DESDE aquel encuentro en la chirlata del coronel, de la baronesa y el

sociólogo, éste comenzó a frecuentar la casa y a poner cátedra de

antropología y de sociología en el comedor. Manuel no sabía cómo serían

aquellas ciencias, pero traducidas al andaluz por el primo de la

baronesa, eran muy pintorescas; Manuel y niña Chucha escuchaban al

berebere con grandísima atención y algunas veces le hacían objeciones

que él contestaba, si no con grandes argumentos científicos, con

muchísima gracia.

El primo Horacio empezó a quedarse a cenar en la casa y terminó

quedándose después de cenar; niña Chucha protegía al berebere quizá por

afinidades de raza y se reía, enseñando los dientes blancos, cuando

venía don Sergio.

La situación era comprometida porque la baronesa no se preocupaba de

nada; después de servirse de Mingote le había despedido dos o tres

veces sin darle un céntimo. El agente comenzaba a amenazar, y un día fué

decidido a armar la gorda. Habló de la falsificación de los papeles de

Manuel y de que aquello podía costar a la baronesa ir a presidio. Ella

le contestó que la responsabilidad de la falsificación era de Mingote,

que ella tendría quien la protegiese, y que en el caso de que

interviniese la justicia el primero que iría a la cárcel sería él.

Mingote amenazó, chilló, gritó demasiado, y en el momento álgido de la

disputa llegó el primo Horacio.

--¿Qué pasa? Se oye el escándalo desde la calle--dijo.

--Este hombre que me está insultando--clamó la baronesa.

Horacio cogió a Mingote del cuello de la americana y lo plantó en la

puerta. Mingote se deshizo en insultos, sacó a relucir la madre de

Horacio; entonces éste, olvidando a lord Bacon, se sintió berebere,

levantó el pie y dió con la punta de la bota en las nalgas de Mingote.

El agente gritó más y de nuevo el berebere le acarició con el pie en la

parte más redonda de su individuo.

La baronesa comprendió que al agente le faltaría tiempo para vengarse;

no creía que se atrevería a hablar de la falsificación de los papeles de

Manuel porque se cogía los dedos con la puerta, pero probablemente

advertiría a don Sergio de la presencia del primo Horacio en la casa.

Antes de que pudiese hacerlo, escribió al comerciante una carta

pidiéndole dinero, porque tenía que pagar unas cuentas. Envió la carta

con Manuel.

El viejo calcáreo, al leer la carta, se incomodó.

--Mira, dile a tu... señora que espere, que yo también tengo que esperar

muchas veces.

Al saber la contestación, la baronesa se indignó:

--¡Valiente grosero! ¡Valiente animal! La culpa la tengo yo de hacer

caso de ese vejestorio infecto. Cuando venga yo le diré cuántas son

cinco.

Pero don Sergio no apareció, y la baronesa, que supuso lo pasado, se

mudó a una casa más barata con el propósito de economizar; y niña

Chucha, Manuel y los tres perros pasaron a ocupa un tercer piso en la

calle del Ave María.

Allí continuó el idilio iniciado entre la baronesa y Horacio; a pesar de

que éste, por su tranquilidad anglosajona, o por la idea pobre de la

mujer, patrimonio de las razas del Sur, no le daba gran importancia al

_flirt_.

La baronesa, de vez en cuando, para atender a los gastos de la casa,

vendía o mandaba empeñar algún mueble; pero con el desbarajuste que

reinaba allí, el dinero no duraba un momento.

Al mes de estancia en la calle del Ave María, apareció una mañana don

Sergio indignado. La baronesa no quiso presentarse y mandó a decirle por

la mulata que no estaba. El viejo se marchó y por la tarde escribió una

carta a la baronesa.

