--Siempre hay donde trabajar si se quiere. Pero hay que quer

Nota del Transcriptor:

Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

Páginas en blanco han sido eliminadas.

Letras itálicas son denotadas con _líneas_.

Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.

OBRAS PUBLICADAS

PÍO BAROJA

"Paradox, Rey", 3 ptas.--"La feria de los discretos", 3,50.--"La busca",

3,50.--"Nuevo tablado de Arlequín", 3,00.--"Juventud, egolatría",

3,50.--"El árbol de la ciencia", 3,50.--"La veleta de Gastizar",

4,00.--"Los caudillos de 1830", 4,00.--"Idilios y fantasías",

3,00.--"Mala hierba", 3,50.

JULIO VALLÉS

"El Niño" (vida de Jaime Vingtras), 4 ptas.

ENRIQUE BARBUSSE

"El fuego en las trincheras", 4 ptas.

CARLOS RIVET

"El último Romanof" (historia del Tsar de Rusia y su corte), 3,50 ptas.

JUAN GUALBERTO NESSI

"Aventuras del submarino alemán U...", 2 ptas.

JULIÁN SOREL

"Los hombres del 98, Unamuno", 2 ptas.

* * * * *

LORENZO GALLEGO CARRANZA

"Lecciones de Topografía". Obra adaptada al nuevo programa de esta

asignatura en la Academia de Infantería y aprobada como texto definitivo

para la misma por R. O. de 25 de junio de 1917, 9 ptas. Contiene 32

láminas en colores.

OBRAS DE PÍO BAROJA

"Vidas sombrías" (agotada).--"Idilios vascos" (agotada).--"El tablado de

Arlequín", 1 pta.--"Nuevo tablado de Arlequín", 3,00.--"Juventud,

egolatría", 3,50.--"Idilios y fantasías", 3,00.

LAS TRILOGÍAS

TIERRA VASCA

"La casa de Aizgorri", 1 pta.--"El Mayorazgo de Labraz",

3,00.--"Zalacain el Aventurero", 1,00.

LA VIDA FANTÁSTICA

"Camino de perfección", 1 pta.--"Inventos, aventuras y mixtificaciones

de Silvestre Paradox", 1,00.--"Paradox, Rey", 3,00.

LA RAZA

"La dama errante", 3 ptas.--"La ciudad de la niebla", 3,00.--"El árbol

de la ciencia", 3,50.

LA LUCHA POR LA VIDA

"La Busca", 3,50 ptas.--"Mala hierba", 3,50.--"Aurora roja", 3,50.

EL PASADO

"La feria de los discretos", 3,50.--"Los últimos románticos",

3,00.--"Las tragedias grotescas", 3,00.

LAS CIUDADES

"César o nada", 4 ptas.--"El mundo es ansi", 3,50.

EL MAR

"Las inquietudes de Shanti Andía", 3,50 ptas.

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN

"El aprendiz de conspirador", 3,50.--"El escuadrón del Brigante",

3,50.--"Los caminos del mundo", 3,50.--"Con la pluma y con el sable",

3,50.--"Los recursos de la astucia", 3,50.--"La ruta del aventurero",

3,50.--"La veleta de Gastizar", 4,00.--"Los caudillos de 1830", 4,00.

LA LUCHA POR LA VIDA

MALA HIERBA

_Copyright by Rafael Caro Raggio 1918._

_Es propiedad._

_Prohibida la reproducción._

Imprenta y litografía de Rafael Caro Raggio.

PÍO BAROJA

LA LUCHA POR LA VIDA

MALA HIERBA

NOVELA

RAFAEL CARO RAGGIO: EDITOR

VENTURA RODRÍGUEZ, 18

1918

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO PRIMERO

EL TALLER.--LA VIDA DE ROBERTO HASTING.--ALEX MONZON.

ROBERTO se había levantado de la cama, y vestido con su traje de calle y

sentado a una mesa llena de papeles, escribía.

El cuarto era una guardilla trastera, baja de techo, con una gran

ventana a un patio. El centro del cuarto lo ocupaban dos estatuas de

barro, de un armazón interior de alambre, dos figuras de más del tamaño

natural, descomunales y estrambóticas, estaban ambas solamente

esbozadas, como si el autor no hubiera sabido acabarlas; eran dos

gigantes rendidos por el cansancio, los dos de cabeza pequeña y rapada,

pecho hundido, vientre abultado y largos brazos simiescos. Los dos

parecían agobiados por un abatimiento profundo. Frente a la ventana,

ancha, había un sofá tapizado con una percalina floreada; en las sillas

y en el suelo se levantaban estatuas medio envueltas en trapos húmedos;

en un ángulo aparecía una caja llena de pedazos secos de escayola, y en

un rincón un lebrillo con barro.

De cuando en cuando Roberto miraba a un reloj de bolsillo colocado sobre

la mesa entre los papeles: se levantaba y daba unos paseos por el

cuarto. Por la ventana, en las galerías de las casas de enfrente, se

veían pasar mujeres desharrapadas y sucias; de la calle subía una

baraúnda ensordecedora de gritos de las verduleras y de los vendedores

ambulantes.

A Roberto, sin duda, no le molestaba aquella continua algarabía, y al

cabo de poco rato se sentaba y seguía escribiendo.

* * * * *

Mientras tanto, Manuel subía y bajaba las casas de toda la calle en

busca de Roberto Hasting.

Hallábase Manuel con decisión para intentar seriamente un cambio de

vida, se sentía capaz de tomar una determinación enérgica y dispuesto a

seguirla hasta el fin.

Su hermana mayor, que acababa de casarse con un bombero, le regaló unos

pantalones rotos de su esposo, una chaqueta vieja y una bufanda raída.

Además añadió a la donación una gorra de forma y de color absurdos, un

sombrero hongo anciano y algunos buenos y vagos consejos acerca del

trabajo, el cual, como nadie ignora, es el padre de todas las virtudes,

como el caballo es el más noble de todos los animales y la ociosidad la

madre de todos los vicios.

Es muy posible, casi seguro, que Manuel hubiese preferido a estos

buenos y vagos consejos, a esta gorra de forma y color absurdos, a la

chaqueta vieja, al sombrero anciano, a la bufanda raída y a los

pantalones rotos, una pequeña cantidad de dinero, ya fuera en cuartos,

en plata o en billetes.

La juventud es así, no tiene norte ni guía; imprevisora siempre, concede

más valor a los dones materiales que a los espirituales, sin comprender

en su ignorancia absoluta que una moneda se gasta, un billete se cambia,

y las dos cosas pueden perderse, y en cambio un buen consejo ni se gasta

ni se pierde, ni se reduce a calderilla, y tiene además la ventaja de

que sin cuidarse de él para nada, dura eternamente, sin enmohecimiento

ni deterioro. Prefiriese una cosa u otra, hay que confesar que Manuel

tuvo que contentarse con lo que le dieron.

