fuera una imprenta. Empujó Roberto una puertecilla y entraron en un
sótano negro, iluminado por la puerta de un patio húmedo y sucio. Un
tabique recién blanqueado, en donde se señalaban huellas impresas de
dedos y de manos enteras, dividía este sótano en dos compartimentos. Se
amontonaban en el primero una porción de cosas polvorientas; el otro, el
interior, parecía barnizado de negro; una ventana lo iluminaba; cerca de
ella arrancaba una escalera estrecha y resbaladiza que desaparecía en el
techo. En medio de este segundo compartimento un hombre barbudo, flaco y
negro, subido en una prensa grande, colocaba el papel que allí parecía
blanco como la nieve sobre la platina de la máquina, y otro hombre lo
recogía. En un rincón funcionaba trabajosamente un motor de gas que
movía la prensa.
Subieron Manuel y Roberto por la escalera a un cuarto largo y estrecho
que recibía la luz por dos ventanas a un patio.
Adosadas a las paredes y en medio estaban los casilleros de las letras,
y sobre ellos colgaban algunas lámparas eléctricas, envueltas en
cucuruchos de papel de periódico, que servían de pantalla.
En las cajas trabajaban tres hombres y un chico; uno de los hombres
cojo, de blusa azul larga, sombrero hongo, aspecto de mal humor, con los
anteojos puestos, se paseaba de un lado a otro.
Roberto saludó al señor cojo y le entregó la carta de Sandoval. El cojo
cogió la carta y gruñó malhumorado:
--No sé para que me vienen con estas comisiones. ¡Maldita sea la!...
--Este es el chico a quien hay que enseñarle el oficio--interrumpió
Roberto fríamente.
--Como no le enseñe yo la...--y el cojo soltó diez o doce barbaridades y
un rosario de blasfemias.
--¿Hoy está usted de mal humor?
--Estoy como me da la gana... tanto amolar... porque me sale así de los
santísimos... ¿Sabe usted?
--Bueno, hombre, bueno--repuso Roberto, y añadió en un aparte alto de
teatro, de los que oye todo el mundo:--¡Qué paciencia hay que tener con
este animal!
--Es una broma--siguió diciendo el cojo sin hacer caso del aparte--; que
el chico quiere aprender el oficio, ¿y a mí qué?; que no tiene que
comer, ¿y a mí qué? Que se vaya con dos mil pares... con viento fresco.
--¿Le va usted a enseñar o no, señor Sánchez? Yo tengo que hacer, no
quiero perder el tiempo.
--¡Ah, usted no quiere perder el tiempo! Pues váyase usted, hombre; a
bien que yo no necesito que se quede usted aquí, que se quede el chico;
usted aquí estorba.
--Gracias. Tú quédate aquí--dijo Roberto a Manuel--, ya te dirán lo que
tienes que hacer.
Manuel quedó perplejo, vió a su protector que se marchaba, miró a todos
lados, y viendo que no le hacían caso se fué acercando a la escalera y
bajó dos peldaños.
--¡Eh! ¿Adónde vas?--le gritó el cojo--. ¿Es que quieres o no quieres
aprender el oficio? ¿Qué es esto?
Manuel quedó nuevamente confuso.
--Eh, tú, Yaco--gritó el cojo, dirigiéndose a uno de los hombres que
trabajaban--, enséñale la caja a este choto.
El aludido, un hombrecillo flaco y muy moreno, con una barba negrísima,
que trabajaba con una rapidez asombrosa, echó una mirada indiferente a
Manuel y volvió a su trabajo.
El chico permaneció inmóvil, y viéndolo así el otro cajista, un joven
rubio, de aspecto enfermizo, le dijo al compañero de la barba en tono
burlón, con una canturia extraña:
--¡Ah, Yaco! ¿por qué no le enseñas al muchacho las letras?
--Enséñale tú--contestó el que llamaban Yaco.
