El escritor de costumbres no escribe exclusivamente para esta ó aquella
clase de la sociedad, y si le puede suceder el trabajo de no ser de
ninguna de ellas leído, debe de figurarse al menos, mientras que su
modestia ó su desgracia no sean suficientes á hacerle dejar la pluma,
que escribe imparcialmente para todos. Ni los colores que han de dar
vida al cuadro de las costumbres de un pueblo ó de una época pudieran
por otra parte tomarse en un cálculo determinado y reducido; la mezcla
atinada de todas las gradaciones diversas es la que puede únicamente
formar el todo, y es forzoso ir á buscar en distintos puntos las tintas
fuertes y las medias tintas, el claro oscuro, sin los cuales no habría
cuadro.
La cuna, la riqueza, el talento, la educación, á veces obrando
separadamente, obrando otras de consuno, han subdividido siempre á los
hombres hasta lo infinito, y lo que se llama en general la sociedad es
un amalgama de mil sociedades colocadas en escalón, que sólo se rozan
en sus fronteras respectivas unas con otras, y las cuales no reúne en
un todo compacto en cada país sino el vínculo de una lengua común, y de
lo que se llama entre los hombres patriotismo ó nacionalismo. Hay más
puntos de contacto entre una reunión de _buen tono_ de Madrid y otra de
Londres ó de París, que entre un habitante de un cuarto principal de la
calle del Príncipe y otro de un cuarto bajo de Avapiés, sin embargo de
ser estos dos españoles y madrileños.
Sabiendo esto el escritor de costumbres no desdeña muchas veces
salir de un brillante _rout_, ó del más elegante sarao, y previa la
conveniente transformación de traje, pasar en seguida á contemplar
una escena animada de un mercado público, ó entrar en una simple
horchatería á ser testigo del modesto refresco de la capa inferior del
pueblo, cuyo carácter trata de escudriñar y bosquejar.
¡Qué de costumbres diversas establecidas en una atmósfera, que en
otra inferior, ni aun sabiéndolas se comprenderían! El título de
este artículo, sin ir más lejos, es verdadero griego para la inmensa
mayoría que compone este pueblo. No harán, pues, un gesto de desagrado
nuestras elegantes lectoras cuando nos vean explicar la significación
de nuestro título: esta explicación no es ciertamente para ellas; pero
nosotros no tenemos la culpa si su extraordinaria delicadeza y si su
civilización llevada al extremo, que forma de ellas un pueblo aparte,
y pueblo escogido, nos pone en el caso de empezar para traducir hasta
las palabras de su elegante vocabulario, cuando queremos dar cuenta al
público entero de los usos de su impagable sociedad.
El que la voz _álbum_ no sea castellana es para nosotros, que ni somos
ni queremos ser _puristas_, objeción de poquísima importancia; en
ninguna parte hemos encontrado todavía el pacto que ha hecho el hombre
con la divinidad ni con la naturaleza de usar de tal ó cual combinación
de sílabas para explicarse: desde el momento en que por mutuo acuerdo
una palabra se entiende, ya es buena: desde el punto en que una lengua
es buena para hacerse entender en ella, cumple con su objeto, y mejor
será indudablemente aquélla cuya elasticidad le permite dar entrada á
mayor número de palabras exóticas, porque estará segura de no carecer
jamás de las voces que necesite: cuando no las tenga por sí, las traerá
de fuera. En esta parte diremos de buena fe lo que ponía Iriarte
irónicamente en boca de uno que _estropeaba_ la lengua de Garcilaso:
«Que si él habla lengua castellana,
Yo hablo la lengua que me da la gana».
Pasando por alto este inconveniente, el _álbum_ es un enorme libro, en
cuya forma es esencial condición que se observe la del papel de música.
Debe de estar, como la mayor parte de los hombres, por de fuera,
encuadernado con un lujo asiático, y por dentro en blanco: su carpeta,
que será más elegante si puede cerrarse á guisa de cartera, debe ser de
la materia más rica que se encuentre, adornada con relieves del mayor
gusto, y la cifra ó las armas del dueño: lo más caro, lo más inglés,
eso es lo mejor: razón por la cual sería muy difícil lograr en España
uno capaz de competir con los extranjeros. Sólo el conocido y el hábil
_Alegría_ podría hacer una cosa que se aproximase á un _álbum_ decente.