Con este lastre de los buenos consejos y de las malas prendas de vestir,

sin vislumbrar ni un cuarto de luz en su camino, Manuel repasó en la

memoria la corta lista de sus conocimientos, y pensó que de todos, el

único capaz de favorecerle era Roberto Hasting.

Penetrado de esta verdad, para él muy importante, se dedicó a buscar a

su amigo. En el cuartel ya le habían perdido de vista hacía tiempo; doña

Casiana, la de la casa de huéspedes, a quien Manuel encontró en la

calle, no sabía las señas de Roberto, y le indicó que quizá el

Superhombre las supiera.

--¿Sigue viviendo en su casa de usted?

--No, estaba ya harta de que no me pagara. No sé donde vive; pero le

encontrarás en _El Mundo_, un periódico de la calle de Valverde que

tiene un letrero en el balcón.

Buscó Manuel el periódico de la calle de Valverde y lo encontró en

seguida; subió al piso principal de la casa, y se detuvo ante una puerta

cerrada con un cristal, en donde había grabados dos mundos, el antiguo y

el moderno. No había timbre ni llamador de campanilla, y Manuel se puso

a repiquetear con los dedos en el cristal, encima precisamente del nuevo

mundo, y en esta ocupación le sorprendió el mismísimo Superhombre, que

llegaba de la calle.

--¿Qué haces aquí?--le dijo el periodista, mirándole de arriba a

abajo--¿Quién eres tu?

--Yo soy Manuel, el hijo de la Petra, la de la casa de huéspedes, ¿no se

acuerda usted?

--¡Ah, sí!... ¿y qué quieres?

--Quisiera que me dijese usted si sabe donde vive don Roberto, que creo

que ahora es periodista.

--¿Y quién es don Roberto?

--El rubio... el estudiante amigo de don Telmo.

--¿El niño _litri_ aquél?... ¡yo que sé!

--¿Ni donde trabaja tampoco?

--Creo que da lecciones en la academia de Fischer.

--No sé en qué sitio está esa academia.

--Me parece que en la plaza de Isabel II--contestó el Superhombre de un

modo displicente, mientras abría la puerta de cristales con un llavín y

entraba.

Manuel fué a la academia; aquí un ordenanza le dijo que Roberto vivía en

la calle del Espíritu Santo, en el número 21 o 23, no sabía a punto

fijo, en un piso alto, donde había un estudio de escultor.

Manuel buscó la calle del Espíritu Santo; la geografía de esta parte de

Madrid le era un tanto desconocida. Tardó en dar con la calle, que

estaba en aquellas horas animadísima; las verduleras, colocadas en fila

a los lados de la calle, anunciaban sus judías y sus tomates a voz en

grito; las criadas pasaban con sus cestas al brazo y sus delantales

blancos; los horteras echaban un párrafo recostados en la puerta de la

tienda con la cocinera guapa; corrían los panaderos entre la gente con

la cesta en equilibrio sobre la cabeza, y el ir y venir de la gente, y

el gritar de unos y de otros formaba una baraúnda ensordecedora y un

espectáculo abigarrado y pintoresco.

Manuel, abriéndose paso entre el gentío y las cestas de tomates,

preguntó por Roberto en los números que le indicaron; no le conocían las

porteras, y no tuvo más remedio que subir hasta los pisos altos y

enterarse allí.

Después de varias ascensiones dió con el estudio del escultor. En el

extremo de una escalera sucia y oscura se encontró con un pasillo en

donde charlaban unas cuantas viejas.

--¿Don Roberto Hasting? ¿Uno que vive en el taller de un escultor?

--Será ahí en esa puerta.

La entreabrió Manuel, se asomó y vió a Roberto escribiendo.

--Hola, ¿eres tú?--dijo Roberto--. ¿Qué hay?

--Pues venía a verle a usted.

--¿A mí?

--Sí, señor.

--¿Qué te pasa?

--Que me he quedado parado.

--¿Cómo parado?

--Sin trabajo.

--¿Y tu tío?

--¡Oh, ya hacía tiempo que no estaba allí!

--¿Y cómo ha sido eso?

Manuel contó sus cuitas. Luego, viendo que Roberto seguía escribiendo

rápidamente, se calló.

--Puedes seguir--murmuró Hasting--, te oigo mientras escribo; tengo que

concluir un trabajo para mañana y necesito correr, pero te oigo.

--Manuel, a pesar de la indicación, no siguió hablando. Miró los dos

jigantones derrengados que ocupaban el centro del taller y quedó

sorprendido. Roberto, que notó el asombro de Manuel, le preguntó riendo:

--¿Qué te parece eso?

--Qué sé yo. Da miedo. ¿Qué quieren decir esos hombres?

--El autor los llama Los Explotados. Quiere dar a entender que son los

hombres a quienes agota el trabajo. Poco oportuno el asunto para España.

Roberto siguió escribiendo. Manuel separó la vista de los dos figurones

y la dirigió por el cuarto. No tenía aspecto de riqueza, ni siquiera de

comodidad; Manuel pensó que el estudiante no marchaba bien en sus

asuntos.

Roberto echó una rápida mirada a su reloj, dejó la pluma, se levantó, y

paseó por el cuarto. Contrastaba su elegancia con el aspecto miserable

del cuarto.

--¿Quién te ha dicho dónde vivía?--preguntó.

--En una academia.

--¿Y quién te ha indicado la academia?

--El Superhombre.

--¡Ah! El divino Langairiños... Y dime: ¿desde cuándo estás sin trabajo?

--Desde hace unos días.

--¿Y qué piensas hacer?

--Pues estar a lo que salga.

--¿Y si no sale nada?

--Creo que algo saldrá.

Roberto sonrió burlonamente.

--¡Qué español es eso! Estar a lo que salga. Siempre esperando... Pero,

en fin, tú no tienes la culpa. Oye. Si estos días no encuentras sitio

donde dormir, quédate aquí.

--Bueno, muchas gracias. ¿Y la herencia de usted, don Roberto? ¿Cómo va?

--Marchando poco a poco. Antes de un año me ves rico.

--Me alegraré.

--Ya te dije que me figuraba que había un enredo de los curas en esta

cuestión; pues, efectivamente, así es. Don Fermín Núñez de Letona, el

cura, fundó diez capellanías para parientes suyos que llevaran su

apellido. Sabiendo esto pregunté por estas capellanías en el Obispado;

no sabían nada; pedí varias veces la partida de bautismo de don Fermín a

Labraz; me dijeron que allí no aparecía tal nombre. Para aclarar este

asunto he ido hace un mes a Labraz.

--¿Ha estado usted fuera de Madrid?