--Ah, Yaco, veo que la ley de Moisés os hace muy egoístas, Yaco. ¿No
quieres perder tiempo, Yaco?
El de la barba arrojó a su compañero una mirada siniestra; el rubio se
echó a reir y le indicó a Manuel en dónde estaban las letras; después
trajo una columna impresa que sacó rápidamente de un marco de hierro, y
dijo:
--Ves echando cada letra en su cajetín.
Manuel comenzó a hacerlo con mucha lentitud.
El cajista rubio llevaba una blusa azul larga y un sombrero hongo, a un
lado de la cabeza. Inclinado sobre el chibalete, con los ojos muy cerca
de las cuartillas, el componedor en la mano izquierda, hacía líneas con
una rapidez extraordinaria; su mano derecha saltaba vertiginosamente de
cajetín a cajetín.
Con frecuencia se paraba a encender un cigarro, miraba a su barbudo
compañero y le preguntaba una cosa, o muy tonta o de esas que no tienen
contestación posible, en tono jovial, pregunta a la cual el otro no
contestaba más que con una mirada siniestra de sus ojos negros.
Dieron las doce, dejaron todos el trabajo y se fueron. Manuel quedó solo
en la imprenta. Al principio abrigó la esperanza de que le darían algo
de comer; luego pudo convencerse de que nadie se había preocupado de su
alimentación. Reconoció la imprenta; nada, por desgracia, era
comestible; pensó que quizás aquellos rodillos, quitándoles la tinta de
encima, podrían ser aprovechados, pero no se decidió.
A las dos volvió Yaco; poco después el rubio, que se llamaba Jesús, y
comenzaron de nuevo el trabajo. Manuel siguió en su tarea de
distribución de letras, y Jesús y Yaco en la de componer.
El cojo corregía galeradas, las entintaba, sacaba una prueba poniendo
encima de ellas un papel y golpeando con un mazo, y después, con unas
pinzas, extraía unas letras y las iba substituyendo por otras.
Jesús a media tarde dejó de componer, cambió de faena, cogía las
galeradas, atadas con un bramante, las soltaba, formaba columnas, las
metía en un marco de hierro y las sujetaba dentro con cuñas.
El marco se lo llevaba uno de los maquinistas del sótano y volvía con él
al cabo de una hora. Jesús substituía en el marco de hierro unas
columnas por otras y se llevaban de nuevo la forma. Poco después se
repetía la misma operación.
Luego de trabajar toda la tarde iban a salir a las siete, cuando Manuel
se acercó a Jesús y le dijo:
--¿No me dará el amo de comer?
--¡Quia!
--Yo no tengo dinero; no he podido tampoco almorzar.
--¿Ah, no? Anda, vente conmigo.
Salieron juntos de la imprenta y entraron en una tabernucha de la calle
de Silva, en donde comía Jesús. Habló éste con el tabernero y después le
dijo a Manuel:
--Aquí te darán el cocido de fiado. Yo he respondido por ti. A ver si no
haces una charranada.
--Descuide usted.
--Bueno, vamos adentro, hoy convido yo.
Penetraron en el interior de la tasca y se sentaron los dos en una mesa.
Les trajeron una fuente con guisado, pan y vino. Mientras comían, Jesús
contó de una manera humorística una porción de anécdotas del amo de la
imprenta, de los periodistas y, sobre todo, de Yaco, el de la barba, que
era judío, muy buena persona, pero avaro y sórdido hasta perderse de
vista.
Jesús le solía tomar el pelo y le incomodaba para oirle.
Al concluir de cenar, Jesús preguntó a Manuel:
--¿Tienes sitio donde dormir?
--No.
--Ahí, en la imprenta, debe haber.
Volvieron a la imprenta, y el cajista le pidió al cojo que permitiera a
Manuel dormir en algún rincón.
--Moler--exclamó el cojo--, esto va a ser el asilo de la Montaña. ¡Vaya
una golfería! Porque el cojo será muy malo pero aquí todo el mundo
viene. Claro. A la _gandinga_.
