abandonó sus excursiones nocturnas y contuvo sus ligerezas de palabra.
En la mesa, con una sonrisa triste, escuchaba las historias de colegio
que contaba su hija, sin poner interés en lo que oía.
No armonizaban los caracteres de las dos. Kate tenía la comprensión
lenta, pero profunda; en cambio su madre poseía la sutileza y el ingenio
del momento. La baronesa, a veces, se impacientaba al oirla, y decía
entre cariñosa y enfadada:
--¡Ay, qué Nena más sosita tengo!
Desde la llegada de Kate, niña Chucha y Manuel no le acompañaban en el
comedor a la baronesa; esto a Manuel no le molestaba, pero a la mulata
sí, y atribuía estas disposiciones a Kate, a quien consideraba como una
muñeca blanca, orgullosa, fría y de poco corazón. Manuel, que no tenía
motivo alguno de antipatía por Kate, la encontró muy llana, muy amable,
aunque con poca vivacidad.
Por aquellos días de fiestas de Navidad, madre e hija salían de casa con
mucha frecuencia a compras, y les acompañaba generalmente Manuel, que
volvía cargado con paquetes.
Un día de Año Nuevo, en que la baronesa, Kate y Manuel fueron al Teatro
de Apolo a ver _Los sobrinos del Capitán Grant_, notó Manuel que
Roberto Hasting iba a alguna distancia detrás de ellos. Al salir les
siguió; la muchacha se hizo la desentendida.
Al día siguiente estaba nevando, y Manuel vió a Roberto que paseaba por
la plaza de Oriente, al parecer muy entretenido.
Encontró Manuel un pretexto para salir de casa, y al momento Roberto se
acercó a él.
--¿Estás en su casa?--le preguntó apresuradamente.
--Sí.
--Tienes que darle una carta.
--Bueno.
--A la tarde te la traeré. Se la das, y me dices qué cara pone al
recibirla. No me contestará, ya sé que no me contestará, pero tú se la
darás, ¿verdad?
--Sí, hombre, descuide usted.
Efectivamente, a la tarde Roberto siguió paseando por entre la nieve,
bajó Manuel, cogió la carta y subió en seguida a casa.
Kate se divertía arreglando en aquel momento su armario. Tenía guardadas
mil chucherías en varias cajitas; en unas, medallas; en otras, estampas,
cromos, regalos del colegio y de su familia. Sus libros de rezos estaban
llenos de recordatorios y de estampitas.
Manuel, con la carta de Roberto en el bolsillo, se acercó a la muchacha
como un criminal. La Nena enseñó a Manuel todas sus riquezas, éste se
sintió orgulloso. Manuel apenas se atrevía a tocar las medallas, las
alhajas, las mil cosas que guardaba Kate.
--Esta cadena me la regaló mi tío--decía la colegiala--. Esta sortija es
de mi abuelo. Este pensamiento lo cogí en Hyde-Park, cuando estuve en
Londres con mi tío.
Manuel la escuchaba sin decir palabra, avergonzado de tener la carta en
el bolsillo. La Nena siguió enseñando nuevas cosas. Los juguetes de su
niñez aun los conservaba; en su armario todo estaba clasificado con el
mayor orden, cada cosa tenía su sitio. En algunos libros prensaba
pensamientos y hierbas que luego copiaba y pintaba con una caja de
acuarelas.
Manuel hizo dos o tres veces un esfuerzo para hablar de Roberto, pero no
se atrevió.
De pronto, después de carraspear mucho, balbuceó:
--¿Sabe usted?
--¿Qué?
--Roberto... aquel estudiante rubio de la otra casa... el que ayer
estaba en el teatro... me ha dado una carta para usted.
--¿Para mí?--. Y las mejillas de Kate tomaron un tono rosado y sus ojos
brillaron con más vivacidad que de ordinario.
--Sí.
--Pues dámela.
--Tome usted.
Manuel entregó la carta y Kate la escondió rápidamente en el pecho.
Concluyó de arreglar su armario, y poco después se encerró en su cuarto.
A los dos días, Kate le envió a Manuel con una carta para Roberto, y
Roberto en seguida con otra para Kate.
Un día Kate fué con Manuel a su colegio, en donde había un nacimiento,
y a la ida y a la vuelta le acompañó Roberto. Hablaron los dos
muchísimo. Roberto contó sus proyectos. Manuel pensó en que esto del
amor es una cosa extraña. Para él no dijo Roberto nada que valiera la
pena de oirse, y, sin embargo, Kate le escuchó con el alma en un hilo.
