intentó interrumpir a Peñalar; éste se detuvo, sonrió con dulzura, notó
que la fuerza de la costumbre había llevado su discurso al tema
constante del por qué pegaba sablazos, y comprendiendo que su elocuencia
le arrastraba por un camino extraviado, bajó la voz y continuó en tono
confidencial:
--Esta vida atrae de tal modo, a pesar de sus impurezas, ¿no es verdad,
don Sergio?, que no puede uno desprenderse con indiferencia de ella. Y
eso que yo creo que la muerte es la liberación, sí, yo creo en la
inmortalidad del alma, en el dominio absoluto del espíritu sobre la
materia. Antes no, lo confieso--sonriendo más dulcemente aun--, antes
era panteísta y conservo no sé si de aquella época el entusiasmo por la
naturaleza. ¡Oh, el campo!, ¡el campo es mi delicia!; muchas veces
recuerdo aquellos versos del mantuano:
«Te, dulcis conjux, te solo in litore secum te veniente die, te
decedente canebat.»
--¿A usted le gusta el campo, don Sergio? Sí le debe de gustar, con el
talento que usted tiene.
La cólera de don Sergio, que iba agrandándose con la verbosidad
incoherente de Peñalar, estalló en esta frase corta:
--El campo me revienta.
Peñalar quedó parado, con la boca abierta.
--Señor mío, señor mío--añadió el comerciante, levantando la voz
iracunda--, si usted tiene mucho tiempo que perder, a mí no me pasa lo
propio.
--No le he expresado a usted aún el motivo de mi visita--, dijo Peñalar
y se quitó los lentes y se preparó a limpiarlos con el pañuelo.
--No, ni hay necesidad; me lo figuro, me lo figuro muy bien. Yo no doy
limosnas.
--Caballero, señor don Sergio--y Peñalar se levantó con las gafas en la
mano y paseó por el cuarto su mirada oscura de cegato--, está usted en
un profundo error. No vengo a pedir una limosna, no son esos mis
hábitos. Nadie podrá decirlo, vengo--y se caló los lentes con
resolución--a cumplir un deber sagrado.
--Concluyamos. ¿Qué deber sagrado es ese? ¡Qué! Basta de farsas. La
charlatanería me revienta.
--Permítame usted que me siente. Estoy fatigado--murmuró Peñalar con voz
desfallecida--. ¿No nos oye nadie?
Don Sergio le miró como una hiena; Peñalar pasó por su ancha frente el
pañuelo lleno de agujeros; luego, dirigiéndose a Manuel, que seguía
sumido en el mayor estupor, le dijo:
--Haz el favor, mi querido niño, de salir un momento y esperarme.
Manuel abrió la puerta del despacho y salió al almacén. Esta maniobra
produjo un movimiento de extrañeza en don Sergio.
--Yo, caballero--dijo Peñalar al verse solo con el comerciante--, estoy
dedicado a la enseñanza de la juventud.
--¿Que es usted maestro? Lo he oído.
--Estaba de pasante en el colegio del Espíritu Santo, cuando se me
ocurrió establecerme por mi cuenta.
--Y ha perdido usted el dinero; bueno. ¿Y a mí todo eso qué me
importa?--gritó don Sergio, golpeando la mesa con un libro.
--Perdone usted. Entre mis alumnos tengo este muchacho que acaba de
salir de aquí, y que es un prodigio, un niño de unas facultades
extraordinarias. Al notar la claridad de su inteligencia y la energía de
su voluntad, me interesé por él; le pregunté por su familia, y me dijo
que no tenía padre ni madre, y que una señora le había recogido en su
casa.
--¿Y a mí qué?
--Espere usted, don Sergio. Fuí a ver a esa señora protectora suya, que
es una baronesa, y la dije:
--El muchacho a quien usted protege es digno de las mayores atenciones y
de que se haga algo por su educación.
--Su madre no tiene dinero y su padre que es rico, no hace nada por
él--me contestó la baronesa.
