Se encontraron en una sala con tres balconcillos a la calle y otros tres

a un patio. Hacia el lado de la calle había una mesa verde grande con

dos escotaduras, una frente a otra, en los lados largos; hacia el patio

se veía una mesa más pequeña, iluminada por dos lámparas, alrededor de

la cual se agrupaban treinta o cuarenta personas. Había un gran

silencio; no se oía más que las palabras de los dos _croupiers_ y el

ruido que hacían al recoger con el rastrillo las monedas colocadas sobre

el tapete verde.

Cuando cesaban las jugadas cambiábanse algunas observaciones entre los

puntos. Luego la voz monótona del banquero decía:

--Hagan juego, señores.

Callaban todos y el silencio era tan grande que se oía el roce de las

cartas entre los dedos del _croupier_.

--Esto parece una iglesia, ¿verdad?--murmuró Vidal--. Como dice un señor

que viene aquí, el juego es la única religión que queda.

--Tomaron café y una copa.

--¿Tienes cigarros?--preguntó Vidal.

--No.

--Toma. Fíjate bien en este juego; yo me voy.

--¿Se podrá saber cómo se llama?

--Sí; el bacarrat. Oye, a las ocho en el café de Lisboa.

Vidal salió y Manuel quedó solo; miró con atención cómo iba y venía el

dinero de la banca a los puntos y de los puntos a la banca. Después se

entretuvo en observar a los jugadores. Era un anhelo tan grande el que

sentían todos, que nadie se fijaba en los demás.

Los que estaban sentados tenían delante de ellos montones de plata y

fichas y las ponían sobre el tapete. El _croupier_ echaba las cartas

francesas, y poco después pagaba o recogía el dinero puesto.

Los que estaban de pie alrededor, y de los cuales la mayoría no jugaba,

parecían interesarse en el juego tanto o más que los que se hallaban

sentados y jugaban fuerte.

Eran aquéllos, tipos de miseria y de sordidez horrible; llevaban

chaquetas rozadas, sombreros grasientos, pantalones con rodilleras,

llenos de barro.

En sus ojos brillaba la pasión del juego, y se les veía seguir la marcha

de las jugadas, con los brazos cruzados sobre la espalda y el cuerpo

echado hacia adelante conteniendo la respiración.

Manuel se aburría allá; miró por los balcones a la calle; vió cómo se

reemplazaban los jugadores, y al anochecer salió y fué al café de

Lisboa.

Cuando llegó Vidal, mientras cenaron, le expuso sus dudas acerca del

juego.

--Bueno; eso en seguida lo aprendes--le dijo el otro--. Además, los

primeros días yo te daré un cartoncito con la indicación de cuándo debes

jugar.

--Muy bien; ¿y el dinero?

--Toma para mañana. Cincuenta duros.

--¿Son buenos?

--Enséñaselos a cualquiera.

--¿De modo que es una combina como la del Pastiri?

--Igual.

La tarde siguiente, con los cincuenta duros que le dió su primo y las

indicaciones en una tarjeta, jugó y ganó veinte duros, que entregó a

Vidal.

Unos días después le llamaron de un cuartel, le preguntaron el nombre en

una oficina y le despacharon.

--Te han rebajado--le advirtió Vidal

--Bueno--contestó alegremente Manuel--; me alegro de no ser soldado.

Siguió acudiendo al Círculo todos los días que le indicaron, y al cabo

de algún tiempo conocía el personal de la casa de juego. Había mucha

gente empleada allá: varios _croupiers_ muy atildados con las manos

limpias y perfumadas; unos cuantos matones, otros medio ganchos, otros

que vigilaban a los que entraban y a los ganchos.

Eran todos tipos sin sentido moral, a quienes, a unos la miseria y la

mala vida, a otros la inclinación a lo irregular, había desgastado y

empañado la conciencia y roto el resorte de la voluntad.

Manuel experimentaba, sin darse cuenta de ello con claridad, la

repugnancia por aquel medio, y sentía obscuramente la protesta de su

conciencia.