Roberto fué para Kate el colmo de lo respetuoso. Le habló con una
gravedad tranquila, sin echárselas de jacarandoso ni de listo; ella le
escuchó atenta.
Manuel fué confidente de Roberto y de Kate. Era la muchacha de un candor
y de una inocencia inmaculadas, tenía una falta de comprensión para
cosas de malicia extraordinaria. Manuel sentía verdadera sumisión ante
aquella naturaleza aristocrática y elegante, tenía un sentimiento de
inferioridad que en nada le molestaba.
La Nena le contó a Manuel las cosas que había visto en París, Bruselas,
Gante; le habló de los parques de Londres, le deslumbró. En cambio,
Manuel le contó a Kate detalles de la vida pobre madrileña, que a la
colegiala le producían el más profundo asombro; las cuevas, las
tabernas, los descampados; le habló de los chicos que se escapaban de
sus casas e iban a dormir a los rincones de las iglesias, de los que
robaban en los lavaderos; le describió las tiendas-asilos...
Manuel tenía cierta gracia para contar sus impresiones; exageraba y
rellenaba con fantasías imaginadas los vacíos dejados por la realidad.
La Nena le solía escuchar muy intrigada.
--¡Oh, qué miedo!--solía decir; y sólo el pensar que aquella gente
miserable de que Manuel hablaba podía rozarse con ella, le hacía
estremecer.
Sentía la niña una repugnancia profunda por la gente de la calle; no
quería salir los domingos por no andar entre hombres de blusa y
soldados. Le parecía que la gente del pueblo debía ser mala. Desde que
se encendían los faroles no le gustaba salir de casa.
Las conversaciones solían tenerlas al anochecer en un gabinete que daba
a la calle, desde donde se veía la plaza de Oriente, como un bosque, y
el Palacio Real en cuyas cornisas se posaban cientos de palomas que de
día revoloteaban en bandadas. Como fondo se veía la Casa de Campo y el
horizonte que se enrojecía al caer de la tarde...
Pasado el día de Reyes, Kate volvió al colegio, y en la casa se
restablecieron las antiguas costumbres y reinó el habitual desorden.
La primera salida nocturna que hizo la baronesa fué acompañada por
Manuel a casa de su amiga cubana. Salieron la baronesa y Manuel después
de cenar. La cubana vivía en la calle Ancha. Llamaron en la casa; les
abrió un criadito con librea azul y galones dorados, y entraron, por un
corredor, en una sala muy iluminada adornada con lujo barato y chillón.
En medio había un aparato eléctrico con siete u ocho bombillas, un sofá
grande con flores, dos sillones dorados al lado de una chimenea y sobre
el mármol de ésta un reloj en forma de bola, un barómetro como un
martillo, un termómetro como un puñal y otra porción de cosas con formas
absurdas. Por todos lados se veían fotografías.
No había allí más que unas cuantas mujeres de mal aspecto, que se
levantaron humildemente. La baronesa se sentó, y al poco rato entró la
cubana, una mujer ordinaria y brutal, vestida con un traje muy llamativo
y con brillantes gruesos en las orejas y en los dedos. Tomó de la mano a
la baronesa y se sentó en un sofá junto a ella. Se veía que quería
halagarla. Era la coronela una mujer, más que vulgar, bestial; tenía la
mandíbula prominente, los ojos pequeños, negros y la boca con una
expresión de crueldad. Había en su aspecto algo lúbrico inquietante y
amenazador, se figuraba uno que aquella mujer debía tener vicios
extraños, que era capaz de cometer crímenes.
Manuel, en un rincón, se puso a mirar un álbum de fotografías puesto
sobre un velador.
La mujer del coronel, a quien la baronesa había conocido de sargenta en
Cuba, dijo que pensaba que su niña menor, Lulú, debutara en un Salón, de
bailarina, y le estaban dando las últimas lecciones.
--Pero, ¿de verdad?--preguntó la baronesa.
--Sí, sí; Mingote hizo la contrata, y se ha encargado de los últimos
toques, como dice él. ¡Ay, qué hombre tan gracioso! Está ahora con unos
amigos en el comedor. Vendrá en seguida. Mingote ha traído un poeta que
ha hecho un monólogo para la niña graciosísimo. Se llama _Instantáneas_.
Es un nombre modernista, ¿verdad?
--Ya lo creo.
--Es una muchacha que va a sacar fotografías a la calle y se encuentra
con un pollo que se le acerca y le propone hacer una reproducción o un
grupo, y ella contesta; «¡Ay, no me toque usted el _chasis_!» Es bonito,
¿verdad?
