exclusivamente de la atonía, del cansancio de las células. Pues bien--y
Mingote levantó la voz con nuevos bríos--; el Anís Estrellado Fernández
corrige esta atonía, el Anís Estrellado Fernández, excitando la
secreción de los jugos del estómago, hace desaparecer esas enfermedades
que envejecen y aniquilan al hombre.
Después de este párrafo, dicho con el mayor entusiasmo y fuego oratorio,
Mingote se sacudió con el junquillo los pantalones y murmuró con voz
natural.
--Ya verá usted cómo ese Fernández no paga. ¡Y aun si el anís fuera
bueno! ¿No han mandado más botellas de la farmacia?
--Sí, ayer enviaron dos.
--¿Y dónde están?
--Me las he llevado a casa.
--¿Eh?
--Sí, me las prometieron; y como en la primera remesa usted arrambló con
todas, yo me he permitido llevarme éstas a casa.
--¡Dios de Dios! Está bien; es cogolludo... Que le envíen a usted unas
botellas de un anís magnífico, para que venga otro con sus manos
lavadas... ¡Dios de Dios!--y Mingote quedó mirando el techo con uno de
los ojos extraviados.
--¿No le queda a usted ninguna?--dijo el amanuense.
--Sí, pero se me van a acabar en seguida.
Después comenzó otro párrafo elocuente, paseándose por el cuarto,
accionando con su junquillo e interrumpiendo con frecuencia su discurso
para lanzar un violento apóstrofe o una cómica reflexión.
Al medio día el escribiente se levantó, se encasquetó el sombrero y se
fué sin saludar ni decir una palabra.
Mingote puso una mano sobre el hombro de Manuel y paternalmente añadió:
--Anda, ve a tu casa a comer y vuelve a eso de las dos.
Manuel subió al estudio; ni Roberto ni Alejo estaban; no había en toda
la casa ni un mendrugo de pan. Registró por todos los rincones y para la
una y media volvió a casa de don Bonifacio y, entre bostezo y bostezo,
siguió poniendo nombres en las circulares.
A Mingote le agradó el comportamiento de Manuel, y por esto o porque en
la comida se dedicara con exceso al Anís Estrellado Fernández, se
entregó a la verbosidad más desordenada y pintoresca, siempre con la
mirada desviada hacia el techo. Manuel rió con grandes carcajadas las
cómicas y extravagantes ocurrencias de don Bonifacio.
--No eres como mi amanuense--le dijo halagado por las manifestaciones de
alegría del muchacho--, que que no ríe mis chistes y luego me los roba
y los pone estropeados en unas cuantas piececitas fúnebres que escribe.
Y no es eso lo peor. Lee. Y Mingote le dió a Manuel un anuncio impreso.
Era también una circular por el estilo de las de don Bonifacio. Decía
así:
LA BENEFACTORA
AGENCIA MÉDICO-FARMACÉUTICA
DE
DON PELAYO HUESCA
_Nadie como ella cumple sus compromisos. El Consejo de Administración de
La Benefactora lo forman los banqueros más acaudalados de Madrid. La
Benefactora tiene cuenta corriente con el Banco de España. En La
Benefactora no hay cuota de entrada.
Servicio de abogado, relator, procurador, médico, farmacéutico, partos,
dietas, entierros, lactancia, etc.
Cuota mensual: Una, dos, dos cincuenta, tres, cuatro y cinco pesetas.
(Obras son amores y no buenas razones.)
Director gerente: Pelayo Huesca, Misericordia, 6._
--¿Eh?--gritó Mingote cuando Manuel concluyó de leer--. ¿Qué te parece?
Está viviendo de La Europea y, plagiándome, hace La Benefactora. En todo
es así este hombre: pérfido como la onda. Pero ¡ah! señor don Pelayo, yo
le encontraré a usted. Si es usted murciélago alevoso, yo le clavaré en
mi puerta; si es usted un miserable galápago, yo le romperé su concha.
