OFICIOS MENUDOS

Considerando detenidamente la construcción moral de un gran pueblo,

se puede observar que lo que se llama _profesiones conocidas_ ó

_carreras_, no es lo que sostiene la gran muchedumbre: descártense

los abogados y los médicos, cuyo oficio es vivir de los disparates y

excesos de los demás: los curas, que fundan su vida temporal sobre la

espiritual de los fieles: los militares, que venden la suya con la

expresa condición de matar á los otros: los comerciantes, que reducen

hasta los sentimientos y pasiones á valores de bolsa: los nacidos

propietarios, que viven de heredar: los artistas, únicos que dan

trabajo por dinero, etc., etc.: y todavía quedará una multitud inmensa

que no existirá de ninguna de esas cosas, y que sin embargo existirá:

su número en los pueblos grandes es crecido, y esta clase de gentes no

pudieran sentar sus reales en ninguna otra parte: necesitan el ruido

y el movimiento, y viven, como el pobre del Evangelio, de las migajas

que caen de la mesa del rico. Para ellos hay una rara superabundancia

de pequeños oficios, los cuales, no pudiendo sufragar por sus cortas

ganancias á la manutención de una familia, son más bien _pretextos de

existencia_ que verdaderos oficios: en una palabra, _modos de vivir

que no dan de vivir_: los que los profesan son no obstante como las

últimas ruedas de una máquina, que sin tener á primera vista grande

importancia, rotas ó separadas del conjunto paralizan el movimiento.

Estos seres marchan siempre á la cola de las pequeñas necesidades de

una gran población, y suelen desempeñar diferentes cargos, según el

año, la estación, la hora del día. Esos mismos que en noviembre venden

ruedos ó zapatillas de orillo, en julio venden horchata: en verano

son bañeros del Manzanares: en invierno cafeteros ambulantes: los que

venden agua en agosto, vendían en carnaval cartas y garbanzos de pega,

y en navidades motes nuevos para damas y galanes.

Uno de estos _menudos oficios_ ha recibido últimamente un golpe

mortal con la sabia y filantrópica institución de san Bernardino; y

es gran dolor, por cierto, pues que era la introducción á los demás,

es decir el oficio de examen, y el más fácil: quiero hablar de la

candela: una numerosa turba de muchachos, que podría en todo tiempo

tranquilizar á cualquiera sobre el fin del mundo (cuyos padres es de

suponer existiesen, en atención á lo difícil que es obtener hijos

sin previos padres, pero no porque hubiese datos más positivos) se

esparcían por las calles y paseos. Todas las primeras materias, todo

el capital necesario para empezar su oficio se reducían á una mecha de

trapos, de que llevaban siempre sobre sí mismos abundante provisión:

á la luz de la filosofía, debían tener cierto valor; cuando el mundo

es todo vanidad, cuando todos los hombres dan dinero por humo, ellos

solos daban humo por dinero. Desgraciadamente un nuevo Prometeo les

ha robado el fuego para comunicársele á sus hechuras, y este menudo

oficio ha salido del gremio para entrar en el número de las profesiones

conocidas, de las instituciones sentadas y reglamentadas.

Pero con respecto á los demás, dígasenos francamente si pueden

subsistir con sus ganancias: aquel hombre negro y mal encarado, que

con la balanza rota y la alforja vieja parece, según lo maltratado,

la imagen de la justicia, y cuya profesión es dar _higos_ y _pasas_

por _hierro viejo_; el otro que siempre detrás de su acémila, y tan

inseparable de ella como alma y cuerpo, no vende nada, antes compra...

_palomina_: capitalista verdadero, coloca sus fondos, y tiene que

revender después, y ganar en su preciosa mercancía; ha de mantenerse

él y su caballería, que al fin son dos aunque parecen uno, y eso

suponiendo que no tenga más familia; el que vende _alpiste_ para

_canarios_, el que pregona _pajuelas_, etc., etc.