--Dígame usted quién es su padre y le iré a ver.
--Es inútil--replicó--, porque no conseguirá usted nada de él; se llama
don Sergio Redondo.
Al decir esto, Peñalar se levantó, y contempló con la cabeza erguida a
don Sergio, como el ángel exterminador puede mirar a un pobre réprobo.
Don Sergio palideció profundamente, sacó el pañuelo, se frotó los
labios, carraspeó. Se comprendía que estaba turbado.
Peñalar observó al viejo atentamente, y viendo que aminoraba en sus
arrogancias, se sintió cada vez más evangélico y más moral.
--La baronesa--añadió--me dijo, y perdone la inquebrantable sinceridad
mía, me dijo que era usted un egoísta y un hombre sin corazón; yo, a
pesar de esto--sonriendo dulcemente y sintiéndose ya superevangélico y
supermoral--pensé: Mi deber es ir a ver a ese caballero. Por eso he
venido. Ahora usted hará lo que su conciencia le dicte. Yo he cumplido
con la mía.
Después de este párrafo, Peñalar nada tenía que decir y con la sonrisa
de todo el martirologio en los labios cogió el sombrero, saludó
ceremoniosamente y se acercó a la puerta.
--¿Y ese niño es el que estaba aquí?--preguntó en voz baja y vacilante
don Sergio.
--El mismo.
--¿Y dónde vive esa mujer, esa baronesa?--exclamó el comerciante.
--Yo no puedo decirlo. Se lo preguntaré; si ella me lo autoriza, vendré
con la contestación.
Y Peñalar salió del despacho.
--Vamos, hijo mío--le dijo a Manuel.
Y con altivo y noble continente, con la cabeza erguida, salió de casa,
llevando de la mano a su querido discípulo, a aquel niño portentoso tan
poco apreciado por sus padres.
CAPÍTULO V
VIDA Y MILAGROS DEL SEÑOR DE MINGOTE.--COMIENZA LA DULCE EXPLOTACIÓN DE
DON SERGIO.
SEGÚN los mejores historiógrafos madrileños, el conocimiento de la
baronesa de Aynant con Bonifacio de Mingote databa de dos años a la
fecha.
Una de las muchas veces que la baronesa se encontraba en la necesidad de
buscar dinero, avisó a un prestamista de la calle del Pez. En lugar del
prestamista se presentó su dependiente, el propio Mingote, y se arregló
el negocio entre los dos. Desde entonces don Bonifacio frecuentaba la
casa de la baronesa. ¿Quién era Don Bonifacio? ¿Cómo era don Bonifacio?
Hay bimanos que producen una extraordinaria curiosidad. En la historia
natural del hombre son como esas especies de monotremas entre aves y
mamíferos, asombro de los zoólogos. A esta clase de bimanos interesantes
pertenecía Mingote.
Era este Mingote hombre de unos cincuenta años, bajo, grueso, de bigote
pintado, con la cara carnosa, la nariz pequeña y roja, la boca cínica,
las trazas de agente de la policía o de zurupeto. Vestía de una manera
presuntuosa, le encantaba llevar una cadena gruesa en el chaleco y
diamantes falsos, como garbanzos de grandes, en la pechera y en los
dedos.
Mingote había ejercido todos los oficios que un hombre puede ejercer no
siendo persona decente: prestamista, policía, jefe de clac, zurupeto de
la Bolsa, agente de quintas, curial, revendedor, gancho...
Manuel pudo ir conociéndolo a fondo. Era maestro en todas las artes del
engaño, ingrato, procaz, cobarde con los valientes, valiente con los
cobardes, petulante y vanidoso como pocos, amigo de atribuirse las
heroicidades y los méritos ajenos y de repartir entre los demás los
defectos propios.
Manuel notó que la baronesa solía hablar siempre mal de Mingote, cuando
se hallaba ausente, y, sin embargo, cuando le escuchaba lo hacía con
gusto; sin duda al oirle admiraba la sutileza y la finura de las malas
artes de aquel pícaro.
