En los cuchitriles del mismo pasillo del parador vivían también dos

gitanos viejos con sus familias, los dos muy zaragateros y muy ladrones;

una muchacha ciega, que cantaba flamenco en la calle, moviéndose con

unas convulsiones de epiléptica, y que iba acompañada de otra chica, con

la que se pegaba continuamente, y dos hermanas muy golfas, muy

zarrapastrosas, pintadas, chillonas, embusteras, liosas, pero alegres

como cabras.

La habitación de Jesús se hallaba bastante próxima a la de Manuel, y

esta vida común de la imprenta y de la casa hizo que estrecharán más sus

relaciones de amistad.

Jesús era un excelente muchacho, pero se emborrachaba con una frecuencia

lamentable; tenía dos hermanas solteras, una bonita, con unos ojos

verdes de gato, de facha desvergonzada, llamada Sinforosa, y la otra

una pobre enclenque, torcida y escrofulosa, a quien todos le decían,

implacablemente, la Fea.

A los dos meses o cosa así de vivir en el parador, Jesús, con su tono

irónico peculiar, le dijo a Manuel cuando marchaban los dos a la

imprenta.

--¿No sabes? Mi hermana está preñada.

--¿Sí?

--Vaya.

--¿Cuál de las dos?

--La Fea. ¿Quién habrá sido el héroe? Merece una cruz.

El cajista siguió hablando del percance y bromeando con indiferencia.

A Manuel no le parecía bien esto; al fin era su hermana; pero Jesús

salió con sus invectivas contra la familia y con que uno no se debía

ocupar para nada de los hermanos, ni de los padres, ni de nadie.

--Buena teoría para los egoístas--le dijo Manuel.

--La familia no es más que el egoísmo en beneficio de unos pocos y en

contra de la humanidad--contestó Jesús.

--Bastante caso haces tú de la humanidad, tan poco como de tu

familia--le replicó Manuel.

Por esta cuestión volvieron a discutir varias veces y llegaron a decirse

cosas muy agrias y mortificantes.

A Manuel no le importaba mayormente aquello; pero le producía

indignación al ver que Jesús y la Sinforosa no se compadeciesen de su

hermana y la enviasen a hacer recados y la obligasen a barrer cuando la

pobre raquítica no podía con su barriga, que amenazaba ser monstruosa.

Por motivo de estas discusiones, hubo días en los cuales Manuel apenas

cruzó unas cuantas palabras con Jesús, y se dedicó a charlar con Jacob y

a hacerle preguntas acerca de su país.

A Jacob, a pesar de que según decía no le había ido muy bien en su

tierra, le gustaba hablar de ella.

Era de Fez y tenía un entusiasmo grande por esta ciudad.

--La pintaba como un paraíso lleno de huertas con palmeras, limoneros y

naranjos, cruzada por riachuelos cristalinos. En Fez, en el barrio de

los judíos, pasó Jacob su infancia, hasta que entró al servicio de un

comerciante rico, que negociaba en Rabat, Mogador y Saffi.

Jacob, con su imaginación viva y su modo de hablar exagerado, pintoresco

y lleno de imágenes, daba la impresión de la realidad cuando hablaba de

su país.

Pintaba el paso de las caravanas compuestas de camellos, asnos y

dromedarios. Describía éstos con sus cuellos largos y su cabeza pequeña,

que se balancea como la de las serpientes, con los ojos apagados que

miran al cielo; y al oirle mientras peroraba se creía estar atravesando

aquellos arenales blancos, en donde el sol ciega. Describía también los

mercados constituídos en la confluencia de unas cuantas sendas y

caracterizaba a la gente que acudía a ellos; los moros de las cabilas

próximas con sus fusiles, los encantadores de serpientes, los

hechiceros, los narradores de cuentos de las _Mil y una noches_, los

médicos que sacan los gusanos de los oídos.

Y al retirarse las caravanas, al alejarse unos y otros por las sendas,

jinetes en sus caballos y en sus mulas, Jacob imitaba los graznidos de

los cuervos que acudían en bandadas al lugar del mercado y lo cubrían de

una capa negra.

Pintaba el efecto que causaba ver treinta o cuarenta bereberes a

caballo, con melenas largas, armados de espingardas, y que, al pasar un

judío, escupían en el suelo; la vida sin seguridad; por los caminos,

gentes sin ojos y sin brazos, castigados por la justicia, pidiendo

limosna en nombre de Muley Edris, y durante el invierno, el paso

peligroso de los ríos, los anocheceres en la puerta del aduar, mientras

se preparaba el _cus-cus_, tocando el _guembrí_ y cantando canciones

soñolientas y tristes.