--Precioso--dijo la baronesa mirando a Manuel y riéndose.
Las demás mujeres, fregonas distinguidas a juzgar por su aspecto,
movieron la cabeza en señal de asentimiento, y sonrieron de un modo
triste.
--¿Tiene usted mucha gente en la sala?--preguntó la baronesa.
--Todavía no ha venido nadie. Mientras tanto que baile la niña un poco
para que usted la vea.
Dió la coronela un grito por el corredor, y apareció Lulú, vestida con
falda llena de lentejuelas y el pelo cortado y rizado. Estaba incomodada
porque no encontraba una pulsera, y chillando con una vocecilla agria.
--Advierte a ésos--le dijo la coronela--de que estás aquí.
Salió la niña con el recado, y al poco rato entraron en la sala el
coronel, señor respetable, de barba blanca, que cojeaba e iba apoyado en
el brazo de Mingote; detrás de éstos un joven flaco, de bigote rubio,
con las mejillas rojas; el poeta, según advirtió la baronesa, y un
melenudo, el profesor de piano, que venía llevando del brazo a la hija
mayor de la casa, una mujer guapetona, blanca y rubia, que parecía
escapada de un cuadro de Rubens.
--Primero, ¿qué va a ser? ¿el monólogo o el baile?--preguntó la
coronela.
--El monólogo, el monólogo--dijeron todos.
--Vamos a ver. Silencio.
El poeta, borracho a juzgar por el brillo de sus ojos y el color de sus
mejillas, sonrió amablemente.
La chiquilla comenzó a recitar muy mal, con voz de gallito ronco, una
porción de brutalidades en verso, capaces de llevar el rubor a las
curtidas mejillas de un carabinero. Cada barbaridad de aquellas
terminaba con el estribillo de ¡Ay, no me toque usted el _chassis!_
Al terminar, el coronel dijo que le parecían los versos un poco así...
un poco, vamos, demasiado libres y miró a todos pidiendo su opinión. Se
discutió el punto acaloradamente. El amo de la casa presentó sus
argumentos, pero la réplica de Mingote fué decisiva.
--No, coronel--concluyó diciéndole el exprestamista exaltado--, es que
usted siente de una manera excesiva el pundonor militar. Usted lo mira
esto como militar.
La baronesa contempló asombrada a Mingote y no pudo contener la risa.
El coronel explicó confidencialmente a Mingote por qué las ideas
militares acerca de la honra necesariamente tenían que ser más rígidas
que las de los paisanos, por la disciplina, la ordenanza, y sobre todo
por el uniforme.
Después del monólogo, el melenudo se puso al piano y la niña comenzó a
bailar el tango. En este punto se presentaba también una cuestión que
dilucidar y la coronela quería que se resolviera al momento. La cosa no
era para menos. Hay una parte en el tango verdaderamente grave y
trascendental; es ese movimiento de caderas que el público llama
científicamente bisagra. La coronela preguntaba:--¿Cómo tiene Lulú que
hacer esta parte del tango, o sea la bisagra? ¿Dándole todo lo que ello
pide o velándolo un poco?
A la baronesa no le parecía bien que el tango fuera tan exagerado; un
poco de aquel movimiento no estaba mal. La coronela y Mingote
protestaron, y afirmaron que el público pide siempre, por más
emocionante, la bisagra.
El coronel, a pesar de su pundonor militar, opinaba que el público,
efectivamente, pedía bisagra, y que un poco más o menos de zarandeo era
cosa _de material_.
Mingote entonces, para enseñar a la niña cómo debía hacer aquel
movimiento, se levantó y se puso a mover las caderas de un modo
grotesco. La niña repitió la suerte sonriendo, pero sin calor. Entonces
la coronela dijo al oído de la baronesa que sólo el hombre podía enseñar
a la mujer la gracia de aquel movimiento. La baronesa sonrió
discretamente.
En aquel momento el criadito galoneado entró y dijo que estaba
Fernández. Fernández debía de ser persona de importancia porque la
coronela se levantó al momento y se dispuso a salir.
--Anda, dale la ruleta--dijo el coronel a su esposa---y que enciendan
las luces en la sala. ¿Qué?--añadió el buen señor--, ¿quiere usted que
hagamos una vaquita, baronesa?
--Ya veremos; coronel. Primeramente intentaré la suerte sola.
--Bueno.
Bailó otro tango Lulú y al poco rato apareció la coronela.
