costumbre, fuera de casa; Esther se hallaba muy excitada. A las cuatro
llegó Oswald. Era un joven rubio, encarnado, chato, con los ojos rojos,
muy alto y con el pelo largo. Pareció sufrir una gran decepción al
encontrar solo a Roberto. Hablaron. A Roberto, Oswald le pareció un
pedante insoportable. Tomó la palabra para decir, en un tono de dómine,
que no podía aguantar a los españoles ni a los franceses. Iba a escribir
un libro, el _Antilatino_, considerando los pueblos latinos como
degenerados, que deben conquistar cuanto antes los germanos. Le
indignaba que se hablara de Francia. Francia no existía; Francia no
había hecho nada. Francia tenía a su alrededor la muralla de la China.
Como ha dicho Bjorson, desde hace mucho tiempo, el mundo tiene como el
mejor músico a Wagner; como el mejor dramaturgo, a Ibsen; como el mejor
novelista, a Tolstoi; como el mejor pintor a Bocklin; sin embargo, en
Francia se sigue hablando de Sardou, de Mirbeau y de otros imbéciles por
el estilo. Los escritores originales de París plagian a Nietzsche; los
músicos latinos han copiado y saqueado a los alemanes; la ciencia
francesa no existe, ni la filosofía, ni el arte. El hecho histórico de
Francia era una completa ilusión. Toda la raza latina era una raza
despreciable.
Roberto no contestó a esto y observó atentamente a Oswald. ¡Le parecía
tan absurdo, tan pedantesco aquel nombre largo, a quien citaba una mujer
y hablaba de sociología!
Entró Esther. La saludó el alemán muy gravemente, y le preguntó de
sopetón el motivo de la cita. Esther nada dijo; Roberto, discretamente,
salió del taller y comenzó a pasear por el corredor.
--¿Sabe Fanny que ha venido usted aquí?--dijo Esther a Oswald.
--Sí, creo que sí.
--Me alegro.
--¿Por qué?
---Porque vendrá también ella.
--¿Tiene algo que ver en este asunto?
--Sí. ¿Hace tiempo que vive con usted?
--Sí, ya hace tiempo.
Callaron los dos y esperaron sin hablarse en una situación embarazosa.
De pronto se oyó un campanillazo formidable.
--Aquí está ella--dijo Esther, y abrió la puerta.
Penetró Fanny en el estudio. Venía pálida, descompuesta.
--¿No me esperabas?--preguntó a Esther.
--Sí, sabía que vendría usted.
--¿Qué le quieres a Oswald?
--Nada, quiero decirle qué clase de mujer es usted; quiero contarle sus
perfidias nada más. Usted ha cometido conmigo, que me fiaba en usted
como en mi madre, una acción villana; usted me ha vendido. Me dijo usted
que Oswald había engañado una mujer para abandonarla después.
--¡Yo!--dijo con asombro el pintor.
--Si, usted; ella me lo contó; me dijo también que usted era un pintor
despreciable y sin talento.
Fanny, asombrada, desprevenida, no contestó una palabra.
--Durante el tiempo que usted y yo nos tratamos--siguió diciendo Esther
dirigiéndose a Oswald--no dejó ocasión de hablar mal de usted, de
insultarle; decía que usted quería seducirme; le pintaba a usted como un
malvado, como un canalla, como un hombre repugnante...
--¡Mientes, mientes!--gritó Fanny con voz chillona.
--Digo la verdad, sólo la verdad. Yo entonces creí que sus consejos eran
por mi bien, por el cariño que me tenía; después ví que había cometido
conmigo la perfidia más grande, más inicua que se puede cometer,
valiéndose del ascendiente que tenía sobre mí.
--Pero usted me escribió una carta--dijo Oswald.
--Yo, no.
--Sí, una carta en que contestaba con burlas a mis palabras.
--No, yo no he escrito esa carta, la escribiría Fanny, que quería a todo
trance apartarle a usted de mí.
--¡Oh! Ha matado mi vida--exclamó Oswald de un modo enfático, y se sentó
junto a la mesa y apoyó la frente en su mano; luego se levantó de la
silla y comenzó a pasear de un ladro a otro del cuarto.