¿Ves, hijo mío? ¿Qué se puede esperar de un país donde no se respeta la
propiedad intelectual, no la más santa, pero sí la única legítima de
todas las propiedades?
Mingote no enseñó a Manuel una nota impresa al margen de la circular.
Era una idea de don Pelayo. En ella la Agencia se ofrecía para servicios
y averiguaciones íntimas. Esta nota, discretamente redactada, se dirigía
a los que deseaban conocer una mujer agradable para completar su
educación; a los que querían realizar un buen matrimonio; a los que
dudaban de su cónyuge, y a otros, a los cuales la Agencia ofrecía
investigaciones confidenciales y profundas por poco precio, y vigilancia
de día y de noche, realizando todos estos servicios con una delicadeza
delirante.
A Mingote no le gustaba confesar que esta idea se le había escapado a
él.
--¿Ves? No se puede vivir--terminó diciendo--. Todos los hombres son
unos canallas. Tú veo que distingues, y yo te protegeré.
Efectivamente; por la protección de Mingote, Manuel pudo comer aquella
noche.
--Mañana, cuando vengas aquí--advirtió don Bonifacio--, coges un paquete
de circulares y las vas repartiendo casa por casa, sin dejar una. No
quiero que las eches por debajo de la puerta. En cada piso llamas y
preguntas. ¿Entiendes?
--Sí, señor.
--Yo, mientras tanto, prepararé tu asunto.
Al día siguiente Manuel repartió una porción de circulares y volvió a
la hora de comer con el recado hecho.
Se encontraba aburrido de esperar, cuando apareció Mingote en el cuarto;
se plantó delante de Manuel, agitó su junquillo en un rápido molinete,
dió un golpe en el brazo al muchacho; se paró, se tiró a fondo, y gritó:
--¡Ah! ¡pillo! ¡bandido! ¡infame!
--¿Qué pasa?--dijo asustado Manuel.
--¿Qué pasa? ¡Tunante! ¿Qué pasa? ¡Miserable! Que eres el hombre de la
suerte lisa; que ya tienes un porvenir, que ya tienes un empleo.
--¿De qué?---preguntó el muchacho.
--De hijo.
--¿De hijo? No comprendo.
Mingote se cuadró, miró al techo, hizo un saludo con el bastón como un
profesor de esgrima con el florete, y añadió:
--¡Vas a pasar por hijo de toda una baronesa!
--¿Quién, yo?
--Sí. No te podrás quejar, perillán. Desde el arroyo subes a las alturas
aristocráticas. Hasta título puedes llegar a tener.
--Pero ¿es verdad?
--Tan verdad como que yo soy el hombre de más talento de toda Europa.
Conque anda, futuro barón, arréglate, ráscate la mugre, cepíllate, quita
el barro a esas alpargatas inmundas que llevas y ven conmigo a casa de
la baronesa.
Manuel quedó ofuscado; no comprendía bien de qué se trataba; pero no
creía que el agente se tomase el trabajo de corretear por las calles
únicamente por el gusto de embromarle.
Estuvo en seguida en disposición de acompañar a Mingote. Salieron los
dos a la calle Ancha de San Bernardo, bajaron por la de los Reyes a la
de la Princesa y siguieron después por esta calle hasta detenerse en un
portal, en donde entraron.
De aquí pasaron por un corredor a un patio espacioso.
Una serie de galerías con filas simétricas de puertas de color de
chocolate circundaban el patio.
Llamó Mingote en una de las puertas de la galería del segundo piso.
--¿Quién es?--preguntó desde dentro una voz de mujer.
--Soy yo--contestó Mingote.
--Voy, voy.
Se abrió la puerta y apareció una mulata, en chanclas, seguida de tres
perros de lanas, que ladraron con furia.
--¡Quieto, León? ¡Quieto, Morito!--gritó la mulata con un tono muy
lánguido--. Pasen, pasen.