Un sábado, Jacob le convidó a Manuel a comer en su casa.

Vivía el judío en el barrio de Pozas, en una casucha de una callejuela

próxima al paseo de Areneros.

La casita aquella tenía un aspecto extraño, algo oriental. Una o dos

mesas bajitas de pino; jergones pequeños en vez de sillas, y colgando de

las paredes trapos de color y dos guitarrillos de tres cuerdas.

Manuel conoció al padre de Jacob, un viejo melenudo que andaba por casa

con una túnica obscura y una gorra, a su mujer Mesoda y a una niña de

ojos negros llamada Aisa.

Se sentaron todos a la mesa; el viejo pronuncio unas cuantas palabras

gravemente en una lengua enrevesada, que Manuel supuso sería una oración

en judío, y comenzaron a comer.

La comida tenía gusto a hierbas aromáticas fuertes, y a Manuel le

pareció que mascaba flores.

En la mesa, el viejo, en el castellano extravagante en que hablaba toda

la familia, contó a Manuel las peripecias de la guerra de Africa; en su

narración Prim, el señor Juan Prim--como decía él--tomaba proporciones

épicas. Jacob debía de respetar profundamente al viejo y le dejaba

perorar y hablar de Prim y del Eterno; Mesoda muy tímida sonreía y se

ruborizaba por cualquier cosa.

Después de comer, Jacob descolgó de la pared uno de los guitarrillos de

tres cuerdas y cantó varias canciones árabes acompañándose de uno de

aquellos instrumentos primitivos.

Manuel se despidió de la familia de Jacob y prometió visitarla de cuando

en cuando.

* * * * *

Una noche de otoño, al volver Manuel del trabajo, después de un día

entero en que Jesús no apareció por la imprenta, al entrar en el parador

se encontró en el pasillo que conducía a su cuarto con un grupo de

comadres, que hablaban de Jesús y de sus hermanas.

La Fea había parido; estaban en su cuarto el médico de la Casa de

Socorro y la señora Salomona, una buena mujer que se ganaba la vida

asistiendo enfermos.

--¿Pero qué ha hecho Jesús?--preguntó Manuel al oir los dicterios de las

mujeres contra el cajista.

--¿Qué ha hecho?--contestó una de las comadres--, pues ná, que ha

resultao que vivía amontonao con la Sinfo, que es una pécora más mala

que un dolor, y Jesús y ella se habían entregao a la bebida, y la

zorrona de la Sinfo le quitaba el jornal que ganaba la Fea.

--Eso no puede ser verdad--replicó Manuel.

--¿Qué no? Si lo ha dicho el mismo Jesús.

--Pues la otra no es muy decente tampoco, que digamos--añadió una de las

mujeres.

--Tanto como la que más--replicó la comadre oradora--. Se lo ha contao

tó al médico de la Casa de Socorro. Una noche en que no había pasao

gracia divina por su cuerpo, porque Jesús y la Sinfo se habían llevao

tóos los quisquis, fué la Fea y, para remediar el hambre, bebió un trago

de aguardiente y luego otro, y con la debilidá que tenía se quedó

borracha. Vinieron la Sinfo y Jesús, y los dos cargados, y la muy zorra,

viéndola en la cama a la Fea, la dijo, dice: Anda, que la cama la

necesitamos nosotros para... (haciendo un ademán desvergonzado). Ya me

entienden ustés, y va y pone a su hermana a la puerta. La Fea, que no

sabía lo que se hacía, salió a la calle, y uno del Orden, al verla

curda, la lleva a la delega y la mete en un cuarto obscuro, y allí algún

tío...

--Que estaría también curda--dijo un albañil que se detuvo a oir la

relación.

--Pues ná...--añadió la comadre.

--Si llega a haber luz, pa mí que no hay nada, porque el compadre, al

ver la cara de la socia se asusta--añadió el albañil siguiendo su

camino.

Manuel se separó del grupo de comadres y se asomó a la puerta del cuarto

de Jesús. Era un espectáculo desolador; la hermana del cajista, pálida,

con los ojos cerrados, echada en el suelo sobre unas esteras, cubierta

con telas de sacos, parecía un cadáver, el médico la fajaba en aquel

momento; la señora Salomona vestía el recién nacido; un charco de sangre

manchaba los ladrillos.