--Ya pueden ustedes pasar--dijo.
Las viejas fregonas se levantaron de sus asientos, y cruzando el
corredor entraron en una sala grande con tres balcones. Había dos mesas
allí, una de ellas con una ruleta, la otra sin nada.
Las tres viejas, la baronesa, el coronel y sus dos hijas se sentaron en
la mesa de la ruleta, en donde estaban ya sentados el banquero y los dos
pagadores.
--Hagan juego--dijo el _croupier_ con una impasibilidad de autómata.
Giró la bola blanca en la ruleta, y antes de que se parara, el
_croupier_ dijo:
--¡No va más!
Los dos pagadores dieron con su rastrillo en los paños, para impedir que
se siguiera apuntando.--No va más--repitieron al mismo tiempo con voz
monótona.
Fué entrando gente poco a poco y se ocuparon las sillas colocadas
alrededor de la mesa.
Al lado de la baronesa se sentó un hombre de unos cuarenta años, alto,
fornido, ancho de hombros, de pelo crespo negrísimo y dientes blancos.
--Pero hijo, ¿tú aquí?--dijo la baronesa.
--¿Y tú?--replicó él.
Era aquel hombre primo en segundo o tercer grado de la baronesa y se
llamaba Horacio.
--¿No decías que te acostabas invariablemente a las nueve?--preguntó la
baronesa.
--Y es una casualidad que haya venido aquí. Es la primera vez que vengo.
--Bah.
--Créeme. ¿Hacemos una vaca, prima?
--No me parece mal.
Reunieron el dinero de ambos y siguieron jugando. Horacio apuntaba
según las órdenes de la baronesa. Tenían suerte y ganaban. Poco a poco
se iba llenando el salón de un público abigarrado y extraño. Había dos
aristócratas conocidos, un torero, militares. De pie se apretaban
algunas señoras con sus hijas.
Manuel vió a la Irene, la nieta de doña Violante, al lado de un señor
viejo con el pelo engomado, que jugaba fuerte. Tenía los dedos llenos de
sortijas con piedras grandes.
Sentados en un diván hablaban cerca de Manuel un hombre viejo, de barba
blanca, muy pálido y demacrado, con otro joven lampiño de aire aburrido.
--¿Usted se retiró ya?--decía el joven.
--Sí; me retiré porque no tenía dinero; si no hubiera seguido jugando
hasta que me hubieran encontrado muerto sobre el tapete verde. Para mí
esta es la única vida. Yo soy como la Valiente. Ella me conoce, y me
suele decir algunas veces:--¿Hacemos una vaca, marqués?--No le daría a
usted mala suerte--le contesto yo.
--¿Quién es la Valiente!
--Ahora la verá usted, cuando empiece el bacarrat.
Se encendió la luz en la otra mesa.
Se levantó un viejo de bigote de mosquetero, con una baraja en la mano,
y se apoyó en el borde de la mesa. Al mismo tiempo se le acercaron diez
o doce personas.
--¡Quién talla?--preguntó el viejo.
--Cincuenta duros--murmuró uno.
--Sesenta.
--Cien.
--Ciento cincuenta duros.
--Doscientos--gritó una voz de mujer.
--Ahí está la Valiente--dijo el marqués.
Manuel la contempló con curiosidad. Era una mujer de treinta a cuarenta
años; vestía traje de hechura de sastre y sombrero Frégoli. Era muy
morena, con una tez olivácea, los ojos negros, hermosos. Se cegaba en
las apuestas y salia a los pasillos a fumar. Se notaba en ella una gran
energía y una inteligencia clara. Decían que llevaba siempre revólver.
No le gustaban los hombres y se enamoraba de las mujeres con verdadera
pasión. Su última conquista había sido la hija mayor del coronel, la
rubia gruesa, a la cual dominaba. Tenía una suerte loca algunas veces, y
para mitigar sus amorosas penas jugaba, y ganaba de un modo insolente.
--Y ese hombre que no juega nunca y está siempre aquí, ¿quién
es?--preguntó el joven, señalando un tipo de unos sesenta años, basto,
de bigote pintado.
--Este es un usurero que creo que es socio de la coronela. Cuando yo fuí
gobernador de la Coruña estaba pendiente de un proceso por no sé qué
chanchullo que había hecho en la Aduana. Le dejaron cesante y luego le
dieron un destino en Filipinas.
--¿En recompensa?
--Hombre, todo el mundo tiene que vivir--replicó el marqués--. En
Filipinas no sé qué hizo que le procesaron varias veces, y cuando quedó
libre, lo emplearon en Cuba.