Al cabo de algún tiempo de oirle su charla desvergonzada repugnaba.
La preocupación de Mingote era ocultar su natural cínico, pero el
cinismo suyo, por su fuerza de expansión, le salía fuera del alma,
apuntaba en sus ojos y en sus labios y fluía libremente en sus palabras.
--Pierden el tiempo los que me insultan--decía tranquilamente--; a
sinvergüenza no me gana nadie.
Y tenía razón. A veces se daba cuenta del mal efecto producido por
alguna arlequinada suya, y se esforzaba entonces en presentarse como un
Roldán o un Cid de la corrección; pero al poco rato, por entre su coraza
de puntilloso caballero aparecía la garfa del truhán.
--En cuestiones de honor no admito distingos--decía el hombre cuando se
sentía hidalgo--; usted me dirá: el honor es una martingala. Es verdad.
Pero yo tengo esta desgracia; soy caballeresco por temperamento.
Mingote comulgaba en las ideas anárquico-filantrópico-colectivistas,
algunas de sus cartas terminaba poniendo: Salud y Revolución Social, lo
cual no era obstáculo para que intentase unas veces establecer una casa
de préstamos, otras una casa de citas o algún otro honrado comercio por
el estilo.
Había hecho aquel exprestamista una porción de ignominias con los
compañeros de la dinamita y del ácido pícrico, sacándoles dinero, ya
para dar un golpe y comprar bombas, ya para escribir un diccionario
libertario en donde él, Mingote, desmenuzaría con su análisis
formidable, más formidable que los más furiosos explosivos, todas las
ideas tradicionales de esta estúpida sociedad.
Cuando Mingote hablaba de su diccionario, su desdén por la existencia,
su mirada de iluminado, su melancólica actitud de hombre no comprendido,
todo indicaba al genio de las revoluciones.
En cambio, al contar y especificar sus éxitos de agente de anuncios y de
negocios, surgía el hombre moderno, el _struggle for lifeur_ de la
almoneda y de la casa de préstamos, de la droguería y de la perfumería.
--Yo--solía decir--hice la almoneda de la Chavito, yo le vendí la cuadra
al marqués del Sacro-Cerro y el monte a la vizcondesa. Yo he lanzado el
cataforético Pipot; el pectoral de sampagnita salvaje Alex; la pasta
manícura de Chiper; la cataplasma eléctrica de Pirogoff; la harina
pépsica de Clarckson; la auditina de Well; el corazón artificial de
Tomás y Gil; el emplasto sudorífico de Rocagut, y, sin embargo, se ha
hecho el vacío a mi alrededor.
Mingote suponía que Madrid entero se confabulaba contra él para no
dejarle prosperar; pero él esperaba el momento bueno en que les daría en
la cabeza a sus enemigos.
Sus mayores ilusiones se basaban en sus minas, que, a pesar de ser
admirables, no tenía inconveniente en venderlas en lotes de poco dinero.
Constantemente llevaba en el bolsillo piedras, envueltas en papeles de
periódico, de sus minas de aquí y de allá.
--Esta--y Mingote mostraba un pedrusco--es de mis minas del Suspiro del
Moro. ¡Qué muestra! ¿Eh? Es admirable. ¿Es verdad? De hierro... casi
puro. Noventa y nueve y medio por ciento de hierro mineralizado. Esta
otra es de calamina. Sesenta y ocho por ciento. Hay medio millón de
toneladas.
Cuando se le descubría la mentira, no sólo no se incomodaba, sino que se
echaba a reir.
La baronesa celebraba con carcajadas los proyectos de Mingote.
--Pero si no tiene usted minas, ¿cómo las va usted a vender?--le
preguntaba.
