el dinero que llevas y vamos a comer aquí mismo.» Yo dije que nones.
Después salió un señor y nos enseñó la casa, que estaba muy bien puesta,
con divanes y espejos, y nos ofreció unas copas y pasteles y nos invitó
a quedarnos allá. Yo no quise tomar nada, y me fuí. La otra le dió todo
el dinero que tenía al chulo, y se quedó. Luego, el hombre aquel la
sacaba el dinero y la pegaba.
--¿Y vive todavía en la casa tu compañera?--preguntó Vidal.
--No; la traspasaron a una casa de Lisboa por cuarenta y cinco duros.
--¿Para qué fué?
La Aragonesa se encogió de hombros.
--Es que las mujeres de la vida son muy bestias--dijo Vidal--; no tienen
entendimiento, ni conocen sus derechos, ni nada.
--¿Y tú?--preguntó Calatrava a la Justa.
La muchacha se encogió de hombros y no desplegó sus labios.
--Esta será alguna princesa rusa--dijo con sorna la Flora.
--No--replicó la Justa secamente--; soy lo que eres tú, una tía.
Concluyeron de cenar y cada pareja se fué por su lado. Manuel acompañó a
la Justa hasta la calle de Jacometrezo, en donde vivía.
Al llegar al portal, Manuel iba a despedirse, esquivando su mirada; pero
ella le dijo: «Espera.» Les abrió el sereno, le dió ella diez céntimos,
el vigilante le entregó una cerilla larga después de encenderla en su
linterna, y comenzaron a subir la escalera. A la luz de la cerilla, la
sombra de los dos se alargaba y se achicaba con alternativas al
reflejarse en las paredes. En el tercer piso abrió la Justa una puerta
con un llavín y pasaron los dos adentro, a un cuarto estrecho con una
alcoba. La Justa encendió un quinqué de petróleo y se sentó; Manuel hizo
lo mismo.
Nunca Manuel se había sentido tan miserable como aquella noche. No
comprendía para qué la Justa le había hecho subir a su casa; se
encontraba cohibido ante ella, y no se atrevía a preguntarle nada.
Después de algunas palabras indiferentes que cambiaron, Manuel la dijo:
--¿Y tu padre?
--Bueno.
De pronto la Justa, con una brusca transición, empezó a llorar. Debía de
sentir un gran deseo de contar a Manuel su vida, y lo hizo sollozando,
con palabra entrecortada.
El hijo del carnicero, después de sacarla del taller, la había
deshonrado y la había contagiado una enfermedad horrorosa; después la
abandonó y se fué de Madrid. Entonces ella no tuvo más remedio que
marcharse al hospital. Cuando fué su padre a San Juan de Dios y la vió
boca arriba con unos tubos de goma en las inglés abiertas, creyó que la
iba a matar, y con voz rabiosa le dijo que para él su hija había muerto.
Ella se echó a llorar desconsolada; una vecina que estaba en una cama de
al lado, le dijo: «¿Por qué no te echas a la vida?» Pero ella no hacía
más que llorar. Cuando la dieron el alta fué a ver a la maestra del
taller y no la quiso recibir. Entonces, ya a la noche, salió dispuesta a
todo. Estaba en la calle Mayor, cuando se le acercó un hombre que
llevaba un bastón en la mano, y le dijo: «Anda para adelante.» Fueron
calle abajo, y aquel hombre la hizo entrar en el Gobierno civil,
subieron hasta el último piso y pasaron por un corredor obscuro a un
cuarto con luz eléctrica, lleno de mujeres, que hablaban y reían con los
empleados. Al cabo de algún tiempo, un señor empezó a leer una lista y
se fueron marchando las mujeres. No quedaron más que veinte o treinta de
las más zarrapastrosas y sucias. A todas las hicieron bajar unas
escaleras y las encerraron en una cueva.