CAPÍTULO II

EL GARRO.--MARCOS CALATRAVA.--EL MAESTRO. CONFIDENCIAS.

UNA noche salió Manuel del Círculo, acompañado de un hombrecito con

trazas de enfermo. Los dos llevaban el mismo camino; entraron en el café

de Lisboa; el hombre se reunió allí con una mujer gorda y se sentó con

ella, y Manuel se acercó a su primo.

--¿Qué hablabas con ese?--le preguntó Vidal al verle.

--Nada, de cosas indiferentes.

--Te advierto que es uno de la policía.

--¿Sí?

--Ya lo creo.

--Pues lo he visto en el Círculo.

--Sí, cobra allí. Le llaman el Garro. Está casado con ésa, que es la

Chana, una timadora antigua. Vivía en la calle de la Visitación, en casa

de María la Guerrero, cuando yo me fuí con la Violeta. La Chana entonces

ya se dedicaba a perista; conocía a todos los inspectores y estaba

liada con un matón que llamaban el Ministro y a quien le mataron en la

calle de Alcalá. Ten cuidado con el Garro; si te pregunta algo no le

digas nada; ahora, si puedes sonsacarle alguna cosa, eso sí, hazlo.

Al día siguiente el Garro volvió a reunirse con Manuel y le preguntó

quién era y de dónde venía. Manuel, advertido, contó una porción de

embustes con gran candor, y se hizo el engañado por Vidal y por el Cojo.

--Le advierto a usted que son dos pájaros de cuenta--le dijo el policía.

--¿Sí, eh?

--¡Uf, que se pierden de vista! El Cojo, sobre todo, es atravesado. No

se meta usted con él, porque es capaz de todo.

--¿Tan fiero es?

--Ya lo creo. Yo conozco su historia, él no lo sabe. Se llama Marcos

Calatrava y es de buena familia. Hace dos años cursaba Medicina.

El Garro contó toda la historia de Marcos. Al principio había sido un

gran estudiante. Luego, de pronto, comenzó a frecuentar garitos, y en

uno de éstos robó una capa. Tuvo la mala suerte de que le cogieran _in

fraganti_, le llevaron a la Cárcel Modelo y estuvo allá arriba dos

meses. Al año siguiente tomó la decisión de no estudiar, y como de su

casa no le mandaban dinero, comenzó a manotear por garitos y chirlatas.

Una navajada que le dieron en una bronca que tuvo le quitó por algún

tiempo sus arrestos de matón. Cuando se puso bueno fué a ver a la

superiora de las Hermanas de la Caridad de San Carlos y le pidió dinero.

Quería hacerse fraile, le había herido la gracia divina; y con su

manera de hablar melosa la convenció, le sacó los cuartos, y además una

carta para el prior de un convento de Burgos.

Calatrava se gastó el dinero, y a los dos o tres meses estaba muerto de

hambre. Entonces organizó una compañía de cómicos de la legua, a quienes

explotó de una manera miserable, y al año o cosa así de recibir la carta

de la superiora, en un período de hambre horrorosa, se encontró en el

fondo de una maleta la carta y determinó aprovecharse de ella. Como era

hombre de decisiones rápidas, no vaciló, tomó el tren sin billete, y

entre los fardos de los vagones de mercancías llegó a Burgos, se

presentó en el convento y entró de novicio. Al poco tiempo pidió que le

enviaran por los pueblos pidiendo limosna; al principio estuvo bien,

hasta se distinguió por su celo; pero después empezó a hacer

barbaridades, escandalizó a las personas piadosas de las aldeas, y

cuando el prior, a quien había llegado la noticia de sus fechorías, le

mandó llamar y volver al convento, Calatrava, sin hacer caso, anduvo

explotando los hábitos, y cuando ya iban a pescarle volvió a Madrid. A

los tres o cuatro meses de estar aquí agotó todo su dinero y su crédito,

y tomó la determinación de sentar plaza en Sanidad militar y marcharse a

Filipinas.