Pero entre todos los modos de vivir ¿qué me dice el lector de la

trapera que con un cesto en el brazo y un instrumento en la mano

recorra á la madrugada, y aun más comúnmente de noche, las calles

de la capital? Es preciso observarla atentamente. La trapera marcha

sola y silenciosa: su paso es incierto como el vuelo de la mariposa:

semejante también á la abeja, vuela de flor en flor (permítaseme

llamar así á los portales de Madrid, siquiera por figura retórica, y

en atención á que otros hacen peores figuras, que las debieran hacer

mejores). Vuela de flor en flor, como decía, sacando de cada parte sólo

el jugo que necesita: repáresela de noche; indudablemente ve como las

aves nocturnas: registra los más recónditos rincones, y donde pone el

ojo pone el gancho, parecida en esto á muchas personas de más decente

categoría que ella: su gancho es parte integrante de su persona; es en

realidad su sexto dedo, y le sirve como la trompa al elefante; dotado

de una sensibilidad y de un tacto exquisitos, palpa, desenvuelve,

encuentra; y entonces por un sentimiento simultáneo, por una relación

simpática que existe entre la voluntad de la trapera y su gancho, el

objeto útil, no bien es encontrado, ya está en el cesto. La trapera

por tanto con otra educación sería un excelente periodista y un buen

traductor de Scribe: su clase de talento es la misma: buscar, husmear,

hacer propio lo hallado; solamente mal aplicado: he ahí la diferencia.

En una noche de luna el aspecto de la trapera es imponente: alargar

el gancho, hacerlo guadaña, y al verla entrar y salir en los portales

alternativamente, parece que viene á llamar á todas las puertas,

precursora de la parca. Bajo este aspecto hace en las calles de Madrid

los oficios mismos que la calavera en la celda del religioso: invita á

la meditación, á la contemplación de la muerte, de que es viva imagen.

Bajo otros puntos de vista se puede comparar á la trapera con la

muerte: en ella vienen á nivelarse todas las jerarquías: en su cesto

vienen á ser iguales como en el sepulcro Cervantes y Avellaneda: allí

como en un cementerio, vienen á colocarse al lado los unos de los

otros: los decretos de los reyes, las quejas del desdichado, los

engaños del amor, los caprichos de la moda: allí se reúnen por única

vez las poesías, releídas, de Quintana, y las ilegibles de A. ***:

allí se codean Calderón y C. ***: allá van juntos Moratín y B. ***. La

trapera, como la muerte, _equo pulsat pede pauperum tabernas regumque

turres_. Ambas echan tierra sobre el hombre oscuro, y nada pueden

contra el ilustre: ¡de cuántos bandos ha hecho justicia la primera!,

¡de cuántos batideros la segunda!

El cesto de la trapera, en fin, es la realización, única posible, de

la fusión, que tales nos ha puesto. _El Boletín de Comercio_ y _la

Estrella_, _la Revista_ y _la Abeja_, las metáforas de Martínez de la

Rosa y las interpelaciones del conde de las Navas, todo se funde en uno

dentro del cesto de la trapera.

Así como el portador de la candela era siempre muchacho y nunca

envejecía, así la trapera no es nunca joven: nace vieja: éstos son los

dos oficios extremos de la vida, y como la Providencia, justa, destinó

á la mortificación de todo bicho otro bicho en la naturaleza, como crió

el sacre para daño de la paloma, la araña para tormento de la mosca,

la mosca para el caballo, la mujer para el hombre, y el escribano para

todo el mundo, así crió en sus altos juicios á la trapera para el

perro. Estas dos especies se aborrecen, se persiguen, se ladran, se

enganchan y se venden.

Ese ser, con todo ha de vivir, y tiene grandes necesidades, si se

considera la carrera ordinaria de su existencia anterior; la trapera

por lo regular (antes por supuesto de serlo) ha sido joven, y aun

bonita; muchacha, freía buñuelos, y su hermosura la perdió. Fea,

hubiera recorrido una carrera oscura, pero acaso holgada; hubiera

recurrido al trabajo; y éste la hubiera sostenido. Por desdicha era

bien parecida, y un chulo de la calle de Toledo se encargó en sus

verdores de hacérselo creer; perdido el tino con la lisonja, abandonó

la casa paterna (taberna muy bien acomodada), y pasó á naranjera.