Entraron Manuel y Mingote en un cuarto ahogado, con una ventana al
patio. Las paredes del cuarto, desde cierta altura, se hallaban casi
cubiertas por ropas de mujer que formaban como un zócalo de trapos
alrededor de la habitación; en la falleba de la ventana colgaba una
camisa descotada, sin mangas, con puntillas y lazos azules marchitos,
que mostraba cínicamente un manchón obscuro de sangre.
--Esperen un momento. La señora está vistiéndose--advirtió la mulata.
Al poco tiempo salió de nuevo y les indicó que pasaran al gabinete.
La baronesa, una señora rubia vestida con una bata clara, estaba sentada
en un sofá, con un gran aspecto de languidez y desolación.
--¿Otra vez por aquí, Mingote?
--Si, señora, otra vez.
--Siéntense ustedes.
El tabuco era un cuarto estrecho y sin luz, ocupado por muchos más
muebles de los que buenamente cabían en él. Amontonados en poco trecho
se veían una consola antigua con un reloj de chimenea encima; unos
sillones ajados, en los cuales la seda, antes roja, había quedado
violácea por la acción del sol; dos retratos grandes al óleo, y un
espejo biselado grande con la luna rajada.
--Le traigo a usted, baronesa--dijo Mingote--; el chico del que hemos
hablado.
--¿Es éste?
--Sí.
--Yo creo que le conozco a este chico.
--Sí; yo también la conozco a usted--dijo Manuel--. Yo estaba en una
casa de huéspedes de la calle de Mesonero Romanos; la patrona se llamaba
doña Casiana; mi madre era la criada.
--Toma. Es verdad. Y tu madre, ¿qué hace?--preguntó la baronesa a
Manuel.
--Murió ya.
--Es huérfano--saltó diciendo Mingote--. Libre como el pájaro en la
selva, libre para cantar y para morirse de hambre. En esta misma
situación llegué yo a Madrid hace ya bastante tiempo, y, es original,
extraño, verdaderamente extraño, me gustaría volver a aquella época.
--Y tú, ¿cuántos años tienes?--preguntó la baronesa al muchacho sin
hacer caso de las reflexiones del agente.
--Diez y ocho.
--Pero, oiga usted Mingote--dijo la baronesa--, el chico no tiene la
edad que usted me decía.
--Eso es lo de menos. Nadie dirá que tiene más de catorce o quince. El
hambre no deja crecer los productos de la naturaleza. Deje usted de
regar a un árbol, deje usted de alimentar a un hombre...
--Y diga usted--y la baronesa interrumpió impaciente a Mingote para
hablarle en voz baja--, ¿le ha dicho usted para qué es?
--Sí; si no lo hubiera averiguado en seguida. A un chico de éstos, que
ha rodado por ahí; no se le engaña como a un hijo de familia. La miseria
enseña mucho, baronesa.
--Dígamelo usted a mí--repuso la dama--, que cuando pienso en la vida
que he llevado y en la que llevo ahora, me asombro. Indudablemente, Dios
me ha dado una naturaleza privilegiada, porque me acostumbro con
facilidad a todo.
--Usted siempre podrá llevar una buena vida si quiere--replicó
Mingote--. ¡Oh! Si yo hubiera sido mujer, ¡qué carrera!
La baronesa volvió la cabeza con un gesto de disgusto.
--No hablemos de eso.
--Tiene usted razón; ya, ¿para qué? Ahora desarrollaremos el nuevo plan
estratégico. Yo iré preparando las pruebas del estado civil del
muchacho. Usted, ¿quiere quedarse con él?
--Bueno.
--Le puede servir a usted para los recados. Sabe escribir bastante bien.
--Nada, nada, que se quede.
--Entonces, mi señora baronesa, hasta uno de estos días en que traeré
los papeles. Señora... a sus pies.
--¡Ay, qué ceremonioso! ¡Adiós, Mingote! Acompáñale, Manuel.