--Esta es la verdad, la pura verdad--afirmó Esther--, y quería que la
supiera usted, y delante de ella, que no podrá desmentirme. A mí me ha
hecho desgraciada, pero ella no gozará tranquilamente de su perfidia.
--¡Ha matado mi vida!--repitió Oswald con su tono enfático.
--Ella. Ha sido ella.
--Te mataré--gritó Fanny con voz ronca, agarrando de los brazos a
Esther.
--¿Pero ahora sabe usted que lo que ha dicho de mí es mentira?--preguntó
Oswald.
--Sí.
--Ahora ¿podrá usted oirme?
--Ahora, ja... ja...--rió Fanny--; ahora tiene un amante.
--No es cierto--exclamó Esther.
--Sí lo es, viene todos los días a verte. Es uno rubio. No lo puedes
negar.
--¡Ah! Estaba aquí hace un momento--dijo Oswald.
--No es mi amante, es un amigo.
--¿Pero por qué le has llamado a Oswald--gritó Fanny con rabia--. ¿Es
que le quieres?
--¡Yo, no!; pero quiero enseñarle a usted que no se juega con la vida de
los demás, como usted jugó con la mía. Me engañó usted; ya me he
vengado.
--Te mataré--volvió a gritar Fanny, y agarró del cuello a Esther.
--¡Roberto! ¡Roberto!--clamó Esther asustada.
Apareció éste en el taller, cogió a su prima del brazo y violentamente
la hizo separarse de Esther.
--¡Ah! ¿Eres tú, Bob?--dijo Fanny serenándose inmediatamente--; has
venido a tiempo, iba a matarla.
La entrada de Roberto apaciguó un tanto los ánimos; se sentaron los
cuatro y hablaron. Discutieron el caso como si se tratara de un problema
de ajedrez. Fanny quería a Oswald. Oswald estaba enamorado de Esther, y
Esther no sentía inclinación alguna por el pintor. ¿Cómo iban a
arreglarse? Nadie cedía; además, hablando se perdían en laberínticos
análisis psicológicos que no conducían a nada. Había obscurecido; Esther
encendió el quinqué y lo colocó sobre la mesa. La discusión continuaba
en frío; Oswald hablaba monótonamente.
--Sé tú el árbitro--dijo Fanny a Roberto.
--Yo, con que cada uno vaya por su lado creo que resuelven su conflicto.
Pero fuera del perjuicio moral, tú, Fanny, has producido a Esther un
perjuicio material grandísimo.
--Estoy dispuesta a indemnizarla.
--Yo nada quiero de usted--exclamó Esther.
--No; perdone usted--dijo Roberto--, perdone usted que tercie en este
asunto. Tú, Fanny, tienes una gran fortuna, una alta posición social;
Esther, en cambio, se encuentra, por tu causa, con su porvenir truncado,
tiene que ganar su vida, y tú no conoces lo que es esto; pero yo, que lo
conozco, sé lo amargo y lo triste que es. Esther podía haber vivido
tranquilamente; por tu culpa se ve así.
--Ya he dicho que estoy dispuesta a indemnizarla.
--Yo he dicho también que no quiero nada de usted.
--No; usted debe dejarme a mí arreglar este asunto, Esther. ¿Mañana
podré verte, Fanny?
--Toda la tarde te esperaré.
--Está bien; trataremos de este asunto.
Fanny se levantó para salir; saludó ligeramente a Esther y tendió la
mano a su primo.
--¿Sin rencor?--le preguntó Roberto.
--Sin rencor--afirmó ella dando una sacudida violenta a la mano de
Roberto.
Oswald salió sombrío y humillado con Fanny. Esther y Roberto quedaron
solos en el taller.
--¿Sabe usted una cosa?--dijo Roberto riendo.
-¿Qué?
--Que no hubiera usted ganado gran cosa casándose con Oswald en vez de
casarse con Bernardo... Adiós, hasta mañana.
--Me abandona usted, Roberto--murmuró Esther con melancolía.
--No; vendré mañana a ver a usted.
--No quiero estar en esta casa. Lléveme usted de aquí, Roberto.
--¿No le parece a usted peligroso?