--Sí; he gastado mil pesetas. En la situación en que me encuentro,

figúrate lo que representan mil pesetas para mí; pero no he tenido

ningún inconveniente en gastarlas. He ido, como te decía a Labraz; he

visto el libro de partidas en la iglesia vieja y me he encontrado con

que hay un salto en el libro desde el año 1759 al 60. ¿Qué es esto?, me

dije. Miré, volví a mirar, no había señal de hoja arrancada; la

numeración de los folios estaba bien, pero los años no concordaban y,

¿sabes lo que pasa?, que una hoja está pegada a otra. Después fuí al

Seminario de Pamplona y conseguí encontrar una lista de los alumnos que

estudiaron a fines del siglo XVIII y allí está don Fermín, y pone: Núñez

de Letona, Labraz (Alava). De manera que la partida de bautismo de don

Fermín se encuentra en la hoja pegada.

--¿Y por qué no ha hecho usted que la despeguen?

--No; ¿quién sabe lo que puede suceder?, podría levantar la caza. El

libro queda allá. Yo he mandado a Londres mi escrito; cuando venga el

exhorto, el Juzgado nombrará tres peritos que irán a Labraz y, ante

ellos y ante el Juez y el Notario, se despegará la hoja.

Roberto, como siempre que hablaba de su fortuna, iba exaltándose; su

imaginación le hacía ver perspectivas admirables de riqueza, de lujo, de

viajes maravillosos. En medio de sus entusiasmos y de sus ilusiones

apareció el hombre práctico; miró al reloj, se calmó en un instante, y

se puso a escribir de nuevo.

Manuel se levantó.

--¿Qué, te vas?--le dijo Roberto.

--Sí; ¿qué voy a hacer aquí?

--Si no tienes para almorzar toma una peseta. No tengo más.

--¿Y usted?

--Yo como en casa de un discípulo. Oye, si vienes a dormir, adviérteselo

a mi compañero. Estará aquí dentro de un momento. Aún no se ha

levantado. Se llama Alejo Monzon, pero le llaman Alex.

--Bueno; sí, señor.

Almorzó Manuel pan y queso y volvió al poco rato al taller. Un hombre

rechoncho, de barba negra y espesa, cubierto con una blusa blanca, la

pipa en la boca, modelaba en plastelina una Venus desnuda.

--¿Usted es don Alejo?--le preguntó Manuel.

--Sí, ¿que hay?

--Yo soy amigo de don Roberto, y he venido a verle hoy y le he dicho que

no tenía trabajo ni casa, y él me ha indicado que podía dormir aquí.

--Tendrás que acostarte en el sofá--dijo el de la blusa blanca--, porque

no hay otra cama.

--No importa. Estoy acostumbrado.

--¡Qué! ¿Tú tienes algo que hacer?

--Yo no.

--Anda, entonces ponte sobre la tarima; me servirás de modelo. Siéntate

en esta caja. Así. Ahora apoya la cabeza en la mano como si estuvieras

pensando en algo. Bueno. Está bien. La mirada más alta. Eso es.

El escultor se sentó, machacó de un puñetazo la Venus que estaba

modelando y comenzó a levantar otra figura.

Manuel se cansó pronto de posar y se lo advirtió así a Alex, quien le

dijo que descansara.

A media tarde entraron en la guardilla una porción de muchachos amigos

del escultor; dos de ellos se pusieron en mangas de camisa y comenzaron

a amontonar barro en una mesa; un melenudo se sentó en un sofá. Llegaron

poco después otros y comenzaron todos a charlar a voz en grito.

Hablaron y discutieron una porción de cosas, de pintura, de escultura,

de comedias. Manuel pensó que debían de ser personas importantes.

Habían clasificado al mundo. Tal, era admirable; Cual, detestable; H, un

genio; B, un imbécil.

No les gustaba, sin duda, las medias tintas ni los términos medios;

parecían árbitros de la opinión, juzgadores y sentenciadores de todo.

Al anochecer se prepararon para salir.

--¿Tú te vas?--preguntó el escultor a Manuel.

--Saldré un momento a cenar.

--Bueno; ahí tienes la llave. Yo vendré a eso de las doce y llamaré.

--Está bien.

Manuel comió otra ración de pan y queso y dió un paseo después por las

calles y, entrada la noche, volvió al taller. Hacía frío allá arriba,

más frío que en la calle. Se acercó a tientas al sofá, se tendió y

esperó a que viniera el escultor. Cerca de la una llamó y le abrió

Manuel.

Alex venía ceñudo. Se metió en su alcoba, encendió una vela y anduvo

paseando por el estudio hablando solo.

--Ese imbécil de Santiuste--le oyó murmurar Manuel--que dice que el no

concluir una obra de arte es señal de impotencia. ¡Y me miraba a mí!

Pero, ¿por qué le haré caso yo a ese idiota?

Nadie pudo dar al escultor una contestación satisfactoria, y siguió

paseando por el cuarto lamentándose en voz alta de la estupidez y de la

envidia de sus compañeros.

Después, ya apaciguada su cólera, cogió la bujía, la acercó al grupo de

Los Explotados y lo miró durante largo tiempo con curiosidad. Vió que

Manuel no dormía y le preguntó cándidamente:

--¿Has visto tú algo más colosal que esto?

--Es una cosa muy rara--contestó Manuel.

--¡Sí es!--replicó Alex--. Tiene la rareza de todo lo genial. Yo no sé

si habrá alguien en el mundo capaz de hacer esto. Quizá Rodín, Hum...

¿quién sabe? ¿Dónde te figuras tú que pondría yo este grupo?

--No sé.

--En un desierto. Sobre un pedestal de granito cuadrado, tosco, sin

adornos. ¡Qué efecto produciría, eh!

--Ya lo creo.

El asombro de Manuel lo tomó Alex por admiración, y con la bujía en la

mano fué quitando los paños que cubrían sus estatuas y enseñándoselas.

Eran figuras espantables y monstruosas: viejas encogidas con los

pellejos lacios y los brazos hasta los tobillos, hombres que parecían

buitres, chiquillos jorobados y deformes, unos de cabeza muy grande,

otros de cabeza muy chica, cuerpos todos sin proporción ni armonía.

Manuel sospechó si aquella fauna monstruosa sería una broma de Alex;

pero el escultor hablaba entusiasmado y explicaba por qué sus figuras no

tenían la estúpida corrección académica tan alabada por los imbéciles.

Todas eran símbolos.

Después de mostrar sus obras Alex, se sentó en una silla.

--No me dejan trabajar--exclamó con abandono--y lo siento, no creas que

por mí, sino por el arte. Si Alejo Monzon no triunfa, la escultura en

Europa retrocede cien años.

Manuel no podía decir lo contrario, y se echó en el sofá a dormir.

Al día siguiente cuando se despertó, Roberto estaba ya vestido

elegantemente y escribiendo en su mesa.

--¿Está usted ya levantado?--le dijo Manuel con asombro.

--Hay que madrugar, amigo--contestó Roberto--, yo no soy de los que

están a lo que salga. No viene la montaña a mí, pues yo voy a la

montaña, no hay más remedio.