Fueron los dos hasta la puerta. Allí el agente puso sus dos manos en los
hombros del muchacho.
--Adiós, hijo mío--le dijo--, que no se te olvide, si alguna vez llegas
a ser barón de veras, que todo me lo debes a mí.
--No se me olvidará; descuide usted--contestó Manuel.
--¿Te acordarás siempre de tu protector?
--Siempre.
--Conserva, hijo mío, esa piedad filial; un protector como yo es casi
tanto como un padre; es..., iba a decir, el brazo de la Providencia. Me
siento enternecido... Ya no soy joven. ¿Tienes ahí, por casualidad
algunos cuartos?
--No.
--Es un contratiempo molesto--y Mingote, después de hacer un molinete
con su bastón, salió de casa.
Manuel cerró la puerta y volvió al cuarto de puntillas.
--¡Chucha! ¡Chucha!--gritó la baronesa; y al aparecer la mulata que les
había abierto la puerta a Mingote y a Manuel, le dijo, señalando a éste
que se hallaba confundido y sin saber que hacer:
--Mira, éste es el chico.
--_¡Jesú! ¡Jesú!_--gritó la mulata--. ¡Si es un golfo! ¿Pero qué
_ocurrensia_ le ha dado a la señora de traer este granuja a casa?
Manuel, ante un exabrupto así, aunque dicho con la más melosa y la más
lánguida de las pronunciaciones, quedó paralizado.
--Le estás azorando--exclamó la baronesa riendo a carcajadas.
--Pero su _mersé_ está loca--murmuró la mulata.
--Calla, calla; ¿para qué tanto alborotar? Prepárale agua y jabón y que
se limpie.
Salió la mulata, y la baronesa contempló a Manuel atentamente.
--¿De modo que te ha contado ese hombre lo que vienes a hacer aquí?
--Sí, algo me ha dicho.
--¿Y estás conforme?
--Yo sí, señora.
--Vamos, eres un filósofo. Me parece bien; ¿y qué has hecho hasta ahora?
Manuel contó su vida, fantaseando un poco, y entretuvo a la baronesa
durante algún tiempo.
--Bueno, no cuentes eso a nadie, ¿sabes?... y vete a lavarte.
CAPÍTULO IV
LA BARONESA DE AYNANT, SUS PERROS Y SU MULATA DE COMPAÑÍA.--SE PREPARA
UNA FARSA.
POCO trabajo, poca comida y ropa limpia; estas condiciones encontró
Manuel en casa de la baronesa, condiciones inmejorables.
Por la mañana, la obligación consistía en pasear los perros de la
baronesa, y por la tarde, en algunos recados. A veces, los primeros
días, experimentaba la nostalgia de su vida bohemia. Unos cuantos tomos
de novelones por entregas que le prestó niña Chucha, mitigaron su afán
de corretear por las calles y le transportaron, en compañía de Fernández
y González y Tárrago y Mateos, a la vida del siglo XVII, con sus
caballeros bravucones y damas enamoradas.
Niña Chucha, habladora sempiterna, contó a Manuel, en varios folletines,
la vida de su amita, como llamaba a la baronesa.
La baronesa de Aynant, Paquita Figueroa, era una mujer original. Su
padre, un rico señor cubano, la envió a los diez y ocho años,
acompañada de una tía, a que conociera Europa. En el vapor, un joven
flamenco, rubio y blanco, elegante como un tipo de Van Dyck, le hizo la
corte; la muchacha le correspondió con todo el entusiasmo de los
trópicos, y al mes de llegar a España, la cubana se llamaba la baronesa
de Aynant, y marchaba con su marido a vivir a Amberes.