--Querían que estudiara el régimen colonial español--advirtió el joven.
--Sin duda. Allí también tuvo líos, hasta que vino aquí y se dedicó a
negocios de usura, y dicen que ahora no se ahogará por menos de un
millón de pesetas.
--¡Demonio!
--Es un hombre serio y modesto. Hasta hace unos años vivía con una tal
Paca, que era dueña de una tintorería de la calle de Hortaleza, y los
dos salían a pasear los domingos por las afueras como gente pobre. Se le
murió aquella Paca, y ahora vive solo. Es huraño y humilde; muchas veces
él mismo va a la compra y guisa. El que es interesante es su antiguo
secretario; tiene unas condiciones de falsificador como nadie.
Manuel escuchaba con atención.
--Ese sí que es un hombre--dijo el marqués, mirándole atentamente.
El observado, un hombre de barba roja y puntiaguda, de aire burlón, se
volvió y saludó amablemente al viejo.
--Adiós, Maestro--le dijo éste.
--¿Le llama usted Maestro?--preguntó el joven.
--Así le llama todo el mundo.
Lulú, la hija de la coronela, y otras dos amigas pasaron por delante del
marqués y del joven.
--Que moninas son--dijo el marqués.
Tomaba aquello un aspecto mixto de mancebía lujosa y garito elegante. No
reinaba el silencio angustioso de las casas de juego, ni la greguería
alborotadora de un burdel: se jugaba y se amaba discretamente. Como
decía la coronela, era una reunión muy modernista.
En los divanes hablaban las muchachas con los hombres animadamente; se
discutía, se estudiaban combinaciones para el juego...
--A mí esto me encanta--dijo el marqués con su sonrisa pálida.
La baronesa estaba mareada y sentía ganas de marcharse.
--Me voy. ¿Me acompañas, Horacio?--preguntó a su primo.
--Sí, te acompañaré.
Se levantó la baronesa, después Horacio, y Manuel se reunió a ellos.
--¡Qué gentuza!, ¿verdad?--dijo la baronesa, con la risa ingenua
peculiar suya, al encontrarse en la calle.
--Es la amoralidad, como dicen ahora--replicó Horacio--. Los españoles
no somos inmorales, lo que pasa es que no tenemos idea de moralidad. «Ya
ve usted--decía el coronel en el momento que me he levantado para tomar
un poco de aire--ya ve usted, a mí me han mermado el retiro: de ochenta
duros me han dejado en setenta; y ¡claro!, hay que buscar otros
ingresos; así las hijas de los militares tienen que ser bailarinas... y
todo lo demás.»
--¿Te decía eso? ¡Qué bárbaro!
--¿Pero eso te choca? A mí no. Si eso es una consecuencia natural y
necesaria de nuestra raza. Estamos degenerados. Somos una raza de última
clase.
--¿Por qué?
--Porque sí; no hay más que observar. ¿Te has fijado en la cabeza que
tiene el coronel?
--No. ¿Qué, tiene algo en la cabeza?--preguntó burlonamente la
baronesa.
--Nada, que tiene la cabeza de un papúa. La moralidad sólo se da en
razas superiores. Los ingleses dicen que Wellington es superior a
Napoleón porque Wellington peleó por el deber y Napoleón por la gloria.
La idea del deber no entra en cráneos como el del coronel. Háblale a un
mandingo del deber. Nada. ¡Oh! La antropología enseña mucho. Yo me lo
explico todo por leyes antropológicas.
Pasaron por delante del café de Varela.
--¿Quieres que entremos aquí?--dijo el primo.
--Vamos.
Se sentaron los tres en una mesa, pidió cada uno lo que quería y siguió
el primo de la baronesa hablando.
Era un tipo gracioso el de aquel hombre; hablaba en andaluz cerrado,
aspirando las haches; tenía algún dinero para vivir y con eso y un
destinillo en un ministerio iba pasando. Vivía en un desorden muy
reglamentado, leyendo a Spencer en inglés y cambiando de género de vida
por temporadas.
Hombre original, llevaba ya cuatro o cinco años encenagado en los
pantanosos campos de la sociología y de la antropología. Estaba
convencido de que intelectualmente era un anglosajón, a quien no le
debían de preocupar las cosas de España ni de ningún otro país del
Mediodía.