--¡Ah!, no importa--replicaba Mingote--; se inventan; es lo mismo. En
seguida que le demos el golpe a don Sergio, nos dedicamos a los
negocios. Demarcamos una mina; depósito: trescientas, cuatrocientas
pesetas, lo que sea; llevamos al terreno minerales de otra parte, y en
seguida hacemos acciones: «Sociedad anónima del coto Prosperidad»;
capital: 7.000.000 de pesetas; alquilamos una casa, ponemos una hermosa
plancha de cobre con letras en la puerta y un criado con una librea
azul: cobramos las acciones, y ya está hecho el negocio.
¿Creía Mingote en sus fantasías? Ni aun él lo sabía de cierto; aquel
hombre se hallaba desconocido a sí mismo. Allá, dentro de su alma,
encerraba la idea de un hado adverso que le impedía prosperar, por ser
un sinvergüenza; porque habilidad tenía de sobra; sabía como nadie
recibir a un acreedor y no pagarle; sabía adular y mentir; pero, a pesar
de su mentir constante, era crédulo para los embustes ajenos como nadie.
Creía en las sociedades secretas, en la masonería, en los h.·. y en otra
porción de mojigangas por el estilo.
En el peligro y en las situaciones graves, a pesar de la cobardía
extraordinaria del exprestamista, no le abandonaba nunca su ingenio; el
soltar una gracia constituía para él una necesidad, y probablemente,
empalado, con la soga al cuello, o en las gradas del patíbulo, temblando
de miedo, hubiera tenido que decir, entre castañeteos de dientes y
convulsiones, alguna cosa chusca.
Reñía con todo aquel a quien no necesitaba, por cosas fútiles;
vociferaba en los tranvías y teatros con cobradores y acomodadores,
levantaba el bastón a los golfos, trataba desdeñosamente a todo el
mundo, hacía proposiciones indecorosas a las mujeres delante de sus
maridos o de sus padres, y a pesar de esto no recibía más que raras
veces las bofetadas o los palos que otro cualquiera en su lugar
recibiera.
Vanidoso y petulante, él mismo se reía de su petulancia. Cambiaba la
sonrisa en gesto amenazador y el gesto amenazador en sonrisa; a veces
sentía cierta especie rara y cómica de pudor y se ruborizaba, pero no se
desconcertaba nunca.
El exprestamista, a pesar de que su tipo no era nada agradable, tenía
grandes éxitos con las mujeres. Se dedicaba a la ancianidad. Su táctica
era rapidísima y expedita; a la primera semana ya pedía dinero.
Contaba las queridas a pares, cada una con dos o tres pequeños Mingotes.
Con ellas el exprestamista había organizado un servicio de mendicidad
maravilloso por medio de cartas, y como la agencia producía cada vez
menos, gracias al dinero que traían las mujeres, vivían ellas, el gran
Mingote y los pequeños Mingotes. Cuando le preguntaban por aquellas
mujeres, el exprestamista decía que constituían su servidumbre.
Este era Mingote, el maravilloso y peregrino Mingote, auxiliar y
colaborador de la baronesa de Aynant.
El mismo día en que Manuel y el sublime pedagogo contaron los detalles
de la visita a don Sergio, la baronesa y Mingote se pusieron en
campaña. La baronesa alquiló un gabinete por unos días a una patrona
del principal.
--¿Pero para qué hace usted eso?--la preguntó Mingote--. Cuanto en peor
situación la vea a usted _il vecchio_ será más espléndido.
--Yo le creía a usted más listo, Mingote--replicó fríamente la
baronesa--. Si don Sergio me viera en este cuartucho indecente, me daría
una limosna; de otro modo, ya veremos. Además déjeme usted a mí dirigir
mis asuntos.
Mingote calló confundido. Indudablemente allí tenía que aprender.
La baronesa arregló el cuarto alquilado con gusto, mandó coser y
planchar una de sus batas, y vistió a Manuel y hasta le dió polvos de
arroz, con gran desesperación del chico. Todo preparado, Mingote
escribió a don Sergio, _il vecchio Cromwell_, como le llamaba él, una
tarjeta con la firma de Peñalar, dándole las señas de la casa.