--¿Peligroso? ¿Para quién? ¿Para usted o para mí?
--Para los dos quizá.
--¡Oh! para mí no. Quisiera salir de aquí, no ver a Bernardo, que no me
moleste.
--No le molestará ya más.
--Lléveme usted de aquí a cualquier parte.
--Mire usted, Esther; yo soy un hombre que va por la vida en línea
recta. Es mi única fuerza; tengo orejeras como los caballos y no me
desvío de mi camino. Mis dos aspiraciones son hacer una fortuna y
casarme con una mujer; todo lo demás es para mí una tardanza en
conseguir mis fines.
--¿Y yo entro en todo lo demás?
--Sí, porque si no me desviaría de mi camino.
--Es usted inflexible.
--Sí; pero lo soy también conmigo mismo. Usted se encuentra en una
situación difícil. Se ha casado usted con un hombre hace un año, no
enamorada de él, es cierto, pero creyendo que era un hombre leal,
trabajador, a quien llegaría usted a querer; ese hombre ha resultado un
miserable embrutecido, depravado, sin sentido moral. Se siente usted
ofendida en su orgullo de mujer, de mujer enérgica y buena, yo lo
comprendo. Quiere usted encontrar una tabla de salvación.
--Y usted me dice fríamente: Yo no puedo ser el que te salve; yo tengo
otras aspiraciones, yo no me fijo si en mi camino hay gente que agoniza
porque nadie le entiende, yo sigo adelante.
--Es verdad; yo sigo adelante. ¿Es que sería mejor lo que otro
cualquiera, lo que un hombre galante, haría en mi posición?
¿Aprovecharse de su desconcierto, y hacer que usted fuera mi querida, y
luego, después, dejarle a usted abandonada? Yo tengo mi conciencia.
Quizá sea rectilínea como mis aspiraciones; es así.
--No hay salvación; mi vida está aniquilada--murmuró Esther con la
mirada brillante.
--No; hay el trabajo. No todos los hombres son mezquinos y miserables;
luchar, ¡si esa es la vida!; vale más la inquietud, el ajetreo continuo,
la alternativa continua de placeres y dolores que no el estancamiento.
Esther se enjugó una lágrima con el pañuelo.
--Adiós; trataré de seguir sus consejos--y tendió su mano.
Roberto la tomó, y con su aire de caballero se inclinó y la besó.
Iba a marcharse, cuando ella murmuró con angustia, con la voz de un niño
que implora:
--¡Oh, no se vaya usted!
Roberto volvió.
--Yo no le desviaré de su camine--exclamó Esther--. Lléveme usted de
aquí. No, no me quejaré; seré como una hermana; como una criada, si
usted quiere. Haga usted de mí lo que quiera, pero no me abandone.
Cualquiera se aprovecharía de mi debilidad y sería peor para mí.
--Vamos--murmuró Roberto emocionado--. ¿No le va usted a avisar a
Bernardo?
Esther cogió un papel de cartas y escribió con letras grandes; «No me
esperes; no vuelvo». Luego se puso el sombrero nerviosamente y se acercó
a Roberto que esperaba a la puerta.
--Pero si no quiere usted acompañarme no lo haga usted, Roberto. Por
compromiso, no--dijo Esther con los ojos llenos de lágrimas.
--Ha dicho usted que sería mi hermana, vamos--repuso él con cariño. Ella
entonces se refugió en su pecho; él, apartando con la mano los rizos de
la frente, la besó con dulzura.
--No, así no, así no--exclamó Esther temblando, y agarrando a Roberto
por las muñecas le presentó los labios.
Roberto perdió la cabeza y los besó frenético. Esther se abrazó a su
cuello; un sollozo largo de dolor y de deseo le hizo temblar de la
cabeza a los pies.
--¿Vamos?
--Vamos.
Salieron de casa.
Unas horas después, Bernardo Santín, con la carta de su mujer en la
mano, murmuraba:
--¿Y mi padre? ¿Qué va a ser de mi pobre padre?
CAPÍTULO V
PARO GENERAL.--JUERGAS.--EL BAILE DEL FRONTÓN. LA INICIACIÓN DEL AMOR.