Mingote no había cantado. Don Sergio respiraba por la herida; no le

parecía bien que Horacio pasase la vida en la casa de la baronesa; no

encontraba mal que la visitase, sino la asiduidad con que lo hacía. La

baronesa enseñó la carta a su primo, y éste, que sin duda no buscaba más

que un pretexto para escurrir el bulto, se acordó de lord Bacon, se

sintió de pronto anglosajón, ario y hombre moral y dejó de presentarse

en casa de la baronesa.

Ella, que padecía el último brote de romanticismo de la juventud de la

vejez, se desesperó, escribió cartas al galán, pero él siguió

sintiéndose anglosajón y ario y acordándose de lord Bacon.

Mientras tanto don Sergio, al ver que su carta no producía efecto,

volvió a la carga y se presentó en la casa.

--Pero, ¿qué le pasa a usted, Paquita?--dijo al ver a la baronesa

desmejorada.

--Creo que tengo el trancazo, según siento de pesada la cabeza. Estoy

con dolores en todo el cuerpo. Me tiene usted completamente abandonada.

En fin, Dios sobre todo.

Don Sergio dejó pasar la hojarasca de palabras y lamentaciones con que

la baronesa trataba de sincerarse, y dijo:

--Este sistema de vida no puede seguir. Hay que tener método, hay que

tener régimen; así no puede ser.

--Eso mismo estaba pensando yo--replicó la baronesa--. Sí, lo comprendo,

a mí no me corresponde esa vida. Volveré a tomar otra casita de doce

duros.

--¿Y los muebles?

--Los venderé.

¿Cómo decir que los había ya vendido?

--No, yo...--El calcáreo iba a hacer una observación de buen

comerciante, pero no se atrevió.--Luego esas visitas tan frecuentes de

su primo de usted no están bien--añadió.

--¿Pero si me persigue--murmuró con voz quejumbrosa la baronesa--qué voy

a hacerle yo? Ese hombre tiene por mí una pasión loca; comprendo que es

raro, porque ya a mis años...

--No diga usted esas cosas, Paquita.

--Pero nada; se ha convertido en mi duende. Pero ahora ya verá usted

como no va a volver.

--¡No ha de volver! Volverá hasta que usted no se lo diga claramente...

--Si se lo he dicho, y por eso ya no volverá.

--Entonces, mejor que mejor.

La baronesa miró indignada a don Sergio; después tomó una actitud

compungida.

Don Sergio planteó sus planes de regeneración y pensó que Paquita debía

dejar a niña Chucha, a quien el viejo calcáreo detestaba cordialmente;

pero la baronesa afirmó que la quería como a una hija, tanto o más que a

sus perros, que eran casi para ella como las niñas de sus ojos.

De pronto la baronesa se incorporó en el sofá.

--Tengo un plan--le dijo a don Sergio--. Dígame usted si le parece bien.

En _El Imparcial_ de ayer ví anunciada una finca o casa en Cogolludo,

con huerta y jardín, por cincuenta duros al año. Supongo que será cosa

muy mala; pero, al fin, será un terreno y una choza, y a mí me basta con

una cabañita. Podría ir arreglando esa choza. ¿Qué le parece a usted,

don Sergio?

--Pero, ¿para qué te vas a marchar de aquí?

--Es que no se lo he querido decir--añadió la baronesa--; pero ese

hombre me persigue--. Y contó una porción de embustes. Se recreaba la

buena señora haciéndose la ilusión de que el primo la perseguía

tenazmente, y todas las cartas que ella había escrito a él supuso que

era él quien se las había escrito a ella.

--Y claro--siguió diciendo--, no es cosa de ir al fin del mundo huyendo

de ese ridículo trovador.

--Pero Cogolludo no debe tener tren; te vas a aburrir.

--¡Quia! Allá me meto en mi choza como una santa y me entretengo en

regar el jardín y cuidar las flores... pero soy tan desgraciada que con

seguridad ya habrán alquilado la casa.

--No, eso no. Pero yo no veo la necesidad de marcharse. El chico no

podrá ir al colegio.