Jesús, arrimado a la pared en un rincón, miraba al médico y a su

hermana, impasible, con los ojos brillantes.

El médico pidió a las vecinas que trajeran un colchón y unas sábanas;

cuando llegaron estas cosas pusieron el colchón sobre el petate, de

tablas, y colocaron con cuidado a la Fea. Estaba la pobre raquítica como

un esqueleto; su pecho era liso como el de un hombre y, a pesar de que

no debía tener fuerzas para moverse, cuando le pusieron el niño a su

lado, cambió de postura e intentó darle de mamar.

Manuel, al notarlo, miró a Jesús con ira.

Le hubiera pegado con gusto, por permitir que su hermana estuviera así.

El médico, cuando concluyó su trabajo, cogió a Jesús, lo llevó al

extremo de la galería y habló con él. Jesús se hallaba dispuesto a hacer

todo lo que le dijeran; daría el jornal entero a la Fea, lo prometía.

Luego, cuando se fué el médico, Jesús cayó en manos de las comadres, que

le pusieron como un trapo.

El no negó nada. Al revés.

--Durante el embarazo--dijo--ha dormido en el suelo sobre la estera.

Todas las comadres cementaron indignadas las palabras del cajista. Este

se encogía de hombros estúpidamente.

--¡Mire usté que estar la pobre infeliz durmiendo sobre la estera

mientras que la Sinfo y Jesús se estaban en la cama!--decía una.

Y la indignación se acentuó contra la Sinfo, aquella golfa indecente, a

la que juraron dar una paliza morrocotuda. La señora Salomona tuvo que

interrumpir la charla, porque no dejaban dormir en paz a la parturienta.

La Sinfo debió sospechar algo, pues no se presentó en el parador. Jesús,

ceñudo, sombrío, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes, en

los días posteriores, iba de su casa a la imprenta sin hablar una

palabra. Manuel sospechó si estaría enamorado de su hermana.

Durante el sobreparto, las mujeres de la vecindad cuidaron con cariño a

la Fea; exigían el jornal entero a Jesús, quien lo daba sin

inconveniente alguno. El recién nacido, encanijado e hidrocéfalo, murió

a la semana.

La Sinforosa no apareció más por el parador; según se decía se había

lanzado a la _vida_.

* * * * *

El día de Nochebuena, por la tarde, llegaron al parador tres señores

vestidos de negro. Un viejecillo de bigote blanco y ojos alegres; un

señor estirado de barba entrecana y anteojos de oro; y otro que parecía

secretario o escribiente, bajito, de bigote negro, que taconeaba al

andar e iba cargado de papeles. Dijeron que eran de la Conferencia de

San Vicente de Paúl, visitaron a la hermana de Jesús y a otras personas

que vivían en rincones y tabucos de la casa.

Detrás de aquellos señores vestidos de negro fueron Manuel y Jesús, que

no hacían más que dormir en el parador, no conocían la vecindad, así

que anduvieron por su casa como por una extraña.

--¡Hipócritas!--decía el albañil a voz en grito.

--Pero, hombre. ¡Cállese usted!--exclamó Manuel--que le van a oir.

--¿Y qué?--replicaba el vecino--. ¡Qué me oigan! Son unos hipócritas. ¿A

qué vienen aquí a echárselas de caritativos? A hacer el paripé, a eso

vienen esos tíos; estos jesuítas farsantes. ¿Qué leñe quieren saber?

¿que vivimos mal? ¿que estamos hechos unos guarros? ¿que no cuidamos de

los chicos? ¿que nos emborrachamos? Bueno, pues que nos den su dinero y

viviremos mejor, pero que no se nos vengan con bonos y con consejos.

Entraron los tres señores en un tabuco de un par de metros en cuadro. En

el suelo, sobre un montón de paja y de harapos, había una mujer

hidrópica, con la cara hinchada y entontecida.

En una silla, a la luz de una candileja, cosía una mujer joven.

Desde el pasillo Manuel pudo oir la conversación que tenían adentro.

El viejecillo del bigote blanco preguntó con su voz alegre qué es lo que

le pasaba a la mujer, y una vecina que vivía en un cuarto próximo contó

un sin fin de miserias y dolores.

La hidrópica sobrellevaba sus desdichas con resignación extraordinaria.