LA hermana de Jesús aceptó con gran entusiasmo a los dos huérfanos
recogidos por el cajista el día de Nochebuena, y la Salvadora y el
chiquitín entraron a formar parte de la familia.
Tenía la Salvadora un genio huraño y despótico, una afición a limpiar, a
barrer, a fregar, a sacudir, que a Jesús y a Manuel les fastidiaba; le
gustaba ordenar y disponer; todo lo que tenía de esmirriada lo tenía de
enérgica. Ella dispuso llevar la comida a Jesús y a Manuel, porque
gastaban mucho en la taberna, y al medio día, con un cesto que abultaba
más que ella, iba a la imprenta. En tres meses de ahorros, la Fea y la
Salvadora compraron en una casa de empeños una máquina de coser nueva.
--La chica esta no nos va a dejar vivir--decía Jesús.
La vida del cajista se había normalizado; no se emborrachaba; pero, a
pesar de los cuidados de su hermana y de la Salvadora, estaba cada vez
más sombrío y más tétrico.
Un día de invierno en que habían cobrado el jornal, al salir de la
imprenta, Jesús le preguntó a Manuel:
--Oye, ¿no estás tú cansado de trabajar?
--¡Pse!
--¿No te da asco esta vida tan igual y tan monótona?
--¿Y qué le vas a hacer?
--Cualquier cosa preferiría yo a esto.
--¡Si estuvieras solo como yo!
--La Fea y la Salvadora se arreglan ya para vivir--dijo Jesús--. En la
primavera--añadió--tenían que hacer los dos un viaje a pie por los
caminos, trabajando un poco en cada lado y siempre viendo pueblos
nuevos. Sabía que en el Ministerio de la Gobernación daban un socorro,
que consistía en dos reales por cada pueblo por donde se pasara. Si
lograban ellos el socorro, inmediatamente debían marcharse.
Charlando de estas cosas iban por la plaza del Progreso, cuando pasó por
delante de ellos una estudiantina tocando un alegre pasodoble. Empezaba
a nevar; hacía mucho frío.
--¿Vamos a cenar hoy bien?--dijo Jesús.
--En casa nos estarán esperando.
--¡Que esperen! Un día es un día. Vamos a estar ahí toda la vida
pensando en ahorrar dos perras gordas. ¡Ahorrar!, ¿para qué?
Volvieron sobre sus pasos, recorrieron la calle de Barrionuevo y en la
de la Paz entraron en una taberna y dispusieron la cena. Mientras
cenaban hablaron del viaje proyectado con entusiasmo. Brindaron una
porción de veces. Manuel nunca había estado tan alegre. Se encontraba
decidido, con alientos para explorar el Polo Norte.
--Ahora hay que ir al baile del Frontón--murmuró Jesús con voz
estropajosa a los postres--. Allí encontraremos unas golfas y, ¡venga
juerga!, y la imprenta _pa_ el gato.
--Eso es--repetía Manuel--, ¡al baile! Y al cojo que le den morcilla.
¡Anda, tú!
Se levantaron, pagaron, y al pasar por la calle de Carretas entraron en
una taberna a tomar dos copas.
Tropezando con todo el mundo llegaron a la calle de Tetuán, y allí se
empeñó Jesús en que debían de tomar otras copas; entraron en una taberna
y se sentaron. El cajista tenía rabia por beber, estaba pálido y
desencajado; Manuel, en cambio, sentía arder su sangre y las mejillas le
echaban fuego.
--Anda, vamos--le dijo a Jesús; pero éste no podía levantarse. Manuel
vaciló en quedarse allí o en salir a la calle; pero se decidió por
marcharse y dejó a Jesús dormido, con la cabeza echada sobre la mesa de
la taberna.
Manuel salió a la calle tambaleándose; los copos de nieve, danzando ante
sus ojos, le mareaban. Llegó a la Puerta del Sol. En la esquina de la
Carrera de San Jerónimo vió una muchacha que se detenía a hablar con los
hombres. La confundió primero con la Rabanitos, pero no era ella.
Esta tenía la cara abotagada y erisipelada.
--Tú, ¿qué haces?--le dijo Manuel bruscamente.