La baronesa y Manuel esperaron a que llegara _il vecchio_. A media tarde
se oyó el ruido de un coche que paraba a la puerta.
--Este es--dijo la baronesa. Miró por las rendijas de la persiana--. Sí,
es él--añadió, y se tendió en el sofá y cogió un libro.
Bien vestida y ataviada resultaba apetitosa; una jamona rubia de buen
ver.
--Mira es mejor que te metas en ese otro cuarto--dijo la baronesa a
Manuel señalándole una alcoba--; le diré que estás estudiando.
Manuel, a quien el papel que le designaron no le agradaba, se escabulló
en la alcoba. Había entre ésta y el gabinete una puerta de cristales,
con sus correspondientes cortinas. Manuel encontró el observatorio muy
cómodo, y se puso a mirar por los visillos; le interesaba ver cómo se
desenvolvía la baronesa y manejaba los hilos de aquella trapisonda, en
los cuales podía quedar enredada al menor descuido.
Cuando la criada de la casa de huéspedes fué a anunciar la visita de don
Sergio, la baronesa se hallaba ya posesionada de su papel. _Il vecchio_
pasó gravemente, saludó; la baronesa hizo un gesto de asombro al verle,
luego con un ademán de languidez y de contrariedad le indicó que podía
sentarse.
_Il vecchio Cromwell_ se sentó; Manuel pudo observarle con calma. Estaba
pálido y tenía un color calcáreo.
--Vaya un papá feo que me he echado--se dijo Manuel.
La baronesa y don Sergio comenzaron a hablar en voz baja. No se oía lo
que hablaban. El calcáreo anciano pasó la mirada por el cuarto, observó
los muebles, indudablemente extrañado de ver el gabinete tan elegante.
Luego siguió hablando con calor; la baronesa le escuchaba lánguidamente,
sonriendo con cierta amable y bondadosa ironía. Manuel pensó que no le
faltaban al viejo más que unos cuernecitos y unas patas de cabra para
representar, en unión de la baronesa, un grupo que él había visto unos
días antes en un escaparate de la carrera de San Jerónimo, cuyo título
era «La Ninfa y el Sátiro». Manuel creyó que el viejo se iba a
arrodillar y le dieron ganas de gritarle ¡fuera _Cromwell_!
Continuaba el viejo hablando de una manera insinuante, cuando se fué
animando y comenzó a accionar con violencia.--Ese abandono del muchacho
es incalificable--decía.
--¡Incalificable!
--Sí, señora.
--Pero usted, ¿qué derechos tiene para hablar?
--Tengo derechos. Sí, señora.
La baronesa pareció asombrada de aquellas palabras, y replicó con
vaguedades y excusas; luego se indignó y levantándose del sofá con un
gallardo ademán y tirando el libro al suelo acusó al iracundo _Cromwell_
de todo lo malo que podía ocurrir al niño. El tenía la culpa de todo por
ser un avaro y un miserable.
Replicó a esto el terrible _vecchio_, en tono brusco, diciendo que para
las mujeres livianas y gastadoras todos los hombres eran avaros.
--Si usted ha venido aquí--interrumpió la baronesa--a insultar a una
mujer porque está sola, no lo consentiré.
Entonces vinieron las explicaciones del calcáreo anciano, el sincerarse,
el ofrecerse...
--No necesito de usted para nada--contestó la baronesa arrogantemente--.
No le he llamado a usted.
El marrullero _vecchio_ juró y perjuró que no había ido allá más que a
ofrecerle todo lo que necesitara y a pedir que le dejara costear los
gastos de los estudios del muchacho. También deseaba verle un momento.
La baronesa se dejó convencer; pero advirtió al calcáreo que el niño
creía que sus padres habían muerto.
--No, no tenga usted cuidado, Paquita--exclamó _il vecchio_.
