LA CAZA

Los tiempos en que la caza era á un mismo tiempo la ocupación y la

diversión de nuestros reyes y nuestros nobles, quedan ya bien lejos

de nosotros: aquel sinnúmero de empleados destinados á ese ejercicio

que llenaban el palacio han desaparecido, dejando sólo tras sí algún

nombre que otro, alguna denominación, fuera en el día de su lugar. La

invención de la pólvora fué sin duda uno de los primeros golpes, casi

mortales, para la antigua manera de cazar. ¿Á qué mantener y educar

costosamente varios halcones, cuando una menuda bola de plomo puede

hacer en menos tiempo y sin precisa enseñanza el mismo camino? Las

revoluciones, que han dejado apenas á los reyes tiempo para serlo, han

venido después á dar á ese ejercicio el último golpe de cachete; los

sotos se han descuidado; las costumbres extranjeras se han introducido,

y los teatros, los bailes, los cafés, el juego, los clubs y los

periódicos han sustituido enteramente á aquella azarosa distracción.

En otros países no han sido bastantes todas esas causas á destruirla;

en Inglaterra, por ejemplo, magníficos parques, sostenidos y cuidados

con el mismo esmero que todas las cosas inglesas, ofrecen aún abundante

caza á los _gentlemen_, que dedican á sus locas batidas una estación

del año. En Alemania no es menos la afición, y en algunos otros puntos

de Europa, como en el Tirol, se encuentran en punto á caza tiradores de

sorprendente habilidad.

Entre nosotros Carlos IV ha sido el último de nuestros príncipes

cazadores; y los nobles, reflejo siempre en sus costumbres de los

reyes, han dejado morir una diversión en la cual ya no tenían á quien

remedar: en España, pues, se puede decir que hay cazadores, hay

individuos; pero no hay _caza_ propiamente dicha, y sólo en algún

rincón de provincia da todavía esta antigua afición señales de un resto

de agonizante vida.

Una de las provincias á que esto puede aplicarse con más razón es la

Extremadura: destinada la mayor parte á dehesas para pasto, sumamente

despoblada y cubierta de encinas, malezas y jarales, se puede decir que

es casi toda ella un inmenso soto: agréguese á esto que no necesitando

cultivo alguno ni laboreo la mayor parte de su terreno, gran parte

de los hombres del país no tienen más modo de vivir que constituirse

guardas de las dehesas de los señores, ó darse ellos mismos á la caza,

atropellando todos los respetos de la propiedad, que en ninguna otra

provincia está más desconocida, y haciendo la vida de los pueblos

primitivos del hombre de la naturaleza: ni agricultura todavía, ni

industria, ni comercio, ni ciencias, ni artes, ni bellas letras...,

caza para comer y cubrirse: hay poblaciones enteras esencialmente

cazadoras: la existencia y la fisonomía de estos seres son enteramente

originales.

Al dejar Mérida el conde de ***, joven de una ilustración y un talento

poco comunes en su edad, de un patriotismo que ha probado en varias

ocasiones, y de un trato superior á todo elogio, en cuya compañía había

salido de Madrid, me invitó á pasar unos días en una de sus mejores

posesiones, famosa en el país por la abundancia de caza mayor y menor

que encierra. No llevando en mi viaje ni prisa, ni objeto determinado,

siéndome del todo indiferente matar el tiempo en una dehesa, en Badajoz

y fuera de España, y costándome por otra parte algún trabajo separarme

tan pronto de una persona cuya amistad había hecho para mí de un viaje

árido un paseo delicioso, me decidí á admitir un convite que podía

proporcionarme además una ocasión de estudiar la caza y los cazadores.

No tardamos en llegar al desierto que íbamos á habitar por algunos

días: una dehesa inmensa, empotrada en medio de otras inmensas dehesas;

el suelo alfombrado de cuantas flores y yerbas de diversos y vivísimos

matices se pueden imaginar, cubierto de altísimos jarales, salpicado

de robustas encinas y hormigueando por todas partes la caza; jabalíes,

venados, ciervos, gamos, lobos, zorros, liebres, conejos, águilas,

buitres, milanos, grullas, perdices, palomas, búhos, urracas, cucos,

alondras, multitud de otras aves, aves de todas especies y colores,

todo esto junto, revuelto, y casi mezclado, volando, saltando,

corriendo, aullando, bramando, cantando, una figura humana alguna

vez; un sol de justicia dando de día color y calor al cuadro, y una

argentada luna rodeada de lucientes estrellas, dándole de noche sombras

y misterio: figúrese usted todo esto, añádale usted algún rebaño de

ovejas y cabras trepando por la colina, tal cual vaca al parecer sin

dueño, alguna yegua de un pastor seguida de sus potros, alguna mula,

algún otro cuadrúpedo que no nombraré, diversas castas de perros,

mastines, caseros y de caza, un gallinero en la cabaña de los guardas y

un arroyo de cuando en cuando poblado de ruidosas ranas, y tendrá usted

la representación perfecta de la creación.

La vivienda humana, la población más inmediata, está á dos leguas,

Ornachos, célebre en el país por sus naranjas, que pueden realmente

competir, si no en el número, en la calidad con las mejores de

Valencia, de Andalucía y de Portugal. Tanto éste como los demás pueblos

del alrededor son enteramente cazadores, lo cual no puede menos de

resultar en grave perjuicio de la misma caza, que diariamente se

disminuye, y que acabará por desaparecer del todo.

El aspecto de uno de esos hombres que viven de la caza, llamados

vulgarmente _corsarios_, no es menos original que su lenguaje. Un mal

sombrerillo gacho amarillento, curtido del polvo y del sol; una zamarra

de piel; calzón de paño burdo; polaina ó botín de cuero; sajones de

cuero pendientes de la cintura; por calzado un pedazo de piel sin

curtir, sujeto á la pierna con cordeles; una canana al rededor del

cuerpo; un morral de piel; perdigonera y polvorín de cuerno y una

escopeta sencilla, vieja, antiquísima, de cañón largo, de chispa, llena

toda de remiendos y composturas, escopeta sin embargo que ninguno de

ellos cambiaría por otra de dos cañones y pistón del mismo _Delpire_, y

escopeta que jamás les falta. Barba crecida; las pestañas y las cejas

comidas de la intemperie, las manos y la cara como las de las fieras

que persiguen, curtidas, sin pasiones, sin sentimientos, sin expresión:

seres de los montes, sus facciones parecen rayas indeterminadas

semejantes á los de la corteza de los árboles. No pregunte usted á

este hombre si hay rey ó reina en Madrid, si es carlista ó liberal;

sino, si hay caza en el monte. Después de su frugal almuerzo, el

corsario se lanza fuera de su choza alguna vez con reclamo, más

comúnmente con perro, tan fiero y tan campesino como él, y, nuevo

Robinson del monte, le recorre, le devasta, le saquea, y corre á

vender al pueblo inmediato por siete ú ocho cuartos el fruto del sudor

de un día, que él nunca come, sea por hastío, sea por remordimiento.

