cara.
--No, no lo creas si no quieres, pero es verdad.
--Si yo no te he dicho nada, hombre--replicó burlonamente la Salvadora.
--Ya sé que no me has dicho nada, pero te reías.
Manuel salió de casa de la Fea irritado, fué a buscar a Ortiz, y reunido
con él, bajó a las Injurias.
Hacía un día de sol espléndido, una tarde templada. Se sentaron a la
puerta de la taberna de la Blasa. En una callejuela que se veía
enfrente, dormían los hombres tumbados a las puertas de sus casas; las
mujeres correteaban de un lado a otro con las haraposas faldas
recogidas, chapoteando los pies en la alcantarilla mal oliente que
corría por en medio de la calleja como un arroyo negro. Alguna de
aquellas mujeres llevaba la colilla en la boca. Las ratas, grandes,
grises, corrían por encima del barro, y algunos chicos desnudos las
perseguían a palos y a pedradas.
Habló Ortiz con la dueña de la tasca, y poco después apareció allá el
sereno de las Cambroneras. Saludó a Ortiz, tomaron unas copas los dos, y
el sereno dijo:
--Hablé con Paco el Cañí. Le conoce al Bizco. Dice que no anda por estos
barrios. El cree que debe estar en la Manigua, en la California o por
ahí.
--Es muy posible. Bueno, señores, hasta la vista--; y Ortiz se levantó y
Manuel hizo lo mismo. Subieron a la glorieta del puente de Toledo,
cruzaron el Manzanares y echaron a andar por la carretera de Andalucía.
Por allá había ido a merendar días antes Manuel con Vidal y con
Calatrava. Seguían los mismos grupos de randas en las puertas de los
merenderos; algunos conocían a Ortiz y le invitaban a tomar una copa.
Llegaron a una barriada, próxima al río, de chozas míseras, sin
chimeneas, sin ventanas, con los techos formados por cañizos. Nubes de
mosquitos se levantaban sobre las hierbas de la orilla.
--Este es el Tejar de Mata Pobres--dijo Ortiz.
En aquellas pobres chozas se refugiaban algunos traperos con sus
familias. Todos los habitantes de tan miserable aduar, escuálidos,
amarillentos, estaban devorados por las fiebres, cuyos gérmenes
brotaban de las aguas negras y fangosas del río. Nadie conocía allí al
Bizco. Manuel y Ortiz siguieron adelante. A corta distancia de este
poblado apareció otro, sobre un altonazo, constituído por casuchas con
sus corrales.
--El barrio de los Hojalateros; así se llama esto--indicó Ortiz.
Era como una aldea levantada sobre estiércol y paja. Cada una de las
casas, hechas con escombros y restos de todas clases, tenía su corraliza
limitada por vallas de latas viejas, roñosas, extendidas y clavadas en
postes. Se mezclaba allí la miseria urbana con la miseria campesina; en
el suelo de los corrales, las cestas viejas, las cajas de cartón de las
sombrererías, alternaban con la hoz mellada y el rastrillo. Alguna de
las casas daba la impresión de relativo bienestar, y su aspecto era ya
labradoriego; en sus corralizas se levantaban grandes montones de paja;
las gallinas picoteaban en el suelo.
Ortiz se acercó a un hombre que estaba componiendo un carro.
--Oiga, buen amigo: ¿conoce usted por si acaso a un muchacho que se
llama el Bizco?, uno rojo, feo...
--¿Acaso es usted de la policía?--preguntó el hombre.
--No; no, señor.
--Pues lo parece; pero eso allá usted. No conozco a ese Bizco--y el
hombre volvió la espalda.
--Aquí hay que andar con ojo--murmuró Ortiz--, porque si se enteran a lo
que venimos nos dan un pie de paliza que nos revientan.
Salieron del barrio de los Hojalateros, cruzaron el río por un puente
por donde pasaba la línea del tren, y siguieron por la orilla del
Manzanares.