--Ya no tiene necesidad. Estudiará por libre.

--Bueno; alquilaremos esa casa.

--Si no, ese canalla me va a perseguir. Yo quisiera que le llevasen a la

cárcel y le ahorcaran. ¡Ay, don Sergio! ¡Cuando vendrá Carlos VII! No

estoy por la libertad ni por las garantías constitucionales para los

pillos.

--Vamos, vamos, mujer. Ya veremos si se arregla eso de la casa. Y

alíviate pronto.

--Gracias, don Sergio; usted siempre tan fuerte. Es usted una roca...

Tarpeya. Y sin saber dónde guardar el dinero. ¡Acuérdese usted de mí! Ya

sabe usted que soy muy arregladita y que no pienso ni desperdicio nada.

Era lo mejor que tenía la baronesa, que se conocía a fondo.

Decididos a ir a Cogolludo, comenzaron a embalar los muebles entre niña

Chucha y Manuel, cuando la mulata salió diciendo que ella lo sentía

mucho, pero que se quedaba en Madrid en una casa.

--Pero hija, ¿qué vas a hacer?

La mulata, apurada a preguntas, confesó que un señor americano, un

pequeño _rastaquouére_ que sentía la nostalgia del cocotero, le había

ofrecido el puesto de ama de llaves en su casa.

La baronesa no se atrevió a hablarla de moralidad, y el único consejo

que le dió fué que si el americano no se contentaba únicamente con que

ella fuera ama de llaves, que se afirmara bien; pero la mulata no era

tonta, y había, según dijo, tomado todas sus precauciones para caer en

blando.

Manuel quedó solo en la casa para terminar las diligencias necesarias

para el traslado. Una tarde, de vuelta de la estación del Mediodía, se

encontró con Mingote, que al verle echó a correr tras él.

--¿A dónde vas?--le dijo--; cualquiera hubiese dicho que huías de mí.

--¡Yo! ¡Qué disparate! me alegro mucho de verle.

--Yo también.

--Mira, vamos a entrar en este café. Te convido.

--Bueno.

Entraron en el café de Zaragoza. Mingote pidió dos cafés, papel y pluma.

--¿A ti te importaría algo escribir lo que voy a dictarte?

--Hombre, según lo que sea.

--Se trata de que me pongas una carta diciéndome que no te llamas Sergio

Figueroa, sino Manuel Alcázar.

--¿Y para qué quiere usted que le escriba eso? Si usted lo sabe tan bien

como yo--contestó cándidamente Manuel.

--Es una combina que me traigo.

--Y yo, ¿qué voy ganando en eso?

--Te puedes ganar treinta duros.

--¿Sí? ¡Vengan!

--No, cuando el negocio esté terminado.

Viendo Mingote a Manuel tan propicio, le dijo que si se las apañaba para

quitar a la baronesa los papeles falsificados de su identificación y se

los entregaba, añadiría a los treinta veinte duros más.

--Los papeles los tengo yo guardados--dijo Manuel--; si espera usted

aquí un momento, voy y se los traigo a usted en seguida.

--Bueno, aquí espero. ¡Qué infeliz es este muchacho!--murmuró Mingote--.

Se figura que le voy a dar cincuenta duros. ¡Qué primo!

Pasó una hora, luego otra; Manuel no aparecía.

--¿Habré sido yo el primo?--exclamó Mingote--. Sin duda. ¿Me habrá

engañado ese condenado niño?

Mientras esperaba Mingote, la baronesa y Manuel tomaban el tren.

* * * * *

Fueron a Cogolludo, y la baronesa se llevó el gran chasco. Creía que el

pueblo sería algo así como una aldea flamenca y se encontró con un

poblachón en medio de una llanura.