Gruñendo, como era su costumbre, el cojo abrió un cuartucho, al que se
subía por unas escaleras, lleno de grabados envueltos en papeles, y
después señaló un rincón, en donde había paja de jergones y unas mantas.
Durmió Manuel en la covacha hecho un príncipe.
Al día siguiente, el dueño le mandó ir al sótano.
--Mira lo que hace éste y luego haz tú lo mismo--le dijo, indicándole
al hombre flaco y barbudo subido a la plataforma de la máquina.
Cogía éste una hoja de papel de un montón y la colocaba sobre la
platina, venían al momento las lengüetas de la prensa a agarrar la hoja
con la seguridad de los dedos de una mano; al movimiento del volante, la
máquina tragaba el papel y al poco rato salía impreso por un lado, y
unas varillas, como las de un abanico, lo depositaban automáticamente en
una platina baja. Manuel aprendió pronto la maniobra.
El amo dispuso que Manuel trabajase por la mañana en las cajas, y por la
tarde, y parte de la noche, en la máquina, y le asignó seis reales de
jornal al día. Por la tarde se podía aguantar el trabajo en el sótano,
pero de noche imposible. Entre el motor de gas y los quinqués de
petróleo quedaba la atmósfera asfixiante.
A la semana de estar allí, Manuel había intimado con Jesús y con Yaco y
se tuteaba con los dos.
Jesús le aconsejaba a Manuel el que se aplicase en las cajas y
aprendiera pronto a componer.
--Al menos se tiene la pitanza segura.
--Pero es muy difícil--decía Manuel.
--Quia, hombre, acostumbrándose es más sencillo que cargar cubas de
agua.
Manuel trabajaba siempre que podía, esforzándose en adquirir ligereza;
algunas noches hacía líneas, y era para él un motivo de orgullo el
verlas después impresas.
Jesús se entretenía en embromar al judío, remedándole en su manera de
hablar. Habían vivido los dos algunos meses en la misma casa. Yaco
(Jacob era su nombre) con su familia, y Jesús con sus dos hermanas.
Le entusiasmaba a Jesús sacar a Jacob de sus casillas y oirle decir
maldiciones pintorescas en su lengua melosa y suave, arrastrando las
eses.
Según decía Jesús, en casa de Jacob hablaban su mujer, su suegro y él,
en la más extraña jerigonza que imaginarse puede, una mezcla de árabe y
de castellano arcaico que sonaba a algo muy raro.
--¿Te acuerdas, Yaco--le decía Jesús remedándole--, cuando llevaste a
Mesoda, a tu mujer, aquel canario? Y te preguntaba ella: ¡Ah, Yaco! ¿qué
es ese _pasharo_ que tiene las plumas _amarias_? Y tú le contestabas:
¡Ah, Mesoda!, este _pasharo_ es un canario y te lo traigo para _tú_.
Jacob, al ver que todo el mundo se reía, lanzaba una mirada terrible a
Jesús y le decía:
--¡Ah _roín_, te venga un dardo que borre tu nombre del libro de los
vivos!
--Y cuando Mesoda--proseguía, Jesús te decía--: Finca aquí, Yaco, finca
aquí. ¡Ah, Yaco, qué mala estoy! Tengo una paloma en el _corasón_, un
_martio_ en cada sién y un _pescao_ en la nuca. ¡Llámale a mi _babá_,
que me traiga una ramita de _letuario_, Yaco!
Estas intimidades de su hogar, tratadas en broma, exasperaban a Jacob, y
oyéndolas se exaltaba, y sus imprecaciones podían dejar atrás las de
Camila.
--No respetas la familia, perro, terminaba diciendo.
--¡La familia!--le replicaba Jesús--. Lo primero que debe hacer uno es
olvidarla. Los padres y los hermanos, y los tíos y los primos, no
sirven mas que para hacerle a uno la pascua. Lo primero que un hombre
debe aprender es a desobedecer a sus padres y a no creer en el Eterno.