Llamó la baronesa al timbre, y preguntó a la criada con indolencia:
--¿Está en casa Sergio?
--Sí, señora.
--Dígale usted que venga.
Entró Manuel confuso.
--Este señor quiere verte--dijo la dama.
--Ya sé, ya sé que eres un estudiante muy aprovechado--murmuró _il
vecchio_.
Manuel levantó los ojos con el mayor asombro. Don Sergio dió unos
golpecitos en la mejilla nada sonrosada del muchacho. Manuel quedó
mirando al suelo, y se marchó, al darle la baronesa el permiso para
salir.
--Es muy huraño--dijo la baronesa.
--Yo era igual a su edad--repuso don Sergio.
La dama sonrió maliciosamente. Manuel volvió a la alcoba y siguió
observando la actitud de los dos; la baronesa se lamentaba de su falta
de recursos; _Cromwell_ se defendía como un león. Al terminar la
conferencia, el calcáreo sacó su cartera y dejó unos billetes sobre el
velador.
La baronesa le acompañó hasta la puerta.
--¿De modo, Paquita, que está usted contenta?--la dijo antes de
marcharse.
--¡Contentísima!
--¿No siente usted que haya venido a verla?
--¡Ay, don Sergio! Me ha tenido usted muy abandonada. ¡Cuando es usted
el único amigo de mi pobre padre!
--Sí, es verdad, Paquita, es verdad--murmuró _il vecchio_ acariciando
entre las suyas una de las manos regordetas de la baronesa.
Y bajó las escaleras, deteniéndose a cada instante para saludar a la
dama.
--Jesús, qué lata de viejo--murmuró ella dando un portazo--. ¡Manuel,
Manolito, has estado muy bien! Hecho un héroe. ¿Has visto? _Il vecchio
Cromwell_, como dice Mingote, ha dejado mil pesetas. Mañana mismito nos
mudamos de casa.
Al día siguiente, muy de mañana, la baronesa y Manuel se echaron a la
calle a buscar cuarto. Después de mucho corretear y de andar con la
cabeza descoyuntada de tanto mirar hacia arriba, encontraron un tercer
piso en la plaza de Oriente, que a la baronesa le encantó. Costaba
veinticinco duros al mes.
--A niña Chucha le va a parecer caro, pero yo lo alquilo--dijo la
baronesa.
Y llamó en el primer piso en donde vivía el administrador y habló con él
y pagó la casa por adelantado.
El mismo día se hizo la mudanza y Manuel trajinó con entusiasmo,
llevando trastos de un lado a otro y colocándolos en la nueva casa en el
sitio que designaba niña Chucha.
Como la casa quedaba vacía y la baronesa tenía algunos muebles guardados
en casa de una amiga cubana, unos días después fué a verla para
pedírselos. No apareció en todo el día ni aun a cenar, y volvió a la
noche muy tarde. Niña Chucha y Manuel la esperaron. Al llegar a casa,
venía con los ojos más brillantes que de ordinario.
--La coronela no me ha querido dejar venir--murmuró--; he cenado en su
casa, luego he ido con sus chicas a Apolo y me han acompañado hasta
aquí mismo.
No pudo Manuel comprender qué tendría esto de extraño para la baronesa,
y se asombró bastante al oirle contestar a los reproches de niña Chucha,
balbuceando y riéndose a carcajadas de una manera insubstancial. Hubiese
jurado Manuel que al salir del comedor la baronesa había dado un
traspiés, pero con el sueño no se enteró bien y se abstuvo de
comentarios.
Al día siguiente, poco antes de la hora de comer, estaba niña Chucha en
la calle cuando llamaron a la puerta. Abrió Manuel. Era el calcáreo.
--Hola, estudiante--dijo--. ¿Y doña Paquita?
--En su cuarto--contestó Manuel.
Llamó don Sergio en la puerta con los nudillos y repitió varias veces:
--¿Se puede?
--Pase usted, don Sergio--dijo la baronesa--y abra usted las ventanas.