¿Por remordimiento? Precisamente: no puedo hallar otro origen á la

diferencia que el hombre establece entre matar hombres y animales que

su infinito amor propio: sin embargo, hay animales que valen más que

hombres, y hombres que deberían darse la enhorabuena si no fueran más

que animales.

Pero llega el domingo, día anhelado por los empleados de la ciudad

inmediata. ¿Es una pascua? Mejor: la batida durará tres días: el

sábado por la tarde se ensillan los caballos, se hacen provisiones,

y en marcha. Se convocan los mejores escopetas y corsarios, aquéllos

para darles _ojeos_ en competente número y cubrir todos los _puestos_,

y éstos para dirigirlos y reconocer las _manchas_ ó espesuras donde

se alberga la caza. Aquella noche se pasa al hogar al rededor de una

encina, oyendo al corsario más experimentado: él explica la caza de

la perdiz como la más divertida y honorífica: la de los conejos al

_aguardo_ es pesada, y no se puede hacer sino á la madrugada y á la

caída de la tarde: en tiempo de su cría, la mejor es la _chilla_:

la _mancha_ de la _tristeza_, que cae al oriente, es la mejor para

liebres; en otro _manchón_ hay venado ó _cochino_; pero ése no se

puede cazar sin gran _recoba_, y todavía no se han traído todos los

perros: él arregla los ojeos para el día siguiente, y asainetea en fin

su conversación con el relato útil de mil anécdotas de caza, con la

variedad de los lances de su vida.

Á la mañana con la aurora todo el mundo está alerta: los corsarios y

escopetas de pie y en rueda, hunden en un enorme caldero, después de

haberse santiguado, su cuchara de cuerno sin mango, sacan con ella

una cucharada de migas, la cual hacen pasar á la mano y de ésta á la

boca; repetida esta operación hasta apurar el caldero, todo el mundo

se dirige al sitio donde se va á dar la batalla: momento de confusión:

nadie pide parecer, cada cual da el suyo: uno pide pólvora: otro

perdigones, otro postas por si sale alguna res: en fin, se carga; los

ojeadores, precedidos de un corsario, van á tomar la vuelta de la

_mancha_ ó espesura designada, y á rodearla, en tanto que los escopetas

y cazadores, capitaneados por otro corsario inteligente, van á ocupar

con el mayor silencio los puestos á la parte contraria; allí estatuas

de sí mismos, y árboles entre otros árboles, esperan traidoramente á

las víctimas, que ahuyentadas y encaminadas á ellos por los palos y

las voces de los ojeadores, vienen á ofrecerse al tiro, no teniendo

otra salida que los puestos. Apurada una mancha se pasa á otra, y

así sucesivamente. Á media mañana se comen unas naranjas y se echa

un trago: á las tres ó las cuatro se recoge la gente á la casa, y se

devora con apetito parte de la mortandad de la mañana: con el bocado en

la boca, y con todo el calor del sol, se vuelve á la caza, se cena, se

sueña con la caza, hombres y perros, y al día siguiente se repite la

misma función.

Los escopetas y cazadores ejercitados matan; pero los aficionados

principiantes ó se sobrecogen á la salida del _bicho_ y pierden el

momento favorable, ó se mueven y hacen torcer de su camino los animales

maliciosos, ó tiran por fin demasiado pronto sin calcular el tiempo y

la distancia, el vuelo recto de la perdiz, ó torcido de la paloma; en

una palabra, no logran hacer dar á una liebre la vuelta de _campana_.

Concluida la batida se suman las piezas, se reúnen las tropas, se

cruzan apuestas sobre el número de vencejos que matarán en el pueblo

en el día siguiente: hay quien se atreve á matar con bala, de doce

nueve: se suceden las burlas y los denuestos entre los peritos y los

pobres aficionados se muerden los labios de despecho, y se vuelven á

la ciudad con una insolación ó un tabardillo, la piel tostada, y con

la perspectiva ante los ojos de los sarcasmos y de las chanzas de las

damas que los esperan con impaciencia para vengarse de la soledad en

que las ha dejado una diversión que por lo regular aborrecen como una

rival que les roba sus víctimas y adoradores.

El cazador generalmente es infatigable: á la larga le sucede siempre

alguna avería, ó pierde un ojo ó un dedo, ó se rompe un brazo, y

diariamente por lo regular se hiere y se estropea bregando entre la

maleza: el sol y el aire, el agua y el frío le combaten; los peligros

le cercan; pero todo ello es nada á sus ojos. Haya que matar, y

vamos viviendo. En eso se parece al militar y al médico. Hay cierta

felicidad en su vida envidiable para aquéllos que no comprenden todas

sus delicias. Desnudo de ambición y de otras pasiones mundanas, nada

le impide satisfacer la suya, porque la afición á la caza es como el

amor, que donde está ha de dominar. Es como ciertas enfermedades que

se apoderan hasta de los huesos del enfermo: el cazador es todo caza.

Una puerta cerrada de golpe es un tiro para él: en medio de su frenesí

su podenco mismo entre las matas es un zorro: un compañero que bulle

entre la jara es un ciervo: y el burro del ganadero que corre espantado

de los tiros entre las encinas, recibe más de una vez una posta que se

le dispara, haciéndole los honores de jabalí. La escopeta es el amigo

del cazador, amigo hasta en faltarle alguna vez: su amigo perro es su

querida, su compañera, su mujer. En cuanto á las ventajas apelamos á

todo cazador viudo. La verdad, ¿cuál cuesta menos? ¿cuál vale más?

Se entiende que estas circunstancias sólo corresponden al verdadero

cazador, al cazador de batida, de ninguna manera al cazador de Madrid,

que equipado de los pies á la cabeza de instrumentos de caza, seguido

de dos podencos y dos galgos, sale al amanecer del domingo, por la

puerta de Atocha, con su hermosa escopeta debajo del brazo y su gorra

de visera reluciente, asusta á los gorriones de la pradera del Canal,

y se vuelve molido y sudado al anochecer, después de haber tenido que

comprar algún conejo y una caña de alondras para

Volver, como suele el conde á casa

De Toledo, vencedor.

Este simulacro de cazador le ha descrito ya mejor que pudiera yo

hacerlo mi antecesor _el Curioso Parlante_, y le dejaré por lo tanto

descansar sobre sus comprados laureles.