En las praderas próximas al río, cubiertas de hierba verde y luciente,
pastaban las vacas; algunos andrajosos andaban despacio, con cautela,
buscando grillos.
Llegaron Manuel y Ortiz a unas casas de campo que llamaban la China; el
guardia interrogó a un hortelano. No conocía al Bizco.
Se alejaron de allá, y se sentaron en la hierba a descansar. Iba
anocheciendo; surgía Madrid, amarillo rojizo, con sus torres y sus
cúpulas, iluminado con la última palpitación del sol poniente. Relucían
las vidrieras del Observatorio. Una bola grande de cobre, del remate de
algún edificio, centelleaba como un sol sobre los tejados mugrientos;
alguna que otra estrella resplandecía en la bóveda de azul de Prusia del
cielo; el Guadarrama, de color violeta obscuro, rompía con sus picachos
blancos el horizonte lejano.
Volvieron de prisa Ortiz y Manuel. Al llegar al paseo de Embajadores era
de noche; tomaron una copa en un merendero de la Manigua y echaron una
ojeada por allá.
--Cena conmigo--dijo Ortiz--, y por la noche volveremos a la cacería.
Hemos de registrar todo Madrid.
Cenó Manuel con el guardia y con su familia en la casa del Campillo del
Mundo Nuevo. Después de cenar recorrieron casi todas las tabernas de las
calles del Mesón de Paredes y de Embajadores, y entraron en el cafetín
de la calle de la Esgrima. Estaba todo el local lleno de golfos; al
sentarse el guardia y Manuel, se comunicaron los contertulios unos a
otros la noticia. Un muchacho que estaba en una mesa próxima mostrando
en un corro una sortija y una peineta, las guardó de prisa y corriendo
al ver a Ortiz. El guardia notó la maniobra, y le llamó al mozo.
--¿Qué quiere usted?--preguntó éste escamado.
--Preguntarte una cosa.
--Usted dirá.
--¿Tú conoces a uno que llaman el Bizco?
--Yo no, señor.
El guardia hizo más preguntas al muchacho; debió de convencerse que no
conocía al Bizco, porque murmuró:
--No sabe nadie dónde está.
Siguieron recorriendo tabernas; al pasar por la calle del Amparo, Ortiz
dispuso que registraran una casa de dormir que tenía un farol rojo en
uno de sus balcones.
Entraron y subieron una escalera de tablas, con los peldaños vacilantes,
iluminada por un farol empotrado en la pared. En el primer piso había
habitaciones para citas; en el segundo estaba el dormitorio público.
Tiró Ortiz de la cadena de la campanilla y apareció una mujer astrosa,
con una vela en la mano, un pañuelo blanco en la cabeza y en chanclas:
era la encargada.
--Somos de la policía y queremos echar un vistazo por dentro. Si usted
lo permite, entraremos.
La mujer se encogió de hombros y dejó lugar para que pasaran.
Recorrieron un corto pasillo, que terminaba en una sala larga y
estrecha, con pies derechos de madera a ambos lados y dos filas de
camas. En la crujía central pendía un quinqué de petróleo, que apenas
iluminaba la cuadra anchurosa. El suelo, de ladrillos, se torcía hacia
un lado.
Ortiz pidió la vela y fué alumbrando los rostros de los que ocupaban las
camas.
Unos dormían con desaforados ronquidos; otros, despiertos, se dejaban
contemplar con desdén. Por entre las cubiertas de las camas se veían
espaldas desnudas, torsos hercúleos, tórax comprimidos de gente
enferma...
--Y abajo, ¿hay alguien?--preguntó Ortiz a la encargada.
--En el principal, no. En los cuartos del zaguán habrá alguno.
Bajaron al portal. Una puerta conducía a un sótano húmedo. En un rincón
dormía un mendigo, envuelto en harapos.