Se cebó la desgracia en ella y fué cayendo y cayendo hasta llegar a

aquella situación tan triste. No encontró una mano amiga, y sus únicos

favorecedores fueron un carnicero y su mujer, antiguos criados de su

casa a quienes había ayudado a establecerse en mejores épocas. La

carnicera, que además era prestamista, solía comprar en el Rastro

mantones y pañuelos de Manila, y cuando tenían algo que zurcir o

arreglar se los llevaba a la hija de la hidrópica para que los

compusiera.

Esto, la antigua criada se lo pagaba a la hija de sus amos con un montón

de huesos, y a veces, cuando quedaba satisfecha de su trabajo le daba

las sobras de su comida.

--¡Moler con la generosidad de la carnicera!--dijo el albañil, que

escuchaba la narración de la vecina.

--También la gente del pueblo--repuso Jesús en broma, recordando una

frase de zarzuela--tiene su corazoncito.

Los señores de la Conferencia de Paúl, después de oir tan conmovedora

relación, dieron tres bonos a la hija de la hidrópica y salieron del

cuarto.

--Ya es feliz esta mujer--murmuró Jesús irónicamente--; tenía que

morirse mañana y se muere pasado. ¿Para qué quiere más?

El albañil murmuró:--Me parece.

El secretario, el de los papeles, recordó un caso análogo al de la

hidrópica, y lo llamó curioso y extremadamente interesante.

Cuando los tres señores salían de un pasillo para desembocar en otro,

una vieja les llamó y habiéndoles de usía les pidió que la acompañaran y

les llevó alumbrándoles con una bujía a un caramanchón o agujero negro

abierto debajo de una escalera. Sobre un montón de trapos y arropada en

un mantón raído, había una chiquilla delgada, esmirriada, la cara morena

y flaca, los ojos negros, huraños, y brillantes. A su lado dormía un

chico de dos o tres años.

--Yo quisiera que usías--dijo la vieja--la metieran a esta chica en un

asilo. Es huérfana; su madre, que con perdón, no llevaba muy buena vida,

murió aquí. Ella se ha metido en este agujero y nadie la puede echar, y

roba huevos, pan, todo lo que puede, unas veces en una casa, otras en

otra, para dar de comer al rorro. Yo quisiera que usías consiguieran que

la llevaran a un asilo.

La chiquilla miró con sus ojos grandes, espantados a los tres señores, y

agarró de la mano al chico.

--Esta niña--dijo el secretario, el de los papeles--, tiene por su

hermano un cariño verdaderamente curioso e interesante, y yo no sé si no

sería cruel separarlos.

--Estaría mejor en un asilo--añadió la vieja.

--Ya veremos, ya veremos--replicó el señor anciano--. Se fueron los

tres.

--¿Cómo te llamas tú?--le preguntó Jesús a la chica.

--¿Yo? Salvadora.

--¿Quieres venir a vivir conmigo con tu chico?

--Sí--contestó sin vacilar la niña.

--Bueno, pues vamos, levántate. La Fea se va a poner más contenta--dijo

Jesús como para dar una explicación de su rasgo--. Si no la van a

separar de su crío y es una barbaridad.

La chica cogió al niño en brazos y acompañó a Jesús. La Fea debió

recibir a los dos abandonados con gran entusiasmo. Manuel no presenció

la escena porque en el pasillo le detuvo un muchacho joven:

--¿No me conoces?--le preguntó, encarándose con él.

--Sí, hombre... El Aristón.

--El mismo.

--¿Vives aquí?

--Ahí en el Corral.

El Corral era uno de los patios del parador, y daba a ese infecto Rastro

que va desde la Ronda a la fábrica del gas. El Aristón seguía con su

necromanía; no le habló a Manuel más que de muertos, entierros y cosas

fúnebres.

Le dijo que iba a los camposantos los domingos; pues él consideraba como

un deber el cumplir esa Obra de Misericordia que manda enterrar a los

muertos.

En el curso de la conversación, el necrómano insinuó la idea de que si

el rey se muriera se le haría un entierro admirable; pero que a pesar de

esto, él se figuraba que el entierro del Papa sería más suntuoso.

Cruzaron el necrómano y Manuel varios pasillos.

--¿A dónde me llevas?--le preguntó Manuel.

--Si quieres venir, verás un muerto.

--¿Y qué vas a hacer junto a ese muerto?

--Voy a velarle y a rezar por él--dijo el Aristón.

En un cuartucho iluminado por dos velas puestas en dos botellas, había

un hombre muerto, tendido en un jergón...