Después de haber sufrirlo á la intemperie ratos que hubieran sido muy

pesados á no haberlos aligerado la compañía del conde, y de habernos

ocupado seriamente unos cuantos días en matar aquellos animales, que

ni nos hacían daño, ni nos estorbaban ni podían oponernos resistencia

(si bien á mí me podía tocar muy poca parte de culpabilidad y de

remordimiento), me despedí de mi amigo, proponiéndome no volver á

probar mis fuerzas en un ejercicio para el cual sin duda no debo de

haber nacido, y que reclamará, como todas las habilidades del mundo, su

poco de vocación, que yo no tengo, y su mucho de perseverancia, de que

yo no me siento capaz.

IMPRESIONES DE UN VIAJE

ÚLTIMA OJEADA SOBRE EXTREMADURA--DESPEDIDA Á LA PATRIA

Por fin, debía dejar la España, pero bien como el que se separa de una

querida á quien ha debido por mucho tiempo su felicidad, no podía menos

de volver frecuentemente la cabeza para dar una última ojeada á esta

patria donde había empezado á vivir, porque en ella había empezado á

sentir.

Uno de los puntos que antes de mi partida se ofrecieron á mi vista

fué Alange, pueblecillo situado á la falda de una colina, y en una

posición sumamente pintoresca: esta villa, que dista pocas leguas de

Mérida, posee una antigüedad sumamente curiosa: un baño romano de

forma circular y enteramente subterráneo, cuya agua nace allí mismo,

y se mantiene en el propio estado en que debía de estar en tiempo de

los procónsules; recibe su luz de arriba, y los habitantes, no menos

instruidos en arqueología que los Meridenses, le llaman también el

_baño de los Moros_. (Véase nuestro artículo sobre antigüedades de

Mérida.)

La colocación de este baño hace presumir que los Romanos debieron de

conocer las virtudes de las aguas termales de Alange. En el día son

todavía muy recomendadas, y hace pocos años se ha construido en el

centro de un vergel espesísimo de naranjos á la entrada de la población

una casa de baños, donde los enfermos, ó las personas que se bañan por

gusto, pueden permanecer alojados y asistidos decentemente durante

la temporada. El agua sale caliente, pero no se nota en su sabor, ni

en su olor, ninguna diferencia esencial del agua común. Los naturales

me refirieron una de sus primeras virtudes populares. Los arroyos y

pequeñas charcas que se forman en el país de las aguas llovedizas,

crían infinitas sanguijuelas, las cuales se introducen muchas veces en

la boca de las caballerías y las desangran: en tales casos parece que

con sólo llevar el animal, acometido mal su grado del régimen brusista,

al manantial termal y hacerle beber del agua, los bichos sanguinarios

sueltan la presa y dejan libre al paciente. En una nación donde hay

tanta sanguijuela, que como la de Horacio no se separa de su empleo,

_nisi plena cruoris_, no parece inútil la publicación de este sencillo

modo de hacerles soltar la presa. Sólo es de temer que no haya en todo

Alange agua bastante para empezar.

Este pueblo, de fundación árabe, posee además en lo alto de un cerro

eminente los restos de un castillo moro, y á sus pies corre el

Matuchel, riachuelo ó torrente notable por la abundancia de adelfas que

coronan sus márgenes.

Considerada la Extremadura históricamente ofrece al viajero multitud de

recuerdos importantes y patrióticos, y hace un papel muy principal en

nuestras conquistas del nuevo mundo; de ella salieron la mayor parte

de nuestros héroes conquistadores. Hernán Cortés reconoce por patria á

Medellín y Pizarro á Trujillo. Este último pueblo conserva un carácter

severo de antigüedad que llama la atención del viajero; los restos de

sus murallas, y multitud de edificios particulares repartidos por toda

la población, tienen un sello venerable de vejez para el artista que

sabe leer la historia de los pueblos y descifrar en sus monumentos el

carácter de cada época.

Pero considerada la Extremadura como país moderno en sus adelantos y en

sus costumbres, es acaso la provincia más atrasada de España, y de las

que más interés ofrecen al pasajero.

Si se exceptúa la Vera de Plasencia y algún otro punto, como

Villafranca, en que se cultiva bastante la viña y el olivo, la

agricultura es casi nula en Extremadura. La riqueza agrícola de la

provincia consiste en sus inmensos yermos, en sus praderas y encinares,

destinados á pastos de toda clase de ganados. Antes de la guerra de la

independencia y del decaimiento de la cabaña española, las dehesas eran

un manantial de riqueza para el país, y sobre esa base se han acumulado

fortunas colosales. Aún en el día, produciendo más la tierra de las

dehesas que la puesta á labor, fácilmente se concibe que la provincia

debe de ser sumamente despoblada; y reasumida la poca riqueza en unos

cuantos señores ó capitalistas, resulta una desigualdad inmensa en

la división de la propiedad. El sistema de las dehesas es sumamente

favorable además á la caza, de suerte que el pobre no halla más recurso

que ser guarda de una posesión, cuando tiene favor para ello, ó darse á

aquel ejercicio. Así es que hay pueblos enteros que se mantienen como

las sociedades primitivas, y que están á dos dedos del estado de la

naturaleza: ejercen su profesión así en los terrenos de los _propios_

como en los de pertenencia particular: en ninguna provincia puede estar

más desconocido el derecho de propiedad.

El hombre del pueblo de Extremadura es indolente, perezoso, hijo de

su clima, y en extremo sobrio. Pero franco y veraz, á la par que

obsequioso y desinteresado. Se ocupa poco de intereses políticos, y

encerrado en su vida oscura, no se presta á las turbulencias. Animada

en el día la provincia del mejor espíritu por la buena causa, si no

hará gran peso en la balanza liberal, tampoco ofrecerá un foco ni un

asilo á los traidores.

La industria no existe más adelantada que la agricultura: alguna

fábrica de cordelería, de cinta, de paño burdo, de bayeta, de sombreros

y de curtidos (sobre todo en Zafra) para el consumo del país, son

las únicas excepciones á la regla general: por lo demás tampoco sus

habitantes echan mucho de menos sus productos; las casas, míseramente

alhajadas, no admiten superfluidad ninguna: si se exceptúan las pocas

habitaciones de algunas personas de dinero y gusto, que en los pueblos

principales hacen venir de fuera á gran costa cuanto necesitan, se

puede asegurar que la vivienda de un extremeño es una verdadera posada,

donde el cristiano no puede menos de tener presente que hace en esta

vida una simple peregrinación, y no una estancia.