Un médico de regimiento, viendo a Marcos tan servicial y tan listo,

trató de ayudarle a terminar la carrera, y le colocó de interno en el

Hospital militar de Manila.

Inmediatamente, Calatrava empezó a robar de la botica del Hospital

medicamentos, vendajes, aparatos, todo lo que podía, para venderlo; le

despacharon de allá; pidió la absoluta y se dedicó a cobrar el barato en

los chabisques de Manila. Como era tan quisquilloso, pronto allí se le

hizo la vida imposible, y entonces recurrió a un Círculo de militares y

consiguió que se hiciera una colecta para él, y con el dinero vino a

España.

En Madrid volvió a encontrarse apurado, y como no era de los que se

ahogan en poca agua, se alistó en el batallón de Voluntarios que iba a

Cuba. Marcos se distinguió por su valor en muchas acciones, ascendió

pronto a sargento, cuando una bala le atravesó la pierna y tuvieron que

cortársela en el Hospital de la Habana; y el hombre volvió a España, ya

sin porvenir y con un retiro ridículo.

Aquí anduvo fingiéndose agente de la policía secreta, rodando por las

calles, hasta que encontró un socio y se dedicó con él al timo del

entierro, que, a pesar de lo divulgado que está, suele dar resultados

entre los estafadores. Formó en una época una sociedad de espadistas y

criadas de servir para desvalijar las casas; falsificó billetes; luego

no hubo engaño ni timo que no intentase; y como tenía una inteligencia

clara y despierta, estudió metódicamente todos los procedimientos

conocidos de estafa; calculó el pro y el contra de cada uno de ellos, y

encontró que todos tenían grandes quiebras.

Al último--concluyó diciendo el Garro--, se encontró con el Maestro, que

se ha retirado, y yo no sé de dónde han cogido dinero para estos

garitos; el caso es que lo tienen.

--¿Hay más de un Círculo de éstos?--preguntó Manuel.

--Abierto al público no hay más que éste; pero tienen la casa de la

Coronela, en donde se juega mucho más. Allá está todas las noches el

Maestro. ¿No ha ido usted a aquella, casa?

--No.

--Ya le llevarán. Si tiene usted dinero que perder, entre Vidal y el

Cojo ya le llevarán. Luego la Coronela, como mete a la hija a bailarina,

va a abrir un salón.

--Esa Coronela, ¿es cubana?--preguntó Manuel.

--Sí.

--La conozco, y conozco también a un amigo suyo que se llama Mingote.

El policía miró con cierta reserva a Manuel.

--Puede usted decir--le dijo--que conoce usted lo peorcito de Madrid.

Mingote está ahora con Joaquina la Verdeseca. Tienen una casa de citas

elegante. Van señoras y dejan su retrato. Este Mingote fué el que

organizó aquel baile célebre. Se pagaba un duro la entrada, y al final

se rifaba una señorita. La hija de la querida de Mingote.

Unos días después de esta conversación, Manuel, al salir del Círculo y

encontrarse con Vidal, sintió la necesidad de hablarle del malestar que

experimentaba con aquella vida. Vidal estaba también aquella noche de

humor triste, e hizo lamentables confidencias a Manuel.

Fueron a un teatro, pero no había gente; entraron en un café, y después

de pasear con una noche horrible de frío, Vidal propuso que entraran a

tomar algo en casa de la Concha, en la calle de Arlabán.

Manuel no quería, porque no tenía ganas de comer ni de nada; pero a

remolque entró en la taberna. Hacía dentro mucho calor, y esto les

reanimó a los dos; se sentaron y Vidal pidió unas copas y luego unas

chuletas.

--Hay que olvidar--dijo después de dar estas disposiciones.

Manuel hizo un gesto de desaliento y vació un vaso de vino que llenó

Vidal.

Después contó lo que le había dicho el Garro. Su primo le escuchaba

atentamente.