--Calla _cafer_, calla. Te veas como el _vapó_ con agua en los lados y
fuego en el _corasón_. Te barra la escoba negra si sigues blasfemando
así.
Jesús se reía y, después de oirle hablar a Jacob, añadía:
--Hace unos miles de años, este animal que ahora no es más que un
tipógrafo, hubiera sido un profeta y estaría en la Biblia al lado de
Matatías, de Zabulón y de toda esa morralla.
--No digas necedades--replicaba Jacob.
Después de la discusión, Jesús le decía:
--Tú ya sabes, Yaco, que nos separa un abismo de ideas; pero a pesar de
esto, si quieres aceptar el convite de un cristiano, te convido a una
copa.
Jacob movía la cabeza y aceptaba.
CAPÍTULO II
LOS NOMBRES DE LOS SAPOS.--EL DIRECTOR DE «LOS DEBATES» Y SUS
REDACTORES.
SÁNCHEZ Gómez el impresor, a quien también se le conocía por el mote del
Plancheta, aunque trabajaba como obrero era hombre rico; tenía un humor
endiablado y desigual, una jovialidad corrosiva y un fondo de buen
corazón.
Era el impresor más pintoresco y multiforme de Madrid, y su negocio, el
más complicado e interesante.
Este solo dato bastaba para juzgarle: con una sola prensa, movida por un
motor de gas, de los antiguos, publicaba nueve periódicos, cuyos títulos
nadie podría encontrar insignificantes.
_Los Debates, El Porvenir, La Nación, La Tarde, El Radical, La Mañana,
El Mundo, El Tiempo y La Prensa;_ todos estos diarios importantes nacían
en el sótano de la imprenta. A cualquier hombre vulgar le parecía esto
imposible; para Sánchez Gómez, aquel Proteo de la tipografía, la palabra
imposible no existía en el diccionario.
Cada periódico importante de éstos tenía una columna suya; y lo demás,
información, artículos literarios, anuncios, folletín, noticias, era
común a todos.
Sánchez Gómez hermanaba en sus periódicos el individualismo y el
colectivismo. Cada uno de sus órganos gozaba de su autonomía e
independencia en absoluto y, sin embargo, cada uno de ellos se parecía
al otro como dos gotas de agua. El cojo realizaba en sus publicaciones
la unidad y la variedad.
_El Radical_, por ejemplo, furibundo republicano, dedicaba la primera
columna a faltar al Gobierno y a los curas; pero sus noticias eran las
mismas que las de _El Mundo_, diario conservador impenitente que
empleaba la primera columna en defender la Iglesia, esa arca santa de
nuestras tradiciones; la Monarquía, esa gloriosa institución, símbolo de
nuestra Patria; el Ejercito, baluarte firmísimo de nuestra nacionalidad;
la Constitución, ese compendio de nuestras libertades públicas...
De todos los periódicos allí impresos, _Los Debates_ constituían un buen
negocio para su propietario, don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar. Era
_Los Debates_--utilizando los símiles empleados en el diario--terrible
ariete contra el bolsillo de los políticos, fortaleza inexpugnable para
las exigencias de los acreedores.
El _chantage_, en manos del director del periódico, se convertía en
terrible arma de combate; ni la catapulta antigua ni el cañón de treinta
y seis podía comparársele.
El periódico de don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar disponía de tres
columnas propias.
Estas columnas las fabricaba un gallegote, macizo y grueso, de aspecto
cerril, que escribía muy intencionadamente, llamado González Parla, y un
señor Fresneda, muy flaco, muy espiritado, muy bien vestido y siempre
muerto de hambre.
Langairiños, el Superhombre, pertenecía a la redacción de _Los Debates_,
pero sólo en una parte alícuota, pues sus producciones geniales se
estampaban en los nueve sapos nacidos en el sótano de la imprenta de
Sánchez Gómez.