De lejos llegaba rumor de panderetas y de cánticos; de cuando en cuando

una voz chillona de vieja borracha, cantaba a voz en grito:

«Ande, ande, ande

la marimorena;

ande, ande, ande,

que es la Nochebuena.»

En el cuarto del muerto, en aquel instante, no había nadie.

CAPÍTULO IV

LA NAVIDAD DE ROBERTO.--GENTE DEL NORTE.

A la misma hora, Roberto Hasting marchaba a casa de Bernardo Santín,

envuelto en su abrigo. La noche estaba fría, apenas transitaba nadie por

la calle, los tranvías pasaban de prisa resbalando por los railes con un

zumbido suave.

Roberto entró en la casa, subió al último piso y llamó. Abrió la puerta

Esther y pasó adentro.

--¿Y Bernardo?--preguntó Roberto.

--No ha venido en todo el día--contestó la ex-institutriz.

--¿No?

--No.

Esther, envuelta en un chal, se sentó ante la mesa. El cuarto, la

antigua galería fotográfica, estaba iluminada con un quinqué de

petróleo. Todo denunciaba allí la mayor miseria.

--¿Se han llevado la máquina?--preguntó Roberto.

--Sí, esta mañana. Tengo el dinero guardado en este cajón. ¿Qué me

aconseja usted que haga, Roberto?

Roberto paseó de un lado a otro del cuarto, mirando al suelo; de repente

se detuvo ante Esther.

--¿Usted quiere que le hable con entera franqueza?

--Sí, con entera franqueza; como hablaría usted con un camarada.

--Pues, bien, entonces yo creo que lo que debe usted hacer es, no sé si

el consejo le parecerá a usted brutal...

--Diga usted.

--Lo que creo que debe usted hacer es separarse de su marido.

Esther calló.

--Ha caído usted en manos, no de un infame, ni de un canalla, pero sí en

manos de un desgraciado, de un pobre imbécil, sin talento, sin energía,

incapaz de vivir e incapaz de comprender a usted.

--¿Y qué voy a hacer?

--¿Qué? Volver a su vida pasada, a sus lecciones de piano y de inglés.

¿Es que le sería a usted dolorosa la separación?

--No, al revés; puede usted creerlo, no siento el menor cariño por

Bernardo; me inspira lástima y repulsión. Es más, no lo he querido

nunca.

--Entonces, ¿por qué se casó usted con él?

--Qué sé yo. La fatalidad, el consejo pérfido de una amiga, el no

conocerle; fué una de esas cosas que se hacen sin saber por qué. Al día

siguiente estaba arrepentida.

--Lo creo. Yo cuando supe que Bernardo se casaba, pensé: Será alguna

aventurera que quiere legitimar su situación con un hombre; luego,

cuando la fuí conociendo a usted, me pregunté: ¿Cómo ha podido esta

mujer engañarse con un hombre tan insignificante como Bernardo? No hay

explicación. Ni dinero, ni talento, ni energía. ¿Qué le ha impulsado a

una mujer ilustrada, de corazón, a casarse con un tipo así? Nunca me lo

he podido explicar. ¿Es que creyó usted ver en él un artista, un hombre,

aunque pobre, dispuesto a trabajar y a luchar?

--No, me hicieron ver todo esto. Para que comprenda usted mi decisión,

tendría que contarle mi vida, desde que llegué a Madrid con mi madre.

Vivíamos las dos modestamente con una pequeña pensión que nos mandaba un

pariente de París. Yo había concluído de estudiar en el Conservatorio y

buscaba lecciones. Tenía dos o tres de piano, y una de inglés, con lo

que sacaba bastante para mis gastos. En esta situación se puso enferma

mi madre, perdí mis lecciones para atenderla y me ví en una situación

angustiosísima. Luego cuando murió, me encontraba sola en una casa de

huéspedes, asediada por hombres que me hacían proposiciones indignas a

todas horas; correteando por las calles para encontrar una plaza de

institutriz; verdaderamente desesperada. Crea usted que hubo días en que

sentí la tentación de suicidarme, de echarme a la mala vida, de tomar

una resolución extrema para no tener ya que pensar. En esta situación un

día leo en un periódico que una señora inglesa que se hospedaba en el

hotel de París quería una señorita de compañía que conociera bien el

español y el inglés. Me presento en el hotel, espero a la señora y ésta

me recibe con los brazos abiertos y me trata como a una hermana. Puede

usted comprender mi satisfacción y mi gratitud. Nunca he sido ingrata;