Entró el viejo en el cuarto tropezando con los bultos desparramados por
el suelo y abrió el balcón.
--Pero, Paquita ¿todavía en la cama?--preguntó en el colmo de la
estupefacción--. Eso no es sano.
--¡Oh! si viera usted cómo he trabajado--replicó la baronesa
desperezándose--. Ayer me acosté rendidita, y hoy para las cinco estaba
ya trabajando; pero de tanto trajinar se me ha levantado un dolor de
cabeza que me he tenido que acostar otra vez.
--¿Para qué trabajas tanto? No te conviene.
--Es que hay que hacer las cosas; luego, en esta casa no ayudan. Chucha
no hace más que leer novelas; a Sergio no le voy a poner a andar como un
mozo de cuerda, y yo sola tengo que hacerlo todo. Espero que otro día
seré más feliz y tendrá usted el gusto de presenciar lo buena chica que
soy y cómo sigo sus consejos al pie de la letra.
--Bueno, Paquita, bueno. Sigues siendo una chiquilla.
La baronesa, para demostrar que era verdad esto, hizo unos cuantos
arrumacos a _Cromwell_, y después, en tono indiferente, le pidió
cincuenta pesetas.
--Pero...
--Si ya sé que me va usted a reñir. No crea usted que he gastado todo el
dinero, ni mucho menos. Es que la verdad, un billete de quinientas
pesetas no quiero cambiarlo, y como tengo que pagar una cuentecilla...
--Vaya, ahí va--. Y don Sergio, con una sonrisa que quería ser amable,
sacó la cartera del bolsillo y dejó un papel azul sobre la mesilla de
noche; luego le pareció poco galante dar lo que le habían pedido y dejó
otro.
La baronesa puso el candelero encima de los dos billetes, y después
acurrucándose entre las sábanas, con voz soñolienta, murmuró:
--¡Ay, don Sergio, me vuelve el dolor de cabeza!
--Pues cuídate, hija, cuídate y no trabajes tanto.
Don Sergio salió de la alcoba, luego de cerrar el balcón, y se encontró
con niña Chucha que volvía de la calle.
--No debes dejar que trabaje tanto tu ama--le dijo secamente--; se pone
enferma.
La mulata contempló sonriendo al viejo.
--Bueno, _señó_--dijo.
--Y el muchacho, ¿qué hace?
--_Etá_ estudiando--contestó niña Chucha con malicia, y lo mostró con
los codos sobre la mesa del comedor y la cabeza entre las manos.
Efectivamente, estaba devorando una novela por entregas de Tárrago y
Mateos.
CAPÍTULO VI
KATE, LA NIÑA BLANCA.--LOS AMORES DE ROBERTO.--EL PUNDONOR MILITAR.--LAS
CUCAS.--DISQUISICIONES ANTROPOLÓGICAS.
AL mes de instalados en la nueva casa llegaron las fiestas de Navidad, y
como en los colegios había vacaciones, la baronesa fué en busca de su
hija al del Sagrado Corazón, y volvió con ella en coche.
Niña Chucha se encargó de informar a Manuel y de darle detalles de la
hija de la baronesa.
--Es una cantimpla, ¿sabe?, una niña blanca y sosa que parece una
muñeca.
Manuel la conocía, pero no sabía si ella se acordaría de él; en los años
que no la veía se había hecho una muchacha preciosa. No recordaba en su
tipo a su madre; aunque rubia como ella, debía de parecerse al padre.
Era blanca, de facciones correctas, ojos azules claros, de cejas y
pestañas doradas y el pelo rubio, sin brillo, pero muy bonito.
Al llegar a casa, niña Chucha hizo grandes demostraciones de cariño a
la colegiala; Manuel fué reconocido por ella, lo que le produjo gran
satisfacción.
La hija de la baronesa se llamaba Catalina, sus parientes de Amberes la
llamaban Kate, pero la baronesa generalmente la decía la Nena.