La casa alquilada estaba en un extremo del pueblo; era grande, con una

puerta azul, tres ventanas chicas al camino y un corral en la parte de

atrás. Debía de hacer más de diez años que no la habitaban. Al día

siguiente de llegar la baronesa y Manuel la barrieron y fregaron. La

baronesa se lamentaba amargamente de su resolución.

--¡Ay, Dios mío!, ¡qué casa!--decía--. ¿Por qué habremos venido aquí? Y

¡qué pueblo! Yo había visto de paso algún pueblo de España, pero en el

Norte, donde hay árboles. ¡Esto es tan seco, tan árido!

Manuel se encontraba en sus glorias; la huerta de la casa no producía

más que ortigas y yezgos, pero él supuso que se podría convertir aquel

trozo de tierra, seco y lleno de plantas viciosas, en un vergel. Se puso

a trabajar con fe.

Primeramente escardó y quemó toda la hierba del huerto.

Después removió la tierra con un pincho y sembró a discreción garbanzos,

habichuelas y patatas, sin enterarse de si era o no el tiempo de la

siembra. Luego pasó horas y horas sacando agua de un pozo profundísimo

que había en medio del huerto, y como se desollaba las manos con la

cuerda y además a la media hora de regar la tierra estaba seca, ideó una

especie de torno con el cual se tardaba media hora en sacar un balde de

agua.

A los quince días de estancia allí tomó la baronesa una criada, y cuando

ya la casa estuvo limpia fué a Madrid, sacó del colegio a Kate y la

llevó a Cogolludo.

Kate, como tenía un espíritu práctico, llenó unas cuantas macetas de

tierra y plantó una porción de cosas en ellas.

--¿Para qué hace usted eso?--le dijo Manuel--, si dentro de poco estará

todo esto lleno de plantas.

--Yo quiero tener las mías--contestó la niña.

Pasó un mes, y a pesar de los trabajos ímprobos de Manuel, no brotó nada

de lo plantado por él. Sólo unos geranios y unos ajos puestos por la

criada crecían, a pesar de la sequedad, admirablemente.

Los tiestos de Kate también prosperaban; en las horas de calor los metía

dentro de la casa y los regaba. Manuel, viendo que sus ensayos de

horticultura fracasaban, se dedicó con rabia al exterminio de las

avispas, que en grandes panales de celdas simétricas, ocultos en los

intersticios de las tejas, se guarecían.

Entabló con las avispas una lucha a muerte y no las pudo vencer; parecía

que le habían tomado odio; le atacaban de una manera tan furiosa, que la

mayoría de las veces tenía que batirse en retirada, expuesto a caerse

del tejado lleno de picaduras.

Los entretenimientos de Kate eran más tranquilos y pacíficos. Había

arreglado su cuarto con un orden perfecto. Sabía embellecerlo todo. Con

la cama, cubierta por la colcha blanca y oculta por las cortinas; los

tiestos, en la ventana, en los que empezaban a brotar las plantas; su

armario, y los cromos en las paredes azules, su alcoba tenía un aspecto

de gracia encantador.

Luego, era la muchacha de una bondad amable y serena.

Había encontrado en el campo un gato herido, a quien perseguían unos

chicos, a pedradas; lo recogió, a riesgo de ser arañada, lo cuidó y

curó, y el gato la seguía ya por todas partes y sólo quería estar con

ella.

Manuel obedecía a la Nena, ciegamente, sentía además una gran

satisfacción al obedecerla; la consideraba como un dechado de

perfecciones, y a pesar de esto, nunca se le ocurrió, ni en su fuero

interno, enamorarse de ella. Quizá la encontraba demasiado buena,

demasiado hermosa. Experimentaba Manuel la tendencia paradójica de todos

los hombres de fantasía que creen amar la perfección y se enamoran de lo

imperfecto.

El verano transcurrió agradablemente; el calcáreo estuvo dos veces en

Cogolludo, al parecer contento; pero, al fin de Agosto, las pesetas que

recibía la baronesa no aparecieron.