--Allí pasé una noche desesperada--concluyó diciendo la Justa--; al día
siguiente me llevaron a reconocimiento y me dieron cartilla.
Manuel no supo encontrar ni una frase de consuelo, y al ver su frialdad
la Justa se repuso de su emoción. Siguieron hablando. Después Manuel
contó su vida tranquilamente: los recuerdos se engarzaron unos con
otros, y hablaron y hablaron sin cansarse; de pronto la llama del
quinqué vaciló un momento, y con un suave estallido se apagó.
--También es casualidad--dijo la Justa.
--No; que no tendría petróleo--repuso Manuel--. Bueno, yo me voy.
Se registró los bolsillos; no tenía fósforos.
--¿No tienes cerillas?--preguntó ella.
--No.
Manuel se levantó y fué tanteando; tropezó con la mesa; luego con una
silla y se detuvo.
La Justa abrió el balcón que daba a la calle y Manuel pudo ver algo y
dirigirse hacia la puerta.
--¿Tienes la llave de la casa?--dijo.
--No.
--Y entonces, ¿cómo voy a salir?
--Tendremos que llamar al sereno.
Salieron los dos al balcón; la noche estaba fría, muy estrellada.
Esperaron a que se viera el farolillo del sereno.
La Justa se acercó mucho a Manuel; éste le pasó el brazo por el talle.
Luego no hablaron más; cerraron el balcón y huyeron en la obscuridad
hacia la alcoba.
Había que aceptar las cosas tal como venían, Manuel prometió a la Justa
que si encontraba algún medio de ganar honradamente unos cuartos, la
sacaría al momento de aquella vida, y la Justa lloró emocionada sobre el
hombro de Manuel. A pesar de los hermosos planes de regeneración que
idearon aquella noche, Manuel no intentó nada; lo único que hizo fué ir
a vivir con la Justa. A veces los dos sentían una repugnancia grande por
la vida que llevaban, y reñían y se insultaban por cualquier motivo,
pero en seguida hacían las paces.
Todas las noches, mientras Manuel dormía en aquel cuchitril, de vuelta
de la casa de juego, llegaba la Justa cansada de rodar por cafés,
colmados y casas de citas. A la luz lívida del amanecer, sus mejillas
tenían un color sucio y su sonrisa era muy triste.
Algunas veces iba tambaleándose, completamente borracha, y al entrar en
la casa y al subir las escaleras sola, sentía un miedo y un
remordimiento grandes. El amanecer le producía como un despertar de la
conciencia.
Al llegar al cuarto, abría la puerta con el llavín, entraba y se
acostaba junto a él, sin despertarle, temblando de frío.
Manuel se iba acostumbrando a aquella vida y a sus nuevas amistades; no
se atrevía a intentar un cambio de postura por pereza y por miedo.
Algunos domingos por la tarde, la Justa y él marchaban de paseo a los
Cuatro Caminos y a la Puerta de Hierro, y cuando no reñían hablaban de
sus ilusiones, de un cambio de vida que vendría para ellos sin esfuerzo,
como una cosa providencial.
* * * * *
Durante este invierno los dueños del Círculo instalaron en la planta
baja en donde antes estaba el café, el Salón París, y en la lista de las
bellezas sensacionales que habían de exhibirse aparecieron las
bailarinas y cupletistas de más nombre: las Dalias, Gardenias,
Magnolias, etc. Además, como gran atracción, se anunció el _debut_ de
Chuchita, la hija de la Coronela. Esta trataba explotar a su niña como
empresaria y como madre. El día de la presentación la madre hizo que la
_clac_ ocupara todas las localidades. Vidal, el Cojo y Manuel se
acomodaron en las primeras filas de sillas en calidad de alabarderos.
--Aplaudirán ustedes, ¿eh?--preguntó la Coronela.
--Descuide usted--dijo Calatrava--; y al que no le guste, mire usted qué
argumento le traigo--y mostró su garrote.