Pasó la luna de miel, y el flamenco y la cubana se convencieron, al
comenzar la vida tranquila, de que no congeniaban: el flamenco era
entusiasta de la vida tranquila y metódica, de la música de Beethoven y
de las comidas aderezadas con manteca de vaca; a la cubana, en cambio,
le entusiasmaba la vida desordenada, el corretear por las calles, el
clima seco y ardiente, la música de Chueca, las comidas ligeras y los
guisotes hechos con aceite.
Estas divergencias de gustos en cosas pequeñas, amontonándose,
espesándose, llegaron a nublar completamente el amor del barón y de su
esposa. Esta no podía oir con calma las ironías tranquilas y frías que
su marido dedicaba a los boniatos, al aceite y al acento de la gente del
Sur. El barón a su vez se molestaba oyendo hablar a su mujer con
desprecio de las mujeres grasientas que se dedican a atracarse de
manteca. La supremacía del aceite o de la manteca, enredándose y
mezclándose con asuntos más importantes, tomó tales proporciones que los
cónyuges llegaron a un estado de exaltación y de odio tal, que se
separaron; y el barón quedó en Amberes dedicándose a sus aficiones
artísticas y a sus tostadas de manteca y la baronesa vino a Madrid,
donde pudo entregarse a la alimentación frugívora y aceitosa con
delicia.
En Madrid, la baronesa hizo mil disparates; trató de divorciarse para
volverse a casar con un aristócrata arruinado; pero cuando tenía
presentada su demanda de divorcio, supo que su marido estaba gravemente
enfermo, y al saberlo, en seguida abandonó Madrid, se presentó en
Amberes, cuidó al barón, le salvó, se enamoró otra vez de él y tuvieron
una niña.
En esta segunda época de su amor los dos cónyuges echaron un velo sobre
la cuestión capital que los dividía; la baronesa y el barón hicieron
mutuas concesiones, y la baronesa iba a terminar en una buena dama
flamenca cuando quedó viuda.
Volvió a Madrid con su hija, y pronto sus instintos levantiscos se
despertaron; su cuñado, tutor y tío de la niña, le pasaba un tanto al
mes, pero esto no le bastaba. Un amigo de su padre, un señor don Sergio
Redondo, comerciante riquísimo, le ofreció la mano; pero la baronesa no
la acepto y prefirió la protección de aquel señor a ser su mujer. Pronto
le engañó con cualquiera, y en plena trapisonda vivió durante doce años.
En medio de sus prodigalidades, de sus locuras y de sus caprichos, la
baronesa tenía un fondo moral y apartaba a su hija por completo del
mundo en que ella vivía; la puso interna en un colegio de monjas, y
todos los meses, el primer dinero que encontraba, era para pagar el
colegio de la niña. Cuando ésta terminase su educación, la llevaría a
Amberes y viviría con ella, resignándose a ser una señora respetable.
Niña Chucha gruñía y se incomodaba con las ocurrencias de su amita, pero
terminaba siempre obedeciéndola.
Manuel encontrábase en aquella casa en el paraíso; no tenía nada que
hacer, y se pasaba las horas muertas fumando, si había qué, o paseando
por la Moncloa, acompañado de los tres perros de la baronesa.
Mientras tanto Mingote laboraba. El plan de Mingote era explotar a don
Sergio Redondo, amigo del padre de la baronesa y antiguo protector de la
dama. Esta, con su instinto de mujer enredadora y trapisondista,
manifestó a su antiguo protector que, de sus relaciones, tenían un hijo;
después, que el hijo había muerto, y luego, nuevamente, que el hijo
vivía.
A todas estas afirmaciones y negaciones acompañaba la dama una petición
de dinero, a la cual don Sergio accedía; hasta que al último, escamado,
advirtió a la baronesa que no creía en la existencia de aquel hijo. La
baronesa le acusó de ruin y miserable y don Sergio contestó haciéndose
el sueco y cerrando su caja.
¿Cómo averiguó Mingote estos hechos? Indudablemente no fué la baronesa
la que se los contó, pero él logró averiguarlos; y como su imaginación
era fecunda, se le ocurrió proponer a la baronesa el buscar un chico,
proveerle de papeles falsos y hacerle pasar por hijo de don Sergio.