--¿No lo ves? Vender _Heraldos_.
--¿Y nada más?
Ella bajó la voz, que era ronca y quebrada, y añadió:
--Y jugar.
Manuel estaba con el corazón palpitante.
--¿No tienes novio?--la dijo.
--No quiero chulos.
--¿Por qué no?
--Pa que la quiten a una el dinero que gana y la harten, además, de
palos. Sí, sí...
--¿Cuánto quieres por venir conmigo?
--¡Ay, qué guasa! ¡Si tú no tienes una perra!
--¿Qué no?
--Vaya que no.
--Yo tengo--murmuró Manuel con jactancia--cinco duros, para tirarlos y
tú no me sirves a mí para nada.
--Y tú a mí ni pa la limpieza.
--Oye--añadió Manuel, y agarró a la muchacha del brazo y le dió un
empellón.
--Vamos, ¡quita, asaúra!--gritó ella.
--No quiero.
--Pues no eres tú nadie. A ver si no te andas con tientos aquí, ¿eh?
--Si quieres te convido a café--y Manuel hizo sonar el dinero en su
bolsillo.
La muchacha vaciló, dió los números del periódico que llevaba en la mano
a una vieja, se ató el pañuelo al cuello y fué con Manuel a una
buñolería de la calle de Jacometrezo. Un perrillo de color de canela les
siguió.
--¿Este perro es tuyo?
--Sí.
--¿Cómo se llama!
--Sevino.
--¿Y por qué le llamas así?
--Porque se presentó en casa sin que nadie lo trajera.
Entraron en la buñolería. Era un local largo, con columnas, en cuyo
fondo estaba la cocina, con su caldero grande para freir buñuelos. Dos
luces de gas, con mecheros envueltos en fundas blancas, iluminaban con
luz triste las paredes y las columnas cuadradas, recubiertas de azulejos
blancos con dibujos azules. Se sentaron Manuel y la muchacha en una mesa
próxima a una puerta que daba a un callejón.
La muchacha habló por los codos mientras mojaba trozos de una ensaimada
agria en la jícara de chocolate. Se llamaba Petra, pero la decían
Matilde porque era más bonito. Tenía diez y seis años y vivía en la
calle del Amparo en un sotabanco. Se levantaba a las dos; para cuando
ella se levantaba, su madre ya tenía arreglada la casa. No salía hasta
el anochecer; vendía una mano de _Heraldos_ y diez _Corres_, y luego...
lo que se terciase. Entregaba todo el dinero que ganaba a su madre, y
cuando ésta suponía algún engaño le daba unas cuantas tortas.
Manuel, mientras sorbía con gravedad una copa de aguardiente, oía, sin
comprender apenas lo que le hablaban.
Era la chica fea de veras. Llevaba la cara empolvada. A Manuel, luego de
observarla atentamente, se le ocurrió que parecía un pez enharinado a
quien espera la sartén. Hacía muchos visajes al hablar y movía los
párpados, abultados y blancos, que se cerraban sobre los ojos saltones.
La muchacha siguió charlando de su madre, de su hermano, de un tío de un
puesto de periódicos, que prestaba un duro a los chicos que vendían el
_Blanco y Negro_ por la mañana, y que por la noche le tenían que
devolver el duro y una peseta más, y de otra porción de cosas.
Mientras hablaba Manuel recordó que Jesús había dicho algo de un baile,
aunque ya no recordaba dónde.
--Vamos a ese baile--dijo.
--¿A cuál? ¿Al del Frontón?
--Sí.
--Hale.
Salieron de la buñolería. Seguía nevando; por unas callejuelas desiertas
llegaron al juego de pelota; los dos arcos voltaicos de la puerta
iluminaban fuertemente la calle blanca. Manuel tomó los billetes;
dejaron él la capa y ella el mantón en el guardarropa y entraron.
Era el Frontón un amplio espacio rectangular, con una de las dos paredes
largas pintada de azul obscuro y marcada a trechos con rayas blancas y
números. En la otra pared larga estaban las gradas y los palcos.
Dos grandes mamparas verdes cerraban los testeros del juego de pelota.