Escribió a don Sergio varias veces sacando a relucir la persecución de

que era víctima, pues de este modo satisfacía la vanidad y el amor

propio del viejo _Cromwell_; pero don Sergio no cayó en la celada.

Indudablemente, Mingote había hablado. Esperó la baronesa algún tiempo

trampeando, haciendo deudas. Un día, a principios de otoño, se presentó

el guarda de la casa diciendo a la baronesa que la desalojara, que en

Madrid no habían pagado el alquiler. Se desahogó la baronesa insultando

y poniendo como un trapo a don Sergio; el guarda dijo que la orden suya

era no dejar que se llevaran los muebles sin que le pagaran el

alquiler. La baronesa sentía que su hija se enterara de sus trapisondas;

calculó lo que valdrían los muebles, que ya en Madrid con las ventas y

los empeños quedaron reducidos estrictamente a lo indispensable, y se

decidió a dejarlos y a huir de Cogolludo.

Una tarde en que salieron del pueblo a dar un paseo, la baronesa expuso

a Kate, muy azorada, la situación.

--¿Vamos a Madrid?--terminó diciendo.

--Vamos.

--¿Ahora mismo?

--Ahora mismo.

Hacia frío. Comenzaba a lloviznar.

La estación del tren estaba en un pueblo inmediato. Manuel sabía el

camino. Marcharon los tres por entre lomas bajas; no encontraron a

nadie. Kate iba un tanto asustada.

--Vaya una facha rara que debemos de tener--decía la baronesa.

A la hora y media de salir del pueblo, de repente, a la revuelta de un

sendero, apareció el faro de señales de la vía férrea, un disco blanco

como un alto fantasma. Soplaba un vientecillo sutil. Oyeron de pronto a

lo lejos los silbidos agudos de un tren, aparecieron las linternas roja

y blanca de la locomotora, fueron agrandándose en la obscuridad

rápidamente, retembló la tierra, pasó la fila de vagones rechinando con

una algarabía infernal, surgió una bocanada de humo blanco con

incandescencias luminosas, cayó un diluvio de chispas al suelo y el tren

huyó y quedaron dos farolillos rojos y uno verde danzando en la

obscuridad de la noche, hasta que se escabulleron en seguida en las

sombras. Estaban los tres cansados cuando entraron en la estación.

Esperaron unas horas, y a la mañana del día siguiente llegaron a Madrid.

La baronesa estaba azorada, fueron a una casa de huéspedes, les

preguntaron si tenían equipaje, la baronesa dijo que no, y no supo

encontrar ningún pretexto ni explicación; les dijeron que sin equipaje

no les tomarían, a no ser que pagaran por adelantado, y la baronesa

salió avergonzada. De allí pasaron por la casa de una amiga, pero se

había mudado: no se sabían tampoco las señas de Horacio. La baronesa

tuvo que empeñar un reloj de Kate y fueron a parar los tres a un hotel

de tercera clase.

Al cuarto día el dinero terminó. La baronesa había perdido su presencia

de ánimo y en su rostro se notaba la fatiga y el cansancio.

Escribió una carta humilde a su cuñado pidiéndole hospitalidad para ella

y su hija, y la contestación tardaba. La baronesa se ocultaba de Kate

para llorar.

La dueña del hotel les pasó la cuenta; le suplicó la baronesa que

esperara unos días a que recibiera una carta, pero la mujer de la fonda,

a quien la petición hecha en otra forma no le hubiera chocado, se

figuró, por el tono empleado por la baronesa, que se trataba de

engañarla, y dijo que no esperaba, que, si al día siguiente no la

pagaban, avisaría a la justicia.

Kate, al ver a su madre más afligida que de costumbre, le preguntó lo

que le pasaba, y ella expuso la situación apurada en que se veían.

--Voy a ver al embajador de mi país--dijo Kate resueltamente.

--¿Tú sola? Iré yo.

--No, que me acompañe Manuel.