Después de un magnetizador salió Chuchita en medio de una salva de
aplausos. Bailó sin gracia ninguna, y al terminar su canción y de bailar
un tango sacaron al escenario una gran cantidad de guirnaldas de flores
y de otros regalos. Cuando concluyó la sección en que trabajaba la
Chuchita, se reunieron Manuel y Vidal con unos periodistas, entre los
cuales había dos amigos de Alex el escultor, y fueron juntos a dar la
enhorabuena al padre de la Chuchita.
Llamaron al sereno y entraron en la casa. La criada les hizo pasar al
cuarto del Coronel. Este, metido en la cama, fumaba tranquilamente.
Entraron todos en la alcoba.
--Que sea enhorabuena, mi Coronel.
El hombre del pundonor militar recibía los plácemes sin notar la sorna
que aquello significaba.
--¿Y cómo ha estado? ¿Cómo ha estado?--preguntaba el padre desde su
cama.
--Muy bien; al principio un poco tímida, luego se soltó.
--Si las bailarinas son como los militares: en cuanto llegan al terreno
se crecen.
Celebraron todos, periodistas y demás golfería, la frase, con risas
burlonas, se despidieron del Coronel y volvieron de nuevo al Salón
París.
La Coronela, Chuchita y la hermana de ésta, la rubia, acompañadas las
tres de un señor senador, de un periodista y de un torero de fama, se
preparaban para cenar en un gabinete del Círculo.
Según se decía, Chuchita manifestaba una inclinación decidida por el
torero, y la Coronela, no sólo no la disuadía, sino que había llamado al
torero para que el _debut_ de la Chuchita fuera para ella del todo
agradable...
La apertura del Salón París dió ocasiones a Manuel y a Vidal de nuevos
conocimientos.
Este se había hecho amigo del hermano de la Chuchita, que alcahueteaba
por el teatro, y el chiquillo llevó a Vidal y a Manuel a los cuartos de
las bailarinas.
Cuando la Justa se enteró de las amistades de Manuel le armó un
escándalo tremendo. La Justa se había propuesto hacer la vida de Manuel
insoportable, y tan pronto le insultaba y le decía que era un chulo que
vivía a sus expensas, como se manifestaba celosa. Cuando armaba un
escándalo de estos, Manuel, resignado, se encogía de hombros, y la
Justa, sumida momentáneamente en la mayor desesperación, se tiraba larga
en el suelo y quedaba inmóvil, como muerta. Luego se le pasaba el
arrechucho, y tan tranquila.
CAPÍTULO IV
UN FUSILAMIENTO.--EN EL PUENTE DEL SOTILLO. EL DESTINO.
UNA noche de Agosto salían del teatro Eldorado Manuel, Vidal, la Flora y
la Justa, cuando dijo Vidal:
--Hoy fusilan a un soldado. ¿Queréis que vayamos a ver?
--Sí, vamos--contestaron la Flora y la Justa.
Hacía una noche hermosa y templada.
Subieron la calle Alcalá y entraron en Fornos. A eso de las tres
salieron del café y en una manuela se dirigieron al lugar de la
ejecución.
Dejaron el coche frente a la Cárcel Modelo.
Era demasiado temprano. Aún no había amanecido.
Dieron vuelta a la cárcel metiéndose por una callejuela como una zanja
abierta en la arena, basta salir a los desmontes próximos a la calle de
Rosales. Tenía el edificio de la Cárcel Modelo, visto desde aquellos
campos desolados, un aspecto imponente; parecía una fortaleza envuelta
en la luz azul y espectral de los arcos voltaicos. Los centinelas daban
de vez en cuando un alerta largo, que producía una terrible impresión de
angustia.
--¡Qué triste es esta casa!--murmuró Vidal. ¡Y cuánta gente habrá ahí
encerrada!
--Pse... que los maten--replicó la Justa con indiferencia.
Pero Vidal no sentía este desdén, y se indignó con la frase de la Justa.