La baronesa, que no entendía de leyes y creía que el Código era una red
puesta para cazar a los descamisados, le pareció aquello una jugada
productiva y excelente. Mingote exigió una participación en el negocio,
y la baronesa le prometió que le daría todo lo que quisiera. Desde
aquel momento, Mingote se dió a buscar un chico que reuniera las
condiciones necesarias para darle el cambiazo a don Sergio, y cuando
encontró a Manuel lo llevó inmediatamente a casa de la baronesa.
A la semana de estar allí, Manuel tenía ya los papeles que le
identificaban como Sergio Figueroa. Entre Mingote, don Pelayo, el
escribiente y un amigo de éstos, llamado Peñalar, los falsificaron con
un arte exquisito.
--¿Y ahora qué hacemos?--preguntó la baronesa.
Mingote quedó pensativo. Si la baronesa le escribía a don Sergio, éste,
probablemente, ya escamado, podía acoger con duda la especie. Había,
pues, que encontrar un procedimiento indirecto, darle la noticia por
otra persona.
--¿Qué le parece a usted si fuera un confesor?--preguntó Mingote.
--¿Un confesor?
--Sí. Un cura que se presentase en casa de don Sergio y le dijese que en
secreto de confesión le había usted dicho...
--No, no--interrumpió la baronesa.--¿Y dónde está ese cura?
--Iría Peñalar disfrazado.
--No. Además don Sergio sabe que soy poco devota.
--Un maestro de escuela quizá sería mejor.
--¿Pero piensa usted que va a creer que me confieso con un maestro?
--No, el plan varía. El maestro va a ver a don Sergio y le dice que
tiene un niño en su escuela, un prodigio de talento, pero cuya madre no
le atiende. Un día le pregunta al prodigio:--¿Cómo se llaman tus padres,
niño? Y él dice:--Yo no tengo padres; mi madrina se llama la baronesa de
Aynant. Entonces él, el pedagogo viene a ver a usted y usted le contesta
que está en una mala situación y que no puede pagar el colegio del
chico, y que su padre, un señor acaudalado, no quiere ni conocerlo
siquiera. El pedagogo evangélico le pregunta a usted repetidas veces el
nombre del padre desnaturalizado; usted no se lo quiere decir, pero al
último le arranca a usted el nombre de ese ser cruel. El pedagogo
sublime dice:--Yo no puedo permitir el abandono de ese niño, de ese
prodigioso niño, de ese extraordinario niño, y toma la determinación de
ir a ver al padre de la criatura... ¿Eh? ¿Qué le parece a usted?
--La trama no está mal urdida, ¿pero quién va a hacer de maestro de
escuela? ¿Usted?
--No, Peñalar. Viene pintiparado para el caso. Ha sido pasante en un
colegio; ya lo verá usted. Hoy mismo le busco y le traigo aquí. Mientras
tanto, arregle usted a Manuel. Que tenga cierto aspecto de colegial. En
el tiempo que yo estoy fuera, no estaría de más que le enseñara usted
algo de la ciencia, las primeras preguntas y respuestas de la doctrina,
por ejemplo.
Siguiendo las indicaciones de Mingote, la baronesa ordenó a Manuel que
se peinara y se acicalara; luego buscaron para él un traje de marinero y
un cuello grande y blanco; pero por más que le adornaron y le
escamondaron no se consiguió darle un aspecto regular de hijo de
familia; siempre trascendía a golfo, con sus ojos indiferentes y
burlones y la expresión de la sonrisa entre amarga y sarcástica.
A las dos horas, Mingote estaba de vuelta en casa de la baronesa, con un
hombre negro, de aspecto clerical. El hombre, apellidado Peñalar, habló
con gran énfasis; luego, cuando le propuso Mingote el negocio,
abandonando el tono enfático, discutió las condiciones de cobro y el
tanto por ciento que le correspondería a él.