--No sabía la historia de Calatrava--dijo al concluir Vidal.

--Pues historia por historia--repuso Manuel--. Dime tú: ¿Quién es ese

Maestro?

--El Maestro... es un coloso. ¿Tú has leído _Rocambole_?

--No.

Vidal quedó un poco parado; la figura de Rocambole, sin duda, le parecía

la más a propósito para comparar al Maestro.

--Bueno; pues figúrate tú un hombre como el Cojo, ¿sabes?, pero

muchísimo más listo que él; un hombre que imita todas las letras, que

sabe cuatro o cinco idiomas, que tiene una serenidad como nadie, que

viste la blusa lo mismo que la levita, que habla con una señora y parece

un caballero, y habla con una golfa y parece un chulo; y une a esto que

es una especie de payaso, que toca el acordeón, imita el tren,

gesticula, se ríe de todo el mundo. Y luego, ¡chiquillo!, le ves medio

llorando porque ha visto un viejo medio desnudo por la calle o le ha

pedido limosna una golfilla.

--¿Y cómo se llama?

--¡Qué sé yo! Cualquiera lo sabe. Algunos dicen que han conocido a su

padre y a su madre, pero no es verdad. Yo he pensado si será hijo

natural de algún personaje, pero no lo creo del todo, porque si hubiera

sido así, sería chocante que le prendieran, como le prendieron, cuando

tenía diez y siete años.

--Pronto empezó.

--Sí; le prendieron sin culpa. El era empleado de uno que había hecho

una estafa, y lo metieron en el Saladero con su principal. Esto lo

cuenta él mismo. Un día parece que fué el juez a tomar declaración a un

preso, y estando el escribiente copiando la declaración, le dió un mal y

tuvieron que llevarle a casa. El juez preguntó al alcaide si no tenía

algún preso que supiera escribir al dictado, y el alcaide llamó al

Maestro. Este se sentó en la silla, miró los papeles y se puso a

escribir. El juez, al terminar la declaración, echa una mirada a los

autos y queda asombrado. No se conocía dónde había empezado a escribir

el Maestro y dónde había acabado el escribiente; la letra de uno y otro

eran iguales.

--¡Qué tío!

--Cuando contaba el Maestro esto, decía que si aquel juez no hubiera

sido un estúpido, él no hubiera terminado mal; pero al juez lo único que

se le ocurrió fué decir que aquel chico era peligroso y que había que

tener con él mucho ojo. El Maestro, que vió que extremaban la vigilancia

con él por el motivo de haber hecho un favor, claro, se indignó. Luego,

en el Saladero, conoció a un falsificador célebre, y entre los dos,

desde la misma cárcel, le sacaron a un francés cuarenta mil duros por el

registro del entierro.

--¡Qué bárbaros!

--Dieron cinco o seis golpes por el estilo. Al fin cayeron en que eran

ellos dos y se les formó causa de nuevo. Le preguntaban a uno:--¿Quién

ha sido el que ha escrito esto?--Yo, contestaba; le preguntaban al

otro:--¿Quién ha sido el que ha escrito esto?--Yo, contestaba también.

No podían saber cuál de los dos era. Entonces al juez se le ocurrió

meterles a cada uno de ellos en un cuarto y hacerles escribir la carta

por la que habían venido a saber que estaban preparando un entierro; y,

¡chico!, los dos escribieron igual, con la misma letra y con los mismos

borrones. Figúrate tú qué maña tendrá este hombre, que algunas veces,

cuando ha habido bailes y banquetes en el Palacio Real, ha falsificado

la invitación, se ha puesto un frac y allá se ha marchado, alternando

con duques y marqueses.

--¡Rediez!--dijo Manuel admirado--. ¿Y el compañero del Saladero vive?

--No; creo que murió en América.

--¿Ha estado allá también el Maestro?

--En todas partes; ha recorrido medio mundo, y en cada sitio ha dejado

diez o doce falsificaciones.