Indudablemente, es hora de presentar a Langairiños. Le llamaban, en
broma, los periodistas el Superhombre y, abreviando, el Súper, porque
siempre estaba hablando del advenimiento del superhombre de Nietzsche,
sin comprender que, en broma y todo, no le hacían más que justicia.
Era lo más alto, lo más excelso de la redacción; unas veces se firmaba
Máximo, otras Mínimo; pero su nombre, su verdadero nombre, el que
inmortalizaba diariamente, y diariamente, cada vez más, en _Los Debates_
o en _El Tiempo_, en _El Mundo_ o en _El Radical_, era Ernesto
Langairiños.
¡Langairiños! Nombre dulce y sonoro, algo así como una brisa fresca en
una tarde de verano, ¡Langairiños! Un sueño.
El gran Langairiños tenía entre treinta y cuarenta años; abdomen
pronunciado, nariz aquilina y barba negra, fuerte y tupida.
Algún imbécil de los que le odiaban, al verle tan vertebrado y cerebral,
alguna de esas serpientes que tratan de morder en el acero de las
grandes personalidades, aseguraba que el aspecto de Langairiños era
grotesco, aseveración falsa a todas luces, pues, a pesar de que su
indumentaria no reunía las condiciones exigidas por el más estrecho
dandysmo; a pesar de que casi constantemente sus pantalones mostraban
rodilleras y flecos y sus americanas constelaciones de manchas; a pesar
de todo esto, su elegancia natural, su aire de superioridad y de
distinción borraba tan ligeras imperfecciones, bien así como la ola del
mar hace desaparecer las huellas en la arena de la playa.
Langairiños ejercía de crítico, y de crítico cruel; sus artículos
aparecían al mismo tiempo en nueve periódicos. Su manera impresionista
despreciaba esas frases vulgares como «la señorita Pérez rayó a gran
altura», «los caracteres están bien sostenidos en la obra» y otras de la
misma clase.
En dos apotegmas reunía aquel superhombre todas sus ideas acerca del
mundo que le rodeaba, eran dos frases terribles, de una ironía amarga y
dislacerante. Que alguno aseguraba que este político, el otro periodista
tenían influencia, dinero o talento..., él replicaba: Sí, sí, ya sé
quien dices. Que otro decía que el novelista, el dramaturgo hacían o
dejaban de hacer..., él contestaba: Bueno, bueno; por la otra puerta.
La superioridad de espíritu de Langairiños no le permitía suponer que un
hombre que no fuera él valiese más que otro.
Su obra maestra era un artículo titulado _Todos golfos_. Se trataba de
una conversación entre un maestro del periodismo--él--y un aprendiz de
periodista.
Aquel derroche de sal ática terminaba con este rasgo de humor:
_El aprendiz._--Hay que tener principios.
_El maestro._--En la mesa.
_El aprendiz._--Hay que decir las cosas con verdadera crudeza al país.
_El maestro._--Se le van a indigestar. Acuérdese usted de los garbanzos
de la casa de huéspedes.
El Superhombre escribía siempre así, de un modo terrible, shakesperiano.
A consecuencia del desgaste cerebral producido por sus trabajos
intelectuales, el Súper se encontraba neurasténico, y para curar su
enfermedad tomaba glicerofosfato de cal en las comidas y hacía gimnasia.
Manuel recordaba haber oído muchas veces en la casa de huéspedes de doña
Casiana una voz sonora que contaba valientemente y sin fatiga el número
de flexiones de piernas y de brazos. Veinticinco..., veintiséis...,
veintisiete, hasta llegar a ciento, y aun más. Aquel Bayardo de la
gimnasia se llamaba Langairiños.
Los otros dos redactores no podían compararse con Langairiños. González
Parla parecía un bárbaro por su facha de mozo de cuerda. Hablaba
brutalmente; llamaba al pan, pan, y al vino, vino; a los políticos
braguetones y a los periódicos de Sánchez Gómez, los _sapos_.