* * * * *
Al día siguiente de esta correría, por la tarde, al entrar Manuel en
casa de la Fea, se encontró con Jesús, sentado, charlando con su hermana
y la Salvadora.
Manuel sintió cierta emoción al verle. Estaba muy flaco y muy pálido.
Los dos se examinaron atentamente y hablaron de su vida en el tiempo en
que no se habían visto. Después pasaron a cosas del momento, y Manuel
expuso su situación y el compromiso que tenía con Ortiz.
--Ya, ya me lo han dicho--advirtió Jesús--, y yo no quería creerlo. ¿De
manera que a ti te dejaron en libertad a condición de que ayudases a
coger al Bizco? ¿Y tú aceptas?
--Sí. Si no, no me dejan en libertad, ¿Qué iba a hacer?
--Negarte.
--¿Y pudrirme en la cárcel?
--Y pudrirte en la cárcel, mejor que hacer a un amigo una charranada
así.
--El Bizco no es amigo mío.
--Pero lo fué, por lo que tú dices.
--Amigo, no...
--Compañero de golfería, vamos.
--Sí.
--¿De modo que te has hecho polizonte?
--¡Hombre!... Además, el muerto era mi primo.
--¡Cualquiera se fía de ti!--añadió sarcásticamente el cajista.
Manuel se calló. Pensó que había hecho mal en comprometerse. El Bizco
era un bandido; pero a él no le había hecho nunca daño, era la verdad.
--Lo malo es que no puedo volverme atrás--dijo Manuel--ni escaparme,
porque ese Ortiz vendría aquí y sería capaz de llevar a tu hermana y a
la Salvadora a la cárcel.
--¿Por qué?
--Porque ellas le han dicho que respondían de mí.
--¡Quiá, hombre! Le dicen que estuviste aquí, que te dijeron que no te
se olvidara el hacer lo de los demás días, y que no saben nada más,
sencillamente.
--¿A ti qué te parece?--preguntó Manuel, indeciso, a la Fea.
--Haz lo que quieras; yo creo que Jesús ya sabrá lo que dice, y que a
nosotras no nos pueden hacer nada.
--Hay otra cosa--advirtió Manuel--: que yo no puedo vivir escondido
mucho tiempo; tendré que trabajar para comer, y me cogerán.
--Yo te llevaré a una imprenta que conozco--replicó Jesús.
--Pero pueden sospechar. No, no.
--¿Prefieres ser un charrán?
--Voy a hacer una cosa: ir ahora mismo a ver a uno que lo puede arreglar
todo.
--Espera un momento.
--No, no; déjame.
Salió Manuel decidido a hablar con el Cojo o con el Maestro. Fué a la
carrera al Círculo. Le dejaron pasar; subió al piso primero, y al hombre
que solía estar en la puerta de la sala de juego, le preguntó:
--Y el Maestro, ¿está en la secretaría?
--No; el que está es don Marcos.
Llamó Manuel a la puerta y pasó adelante. Calatrava estaba en una mesa
con un empleado contando fichas blancas y rojas. Al ver a Manuel le miró
fijamente:
--¿A qué vienes tú aquí? ¡Soplón!--exclamó--. Aquí no haces falta.
--Ya lo sé.
--Estás despedido. El jornal no lo esperes.
--No; no lo espero.
--Entonces, ¿a qué vienes aquí?
--Vengo a esto. El Garro, el polizonte amigo de usted, me puso en
libertad con la condición de que ayudara a coger al que mató a Vidal, y
a mí me hacen ir y venir a todas horas, y ya me he hartado de eso, y ya
no quiero hacer de polizonte.
--Pues mira, de todo eso, a mí... Prim.
--No, porque si yo no aparezco por casa del cabo, a quien me confió el
Garro, me cogerán y me llevarán a la cárcel.
--Bueno; allá aprenderás a no mover la sin hueso.
--No; allá lo que haré será declarar cómo se estafa en este Círculo a la
gente...