Arriba, en el alto techo, entre el armazón de hierro, diez o doce puntos
brillantes de arco voltaico, no recubiertos por globos de cristal,
centelleaban de un modo deslumbrador.
Aquel local ancho y pintado de obscuro parecía un taller de máquinas
desocupado.
Algunas busconas de bajo vuelo, ataviadas con mantones de Manila y
flores en la cabeza, mostraban su busto en los palcos. Se sentía frío.
Cuando la charanga comenzó a tocar con estrépito, la gente de los
pasillos y del ambigú salió al centro a bailar, y poco a poco se formó
una corriente de parejas alrededor del salón. No había más que media
docena de máscaras. Se generalizó el baile; a la luz fría y cruda de los
arcos voltaicos se veía a las parejas dando vueltas hombres y mujeres,
todos muy graves, muy estirados, tan fúnebres como si asistieran a un
entierro.
Algunos hombres apoyaban los labios en la frente de las mujeres. No se
sentía una atmósfera de deseos, de fiebre; era un baile de gente
apagada, de muñecos con ojos de aburrimiento o de cólera. A veces algún
gracioso, como sintiendo la necesidad de demostrar que se estaba en un
baile de Carnaval, se tiraba al suelo o gritaba desaforadamente; había
un momento de confusión; pero se restablecía pronto el orden y se
formaba de nuevo la corriente.
Manuel sentía ganas de hacer locuras; se levantó y se puso a bailar con
la muchacha. Esta, incomodada porque no llevaba el compás, se sentó.
Manuel quedó desconsolado e hizo lo mismo. Pasaban parejas por delante
de ellos; las mujeres pintarrajeadas, con los ojos sombreados y la
expresión encanallada en la boca roja por el carmín; los hombres con
aspecto petulante y la mirada agresiva.
Estos rompían con cólera las serpentinas que echaban desde los palcos y
que se les enredaban al pasar.
Un negro borracho, sentado cerca de Manuel, saludaba el paso de alguna
mujer guapa, gritando con una voz aniñada:
--¡Olé ahí! ¡Vaya _caló_!
--Adiós, Manolo--oyó Manuel que le decían. Era Vidal, que bailaba con
una máscara elegante, muy ceñido a ella.
--Vete a verme mañana--dijo Vidal.
--¿A dónde?
--A las siete de la noche en el café de Lisboa.
--Bueno.
Vidal se perdió con su pareja en el remolino de gente. Cesó la música de
tocar en un intermedio.
--¿Vamos?--preguntó Manuel a la muchacha.
--Sí, vamos.
Manuel temblaba de emoción al pensar que llegaba el momento trágico.
Tomaron las prendas en el guardarropa y salieron.
Seguía nevando; la luz de los globos eléctricos de la puerta del Frontón
iluminaba la calle, cubierta de una capa blanca de nieve. Atravesaron
Manuel y la muchacha la Puerta del Sol de prisa, subieron por la calle
de Correos y en la de la Paz se detuvieron en un portal abierto,
iluminado por la claridad, entre confidencial y misteriosa, que daba un
farol grande con una luz muy triste.
Empujaron una puerta de cristales, y en la escalera obscura
desaparecieron...
CAPÍTULO VI
LA NIEVE.--OTRAS HISTORIAS DE DON ALONSO. LAS INJURIAS.--EL ASILO DEL
SUR.
AL día siguiente pasó Manuel toda la mañana durmiendo a pierna suelta.
Cuando se levantó eran más de las tres de la tarde.
Llamó en el cuarto de Jesús. Estaban la Fea en la máquina y la Salvadora
sentada en una silla pequeña, descosiendo unas faldas; el chiquitín
jugaba en el suelo.
--¿Y Jesús?--preguntó Manuel.
--¡Tú lo sabrás!--contestó la Salvadora con una voz colérica.
--Yo... me separé de él...; luego me encontré un amigo...--Manuel se
esforzó en inventar una mentira--. Quizá esté en la imprenta--añadió.
--No, en la imprenta no está--replicó la Salvadora.
--Le buscaré.
Salió Manuel avergonzado del parador de Santa Casilda; se dirigió al
centro y preguntó en la taberna de la calle de Tetuán por su amigo.