Manuel no entendió bien lo que quería decir Roberto con esto de la

montaña, y desperezándose se levantó del sofá.

--Anda--le dijo Roberto--, ve por un café con media tostada.

Salió Manuel y volvió en seguida. Desayunaron los dos.

--¿Quiere usted alguna cosa más?--preguntó Manuel.

--No, nada.

--¿No piensa usted volver hasta la noche?

--No.

--¿Tantas cosas tiene usted que hacer?

--Muchas, ya lo creo. Ahora, después de traducir invariablemente diez

páginas, voy a la calle de Serrano a dar una lección de inglés; de aquí

tomo el tranvía y marcho al final de la calle de Mendizábal, vuelvo al

centro, me meto en la casa editorial y corrijo las pruebas de la

traducción. Salgo a las doce, voy a mi restaurant, como, tomo café,

escribo mis cartas a Inglaterra y a las tres estoy en la academia de

Fischer. A las cuatro y media voy al colegio protestante. De seis a ocho

paseo, a las nueve ceno, a las diez estoy en el periódico y a las doce

en la cama.

--¡Qué barbaridad! Pero entonces usted ganará mucho--dijo Manuel.

--De 80 a 90 duros.

--¿Y vive usted aquí?

--Es que tú ves los ingresos, pero no los gastos. Tengo que enviar todos

los meses 30 duros a mi familia para que mi madre y mis dos hermanas

vayan viviendo. El proceso me lleva mensualmente 15 o 20 duros, y con lo

demás voy pasando.

Manuel contempló con admiración profunda a Roberto.

--Pues hijo--exclamó Roberto--, para vivir no hay más remedio. Y es lo

que debes hacer tú, buscar, preguntar, correr, trotar, algo encontrarás.

Manuel pensó que aunque le hubiesen prometido ser rey, no era capaz él

de desenvolver una actividad semejante, pero se calló.

Esperó a que se levantara el escultor y hablaron los dos largamente de

las dificultades de la vida.

--Mira, por ahora me sirves de modelo--dijo Alex--, y ya encontraremos

alguna combinación para comer.

--Bueno, si señor, como usted quiera.

Alex tenía crédito en la tahona y en la tienda de ultramarinos y calculó

que la alimentación de Manuel le resultaría más barata que pagar un

modelo. Los dos se decidieron a alimentarse de conservas y de pan.

No era el escultor perezoso, ni mucho menos, pero no tenía constancia en

el trabajo, ni dominaba su arte; no sabía concluir sus figuras, y viendo

que al ir a detallarlas los defectos iban apareciendo con más fuerza,

las dejaba sin terminar. Su orgullo le hacía creer después que el

modelar exactamente un brazo o una pierna era una labor indigna y

decadente, y sus amigos, en quienes se daba la misma impotencia para el

trabajo, corroboraban su idea.

Manuel no se preocupaba de cuestiones artísticas, pero muchas veces

pensó que las teorías del escultor, más que convencimientos suyos,

parecían pantallas para ocultar sus defectos.

Hacía un retrato o un busto, y se le decía: No se le parece, y él

contestaba: Eso es lo de menos, y en todo pasaba lo mismo.

Manuel se fué aficionando a las reuniones del estudio por la tarde, y

escuchaba con atención lo que decían los amigos de Alex.

Dos o tres eran escultores, otros pintores y literatos. Ninguno de ellos

conocido. Pasaban el tiempo correteando de teatro en teatro y de café en

café, reuniéndose en cualquier parte para tener el gusto de hablar mal

de los amigos. Fuera de esta conversación en la cual todos concretaban

admirablemente, en las demás se divagaba con placidez. Era un continuo

discutir y proyectar, afirmar hoy, negar mañana, que a Manuel, que no

tenía base alguna de juicio, le despistaba por completo; no comprendía

si hablaban en serio o en broma; les oía cambiar de opinión a cada

momento y le chocaba cómo uno mismo podía defender cosas tan

contradictorias.

A veces una alusión embozada, un juicio acerca de éste o del otro

exasperaba a todos los de la reunión de tal manera, que entonces cada

palabra tenía un retintín rabioso, y por debajo de las frases más

sencillas se notaba que latía el odio, la envidia y la intención

mortificante y agresiva.

En medio de aquellos jóvenes, casi todos de una mordacidad venenosa,

solían acudir al taller dos tipos que permanecían tranquilos e

indiferentes en medio del furor de las discusiones. Uno era ya algo

viejo, grave, enjuto; se llamaba don Servando Arzubiaga; el otro, de la

misma edad que Alex, se apellidaba Santín. Don Servando, aunque

literato, no tenía vanidad literaria, o si la tenía era tan honda, tan

subterránea, que no se le notaba.

Acudía al taller a distraerse, y fumando cigarrillos solía escuchar los

diversos pareceres de unos y otros, sonriendo a las exageraciones,

terciando en la conversación con alguna palabra conciliadora.

Bernardo Santín, el más joven de los contertulios indiferentes, no

hablaba; le era muy difícil comprender que por una cuestión puramente

literaria o artística pudiesen reñir de aquella manera.

Santín era flaco, tenía la cara correcta, la nariz afilada, los ojos

tristes, el bigote rubio y la sonrisa insípida. Se pasaba este hombre

copiando cuadros en el Museo y cada vez lo hacía peor; pero desde que

comenzó a frecuentar el estudio de Alex, las pocas aficiones al trabajo

las había perdido por completo.

Una de sus manías era hablar de tú a todo el mundo. A la tercera o

cuarta vez de ver a una persona ya la tuteaba.

Los conciliábulos en el estudio de Alex se conoce que no bastaban a los

bohemios, porque de noche volvían a reunirse en el café de Lisboa.

Manuel, sin ser considerado como uno de ellos, era aceptado en la

reunión, aunque sin voz ni voto.

Por lo mismo que no hablaba se fijaba más en lo que oía.

Eran casi todos ellos de malos instintos y de aviesa intención. Sentían

la necesidad de hablar mal unos de otros, de injuriarse, de perjudicarse

con sus maquinaciones y sus perfidias, y al mismo tiempo necesitaban

verse y hablarse. Tenían, como las mujeres, el afán de complicar la vida

con miserias y pequeñeces, la necesidad de vivir y desenvolverse en un

ambiente de murmuraciones y de intrigas.

Roberto pasaba por en medio de ellos tranquilo, indiferente; sin hacer

caso de sus proyectos ni de sus discusiones.

Manuel creyó comprender que a Roberto le molestaba verle tan metido en

la vida bohemia, y para congraciarse con él, una mañana le acompañó

hasta la casa en donde daba su lección de inglés. Le contó por el camino

que había hecho una porción de gestiones infructuosas para buscar

trabajo, y le preguntó qué marcha debía seguir en adelante.

--¿Qué? Ya te he dicho varias veces lo que debes hacer--contestó

Roberto--; buscar, buscar y buscar. Luego trabajar hasta echar el alma

por la boca.