El otro redactor, Fresneda, podía apostar a finura al hombre más fino y
almibarado de Madrid. Experimentaba un verdadero placer en llamar señor
a todo el mundo. Fresneda se sostenía en pie por milagro; se pasaba la
vida muerto de hambre, pero esto no producía en él iras ni cóleras.
González Parla y Fresneda necesitaban recurrir a toda clase de
expedientes para obligar a Sampayo, el propietario de _Los Debates_, a
que les pagara algunas pesetas. La esperanza de los dos, una credencial
obtenida por intermedio del director propietario, no se realizaba nunca.
Manuel oía hablar tanto de Sampayo, que sintió curiosidad por conocerle.
Era un señor alto, erguido, de noble aspecto, de unos sesenta y tantos
años; había conseguido varias veces el cargo de Gobernador, gracias a su
mujer, una real hembra, en sus buenos tiempos, capaz de obtener
cualquier cosa de un Ministro. En los gobiernos civiles por donde pasó
el matrimonio no quedaron ni los clavos.
La mujer de Sampayo tenía buenas amistades con algunos señores ricos,
pero en justa reciprocidad era tan superhembra y tan tolerante, que
buscaba siempre criadas guapas y amables para que su marido estuviese
satisfecho.
¡Y qué espectáculo más humano presentaba el hogar! Algunas veces, cuando
llegaba la señora de Sampayo a su casa, un tanto fatigada, después de
alguna aventurilla, se encontraba a su esposo con su noble aspecto
cenando mano a mano con la criada, cuando no abrazándola cariñosamente.
El matrimonio gastaba sus ingresos íntegros; pero Sampayo era tan
diestro en el arte de crearse acreedores y de torearlos después, que
siempre encontraba medio de sacar algunos cuartos.
Una vez que González Parla, muy ceñudo, y Fresneda, muy amable, llamando
al director señor Sampayo a cada momento, le exponían su crítica
situación, Sampayo entregó a Fresneda una carta para un general
americano, pidiéndole dinero. Puso a su redactor la condición de que
todo lo que pasara de diez duros quedaría para la caja.
Al salir a la calle los dos redactores, González Parla le exigió a su
compañero la carta, y el hombre espectral se la dió.
--Yo iré a verle a ese braguetón de general--dijo González Parla--y le
sacaré las perras y nos las repartiremos. La mitad para ti y la otra
mitad para mí.
El hombre flaco acompañó al hombre gordo hasta la casa del general.
El general, un guachindanguito vestido de guacamayo, leyó la carta del
director, miró al periodista, se caló los lentes y le preguntó,
contemplándole de arriba abajo:
--¿_Uté_ es el _señó_ Fresneda?
--Sí, señor.
--¿_Etá uté_ seguro?
--Claro; soy yo.
--Pero _uté etá_ tísico, ¿no?
--¿Yo? No, señor.
--Pues eso me _disen_ en la carta, ¿sabe?... Que tiene _uté_ siete hijos
y que por su aspecto podré comprender que _etá_ en el último período de
tisis, ¿sabe?
González Parla se azoró; dijo que era verdad que no estaba tísico; pero
que había tenido un padre que había estado tísico, y como había tenido
el padre tísico, le decían los médicos que él quedaría también tísico,
que ya lo estaba en principio, de modo que aunque no lo fuera, era casi
lo mismo que si lo estuviera ya.
--Yo no comprendo eso, ¿sabe?--dijo el general, después de escuchar una
argumentación tan deficiente--; yo entiendo que eso _é_ una _macana_,
¿no? No se puede _etá_ tan gordo hallándose enfermo, ¿sabe? Pero, en
fin--y largó un billete doblado entre sus dedos--, tome y váyase, y no
sea pendejo.
--Esta gordura es falsa--replicaba humildemente González Parla, cogiendo
el billete--. Es la patata que come uno, y se escabulló avergonzado.