--Aquí estuvo--contestó el mozo--hasta que se cerró la taberna. Luego se
fué, hecho un pepe, no sé a donde.
Manuel volvió al parador, se metió en la cama con intención de ir al día
siguiente a la imprenta; pero también se levantó tarde. Sentía una
inercia imposible de vencer.
En el corredor se encontró con la Salvadora.
--¿Hoy tampoco has ido a la imprenta?--le dijo.
--No.
--Bueno, pues no vuelvas más por aquí--añadió la muchacha,
encolerizada--; no necesitamos golfería. Mientras estamos ahí nosotras
trabajando, vosotros de juerga. Ya te digo, no vuelvas más por aquí, y
si le ves a Jesús dile esto mismo de parte de su hermana y de la mía.
Manuel se encogió de hombros y salió de casa. Había nevado todo el día;
en la Puerta del Sol, cuadrillas de barrenderos y mangueros quitaban la
nieve; el agua negra corría por el arroyo.
Se asomó Manuel varias veces al café de Lisboa, por si veía a Vidal;
pero no lo vió, y, después de comer en una taberna, se fué a pasear por
las calles. Obscureció muy pronto. Madrid, cubierto de nieve, estaba
deshabitado; la plaza de Oriente tenía un aspecto irreal, de algo como
una decoración de teatro; los reyes de piedra mostraban hermosos mantos
blancos; la estatua del centro de la plaza se destacaba gallardamente
sobre el cielo gris. Desde el Viaducto veíanse extensiones blancas.
Hacia Madrid, un amontonamiento de casas amarillentas, y de tejados
negros, y de torres perfiladas en el cielo lactescente, enrojecido por
una irradiación luminosa.
Manuel volvió a su casa, desalentado; se metió en la cama.
--Mañana voy a la imprenta--se dijo, pero tampoco fué; se despertó muy
temprano con este propósito; se levantó, se acercó a la imprenta, y, al
ir a entrar, se le ocurrió la idea de que el amo le armaría un
escándalo, y no entró.--Si no es ahí, encontraré trabajo en otra
parte--pensó, y volviendo por sus pasos se fué a la Puerta del Sol,
después a la plaza de Oriente, y por la calle de Bailén y luego la de
Ferraz salió al paseo de Rosales. Estaba desierto y silencioso.
Desde allá se veía todo el campo blanco por la nieve, las obscuras
arboledas de la Casa de Campo y los cerros redondos erizados de pinos
negros. El sol se presentaba pálido en el cielo plomizo. Al ras de la
tierra, hacia el lado de Villaverde, resplandecía un trozo de cielo
azul, limpio, entre brumas rosadas. Reinaba un profundo silencio; sólo
el silbido estridente de las locomotoras y los martillazos en los
talleres de la estación del Norte, turbaban aquella calma. Los pasos no
resonaban en el suelo.
Las casas del paseo tenían adornos blancos de la nieve en los barandados
y en las cornisas; los árboles parecían aplastados bajo aquella capa
blanca.
Por la tarde volvió Manuel a acercarse a la imprenta, se asomó a ella y
preguntó al maquinista por Jesús.
--Menuda bronca le ha echado el amo--le contestó.
--¿Le ha despedido?
--No que no. Anda, sube tú ahora.
Manuel, que iba a subir, se detuvo.
--¿Se fué ya Jesús?
--Sí. Estará en la taberna de la esquina.
Efectivamente, allí estaba. Sentado en una mesa bebía una copa de
aguardiente. Cariacontecido y triste, se entregaba a sus pensamientos
sombríos.
--¿Qué haces?--le preguntó Manuel.
--¡Ah! ¿Eres tú?
--Sí; ¿te ha despedido el Cojo?
--Sí.
--¿Estabas pensando en algo?
--¡Pse!... Cuando no se tiene nada que hacer. Anda, vamos a tomar unas
copas.
--No, yo no.
--Tú harás lo que te se mande. No tengo más que cuarenta céntimos, que
es como no tener nada. ¡Eh, tú, chico! Echa unas copas.
Bebieron y se fueron los dos hacia el parador de Santa Casilda. Seguía
nevando; Jesús, con las mejillas rojas, tosía desesperadamente.