--¡Pero si no tengo en dónde!

--Siempre hay donde trabajar si se quiere. Pero hay que querer. Saber

desear con fuerza es lo primero que se debe aprender. Tú me dirás que no

deseas más que vegetar de cualquier modo; pues ni eso conseguirás, y si

te reúnes con los que vienen aquí al estudio, además de vago concluirás

en sinvergüenza.

--¿Pero ellos?...

--Ellos yo no sé si han hecho o no indignidades; como comprenderás, eso

a mí no me va ni me viene; pero cuando un hombre no puede comprender

nada en serio, cuando no tiene voluntad, ni corazón, ni sentimientos

altos, ni idea de justicia ni de equidad, es capaz de todo. Si esta

gente tuviera un talento excepcional, podrían ser útiles y hacer su

carrera, pero no lo tienen; en cambio han perdido las nociones morales

del burgués, los puntales que sostienen la vida del hombre vulgar. Viven

como hombres que poseyeran de los genios sus enfermedades y sus vicios,

pero no su talento ni su corazón; vegetan en una atmósfera de pequeñas

intrigas, de mezquindades torpes. Son incapaces de realizar una cosa.

Quizá haya algo genial, yo no digo que no, en esos monstruos de Alex, en

esas poesías de Santillana; pero eso no basta, hay que ejecutar lo que

se ha pensado, lo que se ha sentido, y para eso se necesita el trabajo

diario, constante. Es como un niño que nace, y la comparación, aunque

sea vieja, es exacta: la madre lo pare con dolor, luego le alimenta en

su pecho y le cuida hasta que crece y se hace fuerte. Esos quieren hacer

de golpe y porrazo una obra hermosa y no hacen más que hablar y hablar.

Roberto se detuvo para tomar aliento, y continuó con más dulzura.

--Aun así, ellos tienen la ventaja de estar en la corriente, se conocen

unos a otros, conocen a los periodistas, y, amigo, la prensa hoy es una

fuerza brutal. Pero tú no, tú no puedes acercarte a la prensa;

necesitarías siete u ocho años de preparación, de buscar amistades,

recomendaciones. Y mientras tanto, ¿de qué comes?

--No, si yo no quiero ser como ellos. Yo ya sé que soy un obrero.

--¡Obrero! ¡Quia! Ojalá lo fueras. Hoy no eres más que un vago y debes

hacerte obrero. Lo que soy yo, lo que somos todos los que trabajamos.

Muévete, actívate. Ahora la actividad para ti es un esfuerzo; haz algo;

repite lo que hagas, hasta que la actividad sea para ti una costumbre.

Convierte tu vida estática en vida dinámica. ¿No me entiendes? Quiero

decirte que tengas voluntad.

Manuel contempló a Roberto desanimado; hablaban los dos en distinto

idioma.

CAPÍTULO II

LA SEÑORITA ESTHER VOLOWITCH.--UNA BODA.--MANUEL, APRENDIZ DE FOTÓGRAFO.

A pesar de los consejos de Roberto, Manuel siguió sin buscar ni hacer

nada útil, sirviendo de modelo a Alex y de criado a todos los demás que

se reunían en el estudio.

Algunas veces, al pensar en las recomendaciones de Roberto, se indignaba

en contra de él.

--Yo ya sé--pensaba--que no tengo su arranque, que no soy capaz de hacer

lo que hace él. Pero su consejo es una tontería, al menos para mí. Me

dice:--Ten voluntad.--Pero ¿si no la tengo?--Hazla. Es como si me

dijesen que tuviera un palmo más de estatura. ¿No sería mejor que me

buscase un sitio donde trabajar?

Manuel comenzó a sentir odio por Roberto. Esquivaba el encontrarse a

solas con él; le daba rabia que en vez de proporcionarle algo, cualquier

cosa, saliera del paso con un consejo metafísico imposible de llevar a

la práctica.

Seguían los bohemios su vida desordenada, en su continuo proyectar,

cuando hubo en la reunión una baja, la de Santín. Un día faltó al café,

al siguiente no apareció por el estudio, y en un par de semanas no se le

vió el pelo.

--¿Dónde andará ese ganso?--se preguntaron todos.

Nadie lo sabía.

Una noche Varela, uno de los literatos, dijo que había visto a Bernardo

Santín paseando por Recoletos con una señorita rubia que parecía

inglesa.

--¡Rediez con los tontos!--exclamó uno.

--Eso es cosa vieja--repuso otro--. Ya lo dijo Schopenhauer, los fatuos,

son los que tienen más éxito con las mujeres.

--¿De dónde habrá sacado esa inglesa?

--¡La ingle esa!... ¡Como no haya sido de la ingle!--dijo un jovencito,

aprendiz de sainetero.

--¡Uf! Se va uno a intoxicar aquí con esos chistes--gritaron varios al

mismo tiempo.

Se pasó a hablar de otra cosa. A los tres días de esta conversación

apareció Santín en el café. Se le obsequió con un recibimiento

estrepitoso, haciendo sonar las cucharillas y los platillos. Cuando

terminó la ovación, le preguntaron:

--¿Quién es esa inglesa?

--¿Qué inglesa?

--¡Esa chica rubia con quien te paseas!

--Es mi novia; pero no es inglesa. Es polaca. Es una muchacha a la que

he conocido en el Museo. Da lecciones de francés y de inglés.

--¿Y cómo se llama?

--Esther.

--Buena cosa para invierno--saltó el aprendiz de sainetero.

--¿Por qué?--preguntó Bernardo

--Toma, porque una estera abriga mucho las habitaciones.

--¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Fuera!--gritaron todos.

--¡Gracias! ¡Gracias, amado pueblo!--replicó impertérrito el jovencito.

Santín contó cómo había conocido a la polaca. Todos sentían alguna

envidia por el éxito de Bernardo, y se encargaron de amargarle su

triunfo, insinuando que la polaca podía ser una aventurera, podía tener

cincuenta años, podía haber tenido dos o tres chiquillos con algún

carabinero... Bernardo, que comprendió la mala intención, no volvió a

presentarse en el café.

Un par de semanas después muy temprano aún dormía Manuel en el sofá del

estudio, y Roberto, según costumbre, traducía sus diez páginas, lo que

constituía su tarea diaria, cuando se abrió la puerta del estudio y

apareció Bernardo. Se despertó Manuel al ruido de los pasos, pero se

hizo el dormido.

--¿A qué vendrá éste?--se preguntó.

Bernardo saludó a Roberto y se puso a andar a un lado y a otro del

estudio.

--Qué temprano vienes. ¿Pasa algo?--dijo Hasting.

--Chico--murmuró Santín deteniéndose en su paseo--, te tengo que dar una

noticia muy seria.

--¿Qué hay?

--Que me caso.

--¡Que te casas tú!

--Sí.

--¿Con quién?