--¿_Pa_ qué roban?--replicó ésta.
--Y tú, ¿por qué...
--Yo para comer.
--Pues ellos también para comer.
La Flora recordó que de chica había visto la ejecución de la Higinia.
Había ido con la hija de la portera de su casa.
--Allí estaba el patíbulo--y señaló el centro de una tapia frente a la
capilla--. En los desmontes hormigueaba el gentío. Vino la Higinia
vestida de negro, apoyada en los Hermanos de la Paz y Caridad; debía de
estar ya muerta de espanto; la sentaron en el banquillo, y un cura con
una cruz alzada se puso delante de la Higinia, la ató el verdugo con
unas cuerdas por los pies, sujetándola las faldas; luego le tapó la cara
con un pañuelo negro, y poniéndose detrás de ella dió de prisa dos
vueltas a la rueda, en seguida le quitó el pañuelo de la cara y quedó la
mujer tan raída sobre el palo.
--Después--terminó diciendo la Flora--la otra chica y ella tuvieron que
echar a correr, porque los guardias civiles dieron una carga.
Vidal, al oir tan minuciosas descripciones, palideció.
--Estas cosas me matan--dijo poniéndose una mano sobre el corazón.
--¿Para qué has querido venir?--le preguntó Manuel--. ¿Quieres que
volvamos?
--No, no.
Salieron a la plaza de la Moncloa. En una esquina de la cárcel había un
grupo grande de gente. Estaba amaneciendo. Una franja de oro se formaba
en el horizonte. Por la calle de la Princesa subía un escuadrón de
artillería; presentaba un aspecto extraño a la luz vaga del amanecer. Se
detuvo el escuadrón frente a la cárcel.
--A ver si nos dan la entretenida y lo fusilan en otra parte--decía un
vejete, a quien la idea de madrugar y no presenciar la ejecución debía
parecer en extremo desagradable.
--Hacia San Bernardino es donde lo fusilan--anunció un golfo.
Todos echaron a correr. Efectivamente, debajo de unos desmontes próximos
al paseo de Areneros formaban los soldados el cuadro. Había un público
de cómicos, trasnochadores, coristas, prostitutas, subidos en coches
simones, y una turbamulta de golfos y de mendigos. El espacio despejado
era extensísimo. Vino un furgón gris y entró en medio del cuadro a la
carrera; bajaron tres figuras que parecían muñecos; los de a los lados
del reo llevaban sombrero de copa. No se veía bien al soldado.
--¡Bajad las cabezas--decían los del público, los que estaban atrás--,
que veamos todos!
Se destacaron ocho soldados de caballería con fusiles cortos y se
pusieron delante del reo; se conoce que no quedaron bien de frente,
porque, moviéndose de lado, como un animal de muchas patas, anduvieron
algunos metros. El sol brillaba en la arena amarilla del desmonte, en
los cascos y correajes de los soldados. No se oyó voz de mando; los
fusiles apuntaron.
--¡Bajad las cabezas!--gritaron otra vez con acento irritado los que se
hallaban colocados en tercera y cuarta fila.
Sonó una detonación sin fuerza; poco después se oyó otra.
--Es el golpe de gracia--murmuró Vidal.
Todo el público echó a andar hacia Madrid; se oyó estrépito de tambores
y cornetas. El sol brillaba en los cristales de las casas. Iban Manuel,
Vidal y las dos mujeres por el paseo de Areneros, cuando oyeron otra
detonación.
--Se conoce que no había muerto--añadió Vidal más pálido.
Estaban los cuatro preocupados.
--¿Sabes?--dijo Vidal--. Se me ha ocurrido una cosa para quitar la mala
impresión de esto: ir a merendar esta tarde.
--¿Adónde?--preguntó Manuel.
--Hacia el río. Recordaremos nuestros buenos tiempos. ¿Eh? ¿Qué te
parece?
--Muy bien.