Una vez conocido el estado de la agricultura y de la industria, fácil

es deducir de cuán poca importancia será el comercio. Encerrada entre

Castilla la Nueva, Portugal y Andalucía, sin ríos navegables, sin

canales, sin más caminos que los indispensables para no ser una isla en

medio de España, sin carruajes, ni medios de conducción, ¿quién podría

traer á una provincia despoblada, y acostumbrada á carecer de todo, sus

productos, en cambio de los cuales sólo puede ofrecer á la exportación

alguna lana (porque es sabido que los más de los ganados que gozan

sus pastos no son extremeños), algún aceite que envía al Alentejo,

algún cáñamo, miel, cera, piaras de cerdos y embuchados hechos de

este precioso animal? El comercio de importación es casi nulo; y la

exportación se podría reducir á la que se hace de ganados en la feria

famosa de Trujillo, y á la que practican sus célebres choriceros en los

mercados de Madrid. En el mismo Badajoz está muy expuesto el viajero

á no encontrar nada de lo que necesite; si desgraciadamente no lleva

consigo cuanto puede hacerle falta, ni encontrará un sombrero de buena

calidad, ni calzado bien hecho, ni un sastre regular, ni unos guantes,

en fin, cosidos en la capital. Algunas producciones excelentes de

su suelo, como son las frutas, entre las cuales se distinguen las

naranjas, el melón y la sandía, sólo pueden servir al consumo del país.

La carrera de Madrid á Badajoz, principal camino de Extremadura, es una

de las más descuidadas é inseguras de España. En primer lugar no hay

carruajes; una endeble empresa sostiene la comunicación por medio de

galeras mensajerías aceleradas, que andan sesenta leguas en cinco días;

es decir, que para llegar más pronto el mejor medio es apearse. Por

otra parte son tales, que galeras por galeras, se les pudieran preferir

las de los forzados; sólo de quince en quince días sale una especie de

_coche-góndola_ con honores de diligencia. Servida además esta empresa

por criados medianamente selváticos é insolentes, no ofrece al pasajero

los mayores atractivos; añádase á esto que por economía, ó por otras

causas difíciles de penetrar, durante todo el viaje paran sus carruajes

en la posada peor de todo pueblo donde hay más de una.

En segundo lugar esas posadas, fieles á nuestras antiguas tradiciones,

son por el estilo de la que nos pinta Moratín en una de sus comedias;

todas las de la carrera rivalizan en miseria y desagrado, excepto la de

Navalcarnero, que es peor y campea sola sin émulos ni rivales por su

rara originalidad y su desmantelamiento; entiéndase que hablo sólo de

la que pertenece á la empresa de las mensajerías; habrá otras mejores

tal vez; no es difícil.

En tercer lugar suele haber ladrones, y entre otras curiosidades que se

van viendo por el camino (como por ejemplo el árbol en que fué ahorcado

por su misma tropa el general San Juan en una época de exaltación),

mal pudiera olvidar los dos amenos sitios que se descubren antes de

llegar á Mérida, comúnmente llamados los _confesonarios_; el _grande_

y el _chico_; nombre verdaderamente original; él solo es la mejor

pincelada con que el escritor de costumbres puede pintar á un pueblo;

nombre lleno de poesía y de misterio: nombre que vale él solo más que

una novela; nombre impregnado de un orientalismo singular, y á la vez

terrible, sublime é irónico, dado por un pueblo religioso á un asilo de

bandidos. Los confesonarios son dos hondonadas inmediatas, dos pequeños

valles dominados por todas partes y protegidos de la espesura, donde

los frígidos _confiesan_ á los pasajeros, donde los _pecados_ son el

dinero y la vida, y donde un _puñal_ hace á la vez de absolución y de

penitencia. Niéguese á nuestro pueblo la imaginación. Otros países

producen poetas. En España el pueblo es poeta.

Sobre la orilla izquierda del Guadiana, al oeste y á una legua de la

frontera de Portugal, se encuentra á Badajoz, antigua capital de la

Extremadura, y residencia de sus reyezuelos moros. Esta plaza fuerte,

cuyas fortificaciones ofrecen una rara mezcla de diversos sistemas

de fortificación, ofrece al forastero en su mayor eminencia restos

venerables de sus dominadores árabes: murallas, calles, casas, y hasta

torres enteras, revelan otros tiempos y otras costumbres al viajero. Á

la parte del río se ve el palacio llamado de Godoy.

Por lo demás Badajoz nada ofrece de curioso: ni una iglesia digna

de ser vista, ni un cuadro en ellas de mediano pincel, ni una mala

biblioteca, ni un colegio, ni un teatro, ni un paseo. No se puede

llamar paseo á los árboles nacientes del campo de San Francisco,

debidos al zelo del general Anleo, ni al campo de San Juan, pequeña

plazuela en medio de la ciudad adornada de algunos árboles y bancos:

ni teatro una especie de sala donde algunos aficionados, ó tal

cual compañía ambulante, dan de cuando en cuando sus originales

representaciones. La alameda de _Palmas_ está abandonada por mal sana

desde el cólera. El billar, el ejercicio de los urbanos en el campo de

San Roque, la retreta y dos ó tres cafés, son las distracciones de la

población. Hay una fonda llamada, si mal no me acuerdo, de _las cuatro

naciones. Menos naciones y mejor servicio_, puede uno decir al salir de

ella.

La amabilidad sin embargo y el trato fino de las personas y familias

principales de Badajoz compensan con usura las desventajas del pueblo,

y si bien carece de atractivos para detener mucho tiempo en su seno al

viajero, al mismo tiempo le es difícil á éste separarse de él sin un

profundo sentimiento de gratitud por poco que haya conocido personas de

Badajoz, y que haya tenido ocasión de recibir sus obsequios y de ser

objeto de sus atenciones.

La costumbre que en todos los pueblos se conserva de blanquear casi

diariamente las fachadas de las casas, les da un aspecto de novedad

y de limpieza singulares: no hay edificio que parezca viejo; en una

palabra, en Extremadura la casa es ser animado que se lava la cara

todos los días.

Para pasar á Portugal se sale de Badajoz por la puerta de Palmas, y se

pasa el Guadiana sobre un magnífico puente. No llamándome la atención

nada en Extremadura, me decidí por fin á partir.

Era el 27 de mayo: el sol empezaba á dorar la campiña y las altas

fortificaciones de Badajoz: al salir saludé el pabellón español, que en

celebridad del día ondeaba en la torre de Palmas. Media hora después

volví la cabeza: el pabellón ondeaba todavía: el Caya, arroyo que

divide la España del Portugal, corría mansamente á mis pies: tendí por

la última vez la vista sobre la Extremadura española: mil recuerdos

personales me asaltaron: una sonrisa de indignación y de desprecio

quiso desplegar mis labios, pero sentí oprimirse mi corazón, y una

lágrima se asomó á mis ojos.

Un minuto después la patria quedaba atrás, y arrebatado con la

velocidad del viento, como si hubiera temido que un resto de

antiguo afecto mal pagado le detuviera, ó le hiciera vacilar en su

determinación, expatriado corría los campos de Portugal. Entonces el

escritor de costumbres no observaba: el hombre era sólo el que sentía.