Vaciló en aceptar el trato por ver si obtenía mayores beneficios; pero
viendo que Mingote no cedía, aceptó.
--Ahora mismo que venga el chico conmigo.
Peñalar se cepilló las mangas de la levita negra, se echó el pelo hacia
atrás, y tomando de la mano a Manuel, le dijo con un tono verdaderamente
evangélico:
--Vamos, hijo mío.
Don Sergio Redondo tenía un almacén de harinas en la plaza del Progreso.
Llegaron a la plaza y entraron en el almacén.
--¿Don Sergio Redondo?--preguntó Peñalar a un viejo de boina.
--No ha bajado aún al despacho.
--Esperaré; dígale usted que hay aquí un caballero que desea verle.
--Bueno; ¿quién le digo que le espera?
--No, no me conoce. Adviértale usted que se trata de asuntos de familia.
Siéntate, hijo mío--añadió Peñalar, dirigiéndose a Manuel con una voz y
una sonrisa de pura cepa evangélica.
Se sentó Manuel y Peñalar paseó su mirada por el almacén con la calma y
la tranquilidad del que tiene la seguridad y la conciencia de sus
actos.
No tardó en aparecer el viejo de la boina.
--Pasen ustedes al despacho--y empujó una mampara negra con cristales
rayados--. Ahora viene el señor--añadió.
Peñalar y Manuel entraron en un cuarto iluminado por una ventana con
rejas y se sentaron en un sofá verde. Enfrente se levantaba un armario
de caoba con libros de comercio, en medio una mesa de escribir llena de
cajoncitos y a un lado de ésta una caja de valores con botones dorados.
El cuarto trascendía a comerciante implacable; se comprendía que aquella
jaula debía de encerrar un pajarraco de mala catadura. Manuel se sintió
amilanado. Peñalar quizá experimentó también un momento de debilidad,
pero se creció, se atusó el pelo, colocó bien los lentes sobre su nariz
y sonrió.
No tardó mucho en aparecer don Sergio. Era un viejo alto, de bigote
blanco, con una mirada suspicaz lanzada de través por fuera de sus
antiparras. Vestía levita larga, pantalones claros; en la cabeza llevaba
un gorro griego de terciopelo verde, con una gran borla que le caía
hacia un lado. Entró sin saludar, miró con desagrado al hombre y al
muchacho, que se levantaron; quizá creyó que había descubierto el objeto
de la visita, porque con voz seca, autoritaria y sin invitarles a que se
sentaran, preguntó a Peñalar:
--¿Qué quería usted, caballero? ¿Era usted el que tenía que hablarme de
un asunto de familia? ¿Usted?
Otro cualquiera hubiera sentido ganas de estrangular al viejo, Peñalar
no; los casos difíciles eran los de su incumbencia, los que a él más le
gustaban. Comenzó a hablar sin desconcertarse con las miradas
inquisitoriales del comerciante.
Manuel le escuchaba lleno de admiración y de espanto. Veía que el
comerciante iba cargándose de cólera por momentos. Peñalar hablaba
impertérrito.
El era una pobre alma cautiva, un sentimental, un idealista ¡oh!,
dedicado a la enseñanza de la juventud, de esa juventud en cuyo seno se
guardan los gérmenes regeneradores de la patria. El sufría mucho, mucho;
había estado en el hospital; ¡un hombre como él! conocedor del francés,
del inglés, del alemán, que tocaba el piano, un hombre como él,
emparentado con toda la aristocracia del reino de León, un hombre que
sabía más teología y teodicea que todos los curas juntos.
¡Ah! Esto no lo decía para vanagloriarse; pero él tenía derecho a la
vida. Gómez Sánchez, el ilustre histólogo, le había dicho:
--Usted no debe trabajar.
--Pero tengo hambre.
--Pida usted dinero.
Y por eso algunas veces pedía.