El chulo no era eterno, pero una naranjera siempre es vista; un

caballerete fué de parecer de que no eran naranjas lo que debía vender,

y le compró una vez por todas todo el cesto; de allí á algún tiempo,

queriendo desasirse de ella, la aconsejó que se ayudase, y reformada ya

de trajes y costumbres, la recomendó eficazmente á una modista; nuestra

heroína tuvo diez años felices de modistilla; el pañuelo de labor en la

mano, el _fichú_ en la cabeza, y el galán detrás, recorrió las calles

y un tercio de su vida; pero cansada del trabajo, pasó á ser prima de

un procurador (de la curia), que como pariente la alhajó un cuarto;

poco después el procurador se cansó del parentesco, y le procuró una

plaza de corista en el teatro: ésta fué la época de su apogeo y de su

gloria; de señorito en señorito, de marqués en marqués, no se hablaba

sino de la hermosa corista. Pero la voz pasa, y la hermosura con ella,

y con la hermosura los galanes ricos; entonces empezó á bajar de nuevo

la escalera hasta el último piso, hasta el piso bajo; luego mudó de

barrios hasta el hospital; la vejez, por fin, vino á sorprenderla entre

las privaciones y las enfermedades; el hambre le puso el gancho en la

mano, y el cesto fué la barquilla de su naufragio. Bien dice Quintana:

¡Ay! ¡infeliz de la que nace hermosa!

Llena por consiguiente de recuerdos de grandeza, la trapera necesita

ahogarlos en algo, y por lo regular los ahoga en aguardiente. Esto

complica extraordinariamente sus gastos. Desgraciadamente, aunque

el mundo da tanto valor á los trapos, no es á los de la trapera.

Sin embargo, ¡qué de veces lleva tesoros su cesto! ¡Pero tesoros

impagables!

Ved aquel amante, que cuenta diez veces al día y otras tantas á la

noche las piedras de la calle de su querida. Amelia es cruel con él:

ni un favor, ni una distinción, alguna mirada de cuando en cuando...

algún... nada. Pero ni una contestación de su letra á sus repetidas

cartas, ni un rizo de su cabello que besar, ni un blanco cendal de

batista que humedecer con sus lágrimas. El desdichado daría la vida por

un harapo de su señora.

¡Ah!, ¡mundo de dolor y trastrueques! La trapera es más feliz.

¡¡¡Mírala entrar en el portal, mírala mover el polvo!!! El amante la

maldice: durante su estancia no puede subir la escalera: por fin, sale

y el imbécil entra, despreciándola al pasar. ¡Insensato!, ésa que

desprecia lleva en su banasta, cogidos á su misma vista, el pelo que le

sobró á Amelia del peinado aquella mañana, una apuntación antigua de

la ropa dada á la lavandera, todo de su letra (la cosa más tierna del

mundo), y una gola de linón hecha pedazos... ¡Una gola!!! Y acaso el

borrador de algún billete escrito á otro amante.

Alcánzala, busca; el corazón te dirá cuáles son los afectos de tu

amada. Nada. El amante sigue pidiendo á suspiros y gemidos las tiernas

prendas, y la trapera sigue pobre su camino. Todo por no entenderse.

¡Cuántas veces pasa así nuestra felicidad á nuestro lado, sin que

nosotros la veamos!

Me he detenido, distinguiendo en mi descripción á la trapera entre

todos los demás menudos oficios, porque realmente tiene una importancia

que nadie le negará. Enlazada con el lujo y las apariencias mundanas

por la parte del trapo, é íntimamente unida con las letras y la

imprenta por la del papel, era difícil no destinarle algunos párrafos

más.

El oficio que rivaliza en importancia con el de la trapera es

indudablemente el del _zapatero de viejo_.

El zapatero de viejo hace su nido en los rincones de los portales; allí

tiene una especie de gruta, una socavación subterránea, las más veces

sin luz ni pavimento. Al rayar del alba fabrica en un abrir y cerrar

de ojos su taller en un ángulo (si no es lunes): dos tablas unidas

componen su recinto: una mala banqueta, una vasija de barro para la

lumbre, indispensablemente rota, y otra más pequeña para el agua en

que ablanda la suela, son todo su _menaje_; el cajón de las lesnas á

un lado, su delantal de cuero, un calzón de pana y medias azules, son

sus signos distintivos. Antes de extender la tienda de campaña, bebe

un trago de aguardiente, y cuelga con cuidado á la parte de afuera una

tabla, y de ella pendiente una bota inutilizada; cualquiera al verla

creería que quiere decir: «_aquí se estropean botas_».