El billete era de cien pesetas, y se lo repartieron entre el redactor
flaco y el redactor gordo, con gran indignación de Sampayo. Este se
prometió no darles ni un céntimo durante meses.
Fresneda, en las últimas boqueadas del hambre tuvo la única frase
enérgica de toda su vida.
--Yo le daré a usted una recomendación para el ministro--le dijo el
director, contestando así a una petición de dinero.
--Para morirse de hambre, señor de Sampayo--contestó con energía no
exenta de su proverbial finura Fresneda--, no se necesitan
recomendaciones.
CAPÍTULO III
EL PARADOR DE SANTA CASILDA.--LA HISTORIA DE JACOB.--LA FEA Y LA
SINFOROSA.--LA CHICA SIN MADRE.--MALA NOCHEBUENA.
PARA la primavera Manuel componía con facilidad. Poco después, el tercer
cajista se fué, y Jesús dijo al amo que debía de poner a Manuel en la
plaza vacante.
--Pero si no sabe nada--replicó el dueño.
--¡No ha de saber! Páguele usted por líneas.
--No, le subiré el jornal.
--¿Cuánto le va usted a dar?
--Le daré ocho reales.
--Es poco. El otro ganaba doce.
--Bueno, le daré nueve; pero que no venga a dormir aquí.
El nuevo cargo emancipó a Manuel de la obligación de barrer la imprenta
y salió de su cuchitril. Jesús le llevó al parador de Santa Casilda, en
donde él vivía; un enorme caserón de un solo piso, con tres patios muy
grandes, que estaba en la ronda de Toledo. Hubiera deseado Manuel no ir
por aquellos barrios, de los que conservaba malos recuerdos; pero su
amistad con Jesús le hizo quedarse allí. Le alquilaron en el parador,
por ocho reales a la quincena, un cuartucho con una cama, una silla de
paja rota, y una estera colgada del techo, que hacía de puerta. Cuando
el viento venía del campo de San Isidro, se llenaban de humo los cuartos
y los corredores del parador de Santa Casilda. Los patios del parador
eran, poco más o menos, como los de la casa del tío Rilo, con galerías
idénticas, y puertas numeradas.
Desde la ventana del cuartucho de Manuel se veían tres depósitos,
panzudos, rojos, de la fábrica del gas, con sus soportes altos de hierro
terminados en poleas, y alrededor el Rastro; a un lado, vertederos
ennegrecidos por el carbón y las escorias; más lejos se extendía el
paisaje árido, y sus lomas calvas amarillentas se escalonaban hasta
perderse en el horizonte. Enfrente sobresalía el cerrillo de los Angeles
con su ermita en la punta.
En el cuarto inmediato al alquilado por Manuel había un carpintero y su
mujer que tenían una niña. Los dos se emborrachaban y pegaban a la chica
de una manera bestial.
Manuel estuvo muchas veces dispuesto a entrar en el cuarto, porque
suponía que aquellos bárbaros martirizaban a la niña.
Una de las mañanas que encontró a la carpintera, le dijo:
--¿Por qué pegan ustedes así a la chica?
--¿Te importa algo?
--Claro que me importa.
--¿No es mi hija? Puedo hacer con ella lo que quiera.
--Así debía haber hecho su madre con usted--le contestó--, quitarla de
en medio a palos por bruja.
Refunfuñó la mujer y Manuel se fué a la imprenta.
Por la noche, el carpintero detuvo a Manuel.
--¿Qué le has dicho tú a mi señora, eh?
--Le he dicho que no debía pegar a su hija.
--Y a ti, ¿quién te mete a decir nada?
El carpintero tenía un aspecto feroz, un entrecejo abultado y un cuello
de toro. Una gruesa vena le cruzaba la frente. Manuel no le contestó.
Afortunadamente para él el carpintero y su mujer se mudaron de la casa
pronto.