CUASI

PESADILLA POLÍTICA

Hay hombres que dan su nombre á su siglo, hombres privilegiados que,

calculada la fuerza de cuanto los rodea, y la suya propia, saben hacer

á la primera tributaria de la segunda; que se constituyen manivelas de

la gran máquina en que los demás no saben ser más que ruedas. Dan el

impulso, y su siglo obedece. Hombres fascinadores, como la serpiente,

que hacen entrar cuanto miran en la periferia de su atmósfera; hombres

reverberos, cuya luz se proyecta toda al exterior sobre los demás

objetos y les da vida y color. Son los grandes mojones que el Criador

coloca á trechos en la creación para recordarle su origen: por ellos se

ha dicho sin duda que Dios ha hecho el hombre á su semejanza.

¡¡¡Sesóstris, Alejandro, Augusto, Atila, Mahoma, Tamurbec, León X,

Luis XIV, Napoleón!!! ¡Dioses en la tierra! Sus épocas participaron

de su energía y de su grandeza: en derredor suyo y á su ejemplo

se produjeron, á modo de emanaciones de ellos, multitud de hombres

notables, que recorrieron como satélites su misma carrera. Después de

ellos nada. Después del coloso los enanos.

Actualmente empezamos á dejar atrás una época que tendrá nombre; el

último hombre reverbero ha desaparecido. Después del hombre grande,

todo hombre es chico. Uno solo falta, y se necesitan cien mil para

llenar su vacío. ¡Y aún!!! Espirado el reino del hombre entran los

hombres. Agotados los hechos nacen las palabras.

¡Si habrá épocas de palabras, como las hay de hombres y de hechos! ¡Si

estaremos en la época de las palabras!

Acababa de hacer estas reflexiones, cuando sentí sobre mí algo, más

fuerte que yo; oí sin ver, y mudé de sitio sin andar.

--Ven conmigo, dame la mano. ¿Ves esa mancha enorme que se extiende

sobre la tierra, y crece y se desparrama como la gota de aceite que

ha caído en el papel de estraza? Es la segunda Babel. Estás sobre

París. Mira los mortales de todos los países. Cada cual se apresura

á traer aquí una piedra para contribuir al loco edificio. ¿No oyes

ya la confusión de las lenguas? El Inglés, el Alemán, el español, el

Italiano, el... ¡Babel la nueva! Empiezan á no entenderse. Ya en una

ocasión se han tirado unos á otros á la cabeza los materiales de la

grande obra; el suelo ha salido de madre como un río de su álveo; las

casas se han desmoronado... era el amago de la confusión, de la no

inteligencia. ¡Una cadena nos pesa! dijeron: y en vez de añadir: ¡Fuera

cadena! clamaron: ¡Otra que no pese! _Risum teneatis?_ El lobo los

comía, y en lugar de comerse ellos al lobo, se comieron unos á otros.

Raro modo de entenderse. Corrió la sangre, y hoy están como estaban.

Sube á lo más alto, y oirás el ruido inmenso, el ruido del siglo y de

sus palabras, y oirás sobre todas ellas la gran palabra, la palabra del

siglo.

--Lo que veo es los hombres muy pequeños; pero la distancia sin duda...

--¡Ba! de aquí no se ve más que la verdad. ¿Los ves pequeños? Ahora

es únicamente cuando los ves como ellos son. De cerca la ilusión

óptica (ésta es la verdadera física) te los hace parecer mayores.

Pero advierte que esas figuras que semejan hombres, y que ves bullir,

empujarse, oprimirse, retorcerse, cruzarse y sobreponerse, formando

grupos de vida como los gusanos producidos por un queso de Roquefort,

no son hombres tales, sino palabras. ¿No oyes el ruido que se exhala de

ellos?

--¡Ah!

--Palabras del derecho, palabras del revés, palabras simples, palabras

dobles, palabras contrahechas, palabras mudas, palabras elocuentes,

palabras-monstruos. Es el mundo. Donde veas un hombre, acostúmbrate á

no ver más que una palabra. No hay otra cosa. No precisamente á palabra

por barba; tampoco. Despacio. Á veces en uno verás muchas palabras,

tantas, que aquél solo te parecerá cien hombres; en cambio otras veces,

y será lo más común, donde creas ver cien mil hombres, no habrá más que

una palabra.

Mira las palabras de dos caras, palabras-bifrontes, Janos: son las

palabras de honor, llamadas así por apodo; según te necesiten las

verás del bueno ó del mal frente. Á su lado las _palabras-promesas_,

_palabras-manifiestos_, regularmente coronadas, siempre escuchadas

y creídas, pero tan ambiláteras como las otras; _palabras-callos_,

endurecidas, incorregibles, que han de arrancarse de raíz si han de

dejar de doler.

¿Ves esa multitud de figurillas que se agitan, se muerden, se baten,

se matan?... Todo eso es la palabra _Honor_. ¿Ves ese sinnúmero,

muchedumbre armada, toda erizada y hostil? Lo llamáis ejército, y no es

más que _ambición_; _palabra-monstruo_, _palabra-puerco-espín_, llena

de púas: _palabra-percebe_, toda patas y manos. Mira qué de furiosos;

teas encendidas, sangre, saqueo, confusión: todo ese ruido son nueve

letras: _fanatismo_, _palabra-loco de atar_; sin embargo, nadie la ata.

¡Ah! Aquí viene la _palabra-arlequín_, la _palabra-camaleón_. ¡Qué de

faces, qué soltura! todos corren tras ella: inútilmente. Mira cómo

la quiere coger la _palabra-pueblo_, gran palabra. La primera tiene

ocho letras, _libertad_. Siempre que el _pueblo_ va á cogerla, se mete

entre las dos la _palabra promesa_, la _palabra manifiesto_; pero la

_palabra-pueblo_ es de las que llamé palabras-contrahechas; ciega,

sordomuda, se deja guiar é interpretar, sin hacer más que dar de cuando

en cuando palo de ciego; como no ve, da ciento en la herradura, y

ninguna en el clavo: por lo regular se da á sí misma.

Pero todo ese vano ruido se apaga y se confunde. ¡Sitio, sitio! ¡Plaza,

plaza! La gran palabra, la nuestra, la de nuestra época, que lo coge y

lo atruena todo. En ella se cifra nuestro siglo de medias tintas, de

medianías, de cosas á medio hacer: de todas las palabras que reinan

en figura de hombres y cosas por allá bajo, ésta es en el día la que

reina sobre todas, CUASI. Ése es todo el siglo XIX. Obsérvala: á cada

una de sus facciones le falta algo; no es más que un perfil: ni está

de pie, ni sentada. Vestida de blanco y negro, día y noche. Más breve:

_palabra-cuasi_, _cuasi-palabra_.