--¿Será rico?

--Sí, seguramente.

--¿Y qué hace con el dinero?

--Chico, yo no lo sé. No le gustan las juergas, no tiene queridas. El

Cojo me dijo una vez que el Maestro tenía una hija educándose en Francia

y que le dejaría una fortuna.

--¿Y dónde vive ese hombre?

--Vive hacia Chamberí; allí creo que se pasa los días leyendo y tocando

la guitarra y besando el retrato de su hija.

--Sería curioso saber lo que hace.

--No lo hagas; a mí me entró la misma curiosidad. Un día le ví salir de

un juego de bolos de los Cuatro Caminos. «Vamos a ver lo que hace este

punto», me dije; fuí al otro día y lo encontré. Estaba muy alegre,

jugando, hablando, accionando; parecía que no me había conocido. Al día

siguiente el Cojo me dijo:

--No vuelvas donde estuviste ayer, si no quieres reñir conmigo para

siempre. Comprendí la advertencia y no he vuelto.

Era curiosa la vida, pura y sencilla, de aquel hombre, metido en

combinaciones de estafas y de engaños. Manuel escuchaba a su primo como

quien oye un cuento.

--¿Y la Coronela?--le preguntó.

--Nada... una pendona. Fué la querida de un relojero, que se hartó de

ella porque es una tía ordinaria, y luego se lió con ese militar. Es una

tía sucia y mala.

--Es mala, sí. Desde el primer día que la ví me lo pareció.

--¿Mala? Es una loba y tiene furor... ¿sabes? Hace ignominias. Antes,

cuando algún señorito seguía a alguna de sus hijas, le hacía subir a su

casa, y allá le decía que con sus hijas nada, pero con ella sí. Ahora va

a los cuarteles. Es una tía de lo más indecente... Pero lo que está

haciendo con el hijo es todavía peor.

--¿Pues qué hace?

--Nada. Que por entretenerse, le visten de chica y le pintan, y ya no le

llaman Luis, como se llama él, sino Luisita la Ricopelo.

--¡Cristo!--murmuró Manuel dando un puñetazo en la mesa--. Eso es

demasiado. Hay que denunciar eso.

--Calla, que viene gente--advirtió Vidal.

Tres hombres y una muchacha se sentaron en la mesa de al lado de la

taberna.

Uno de ellos era un viejo teñido, con la cara llena de arrugas blandas y

el aire de un cinismo repugnante; el otro tenía el tipo de un peluquero,

patillas de hacha muy repeinadas y el pelo rizado; el tercero, calvo,

con la nariz roja y las barbas deshilachadas y amarillas presentaba el

aspecto del joven decrépito.

La muchacha era muy bonita; tenía la nariz afilada, los labios finos, el

pelo negro, separado en dos bandas; llevaba una capa de color perla con

cuello de plumas, la mantilla prendida en el moño, que encuadraba su

rostro y caía sobre el pecho.

En su cara latía una continua nerviosidad y una expresión sarcástica; no

paraba un momento de moverse, y cuando escuchaba, accionaba y movía

nerviosamente los labios.

Tenían todos las mejillas rojas y los ojos brillantes. El hombre de las

barbas hacía preguntas y más preguntas a la muchacha, y ésta contestaba

con gran descoco.

Manuel y Vidal se pusieron a escuchar.

--¿De veras eres partidaria del amor libre?--decía el de las barbas.

--Sí

--¿No quisieras casarte?

--Yo, no.

--Es una mujer indiferente--interrumpió el de las patillas--; no

comprende esas cosas de cariño.

--Bah, no lo creo.

--Lo que tiene la pobre es que es muy... bruta--murmuró el viejo con voz

aguardentosa.

--¿Y tu mujer?--preguntó ella agitándose en la silla y mirando al viejo

con los ojos fríos y burlones. La muchacha aquella daba la impresión de

una avispa o de un bicho con aguijón. Se agitaba en el asiento cuando

iba a decir algo, pinchaba, y quedaba ya tranquila y satisfecha por un

momento.