Fueron los dos a la Embajada; entraron en un portal grande. Dió su

tarjeta Kate a un portero e inmediatamente la hicieron pasar. Manuel,

sentado en un banco, esperó un cuarto de hora. Al cabo de este tiempo

salió la muchacha al portal acompañada de un señor de aspecto venerable.

Éste la acompañó hasta la puerta y habló con un lacayo con galones.

El lacayo abrió la puerta de un coche que había frente a la puerta y

permaneció con el sombrero en la mano.

Kate se despidió del anciano señor; luego dijo a Manuel:

--Vamos.

Entró ella en el coche y después Manuel estupefacto.

--Ya está todo arreglado--dijo la muchacha a Manuel--. El embajador ha

telefoneado al hotel diciendo que pasen la cuenta a la Embajada.

Manuel pudo notar en esta ocasión, y comprobarlo después repetidas

veces, que las mujeres acostumbradas desde niñas a doblegarse y a

ocultar sus deseos tienen, cuando despliegan sus energías ocultas, un

poder y una fuerza extraordinarios.

La baronesa recibió la noticia alborozada, y en un arrebato de ternura

besó a Kate repetidas veces y lloró amargamente.

Días después se recibió la contestación del cuñado de la baronesa y un

cheque para que se pusieran en camino.

A pesar de lo que le prometió la baronesa a Manuel, éste comprendió que

no le llevarían a él. Era natural. La baronesa compró ropa para la Nena

y para ella.

Una tarde de otoño se fueron madre e hija. Manuel las acompañó en coche

hasta la estación.

La baronesa sentía mucha tristeza de dejar Madrid; la Nena estaba, como

siempre, al parecer serena y tranquila.

En el trayecto, ninguno de los tres dijo una palabra.

Bajaron del coche, entraron en la sala de espera; había que facturar un

baúl y Manuel se encargó de ello. Después pasaron al andén y tomaron

asiento en un vagón de segunda. Roberto paseaba por el andén de la

estación pálido, de un lado a otro.

La baronesa prometió al muchacho que volverían.

Sonó la campana de la estación. Manuel se subió al coche.

--Vamos, bájate--dijo la baronesa--. El tren va a empezar a andar.

Manuel ofreció la mano tímidamente a la Nena.

--Abrázala--dijo su madre.

Manuel apenas se atrevió a rodear el talle de la muchacha con sus

brazos. La baronesa le besó en las dos mejillas.

--Adiós, Manuel--le dijo--, secándose una lágrima.

Echó andar a el tren; la Nena saludó desde la ventanilla con la mano;

pasaron vagones y vagones con un ruido sordo; el tren aceleró la marcha.

Manuel sintió una congoja grande; huyó el tren, silbando por los campos,

y Manuel se llevó las manos a los ojos y sintió que estaba llorando.

Roberto le agarró del brazo.

--Vamos de aquí.

--¿Es usted?--le dijo Manuel.

--Sí.

--Han sido muy buenas para mí--añadió Manuel tristemente.

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO I

SANDOVAL.--LOS SAPOS DE SÁNCHEZ GÓMEZ. JACOB Y JESÚS.

SALIERON juntos Manuel y Roberto de la estación del Norte.

--¿Y otra vez a empezar?--le dijo Roberto.--¿Por qué no te decides de

una vez a trabajar?

--¿En dónde? Yo para buscar no sirvo. ¿Usted no sabe algo para mí? En

alguna imprenta...

--¿Te decidirás a entrar de aprendiz sin ganar nada?

--Sí; ¿qué voy a hacer?

--Si te parece bien, yo te llevaré al director de un periódico ahora

mismo. Vamos.

Subieron hasta la plaza de San Marcial; luego, por la calle de los

Reyes, hasta la de San Bernardo, y en la calle del Pez entraron en una

casa. Llamaron en el piso principal y una mujer esmirriada salió a la

puerta y les dijo que aquél por quien preguntó Roberto estaba durmiendo

y no quería que se le despertase.