--¡Con quién ha de ser! Con una mujer.

--Me lo figuro. ¿Pero tú estás loco?

--¿Por qué?

--¿Con qué vas a mantener a tu mujer?

--¡Hombre ... algo gano pintando!

--¡Pero qué has de ganar tú! No ganas dos perras gordas.

--Eso te parece a ti... Además mi novia da lecciones.

--Y piensas vivir a su costa... Vamos, lo comprendo.

--No, no, señor. No pienso vivir a su costa. Voy a poner una fotografía.

--¡Una fotografía! ¿Tú? ¡Si no sabes hacer retratos!

--Nada. Yo no sé nada, según tú. Pues habrá otros más brutos que yo que

hagan retratos. No creo que para ser fotógrafo se necesite ser un genio.

--No; pero se necesita saber, y tú no sabes.

--Ya verás, ya verás como sé, hombre.

--Además, se necesita dinero.

--El dinero lo tengo.

--¿Quién te lo ha dado?

--Una persona.

--¡Qué suerte tienes chico!

--Ahí verás.

--¿A que le has sacado ese dinero a tu novia?

--No.

--¡Bah! No me engañes.

--Te digo que no.

--Y yo te digo que sí. ¿Quién te iba a dar el dinero si no? Una persona

cualquiera se enteraría primero de tus conocimientos fotográficos, de si

habías trabajado en algún taller; exigiría pruebas de tu habilidad.

Sólo una mujer puede creer así, bajo la palabra de uno.

--Es una mujer la que me presta el dinero, pero no es mi novia.

--Bueno. No me vengas con embustes. No creo que habrás venido a contarme

unas cuantas bolas.

Roberto, que había dejado de escribir, reanudó su tarea.

Bernardo no contestó y siguió paseando por el cuarto.

--¿Te falta mucho?--preguntó de repente, parándose.

--Dos páginas. Si tienes que decirme algo, te escucho.

--Pues mira, la cuestión es ésta. El dinero, efectivamente, es de mi

novia. Ella me lo ofreció.

--¿Qué podríamos hacer con esto?--me dijo. Y a mí se me ocurrió el

instalar la fotografía. He alquilado un piso cuarto, con un taller muy

hermoso, en la calle de Luchana, y tengo que arreglar la casa y la

galería... Y la verdad, la galería yo no sé cómo arreglarla, porque hay

que poner cortinas... Pero no sé cómo.

--Es raro eso en un fotógrafo, hombre, no saber cómo se arregla una

galería.

--Yo sé manejar la máquina.

--Vamos, tú sabes lo que sabe todo el mundo, apuntar, dar al resorte y

lo demás ... que lo haga otro.

--No; también sé lo demás.

--¿Sabrías reforzar una placa?

--Sí, ya lo creo que lo sabría.

--¿Cómo?

--¿Cómo?... Pues lo vería en un manual.

--¡Qué fotógrafo! Estás engañando a tu novia de una manera miserable.

--Ella lo ha querido. Yo no sabré nada, pero ya aprenderé. Lo que quiero

ahora es que escribas a estas dos casas de Alemania que traigo aquí

apuntadas, pidiendo catálogos de máquinas y de los demás aparatos de

fotografía. Además quisiera que pasaras por mi casa, porque tú, con tu

talento, me puedes dar una idea.

--Me adulas de una manera indecente.

--No, es la verdad; tú entiendes de esas cosas. Conque ¿irás?

--Bueno, iré algún día.

--Sí, vete. La verdad, créeme, me quiero hacer una persona decente y

trabajar, para que mi pobre padre pueda vivir en la vejez tranquilo.

--Hombre, me parece bien.

--Oye otra cosa. Este muchacho que tenéis aquí, ¿os sirve?

--¿Por qué?

--Porque yo me lo podía llevar a mi casa, y allí podría aprender el

oficio.

--Mira, también eso me parece bien. Llévatelo.

--¿Querrá Alex?

--Con tal de que quiera el chico.

--¿Le hablarás?

--Sí, ahora mismo.

--¿Cuento con que escribirás esas cartas?

--Sí.

--Bueno; me voy, que tengo que comprar unos cristales. ¡Háblale al

chico!

--Descuida.

--Gracias por todo. Y vete por mi casa, ¿eh? Mira que de eso depende mi

porvenir y el de mi padre.

--Iré por allá.

Bernardo estrechó las manos de su amigo con efusión y se fué. Roberto,

al terminar de escribir, llamó:--Manuel.

--¿Qué?

--Estabas despierto, ¿eh?

--Sí señor.

--¿Has oído la conversación?

--Sí, señor.

--Pues si quieres, ya sabes. Ahí tienes un oficio que aprender.

--Iré, si le parece a usted bien.

--Lo que tú quieras.

--Entonces voy ahora mismo.

Manuel dejó la guardilla de Roberto sin despedirse de Alex y se marchó

en busca de Bernardo Santín, a la calle de Luchana. Era la casa piso

tercero, pero con el entresuelo y el principal resultaba quinto. Llamó

Manuel y le abrió un viejo de ojos encarnados, el padre de Bernardo. Le

explicó a lo que iba, y el viejo se encogió de hombros y se fué a la

cocina en donde estaba guisando. Manuel esperó a que llegara Bernardo.

La casa estaba todavía sin muebles; sólo había una mesa y unos cuantos

cacharros en la cocina y en un cuarto grande dos camas. Llegó Bernardo,

almorzaron los tres y dispuso Santín que el muchacho pidiera una

escalera al portero y se dedicase a sujetar y a componer los cristales

de la galería.

Después de dar estas órdenes, dijo que le esperaban y se fué.

Manuel el primer día se lo pasó en lo alto de una escalera sujetando los

cristales con listas de plomo y los rotos con tiras de papel.

Le costó mucho tiempo el arreglar los cristales; después Manuel colocó

las cortinas y empapeló la galería con papel continuo de color azulado.

A la semana o cosa así apareció Roberto con los catálogos. Marcó con

lápiz las cosas necesarias que se habían de traer, y le dijo a Bernardo

cómo debía poner el laboratorio; le señaló un sitio en donde era

conveniente hacer un tragaluz para poner las placas al sol y sacar las

positivas, y le indicó otra porción de cosas. Bernardo se fijó en lo que

le decía, y transmitió el encargo a Manuel. Bernardo, además de ser poco

inteligente, era un gandul completo. No hacía absolutamente nada. Sólo

cuando venía su novia a ver cómo marchaban los trabajos, fingía estar

atareado.

Era la novia muy simpática; a Manuel le pareció hasta bonita, a pesar de

tener el pelo rojo, y las pestañas y las cejas del mismo color. Tenía

una carita blanca, algo pecosa, la nariz sonrosada, respingona, los ojos

claros y los labios tan rojos y tan bonitos que despertaban el deseo de

besarlos. Era de pequeña estatura, pero estaba muy bien formada. Hablaba

rozando las erres y convirtiendo las ces en eses.