--¿La Justa no tendrá nada que hacer?
--No.
--Bueno. Pues, entonces, al medio día estamos todos en el merendero de
la señora Benita, que está cerca del Embarcadero y del puente del
Sotillo.
--Convenido.
--Ahora vamos a dormir un rato.
Lo hicieron así. A las doce salieron Manuel y la Justa, y fueron al
merendero; todavía no había llegado nadie.
Se sentaron los dos en un banco; la Justa estaba malhumorada. Compró
diez céntimos de cacahuets y se puso a comerlos.
--¿Quieres?--le dijo a Manuel.
--No; se me meten en las muelas.
--Pues yo tampoco--, y los tiró al suelo.
--¿A qué los compras para tirarlos?
--Me da la gana.
--Bueno, haz lo que quieras.
Pasaron los dos bastante tiempo esperando, sin hablarse; la Justa,
impacientada, se levantó.
--Me voy a casa--dijo.
--Yo voy a esperar--replicó Manuel.
--Anda y que te zurzan con hilo negro, ladrón.
Manuel se encogió de hombros.
--Y que te den morcilla.
--Gracias.
La Justa, que iba a marcharse se detuvo al ver que llegaban Calatrava
con la Aragonesa y Vidal al lado de la Hora. Calatrava traía una
guitarra.
Pasó un organillo por delante del merendero. El Cojo lo hizo parar y
bailaron Vidal y la Flora, la Justa y Manuel.
Llegaron nuevas parejas, entre ellas una mujer gorda y chata vestida de
un modo ridículo, que iba acompañada de un hombre de patillas de hacha y
aspecto agitanado. La Justa, que se sentía insolente y provocativa,
comenzó a reírse de la mujer gorda; la otra contestó con despreciativo
retintín y recalcando la palabra:
--Estos pericos...
--¡La tía gamberra!--murmuró la Justa, y cantó a media voz,
dirigiéndoselo a la chata, este tango.
«Eres más fea que un perro de presa,
y a presumida no hay quien te gane.»
--¡Indecente!--gruñó la gorda.
El hombre con facha de gitano se acercó a Manuel para decirle que
aquella señora (la Justa) estaba faltando a la suya y que él no podía
permitir esto. Manuel comprendía que tenía razón; pero, a pesar de esto,
contestó insolentemente al hombre. Vidal se interpuso, y después de
muchas explicaciones por una y otra parte, se decidió que allí no se
había faltado a nadie y se arregló la cuestión. Pero la Justa estaba con
humor de pelea y se trabó de palabras con uno de los organilleros,
desvergonzado por razón de oficio.
--Calla, ¡leñe!--gritó Calatrava, dirigiéndose a la Justa--, y tú calla
también--dijo al organillero--, porque si no te voy arrimar un estacazo.
--Vamos nosotros adentro--indicó Vidal.
Pasaron las tres parejas a un cobertizo con mesas y bancos rústicos y un
barandado de palitroques que daba al Manzanares.
En medio del río había dos islas cubiertas de un verdín brillante, y
entre éstas unas cuantas tablas que servían de paso desde una orilla a
otra.
Trajeron la comida, pero la Justa no quiso comer, y a las preguntas que
le hicieron no contestó; y luego, sin saber por qué, empezó a llorar
amargamente entre las burlas de la Flora y de la Aragonesa. Luego se
tranquilizó y quedó alegre y jovial.
Comieron allá opíparamente y salieron un momento a bailar a la carretera
al son del organillo. Manuel creyó ver pasar varias veces al Bizco por
delante del merendero.
--¿Será él? ¿Qué buscará por aquí?--se preguntó.
Al anochecer volvieron las tres parejas adentro, encendieron luz en un
cuarto y mandaron traer aguardiente y café. Hablaron durante largo rato.
Calatrava contó con verdadera delectación horrores de la guerra de Cuba.