--Tú estás loco. Tú quieres que te dé dos garrotazos.
--No; yo quiero que le diga usted al Garro que no me da la gana de
perseguir al Bizco, y, además, que le mande usted que no me persiga;
conque ya sabe usted lo que tiene que hacer.
--Lo que voy a hacer es darte dos patadas ahora mismo, ¡soplón!
--Eso lo veremos.
Se acercó el Cojo a Manuel con el puño cerrado y le largó un puñetazo;
pero Manuel tuvo la habilidad de agarrarle de la mano, y empujándole
para atrás, le hizo perder el equilibrio y cayó sobre la mesa y la
derribó con un estrépito formidable. Se levantó Calatrava furioso y se
fué hacia Manuel; pero al ruido entraron algunos mozos y los separaron.
En esta situación, apareció el Maestro en la puerta de la secretaría.
--¿Qué pasa?--preguntó mirando a Calatrava y a Manuel severamente--.
Marcháos vosotros--añadió dirigiéndose a los demás.
Quedaron los tres solos, y Manuel explicó el motivo de la cuestión.
El Maestro, después de oirle, dijo a Calatrava:
--¿Es eso de veras lo que te ha dicho?
--Sí; pero ha venido aquí con exigencias...
--Bueno. De eso no hay que hablar. ¿De manera--añadió dirigiéndose a
Manuel--que tú no quieres ayudar a la policía? Haces bien. Puedes
marcharte. Yo le diré al Garro que no te moleste.
Una hora después, Manuel y Jesús habían salido de casa a dar una vuelta.
Hacía una noche de calor sofocante; bajaron a la Ronda.
Hablaron. Manuel sentía una sorda irritación contra todo el mundo, un
odio hasta entonces amortiguado se despertaba en su alma contra la
sociedad, contra los hombres...
--De veras te digo--concluyó diciendo--que quisiera que estuviera
lloviendo dinamita ocho días y bajara después el Padre Eterno hecho
ascuas.
Y rabioso invocó a todos los poderes destructores para que redujesen a
cenizas esta sociedad miserable.
Jesús le escuchaba con atención.
--Eres un anarquista--le dijo.
--¿Yo?
--Sí. Yo también lo soy.
--¿Tu?
--Sí.
--¿Desde cuándo?
--Desde que he visto las infamias que se cometen en el mundo; desde que
he visto cómo se entrega fríamente a la muerte un pedazo de humanidad;
desde que he visto cómo mueren desamparados los hombres en las calles y
en los hospitales--contestó Jesús con cierta solemnidad.
Manuel enmudeció. Pasaron los dos amigos silenciosos por la ronda de
Segovia, y en los jardinillos de la Virgen del Puerto se sentaron.
El cielo estaba espléndido, cuajado de estrellas; la vía láctea cruzaba
la cóncava inmensidad azul. La figura geométrica de la Osa Mayor
brillaba muy alta. Arturus y Wega resplandecían dulcemente en aquel
océano de astros.
A lo lejos el campo oscuro, surcado por líneas de luces, parecía el mar
en un puerto, y las filas de luces semejaban las de los malecones de un
muelle.
El aire húmedo y caliente venía impregnado de olores de plantas
silvestres, agostadas por el calor.
--¡Cuánta estrella!--dijo Manuel--. ¿Qué serán?
--Son mundos, y mundos sin fin.
--No sé por qué hoy me consuela ver ese cielo tan hermoso. Oye, Jesús;
¿tú crees que habrá hombres en esos mundos?--preguntó Manuel.
--Quizá; ¿por qué no?
--¿Y habrá también cárceles, jueces, casas de juego, polizontes?... ¿Eh?
¿Crees tú?
Jesús no contestó a la pregunta. Luego habló con una voz serena de un
sueño de humanidad idílica, un sueño dulce y piadoso, noble y pueril.
En su sueño, el hombre, conducido por una idea nueva, llegaba a un
estado superior.