--Pues sí--siguió diciendo Horacio llenando su copa de cerveza--. Yo me
lo explico todo, los detalles más nimios, por leyes biológicas o
sociales. Esta mañana al levantarme oía a mi patrona que hablaba con el
panadero de la subida del pan.--¿Y por qué ha encarecido el pan?--le
preguntaba ella.--No sé--replicaba él--; dicen que la cosecha es
buena.--¿Pues entonces?--No sé. Me fuí a la oficina a la hora en punto,
con exactitud inglesa; no había nadie; es la costumbre española, y me
pregunté: ¿En qué consiste la subida del pan si la cosecha se presenta
buena? Y dí con la explicación que creo te convencerá. Tú sabrás que en
el cerebro hay lóbulos.
--Yo qué he de saber eso, hijo mío--replicó la baronesa distraída,
mojando un bizcocho en el chocolate.
--Pues sí hay lóbulos, y según opinión de los fisiólogos, cada lóbulo
tiene su función; uno sirve para una cosa, el otro para otra,
¿comprendes?
--Sí.
--Bueno; pues figúrate tú que en España hay cerca de trece millones de
individuos que no saben leer y escribir. ¿No me atiendes?
--Sí, hombre, sí.
--Pues bien; ese lóbulo que en los hombres ilustrados se emplea en
esfuerzos para entender y pensar en lo que se lee, aquí no lo utilizan
trece millones de habitantes. Esa fuerza que debían de gastar en
discurrir, la emplean en instintos fieros. Consecuencia de esto, el
crimen aumenta, aumenta el apetito sexual, y al aumentar éste, crece el
consumo de alimentos y encarece el pan.
La baronesa no pudo menos de reírse al oir la explicación de su primo.
--No es una fantasía--replicó Horacio--es la pura verdad.
--Si no lo dudo, pero me hace reir la noticia. Manuel también se ríe.
--¿De dónde has sacado este chico?
--Es el hijo de una mujer que conocimos. ¿Qué te dice tu ciencia de él?
--A ver, quítate la gorra.
Manuel se quitó la gorra.
--Este es un celta--añadió Horacio--. ¡Buena raza! El ángulo facial
abierto, la frente grande, poca mandíbula...
--Y eso ¿qué quiere decir?--preguntó Manuel.
--En último término, nada. ¿Tú tienes dinero?
--¿Yo? Ni un botón.
--Pues entonces lo que te puedo decir es esto: que como no tienes
dinero, ni eres hombre de presa, ni podrás utilizar tu inteligencia,
aunque la tengas, que creo que sí, probablemente morirás en algún
hospital.
--¡Qué bárbaro!--exclamó la baronesa--no le digas eso al chico.
Manuel se echó a reir; la profecía le parecía muy divertida.
--En cambio yo--siguió diciendo Horacio--no hay cuidado que muera en un
hospital. Mira qué cabeza, qué quijada, qué instinto de adquisividad más
brutal. Soy un berebere de raza, un euro-africano; eso sí,
afortunadamente, estoy influído por las ideas de la filosofía práctica
de lord Bacon. Si no fuera por eso estaría bailando tangos en Cuba o en
Puerto Rico.
--¿De manera que gracias a ese lord eres un hombre civilizado?
--Relativamente civilizado; no trato de compararme con un inglés. ¿Tengo
yo la seguridad de ser un ario? ¿Soy acaso celta o sajón? No me hago
ilusiones; soy de una raza inferior, ¡que le voy a hacer! Yo no he
nacido en Manchester sino en el Camagüey y he sido criado en Málaga.
¡Figúrate!
--Y eso, ¿qué tiene que ver?
--La mar, chica. La civilización viene con la lluvia. En esos países
húmedos y lluviosos es donde se dan los tipos más civilizados y más
hermosos también, tipos como el de tu hija, con sus ojos tan azules, la
tez tan blanca y el cabello tan rubio.
--Y yo... ¿qué soy?--preguntó la baronesa--¿Un poco de eso que decías
antes?
--¿Un poco berebere?
--Sí, me parece que sí; un poco berebere, ¿eh?
--En el carácter quizá, pero en el tipo, no. Eres de raza aria pura, tus
ascendientes vendrían de la India, de la meseta de Pamir o del valle de
Cabul, pero no han pasado por Africa. Puedes estar tranquila.
La baronesa miró a su primo con expresión un tanto enigmática. Poco
después los dos primos y Manuel salieron del café.
CAPÍTULO VII
EL BEREBERE SE SIENTE PROFUNDAMENTE ANGLOSAJÓN. MINGOTE
MEFISTOFÉLICO.--COGOLLUDO.--DESPEDIDA.