si en aquella época mi protectora me hubiera pedido la vida se la

hubiese dado con gusto. Créalo usted. Esta señora era aficionada a

pintar y acostumbraba ir al Museo; yo solía acompañarla. Entre los que

copiaban en el Museo había un joven alemán, alto, rubio, amigo de mi

protectora, que comenzó a hacerme el amor. Yo le encontraba petulante y

poco simpático. Cuando mi protectora notó que el pintor me galanteaba,

se incomodó mucho y me dijo que era un perdido, un canalla cínico; hizo

un retrato horrible de él, lo pintó como un egoísta depravado. Yo, que

no sentía gran simpatía por el alemán, escuché los consejos de mi

protectora y le manifesté al pintor claramente mi desprecio. A pesar de

esto, Oswald, así se llamaba, insistía, cuando apareció allí Bernardo.

Creo que conocía algo al alemán, y un día habló con nosotras. Entonces

mi protectora hizo, sin que yo lo advirtiera, una labor contraria a la

que había hecho con Oswald; me alabó a Bernardo a todas horas, me dijo

que era un gran artista, de un talento superior, de una sensibilidad

exquisita, un corazón de oro; me dijo que me adoraba. Efectivamente,

recibí cartas de él encantadoras, llenas de sentimientos delicados, que

me conmovieron. Ella, mi protectora, facilitó nuestras entrevistas,

excitó mi imaginación, me impulsó a este matrimonio desdichado, y

viéndome casada se fué de Madrid. A las dos o tres semanas de

matrimonio, Bernardo me confesó riendo que las cartas que me había

escrito se las había dictado Fanny.

--¿Fanny dice usted?--preguntó Roberto.

--Sí; ¿la conoce usted?

--Creo que sí.

--Estaba ella enamorada de Oswald. Había hecho para impedir que Oswald

me galantease una gran perfidia. Después de salvarme de la miseria, me

ha llevado a una situación aun peor que aquélla en que me encontró.

Abusó de la confianza ciega que en ella tenía. Pero me vengaré, sí, me

vengaré. Fanny está aquí con Oswald. Los he visto. Le he escrito a él

citándole para mañana.

--Ha hecho usted mal, Esther.

--¿Por qué? ¿Se juega así con la vida de una persona?

--¿Qué adelantará usted con eso?

--Vengarme; ¿le parece a usted poco?

--Poco. Si ha conservado usted cariño por Oswald, es otra cosa.

--No, yo no. No le quiero; pero no dejaré a Fanny sin castigar su

perfidia.

--¿Llegaría usted al adulterio por la venganza?

--¿Y quién le ha dicho a usted que llegaría al adulterio? Además, en mí

sería un derecho, no una falta.

--Haría usted además desgraciado a Oswald.

--¿No me han hecho desgraciada a mí?

Esther se hallaba presa de una gran excitación.

--¿Cree usted que mañana vendrá Oswald a esta casa?--le preguntó

Roberto.

--Sí, creo que sí.

--Esta protectora de usted, ¿es alta, delgada, con ojos grises?

--¡Sí!

--Es mi prima.

--¿Su prima de usted?

--Sí. Le advierto a usted que es muy violenta.

--Lo sé.

--Que es capaz de atacarle a usted en cualquier parte.

--Lo sé también.

--¿Ha pensado usted con calma en su resolución? Como comprenderá usted,

un hombre a quien se le cita y se le dice: «--Si no le correspondí a

usted fué porque me engañaron respecto a usted, y me dijeron que era

usted lo que no era», ese hombre no puede resignarse a oir

tranquilamente esta confidencia.

--¿Y qué va a hacer?

--Buscará una compensación. Nadie se resigna a ser un instrumento de

venganza ajena. Usted perturba la tranquilidad de ese hombre.

--¿No perturbaron la mía?

--Sí; pero vengar la perfidia de Fanny en su amante, no me parece justo.

--No me importa. Sólo una cosa me haría olvidar mi venganza.

--¿Cuál?

--El que le pudiera ocasionar a usted algún perjuicio. Usted ha sido

bueno para mí--murmuró Esther ruborizándose.

--No, a mí ningún perjuicio puede ocasionarme, pero a usted sí. Fanny es

colérica.

--¿Quiere usted venir mañana?

--Pero yo, ¿con qué derecho voy a intervenir?

--¿No es usted amigo mío?

--Sí.

--Entonces venga usted.

Mala Hierba · 第 7 / 16 段