Había satisfecho allí sus instintos naturales de crueldad, macheteando
negros, arrasando ingenios, destruyendo e incendiando todo lo que se le
ponía por delante.
Las tres mujeres, sobre todo la Aragonesa, le escuchaban con entusiasmo.
De pronto, Calatrava calló pensativo, como si algún recuerdo triste le
embargara.
Vidal tomó la guitarra y cantó el tango del _Espartero_ con un gran
sentimiento; después tarareó el de _La Tempranica_ con mucha gracia,
cortando las frases para dar más intención y poniendo la mano en la boca
de la guitarra, para detener a veces el sonido. La Flora marcó unas
cuantas posturas jacarandosas, mientras Vidal, echándoselas de gitano,
cantaba:
«¡Ze coman los mengues,
mardita la araña
que tié en la barriga
pintá una guitarra!
Bailando ze cura
tan jondo doló...
¡Ay!, malhaya la araña
que a mí me picó.»
Luego fué Marcos Calatrava el que cogió la guitarra. No sabía puntear
como Vidal, sino que rasgueaba suavemente, con monotonía. Marcos cantó
una canción cubana, triste, lánguida, que daba la nostalgia de un país
tropical. Era una larga narración que evocaba los danzones de los
negros, las noches espléndidas del trópico, el sol, la patria, la sangre
de los soldados muertos, la bandera, que hace saltar las lágrimas a los
ojos, el recuerdo de la derrota... algo exótico y al mismo tiempo
íntimo, algo muy doloroso, algo hermosamente plebeyo y triste.
Y Manuel sentía al oir aquellas canciones la idea grande, fiera y
sanguinaria de la patria. Y se la representaba como una mujer soberbia,
con los ojos brillantes y el gesto terrible, al lado de un león...
Después, Calatrava entonó, acompañándose del rasguear monótono de la
guitarra, una canción de insurrectos muy lánguida y triste. Una de las
coplas, que Calatrava cantaba en cubano, decía:
«Pinté a Matansa confusa,
la playa de Viyamá,
y no he podío píntá
el nido de la lechusa;
yo pinté po donde crusa
un beyo ferrocarrí,
un machete y un fusí
y una lancha cañonera,
y no pinté la bandera
por la que voy a morí.»
No sabía Manuel por qué, pero aquella reunión de cosas incongruentes que
se citaban en el canto le produjo una tristeza enorme...
Afuera anochecía. A lo lejos la tierra azafranada brillaba con las
últimas palpitaciones del sol, oculto en nubes incendiadas como dragones
de fuego; alguna torre, algún árbol, alguna casucha miserable rompía la
línea del horizonte, recta y monótona; el cielo hacia Poniente se
llenaba de llamas.
Luego obscureció; fué ennegreciéndose el campo, el sol se puso.
Por el puentecillo de tablas, tendido de una orilla a otra, pasaban
mujeres negruzcas, con fardeles de ropa bajo el brazo.
Manuel experimentaba una gran angustia. A lo lejos, de algún merendero,
llegaba el rasguear lejano de una guitarra.
* * * * *
Vidal salió del cobertizo.
--Ahora vengo--dijo.
Un momento... y se oyó un grito de desesperación. Todos se levantaron.
--¿Ha sido Vidal?--preguntó la Flora.
--No sé--dijo Calatrava dejando la guitarra sobre la mesa.
Rumor de voces resonó hacia el río. Se asomaron todos al balcón que daba
al Manzanares. En una de la islillas verdes dos hombres luchaban a brazo
partido. Uno de ellos era Vidal; se le conocía por el sombrero cordobés
blanco. La Flora, al conocerlo, dió un grito de terror; poco después los
dos nombres se separaron y Vidal cayó a tierra, de bruces, en silencio.
El otro puso una rodilla sobre la espalda del caído y debió asestarle
diez o doce puñaladas. Luego se metió en el río, llegó a la otra orilla
y desapareció.