Parecía bastante enamorada de Bernardo, lo que a Manuel le chocó.

--Es que no le conoce--pensó.

Bernardo, con un convencimiento absoluto de su propia ciencia, le

explicaba a la muchacha los trabajos que hacía, cómo iba a poner el

laboratorio. Lo que oía a Roberto se lo espetaba a su novia con un

descaro inaudito. La muchacha lo encontraba todo muy bien; sin duda se

prometía un porvenir risueño.

Manuel, que comprendía el timo que estaba dando Bernardo, pensaba si no

sería una obra de caridad advertirle a la rubia que su novio era un

zascandil que no servía para nada, pero ¡quién le metía a él en esto!

Bernardo se llevaba la gran vida; paseaba, compraba alhajas en las casas

de préstamos, jugaba en el Frontón Central. Si algo hacía en casa era

dar disposiciones contradictorias y embarullarlo todo. Mientras tanto el

padre, indiferente, guisaba en la cocina y se pasaba el día entero

machacando en el almirez o picando en el tajo.

Manuel iba a la cama tan cansado que se dormía enseguida; pero una noche

en que no se durmió tan pronto, oyó en el otro cuarto a Bernardo que

decía:--Voy a mataros.

--¿Le mata?--preguntó la voz del viejo de los ojos encarnados.

--Espera--replicó el hijo--, me has interrumpido.

Y volvió a comenzar nuevamente la lectura, porque no se trataba más que

de una lectura, hasta llegar otra vez al: Voy a mataros. En las noches

siguientes continuó Bernardo leyendo con un tono terrible. Era éste sin

duda su único trabajo.

Bernardo no tenía más preocupación que su padre; lo demás le era

completamente indiferente; le había sacado el dinero a su novia y vivía

con aquel dinero y lo gastaba como si fuera suyo. Cuando llegaron la

máquina y los demás artefactos de fotografía de Alemania, al principio

se entretuvo en impresionar placas que reveló Roberto; pronto se aburrió

de esto y no hizo nada.

Era torpe y bruto hasta la exageración; no hacía más que necedades,

abrir la linterna cuando se estaban revelando las placas, confundir los

frascos. Roberto se exasperaba al ver que no ponía ningún cuidado.

Mientras tanto adelantaban los preparativos de la boda, Manuel y

Bernardo fueron varias mañanas al Rastro y compraron fotografías de

actrices hechas en París por Reutlinger, despegaron de la cartulina el

retrato y lo volvieron a pegar en otros cartones con la firma _Bernardo

Santín, fotógrafo_, puesta al margen con letras doradas.

En noviembre se celebró la boda en la iglesia de Chamberí. Roberto no

quiso asistir; pero el mismo Bernardo fué a buscarle a casa y no tuvo

más remedio que tomar parte en la fiesta. Después de la ceremonia fueron

a comer a un café de la Glorieta de Bildao.

Los comensales eran: dos amigos del padre del novio, uno de ellos

militar retirado; la patrona en cuya casa vivía la novia, con su hija;

un primo de Bernardo, su mujer y Manuel.

Roberto comenzó a hablar con la novia y le pareció muy simpática y

agradable; hablaba muy bien el inglés y cambiaron los dos algunas frases

en este idioma.

--Es una lástima que se case con este mastuerzo--pensó Roberto.

En la comida uno de los viejos comenzó a soltar una porción de

indecencias que hicieron ruborizar a la novia. Bernardo, que bebió

demasiado, dió bromas a la mujer de su primo y lo hizo con la pesadez y

la falta de gracia que le caracterizaba.

La vuelta de la boda a la casa, al anochecer, fué melancólica. Bernardo

se sentía valiente y quería hacer graciosidades. Esther hablaba con

Roberto de su madre que había muerto, de la soledad en que vivía.

Al llegar al portal se despidieron los invitados de los novios, y al ir

a marcharse Roberto, Bernardo se le acercó y con voz apagada y débil le

confesó que tenía miedo de quedarse solo con su mujer.

--Hombre, no seas idiota. Entonces, ¿para qué te has casado?

--No sabía lo que hacía. Anda, acompáñame un momento.

--Pues ¡vaya una gracia que le haría a tu mujer!

--Sí, le eres muy simpático.

Roberto contempló con atención a su amigo y no le miró la frente porque

no le gustaban las bromas.

--Sí, hombre, acompáñame. Hay otra cosa además.

--¿Pues qué hay?

--Que no sé aún nada de fotografía y quisiera que vinieras una semana o

dos. ¡Por favor te lo pido!

--No puede ser, yo tengo que dar mis lecciones.

--Ven aunque no sea más que a la hora de comer. Comerás con nosotros.

--Bueno.

--Y ahora sube un instante, por favor.

--No, ahora no subo--, y Roberto dió media vuelta y se fué.

En los días posteriores Roberto fué a casa del recién casado y charló un

rato con el matrimonio durante la comida.

Al tercer día entre Bernardo y Manuel retrataron a dos criadas que

aparecieron por la fotografía. Roberto reveló los clichés que por

casualidad salieron bien, y siguió acudiendo a casa de su amigo.

Bernardo continuaba haciendo la misma vida de antes de casado,

dedicándose a pasear y divertirse. A los pocos días no se presentó a la

hora de comer. Tenía una falta de sentido moral absoluta; había notado

que su mujer y Roberto simpatizaban y pensó que éste, por seguir

adelante y hacerle el amor a su mujer, trabajaría en su lugar. Con tal

de que su padre y él viviesen bien, lo demás no le importaba nada.

Cuando lo comprendió Roberto, se indignó.

--Pero, oye tú--le dijo--¿Es que tú crees que yo voy a trabajar por ti,

mientras tú andas golfeando? Quia, hombre.

--Yo no sirvo para estas porquerías de reactivos--replicó Bernardo

malhumorado--, yo soy un artista.

--Lo que tú eres es un imbécil que no sirve para nada.

--Bueno, mejor.

--Es indigno. Te has casado con esa muchacha para quitarle los pocos

cuartos que tenía. Da asco.

--Si ya sé yo que tu defenderás a mi mujer.

--No, hombre, yo no la defiendo. Ella ha sido también bastante idiota la

pobre para casarse contigo.

--¿Eso quiere decir que ya no quieres venir a trabajar?

--Claro que no.

--Pues me tiene sin cuidado. He encontrado un socio industrial. De

manera que ya sabes; yo a nadie le pido que venga a mi casa.

--Está bien. Adiós.

Dejó Roberto de aparecer por la casa; a los pocos días se presentó el

socio y Bernardo despidió a Manuel.

CAPÍTULO III

LA EUROPEA Y LA BENEFACTORA.--UNA COLOCACIÓN EXTRAÑA.

VOLVIÓ Manuel al estudio de Alex. Éste incomodado con el muchacho por

haberse ido del estudio sin despedirse, no quiso que se quedara allí de

nuevo.