No puede establecerse en un portal sin previo permiso de los

inquilinos; pero como regularmente es un infeliz, cuya existencia

depende de las gentes que conoce ya en el barrio, ¿quién ha de tener

el corazón tan duro para negarse á sus importunidades? La señora del

cuarto principal, compadecida, lo consiente: la del segundo, en vista

de esa primera protección, no quiere chocar con la señora condesa: los

demás inquilinos no son siquiera consultados. Así es que empiezan por

aborrecer al zapatero, y desahogan su amor propio resentido en quejas

contra las aristocráticas vecinas. Pero al cabo el encono pasa, sobre

todo considerando que desde que se ha establecido allí el zapatero á lo

menos está el portal limpio.

Una vez admitido, se agarra á la casa como una alga á las rocas; es

tan inherente á ella como un balcón ó una puerta; pero se parece á la

hiedra y á la mujer; abraza para destruir. Es la víbora abrigada en el

pecho: es el ratón dentro del queso. Por ejemplo, canta y martillea,

y parece no hacer otra cosa. ¡Error! Observa la hora á que sale el

amo, qué gente viene en su ausencia, si la señora sale periódicamente,

si va sola ó acompañada, si la niña balconea, si se abre casualmente

alguna ventanilla ó alguna puerta con tiento, cuando sube tal ó cual

caballero: ve quién ronda la calle, y desde su puesto conoce al primer

golpe de vista, por la inclinación del cuello y la distancia del

_cuyo_, el piso en que está la intriga. Aunque viejo, dice chicoleos á

toda criada que sale y entra, y se granjea por tanto su buena voluntad:

la criada es al zapatero lo que el anteojo al corto de vista: por

ella ve lo que no puede ver por sí, y reunido lo interior y exterior,

suma y lo sabe todo. ¿Se quiere saber la causa de la tardanza de todo

criado ó criada que va á un recado? ¿Hay zapatero de viejo? No hay que

preguntarla. ¿Tarda? Es que le está contando sus rarezas de usted,

tirano de la casa, y lo que con usted sufre la señora, que es una malva

la infeliz.

El zapatero sabe lo que se come en cada cuarto, y á qué hora. Ve salir

al empleado en rentas por la mañana, disfrazado con la capa vieja, que

va á la plaza en persona, no porque no tenga criada, sino porque el

sueldo da para estar servido, pero no para estar sisado. En fin, no se

mueve una mosca en la manzana sin que el buen hombre la vea: es una

red la que tiende sobre todo el vecindario, de la cual nadie escapa.

Para darle más extensión, es siempre casado, y la mujer se encarga de

otro menudo oficio: como casada no puede servir, es decir, de criada,

pero sirve de lo que se llama _asistenta_; es conocida por tal en

el barrio: ¿se despidió una criada demasiado bruscamente y sin dar

lugar al reemplazo? Se llama á la mujer del zapatero. ¿Hay un convite

que necesita aumento de brazos en otra parte? ¿Hay que dar de prisa

y corriendo ropa á lavar, á coser, á planchar, mil recados, en fin,

extraordinarios? La mujer del zapatero, el zapatero.

Por la noche el marido y la mujer se reúnen y hacen fondo común de

hablillas; ella da cuenta de lo que ha recogido su policía, y él sobre

cualquier friolera le pega una paliza, y hasta el día siguiente. Esto

necesita explicación: los artesanos en general no se embriagan más que

el domingo y el lunes, algún día entre semana, las pascuas, los días de

santificar, y por este estilo: el zapatero de viejo es el único que se

embriaga todos los días: ésta es la clave de la paliza diaria: el vino

que en otros se sube á la cabeza, en el zapatero de viejo se sube á las

espaldas de la mujer: es decir, que se trasiega.