Calatrava y Manuel se descolgaron por el barandado del cobertizo y se
acercaron por el puente de tablas hacia el islote.
Vidal estaba tendido boca abajo y un charco de sangre había junto a él.
Tenía clavada la navaja en el cuello, cerca de la nuca. Calatrava tiró
del mango, pero el arma debía de estar incrustada en las vértebras.
Después Marcos hizo dar al cuerpo media vuelta y le puso la mano en el
pecho sobre el corazón.
--Está muerto--dijo tranquilamente.
Manuel miró al cadáver con horror; las últimas claridades de la tarde se
reflejaban en sus ojos, muy abiertos. Calatrava puso al cadáver en la
misma posición en que le había encontrado. Volvieron al merendero.
--¡Hala!, vamos--dijo Marcos.
--¿Y Vidal?--preguntó la Flora.
--Ha espichado.
La Flora comenzó a chillar; pero Calatrava la agarró violentamente del
brazo y la hizo enmudecer.
--Vaya... ahuecando--dijo; y con gran serenidad pagó la cuenta, cogió la
guitarra y salieron todos del merendero.
Había obscurecido; a lo lejos, Madrid, de un pálido color de cobre, se
destacaba en el cielo azul, melancólico y dulce, surcado en el Poniente
por grandes fajas moradas y verdosas: las estrellas comenzaban a lucir y
a parpadear con languidez; el río brillaba con reflejo de plata.
Pasaron silenciosos el puente de Toledo, cada uno entregado a sus
pensamientos y a sus temores. A final del paseo de los Ocho Hilos
encontraron dos coches; Calatrava con la Aragonesa y la Flora entraron
en uno; la Justa, y Manuel en otro.
CAPÍTULO V
EL CALABOZO DEL JUZGADO DE GUARDIA.--DIGRESIONES.--LA DECLARACIÓN.
AL día siguiente de la muerte de su primo, Manuel compró con ansiedad
los periódicos; contaban todos lo pasado en el merendero; las señas de
cada uno de los comensales venían claras; se había identificado el
cadáver de Vidal, y se sabía que el asesino era el Bizco, un pájaro de
cuenta, procesado por dos robos, lesiones y presunto autor de una muerte
cometida en el camino de Aravaca.
El pánico de la Justa y de Manuel fué grandísimo; temían que les
considerasen complicados en el crimen, que les llamasen a declarar; no
sabían qué hacer.
Después de pensar mucho, decidieron como lo más cuerdo mudarse de casa e
ir por los alrededores. Anduvieron la Justa y Manuel buscando
habitación, y la encontraron al fin en una casa de la calle de Galileo,
próxima al Tercer Depósito, en Vallehermoso.
La casa era barata, tres duros al mes; tenía dos balcones, que daban a
un gran descampado o solar en donde tallaban los canteros grandes
piedras. Este solar hallábase limitado por una cerca de pedruscos
sueltos, residuos del corte de piedras, y en medio tenía una barraca en
donde vivía el guarda con su familia.
Entraba en las habitaciones el sol desde que salía hasta que se
ocultaba. Fuera por el terror producido por la muerte trágica de Vidal o
por un impulso íntimo, Manuel sintió en su alma bríos para comenzar una
vida nueva: buscó trabajo y lo encontró en una imprenta de Chamberí. Era
muy violento para él estar encerrado todo el día en la imprenta; pero la
misma violencia que tenía que hacer le animaba a perseverar. La Justa,
en cambio, se aburría, se hallaba continuamente malhumorada y triste.
A la semana de esta vida ejemplar, un sábado, al volver a casa Manuel,
se encontró con que no estaba la Justa. La esperó toda la noche,
inquieto; no apareció.
Al día siguiente, cuando vió que no volvía, se echó a llorar. Comprendió
que le abandonaba. Era el despertar de un sueño hermoso; había llegado a
creer que al fin se emancipaban los dos de la miseria y de la deshonra.