--Soy amigo suyo--replicó Roberto--, yo le despertaré.

Entraron los dos por un corredor a un cuarto obscuro, en donde olía a

iodoformo de una manera apestosa. Roberto llamó.

--¡Sandoval!

--¿Qué hay? ¿Qué sucede?--gritó una voz fuerte.

--Soy yo; Roberto.

Se oyeron los pasos de un hombre desnudo que abrió las maderas del

balcón y luego se le vió volver y meterse en una cama grande.

Era un hombre de unos cuarenta años, rechoncho, grasiento, de barba

negra.

--¿Qué hora es?--dijo desperezándose.

--Las diez.

--¡Qué barbaridad! ¿Es tan temprano? Me alegro que me hayas despertado;

tengo que hacer muchas cosas. Da un grito por el pasillo.

Roberto lanzó un ¡eh! sonoro, y se presentó en el cuarto una muchacha

pintada, con aire de mal humor.

--Anda, tráeme la ropa--la dijo Sandoval, y de un esfuerzo se sentó en

la cama, bostezó estúpidamente y se puso a rascarse los brazos.

--¿A qué venías?--preguntó.

--Pues como el otro día dijiste que necesitabas un chico en la

redacción, te traigo éste.

--Pues, hombre, tengo ya otro.

--Entonces nada.

--Pero en la imprenta creo que necesitan.

--A mí ese Sánchez Gómez no me hace mucho caso.

--Se lo diré yo; no me puede negar eso.

--¿Te se olvidará?

--No, no se olvidará.

--¡Bah! Escríbele; es mejor.

--Ya le escribiré.

--No, ahora; ponle unas letras.

Mientras hablaban, Manuel observó con curiosidad el cuarto, de un

desorden y suciedad grandes. El mobiliario lo componían: la cama de

matrimonio, una cómoda, una mesa, un aguamanil de hierro, un estante y

dos sillas rotas. Sobre la cómoda y en el estante se amontonaban libros

desencuadernados y papeles; en las sillas enaguas y vestidos de mujer;

el suelo estaba lleno da puntas de cigarro, de trozos de periódico y de

pedazos de algodón utilizados para alguna cura; debajo de la mesa

aparecía una jofaina de hierro convertida en brasero, llena de ceniza y

de carbones apagados.

Cuando la muchacha pintada vino con el traje y la camisa, Sandoval se

levantó en calzoncillos y anduvo buscando un jabón entre los papeles,

hasta que lo encontró. Se fué a lavar en la palangana del aguamanil,

llena de agua sucia hasta arriba, en la que nadaban remolinos de pelos

de mujer.

--¿Quieres echar el agua?--dijo el periodista a la muchacha

humildemente.

--Echala tú--contestó ella de mala manera, saliendo del cuarto.

Sandoval salió en calzoncillos al corredor con la palangana en la mano,

después volvió, se lavó y fué vistiéndose.

Sobre los libros y los papeles se veían algún peine grasiento, algún

cepillo de dientes gastado y rojo por la sangre de las encías; un

cuello postizo con ribetes de mugre, una caja de polvos de arroz llena

de abolladuras, con la brocha apelmazada y negra.

Después de vestido Sandoval, se transformó a los ojos de Manuel; tomó un

aire de distinción y elegancia, escribió la carta que le pedían, y

Roberto y Manuel salieron de la casa.

--Se ha quedado maldiciendo de nosotros--dijo Roberto.

--¿Por qué?

--Porque es perezoso como un turco. Perdona todo menos que le hagan

trabajar.

Salieron los dos nuevamente a la calle de San Bernardo y entraron en una

callejuela transversal. Se detuvieron frente a una casa pequeña que

salía de la línea de las demás.

--Esta es la imprenta--dijo Roberto.

Mala Hierba · 第 5 / 16 段