Empecemos por aquí. Mira al suelo perpendicularmente. Á tus pies está

la Francia. Un pueblo _cuasi-libre_ la ocupa. En otro siglo hubiera

hecho una revolución entera: en éste, y en su año 30, no ha podido

hacer más que una _cuasi_ revolución; en el trono un _cuasi_ rey, que

representa una _cuasi_ legitimidad. Una cámara _cuasi_ nacional, que

sufre en el país de nuevo una _cuasi_ censura, _cuasi_ abolida, por la

_cuasi_-revolución; un rey _cuasi_ asesinado: una gran nación _cuasi_

descontenta, y otra conmoción política _cuasi_ próxima.

¿Qué ves en Bélgica? Un estado _cuasi_ naciente y _cuasi_ dependiente

de sus vecinos, mandado por otro _cuasi_ rey.

Mira la Italia. Tantos estados _cuasi_, como ciudades: _cuasi_ presa

del Austria. La antigua Venecia _cuasi_ olvidada. Un supremo pontífice,

en el día _cuasi_ pobre, y del cual _cuasi_ nadie hace caso.

Vuélvete al norte. Pueblos _cuasi_ bárbaros, regidos por un emperador

_cuasi_ déspota en un país _cuasi_ despoblado y desierto. En

Alemania los pueblos _cuasi_ más civilizados con un gobierno _cuasi_

absoluto, _cuasi_ temperado por sus dietas, instituciones _cuasi_

representativas. En Holanda, nación _cuasi_ toda mercantil y navegante,

un rey _cuasi_ rabioso, y cuyo poder _cuasi_ se desmorona.

En Constantinopla mismo, un imperio _cuasi_ agonizante, una

civilización _cuasi_ naciente, y un sultán _cuasi_ ilustrado, con

costumbres _cuasi_ europeas.

En Inglaterra, una industria y un comercio, monopolio _cuasi_ del

mundo; un orgullo nacional _cuasi_ insufrible; y otro _cuasi_ rey que

no decide _cuasi_ nada, una mayoría _cuasi_ whig. Un gobierno _cuasi_

oligárquico, que tiene la audacia de llamarse liberal.

En Portugal, una _cuasi_ nación, con una lengua _cuasi_ castellana, y

recuerdos de una grandeza _cuasi_ borrada. Un _cuasi_ ejército, y una

_cuasi_ protección á España, de _cuasi_ seis mil hombres, _cuasi_ todos

portugueses.

En España, primera de las dos naciones de la Península (es decir, de la

_cuasi-ínsula_), unas _cuasi_ instituciones reconocidas por _cuasi_

toda la nación: una _cuasi-Vendée_ en las provincias con un jefe

_cuasi_ imbécil: conmociones aquí y allí _cuasi_ parciales: un odio

_cuasi_ general á unos _cuasi_ hombres, que _cuasi_ sólo existen ya en

España. _Cuasi_ siempre regida por un gobierno de _cuasi_ medidas. Una

esperanza _cuasi_ segura de ser _cuasi_ libres algún día. Por desgracia

muchos hombres _cuasi_ ineptos. Una _cuasi_ ilustración repartida

por todas partes. Una _cuasi_ intervención, resultado de un _cuasi_

tratado, _cuasi_ olvidado, con naciones _cuasi_ aliadas. El _cuasi_ en

fin en las cosas más pequeñas. Canales no acabados: teatro empezado:

palacio sin concluir: museo incompleto: hospital fragmento; todo á

medio hacer... hasta en los edificios el _cuasi_.

Por último, tiende la vista por doquiera: una lucha _cuasi_ eterna en

Europa de dos principios: reyes y pueblos, y el _cuasi_ triunfante

de ella y resolviéndola con su justo medio de tener _cuasi_ reyes y

_cuasi_ pueblos. Época de transición, y gobiernos de transición y de

transacción: representaciones _cuasi_ nacionales, déspotas _cuasi_

populares: por todas partes un justo medio, que no es otra cosa que un

gran _cuasi_ mal disfrazado.

--¡Oh!, dejadme respirar, por Dios; estoy _cuasi_ mareado.

--Plutarco ha dicho que los pueblos serían felices _cum reges

philosopharentur, aut cum philosophi regnarent_. Respetando la opinión

de Plutarco, yo me atrevería á decir que los pueblos no serán nunca

felices, ni más ni menos que los individuos que los componen. Pero

pudieran al menos ser hombres y ser pueblos si no fueran en el día

_cuasi-nada_. Luchando entre principios contrarios, sufren el tormento

del que descuartizan cuatro caballos que corren en direcciones opuestas.

Concluido este _cuasi_ sermón, cesé de oir: y á poco cesé de ver:

dejado de la mano del ser fantástico que me sostenía sobre Babel

la nueva, volví á caer en París, donde me encontré rodando entre la

confusión de palabras vestidas de frac y de sombrero, que á pie y en

coche corren las calles de la gran capital. Volví á ver los hombres de

nuevo, grandes como no son; y abrí los ojos buscando mi cicerone.

No vi nada, sino el gran _cuasi_ por todas partes.

FÍGARO DE VUELTA

CARTA Á UN SU AMIGO RESIDENTE EN PARÍS

Puesto que ni comisión ni objeto mercantil me llamasen á

los países extranjeros, quise visitarlos sólo por gusto, ó

comodidad, á expensas propias y campando por mi respeto.

CURIOSO PARLANTE. Panorama matritense.

_La vuelta de París._

Madrid, 3 de enero de 1836.

Se vuelve á España desde París, querido amigo: es cosa probada, y, lo

que es más, es cosa buena. Ni soy yo solo quien ha llevado á cabo tan

ardua empresa. Loco estoy del gozo y del contento. Digan lo que quieran

acerca de la superioridad de estos países, la patria es para un español

más necesaria que una iglesia; ya sabes que á la vuelta de cada esquina

se encuentran todavía una ó dos en nuestro país, pues se tropiezan por

las calles aún más gentes que han vuelto de París. Por lo que hace á

mí, no me queda la menor duda de que estoy de vuelta. Después de darme

por ello el parabién, es mi primer cuidado el escribirte.

¿No lo podías creer? ¿Eh? ¿Á qué has de volver, decías? ¿Por qué? ¿Para

qué? ¿Cómo? ¿Por dónde? ¿En qué? Despacio con tantas preguntas.

¿Á qué he de volver? Á mis antiguas mañas, amigo mío. Te confieso que

no lo puedo remediar. ¡Diez meses sin murmurar! ¿Fígaro diez meses sin

curiosear los enredos de su barrio, sin hacer la oposición á nadie,

sin criticar á cómico viviente, sin probar un buen garbanzo, sin tomar

una mediana jícara de legítimo chocolate, ni ver el sol de Castilla?