El viejo masculló una serie de blasfemias. El de las barbas rojas siguió

preguntando a la muchacha:

--¿Pero tú no has querido a nadie?

--Yo no; ¿para qué?

--Si te digo que es fría como el mármol--murmuró el de la facha de

peluquero.

--Cuando le conocí a éste--añadió ella riéndose y señalando al de las

patillas--tenía un hombre que me había puesto un cuarto, y la patrona de

la casa pasaba por mi madre. Además, tenía otros amigos; pues ya ves,

ninguno notó nada.

--Es terrible--exclamó el de las barbas llenando un vaso de vino y

vaciándolo--; no nos quieren, y nosotros suponiendo siempre que tienen

corazón. Pero de veras, dime de veras: ¿no has querido nunca a nadie?

--A nadie, a nadie.

--¡Si te digo que es fría como el mármol!--repitió el hombre con facha

de peluquero--. ¡Si supieras las majaderías que hice yo por ella!

Preguntaba tímidamente en la portería; pasé un mes sin atreverme a

hablarla; y luego, al conseguirla, supe que era una mujer a quien se

dice: «¿Mañana estás libre a tal hora?» «Sí.» «Pues mañana nos veremos.»

--Como quien avisa o un afinador de pianos--repuso el de la barba,

encontrando no se sabe qué relación entre los hombres y los pianos--. Es

terrible--añadió; y después, con un arrebato de ira, golpeó la mesa con

el puño e hizo tambalearse los vasos.

--¿Qué te pasa?--preguntó el viejo.

--Nada. Había que destruir esta cochina humanidad. Me siento anarquista.

--Bah, yo creo que te sientes borracho--interrumpió el de las patillas.

--¡San Dios! Porque tú seas un indecente burgués dedicado a los

negocios...

--Si tú eres más burgués que yo.

El hombre de la nariz roja y de la barba amarilla se calló indignado;

luego, dirigiéndose a la muchacha, con voz iracunda, la dijo:

--Dile a este imbécil que cuando habla un hombre de talento él debe

callar. La culpa la tenemos nosotros, que le otorgamos la beligerancia.

--¡Pobre hombre!

--¡Idiota!

--Si eres más pesado que un artículo tuyo--gritó el de las patillas--; y

todavía, si esa soberbia de que haces gala la sintieras, estaría bien;

pero si no la sientes; si eres un pobre desgraciado que te reconoces a

ti mismo imbécil; si te pasas la vida aburriéndonos, recitándonos

artículos que ya has publicado y que ni siquiera son tuyos, porque los

coges de cualquier parte...

La palidez del de las barbas hizo callar a su contrincante, y siguieron

los tres hablando en tono tranquilo.

De pronto el viejo se puso a chillar.

--Pues no será una persona decente--decía.

--¿Por qué no?--replicaba la mujer.

--Porque no. Será carpintero, basurero, o ladrón, o hijo de mala madre,

porque una persona decente no sé a qué se va a levantar por la mañana.

Cenaron Manuel y Vidal. Poco después se levantaron la muchacha y sus

tres acompañantes.

--Ahora va uno a casa--murmuró el de las barbas rojas en tono lúgubre--,

arregla la cama, se mete uno dentro, se enciende un pitillo, bebe un

vaso de agua, orina y se duerme uno. La vida es repugnante.

Al salir los cuatro a la calle Vidal fué detrás de ellos.

--Voy a enterarme quién es ella--le dijo a Manuel--. Hasta mañana.

--Adiós.

CAPÍTULO III

LA FLORA Y LA ARAGONESA.--LA JUSTA.--LA INAUGURACIÓN DEL SALÓN PARÍS.

AL día siguiente, Vidal dijo a su primo que se había enterado quién era

la muchacha. Se llamaba Flora, vivía en la calle del Pez y solía acudir

a una tienda de modas de la calle del Barquillo, casa de trato

disimulada. Vidal esperaba hacer la conquista de la Flora.