Preguntaron los bohemios que se reunían en el taller por la vida de

Bernardo, y se hicieron una porción de comentarios humorísticos acerca

de la suerte que el Destino reservaba a la cabeza del fotógrafo.

--¿De manera que Roberto le revelaba los clichés--dijo uno.

--Sí.

--Le retocaba las placas y la mujer, añadió otro.

--¡Qué sinvergüenza es el tal Bernardo!

--No, es un filósofo de la escuela de Cándido. Ser cornudo y cultivar la

huerta. Es la verdadera felicidad.

--¿Y tú qué vas a hacer?--preguntó Alex irónicamente a Manuel.

--No sé; buscaré una colocación.

--Hombre, ¿ustedes conocen a un señor don Bonifacio Mingote, que vive en

el tercer piso de esta casa?--dijo don Servando Arzubiaga, el hombre

enjuto e indiferente.

--No.

--Es un agente de colocaciones. No debe tenerlas muy buenas cuando no se

ha colocado él. Yo le conozco del periódico: antes era representante de

unas aguas minerales, y solía llevar anuncios. Me habló el otro día de

que necesitaba un chico.

--Véanle ustedes--replicó Alex.

--¿Tu no aspiras a ser grande de España, verdad?--preguntó don Servando

a Manuel, con una sonrisa entre irónica y bondadosa.

--No, ni usted tampoco--dijo con desenfado Manuel.

Don Servando se echó a reir.

--Si quieres, le veremos a ese Mingote. ¿Vamos ahora mismo?

--Vamos, si usted quiere.

Bajaron al tercero de la casa, llamaron en una puerta y les hicieron

pasar a un comedor estrecho. Preguntaron por el agente, y una criada

zarrapastrosa les mostró una puerta. Llamó don Servando con los

nudillos, y al oir ¡adelante! que dijeron de dentro, pasaron los dos al

interior del cuarto.

Un hombre gordo, de bigote grueso y pintado, envuelto en un mantón de

mujer, que iba y venía, hablando y accionando con un junquillo en la

mano derecha, se detuvo y, abriendo los brazos con grandes extremos y en

un tono teatral, exclamó:--¡Oh, mi señor don Servando! ¡Tanto bueno por

aquí!--Después miró al techo, y de la misma manera afectada, añadió:

¿Qué le trae por este cuarto al ilustre escritor, noctámbulo

empedernido, a horas tan tempranas?

Don Servando contó al señor gordo, el propio don Bonifacio Mingote, lo

que le llevaba por allá.

En tanto, un hombre feo, con unos brazos de muñeco y una cabeza de

chino, sucio y enfermo, colocó la pluma sobre la oreja y se puso a

frotarse las manos con aire de satisfacción.

El cuarto era nauseabundo, atestado de anuncios rotos, grandes y

pequeños, pegados a la pared; en un rincón había una cama estrecha y sin

hacer; tres sillas destripadas, con la crin al descubierto, y en medio

un brasero cubierto con una alambrera, encima de la cual se secaban dos

calcetines sucios.

--Por ahora no puedo asegurar nada--dijo el agente de negocios a don

Servando, después de oir sus explicaciones--, mañana lo sabré; pero

tengo un buen asunto entre manos.

--Ya ves lo que dice este señor--indicó don Servando a Manuel--; mañana

ven por aquí.

--¿Tu sabes escribir?--preguntó el señor Mingote al muchacho.

--Sí, señor.

--¿Con ortografía?

--Algunas palabras quizá no sepa....

--A mí me pasa lo mismo. Los hombres verdaderamente grandes despreciamos

esas cosas verdaderamente pequeñas. Ponte a trabajar aquí--y puso una

silla al otro lado de la mesa donde escribía el hombre amarillo--. Este

trabajo--añadió--será el pago del servicio que te voy a prestar

buscándote una colocación pistonuda.

--Señor Mingote--exclamó don Servando--, muchísimas gracias por todo.

--¡Señor don Servando! ¡Siempre a sus órdenes!--contestó el agente de

negocios y de colocaciones revirando uno de los ojos que se le desviaba

y haciendo una solemne reverencia.

Manuel se sentó a la mesa, tomó la pluma, la mojó en el tintero y

esperó.

--Vete poniendo un nombre de estos en cada circular--le dijo Mingote

dándole una lista y un paquete de circulares. La letra del agente era

defectuosa, mal hecha, de hombre que apenas sabe escribir. La circular

ponía lo siguiente:

LA EUROPEA

AGENCIA DE NEGOCIOS Y DE COLOCACIONES

DE

BONIFACIO DE MINGOTE

En ella se ofrecían a las diversas clases sociales toda clase de

artículos, de representaciones y de colocaciones.

Se compraban a bajo precio medicamentos, carnes, hules, frutas,

mariscos, coronas fúnebres, dentaduras postizas, sombreros de señora; se

analizaban esputos y orinas; se buscaban amas de cría garantizadas; se

proporcionaban apuntes de asignaturas de Derecho, de Medicina y carreras

especiales; se ofrecían capitales, préstamos, hipotecas; se ponían

anuncios monstruos, sensacionales, emocionantes, y todos estos servicios

y otros muchísimos más se hacían por una tarifa mínima, ridícula de puro

exigua.

Manuel se puso a copiar con su mejor letra los nombres en las circulares

y en los sobres.

El señor de Mingote vió la letra de Manuel y, después de conceder su

beneplácito, se embozó en el mantón, dió dos o tres pasos por el cuarto

y preguntó a su escribiente:

--¿Dónde íbamos?

--Decíamos--contestó con su gravedad siniestra el amanuense--que el Anís

Estrellado Fernández es la salvación.

--Ah, sí; lo recuerdo.

De pronto el señor de Mingote, con voz de trueno, gritó:

--¿Qué es el Anís Estrellado Fernández? es la salvación, es la vida, es

la energía, es la fuerza.

Manuel levantó la cabeza asombrado y vió al agente de negocios con la

vista desviada, fija en el techo, que accionaba terriblemente, como

amenazando a alguien con su mano derecha armada del junquillo, mientras

el escribiente garrapateaba veloz en el papel.

--Es un hecho, universalmente reconocido por la Ciencia--siguió diciendo

Mingote en tono melodramático--, que la neurastenia, la astenia, la

impotencia, el histerismo y otros muchos desórdenes del sistema

nervioso... ¿Qué otras enfermedades cura?--añadió Mingote en su voz

natural.

--El raquitismo, la escrófula, la corea...

--Que el raquitismo, la escrófula, la corea y otros muchos desórdenes

del sistema nervioso...

--Perdone usted--dijo el amanuense--, creo que el raquitismo no es un

desorden del sistema nervioso.

--Bueno, pues táchelo usted ¿Ibamos en el sistema nervioso?

--Sí, señor.

Mala Hierba · 第 1 / 16 段