¿Fígaro diez meses sin divisar una mantilla madrileña, ni una palidez

valenciana, ni un solo pie andaluz? ¿Un año casi sin pararse en la

Puerta del Sol, ni en otra puerta alguna, embozado en la _nube_[4],

sin ir al café del Príncipe, sin asistir á una sesión del Estamento;

diez meses en fin, sin ver una real orden, ni columbrar un prócer? Eso

es morirse, amigo, la vida que ustedes hacen. ¿Qué á mí tanta ciencia

y tanta industria, tanto progreso, tanto teatro, y tanto camino de

hierro? Hombres hay aquí que tienen ciencia, y la mayor por cierto,

la ciencia del vivir, y la de hablar después de vivir; hombres que

no pudieron llegar á saber en todo un París ganar un real, y que han

hallado en Madrid á un dos por tres con que pasar una real vida. Y

no te figures, no sirviendo y adulando á los demás, sino mandándolos

y haciéndose de ellos adular y servir. ¿Qué más ciencia, ni qué más

industria? Si es por progreso, amigo, esto va que vuela. Si por teatro,

¿dónde más cosas que parezcan lo que realmente no son? ¿Dónde hay nada

más parecido á un gobierno representativo que el que rige felizmente á

España en nuestros días?

¿Dónde hay telón que se parezca á un árbol, ni cómico que más se

asemeje á un príncipe, más que lo que se parece un estatuto á una

constitución? Pues, Dios mediante, han de parecerse aún más. En punto

á camino de hierro, ¿de qué otra materia parece hecho el durísimo por

donde, á más no poder, venimos caminando desde que salimos ha dos años

de la Granja, que todo ese tiempo hemos necesitado para volver otra vez

á doña María de Alagón[5]?

¿_Por qué_ me había de volver? Por la misma razón, amigo mío, que de

aquí me fuí, y por la misma idéntica que me forzó toda mi vida á mudar

de continuo casa y domicilio; por la misma que me vió pasar en otros

tiempos del _Hablador_ á _la Revista_, de _la Revista_ al _Observador_,

de los periódicos á la escena, de las comedias á las novelas; por esta

venturosa organización que para variar me dió naturaleza, y que en el

número 94 de _la Revista_ me hacía escribir:

«La necesidad de viajar y de variar de objetos... logró hacer de

mí el ser más veleidoso que ha nacido... Esto me hace disfrutar de

inmensas ventajas, porque sólo se puede soportar á las gentes los

quince primeros días que se las conoce... Si alguna cosa hay que no me

canse es el vivir, y si he de decir la verdad, consiste esto en que á

fuerza de meditar, he venido á conocer que sólo viviendo podré seguir

variando... Nadie, pues, más feliz que yo; porque en cuanto á las

habladurías y murmuraciones del mundo perecedero, así me cuido de ellas

como de ir á la Meca».

_¿Para qué?_ Para escribir, ahora que la libertad de imprenta anda ya

en España en proyecto. ¡Y qué proyecto! Tal y tan bueno, que acerca

de él sólo he de escribirte una gran carta, por no caber en ésta los

muchos y francos encomios con que le pienso glosar y comentar. ¡Yo, que

de Calomarde acá rabio por escribir con libertad, no había de haber

vuelto aunque no hubiera sido sino para echar del cuerpo lo mucho que

en estos años se me queda en él, sin contar con lo mucho con que se

quedaron los censores, que rejalgar se les vuelva! Viniera yo cien

veces, aunque no fuera sino para hablar, y volverme.

¿_Cómo_, me decías, _por dónde, en qué_? Á tales preguntas contestará

sobradamente la relación de mi viaje, si estuviera más despacio. No

niego que el _por dónde_ me apuraba. El camino de Vizcaya no está para

todo el mundo, sobre todo desde que anda por él _un faccioso más_;

que aunque no es más que uno, como ha dicho muy bien alguien, debe de

ser sin duda tan grande que lo ocupa todo. Bueno era no hace mucho

en defecto de eso el de Cataluña; pero de poco tiempo á esta parte

hay también en él algunos facciosos más y algunas diligencias menos.

Bien me decían que el de Olerón era incómodo; pero ¿qué remedio?

Volver por Portugal, como había ido, ni era lo más derecho, ni menos

para mi carácter versátil; además de que hay países que no son para

vistos dos veces; y aunque alguien me incitaba á tomar con el vapor

del Mediterráneo la vía de Marsella, Argel, Cádiz y Sevilla, eso de

volver á España por Argel, más lo tuve yo por pulla y atrevida, que por

consejo razonable.

Víneme, pues, por Olerón, adonde no creí llegar por entre tantos

gendarmes como andan por la frontera, defendiendo el paso á los

carlistas para la facción. Como yo no tengo traza de príncipe, ni

me parezco á don Carlos, ni á don Sebastián, como no traía conmigo

ni armamento ni municiones, ni caballos, me costó mucho trabajo

introducirme en España.

Los Pirineos, esos montes que no existen desde la cuádruple alianza,

esas barreras que allanó para siempre entre Francia y España nuestro

ministerio del justo medio, se pasan sin embargo á caballo en un mulo,

ó por decir mejor, en compañía de un mulo, á lo cual llaman _diligencia

de Zaragoza á Olerón_, sin que yo haya podido dar con la verdadera

causa de esta denominación en dos largos días que con dicho mulo

viví, solo con él en aquellos vericuetos, considerándole yo á él, y

considerándome él á mí. Era tanto el hielo, y tan malo el paso, que no

sé decirte quién llevaba á quién.

Posteriormente he oído hablar mucho en el Estamento, y aun por todo

Madrid, de aduanas. Hombres eminentes hay que aseguran ser las tales

un gran recurso para el Estado, y todos por aquí están creídos, hasta

el gobierno, de que tenemos una en la frontera: se dice que está en

Canfrang. Así debe de ser. Lo cierto es que cuando yo pasé, la tal

aduana habría salido á dar una vuelta con el cura y el cirujano del

pueblo, porque nunca la vi, ni ella vió jamás mis baúles. Lo que sí vi

fué varios carabineros, con quienes contraje relaciones de dinero; pero

de peseta en peseta me vi á lo mejor en Madrid, en donde ya no sirve

para no ser registrado dar una peseta, sino que es preciso dar dos

por ser la capital, y á casa luego con el contrabando. Yo no lo traía

casualmente, que lo sentí; pero te juro que el ramo está perfectamente

organizado para el que lo quiera traer. Esto te lo digo por si te

vienes. Tráete medio París en la maleta, y no vayas á creer al pie de

la letra, como yo, que todo está reformado, y que andan todos derechos,

aunque lo veas impreso, porque oficio es nuestro imprimir, y no ignoras

que los periodistas el día que no imprimimos no comemos. De todos

modos, hagas uso ó no del aviso, bueno es que esto quede entre los dos.