Ya iba adelantando en su intento, cuando Calatrava, que estaba

satisfecho de Manuel y de Vidal, les invitó a los dos un domingo por la

tarde a ir a una casa de la calle del Barquillo, en donde encontrarían

mozas guapas e irían con ellas a los Viveros. Aquella tarde fué terrible

de emociones para Manuel. Fueron Calatrava, Vidal y Manuel en coche a la

tienda de modas, y les hicieron subir a un saloncillo regularmente

amueblado. Al poco rato llegó Flora, acompañada de una mujer alta, de

ojos negros y cara cetrina, verdaderamente hermosa, la cual produjo un

gran entusiasmo en Calatrava.

--Esperemos que venga otra--dijo Vidal.

Esperaron charlando. Se oyó ruido de pasos en el corredor, se levantó

una cortina y apareció una mujer. Era la Justa, más pálida, con los ojos

más negros y la boca roja. Manuel la miró sobrecogido; ella volvió la

espalda, y trató de salir.

--¿Por qué quieres marcharte?--preguntó Vidal.

La muchacha nada replicó.

--Bueno, vamos--dijo Calatrava.

Salieron del salón y bajaron las escaleras; en el coche que estaba

esperando montaron Vidal con la Flora y Manuel con la Justa, y en otro

coche Calatrava y la mujer alta de ojos negros; se dirigieron hacia la

Puerta del Sol, y después, por la plaza de Oriente, a la Bombilla.

En el coche, Vidal y Flora hablaron por los codos; la Justa y Manuel

estuvieron callados.

La merienda fué para los dos triste; al terminarla, Vidal y Calatrava

desaparecieron; la Justa y Manuel quedaron en la mesa sin saber qué

decirse. Manuel sentía una tristeza dolorosa, el aniquilamiento completo

de la vida.

Al anochecer, las tres parejas volvieron a Madrid y cenaron en un cuarto

del café Habanero.

Hubo confidencias entre todos ellos; cada uno contó su vida y milagros,

menos la Justa, que calló.

Calatrava y Vidal querían saber cómo sus amadas habían entrado en la

vida irregular que llevaban.

--Yo entré en la vida--dijo la Flora--porque no veía otra cosa en mi

casa. No he conocido padre ni madre; viví hasta los quince años con mis

tías, que eran golfas como yo. Sólo que eran más alegres que yo. La

mayor tenía un chico, y lo dejaba en el cajón de la cómoda, que había

convertido en cama. No tenían trajes, y para salir era necesario que una

se quedara en casa, y las botas y las enaguas de una servían para la

otra. Cuando se encontraban sin dinero, escribían a una señora que tenía

casa de compromiso, acudían a la cita, y volvían con el dinero tan

contentas. A mí me querían meter en un taller, y dije yo: «No; para

trabajar, prefiero ser golfa»; y me lancé a la vida.

La otra mujer, alta y hermosa, habló con cierta amargura. La llamaban

Petra la Aragonesa.

--Yo--dijo con voz grave--fuí deshonrada por un señorito; vivía en

Zaragoza, y entré en la vida. Como mi padre vive allí, y es carpintero,

y también mis hermanos, para no darles esta vergüenza pensé venir a

Madrid, y nos arreglamos una compañera y yo para hacer el viaje juntas.

Teníamos cada una más de diez duros cuando llegamos a Madrid. En la

estación tomamos un coche, paramos en un café, comimos y nos echamos a

andar por las calles. En una rinconada, creo que estaba por la plaza de

los Mostenses, en una callejuela que no sabría decir adónde cae ni qué

nombre tiene, vimos una casa con las ventanas iluminadas y oímos el

sonido de un organillo. Entramos; dos chulos se pusieron a bailar con

nosotras, y nos llevaron a una casa de la calle de San Marcos.

Mala Hierba · 第 12 / 16 段