Este hermoso matrimonio tiene numerosos hijos que enredan en el portal,

ó sirven de pequeños nudos á la gran red pescadora.

Si tiene usted hija, mujer, hermana ó acreedores, no viva usted en

casa de zapatero de viejo. Usted al salir le dirá: _Observe usted

quién entra y quién sale de mi casa_. Á la vuelta ya sabe quién debe

sólo decir que ha estado, _ó habrá salido un momento fuera, y como no

haya sido en aquel momento_... Usted le da un par de reales por la

fidelidad. Par de reales que sumados con la peseta que le ha dado el

que no quiere que se diga que entró, forma la cantidad de seis reales.

El zapatero es hombre de revolución, despreocupado, superior á las

preocupaciones vulgares, y come tranquilamente á dos carrillos.

En otro cuarto es la niña la que produce: el galán no puede entrar en

la casa, y es preciso que alguien entregue las cartas: el zapatero es

hombre de bien, y por tanto no hay inconveniente: el zapatero puede

además franquear su cuarto, puede... ¡qué sé yo qué puede el zapatero!

Por otra parte los acreedores, y los que persiguen á su mujer de usted,

saben por su conducto si usted ha salido, si ha vuelto, si se niega, ó

si está realmente en casa. ¡Qué multitud de atenciones no tiene sobre

sí el zapatero! Qué tino no es necesario en sus diálogos y respuestas!

¡Qué corazón tan firme para no aficionarse sino á los que más pagan!

Sin embargo, siempre que usted llega al puesto del zapatero, está

ausente; pero de allí á poco sale de la taberna de en frente, adonde ha

ido un momento á echar un trago: semejante á la araña, tiende la tela

en el portal y se retira á observar la presa al agujero.

Hay otro zapatero de viejo, ambulante, que hace su oficio de comprar

desechos... pero éste regularmente es un ladrón encubierto que se

informa de ese modo de las entradas y salidas de las casas, de... en

una palabra, no tiene comparación con nuestro zapatero.

Otra multitud de oficios menudos merecen aún una historia particular,

que les haríamos si no temiésemos fastidiar á nuestros lectores. Ese

enjambre de mozos y sirvientes que viven de las propinas, y en quienes

consiste que ninguna cosa cueste realmente lo que cuesta, sino mucho

más: la abaniquera de _abanicos de novia_ en el verano, á cuarto la

pieza; la mercadera de _torrados_ de la Ronda; el de los _tirantes

y navajas_; el cartelero que vive de estampar mi nombre y el de mis

amigos en la esquina; los comparsas del teatro, condenados eternamente

á representar por dos reales, barbas, un pueblo numeroso entre seis

ó siete; el infinito _corbatines y almohadillas_, que está en todos

los cafés á un mismo tiempo; siempre en aquél en que usted está, y

vaya usted al que quiera; el barbero de la plazuela de la Cebada, que

abre su asiento de tijera, y del aire libre hace tienda; esa multitud

de _corredores de usura_ que viven de llevar á empeñar y desempeñar;

esos músicos del anochecer, que el calendario en una mano y los reales

nombramientos en otra, se van dando días y enhorabuenas á gentes

que no conocen; esa muchedumbre de maestros de lenguas á 30 reales

y retratistas á 70 reales; todos los habitantes y revendedores del

rastro, las prenderas, los..., ¿no son todos menudos oficios? _Esas

casamenteras de voluntades_, como las llama Quevedo..., pero no todo es

del dominio del escritor, y desgraciadamente en punto á costumbres y

menudos oficios acaso son los más picantes los que es forzoso callar:

los hay odiosos, los hay despreciables, los hay asquerosos, los hay

que ni adivinar se quisieran; pero en España ningún _oficio_ reconozco

_más á menudo_, y sirva esto de conclusión, ningún _modo de vivir que

dé menos de vivir_, que el de escribir para el público, y hacer versos

para la gloria: más menudo todavía el público que el oficio, es todo lo

más si para leerlo á usted le componen cien personas, y con respecto

á la gloria, bueno es no contar con ella, por si ella no contase con

nosotros.

Obras completas de Fígaro, Tomo 2 · 第 69 / 75 题