Te acordarás que en principios de agosto remití á _la Revista_ un

artículo en que, presumiendo á fuer de Fígaro lo que iba á suceder,

encomendaba á nuestro buen gobierno de entonces que se recogiesen con

tiempo las riquezas artísticas encerradas en los conventos: imprimióse

en efecto, aunque mal parado por algún benigno censor. No habrás

olvidado que á pocos días, por una rara coincidencia sin duda, pareció

una real orden en _la Gaceta_ dando providencia en el particular.

Parece que se nombraron efectivamente comisionados por aquí y por

allí, con sus dietas correspondientes, para la colección y resguardo

de aquellos objetos: la cosa se ha llevado tan á punta de lanza, y con

tal zelo, que yo mismo vi y toqué no muy lejos de Madrid objetos de

ésos, que paran en casa de quien los ha querido tomar. Códices viejos

por ejemplo, manuscritos, ediciones raras de obras antiguas y otras

bagatelas. ¿Para qué quiere el gobierno esas tonterías?, ¡librotes de

frailes!, _¡chucherías de las madres!_

La quinta se ha realizado con entusiasmo indecible; y pues viene á

cuento, te he de contar otra cosa que debe influir mucho en el buen

espíritu de los pueblos, y en especial de la tropa. En cierto pueblo,

no lejos de esta corte, me hallaba yo casualmente no ha muchos días

cuando acertaron á pasar los quintos que venían de Extremadura. ¡Qué

bien se trata á la tropa! ¡Qué bien á esos dignos labradores que dejan

su arado para defender nuestros empleos con su sangre! ¡Á no estar ya

en una época en que se reconoce la dignidad del hombre! ¡Yo mismo vi

también á un oficial asentar su mano fuertemente sobre la mejilla de un

quinto, y yo vi á un cabo medir á otro con su vara, insignia por cierto

militar! Y esto á la faz del pueblo, y en medio de la plaza pública, y

en día de sol claro. Con todo, si ese hombre se insolenta irá al cepo;

si deserta al palo, y si pasa á la facción le llamaremos _caribe_. Ya

ves que se van corrigiendo los abusos.

Hace pocos días que se concedió el título de ilustrísimos señores á no

sé qué individuos de no se qué corporación, consejo ó tribunal: esto es

indiferente; lo que importa es el dictadillo. Estas distinciones hacen

gran falta en España; señorías, excelencias, etc., etc.; esto siempre

es bueno, porque establece diferencias entre los hombres, que es á lo

que vamos. Bien se te alcanza que difícilmente puede tener mérito un

hombre, mientras todo advenedizo le puede llamar de _usted_. Esto está

en el espíritu de la regeneración que estamos llevando á cabo.

Todavía hay Estamento de próceres: y tienen sus sesiones corrientes:

te lo digo porque me acuerdo de que cuando yo estaba en París había

llegado á olvidarlo.

En el de procuradores ya se ha contestado al discurso de la corona; se

asegura que para dentro de un par de meses ya podrán reunirse las otras

Cortes, quién dice _revisoras_, quién _constituyentes_. Lo primero es

lo más general, lo segundo es lo más cierto; pero si en mes y medio

sólo se ha votado uno de los proyectos, ¿cuántos más se habrán votado

en marzo? Es verdad que se habla mucho. Ya tiene el gobierno ganado el

voto de confianza por unanimidad, como quien dice, porque sólo el señor

Pardiñas votó en contra. Por fin habló el señor conde de Toreno por

primera vez después de su advenimiento á la oposición: habló como si

no hubiera sido ministro. El señor Martínez de la Rosa dijo mil cosas

sobre la alquimia, y otras bagatelas. Éste habló como si fuera ministro

todavía. Y no te digo más porque no lo son ya ni uno ni otro.

Por lo que hace al gobierno, te sabré decir que hasta ahora caminamos

de milagro en milagro. En el ministerio se cuentan tres personas

distintas, pero que en realidad no componen más que un solo ministro

verdadero: dicen sus enemigos que no le falta más que hablar; de todas

suertes, no se le puede negar á este ministerio que _promete_. ¡Así

cumpla! Eso es lo que veremos. Tal cual ha empezado, confieso que si

en mi organización cupiera ser alguna vez ministerial, se me había

presentado una bonita ocasión; pero ya sabes que nunca pretendí ni

obtuve nada de gobierno alguno, sistema en que pienso vivir por muchos

años. Todo lo más á lo que podía extenderse mi ministerialismo siempre

que por alguna casualidad diéramos con un buen ministerio, sería alabar

lo bueno que hiciera con la misma independencia con que siempre gusté

de criticar lo malo.

Á propósito, no quisiera que se me olvidase. ¿Querrás creer que á mi

llegada á esta corte me encontré con personas que suponían que mi

viaje había sido costeado por el gobierno? Todavía me estoy riendo de

la idea. ¿Tú no lo sabías? Ni yo tampoco. Pero en este Madrid todo se

sabe. Por otra parte, cuando uno va á París, es claro que no puede

ser sino con algún empleo, ó con fondos del gobierno. ¿Qué fondos

particulares bastarían para llegar á París? Ni yo tengo cara tampoco

para ir á París por mi gusto. Esto es claro como la luz del día. ¡Qué

penetración! ¡Dios los bendiga!

Mas ya echo de ver que esto es un tanto largo para carta, y un si es

no es corto para folleto; á no contarte cosas que parecieran mejor

secretas, había de hacer de ello un artículo de periódico, porque

es bueno que sepas que llevado de mi comezón de escribir y de mi

versatilidad, no bien hube llegado á Madrid cuando me eché á buscar un

papel público en donde fabricar mi nido para lo que falta de invierno.

Queríale grande empero, y donde cupiese yo todo, quo no cabía el año

pasado en Madrid; largo, ancho, desahogado, como lo había imaginado mil

veces para tanto como tengo aún que decir. Empezábame ya á desesperar,

cuando he aquí que de pronto surge de la calle de las Rejas _el

español_, tamaño como por el adjunto verás. Yo, que á imitación del

borracho del cuento, aguardaba que pasase mi cusa para meterme en

ella: «_Éste es_», esclamé en cuanto le vi:

«Extenderse, crecer, tocar al cielo»,

y metíme de rondón en él, donde quedo, para servirte, imaginando á toda

prisa artículos de teatro, literatura y costumbres, maligno un tanto

y siempre independiente; mas sin nunca entrometerme en lo de vidas

privadas, censurando las cosas, no á los hombres, procurando hermanar

con mi poca ó mucha hiel el respeto que en sociedad nos debemos los

unos á los otros, amigo de mis amigos, y por demás agradecido al

público que sufre mis habladurías. He aquí mi profesión de fe.--Tuyo

siempre.--_Fígaro._

_P. D._ Á la salida del correo queda hablando en el Estamento de

señores procuradores desde ayer el señor Perpiñá; el correo siguiente

te diré el fin de la sesión, si ha acabado.

Obras completas de Fígaro, Tomo 2 · 第 70 / 75 题