Pero en cambio es bueno advertir que una de las circunstancias que debe
tener, es que se pueda decir de él: «Ya me han traído el _álbum_ que
encargué á Londres». También se puede decir en lugar de Londres, París;
pero es más vulgar, más trivial. Por lo tanto, nosotros aconsejamos á
nuestras lectoras que digan _Londres_: lo mismo cuesta una palabra que
otra; y por supuesto que digan de todas suertes que se lo han enviado
de fuera, ó que lo han traído ellas mismas cuando estuvieron allá la
primera, la segunda, ó cualquiera vez, y aunque sea obra de _Alegría_.
¿Y para qué sirve, me dirá otra especie de lectores, ese gran librote,
ese especie de misal, tan rico y tan enorme, tan extranjero y tan raro?
¿De qué trata?
Vamos allá. Ese librote es, como el abanico, como la sombrilla, como
la tarjeta, un mueble enteramente de uso de señora, y una elegante sin
_álbum_ sería ya en el día un cuerpo sin alma, un río sin agua, en una
palabra, una especie de Manzanares. El _álbum_, claro está, no se lleva
en la mano, pero se transporta en el coche; el _álbum_ y el _coche_ se
necesitan mutuamente: lo uno no puede ir sin lo otro; es el agua con
el chocolate; el _álbum_ se envía además con el lacayo de una parte á
otra. Y como siempre está yendo y viniendo, hay un lacayo destinado á
sacarlo; el lacayo y el _álbum_ es el ayo y el niño.
_¿De qué trata?_ No trata de nada; es un libro en blanco. Como una
bella conoce de rigor á los hombres de talento en todos ramos, es un
libro el _álbum_ que la bella envía al hombre distinguido para que
éste estampe en una de sus inmensas hojas, si es poeta, unos versos,
si es pintor, un dibujo, si es músico, una composición, etc. En su
verdadero objeto es un repertorio de la vanidad: cuando una hermosa,
por otra parte, le ha dispensado á usted la lisonjera distinción de
suplicarle que incluya algo en su _álbum_, es muy natural pagarle en la
misma moneda; de aquí el que la mayor parte de los versos contenidos
en él suelen ser variaciones de distintos autores sobre el mismo tema
de la hermosura y de la amabilidad de su dueño. Son distintas fuentes
donde se mira y se refleja un solo Narciso. El _álbum_ tiene una virtud
singular, por la cual deben apresurarse á hacerse con él todas las
elegantes que no lo tengan, si hay alguna á la sazón en Madrid: hemos
reparado que todas las dueñas de _álbum_ son hermosas, graciosas, de
gran virtud y talento, y amabilísimas: así consta á lo menos de todos
estos libros en blanco, conforme van tomando color.
Como el caso es tener un recuerdo, propio, intrínsecamente de la
persona misma, es indispensable que lo que se estampe vaya de puño
y letra del autor; un _álbum_, pues, viene á ser un _panteón_ donde
vienen á enterrarse en calidad de préstamos adelantados hechos á la
posteridad una porción de notabilidades; á pesar de que no todos
los hombres de mérito de un _álbum_ lo son igualmente en las edades
futuras. Y como por una distinción de exquisito precio, la amistad
participa del privilegio del mérito, de poner algo en el _álbum_, y
como se puede ser muy buen amigo y no tener ninguna especie de mérito,
un _álbum_ viene á ser frecuentemente, más bien que un panteón, un
cementerio, donde están enterrados, tabique por medio, los tontos al
lado de los discretos, con la única diferencia de que los segundos
honran al _álbum_, y éste honra á los primeros.
Sabido el objeto del _álbum_, cualquiera puede conocer la causa á que
debe su origen: el orgullo del hombre se empeña en dejar huellas por
todas partes; en rigor las pirámides famosas ¿qué son sino la firma de
los Faraones en el gran _álbum_ de Egipto? Todo monumento es el _fac
simile_ del pueblo que le erigió, estampado en el grande _álbum_ del
triunfo. ¿Qué es la historia sino el _álbum_ donde cada pueblo viene á
depositar sus obras?
La Alhambra está llena de los nombres de viajeros ilustres que no han
querido pasar adelante sin enlazar con aquellos grandes recuerdos sus
grandes nombres; esto que es lícito en un hombre de mérito, confesado
por todos, es risible en un desconocido, y conocemos un sujeto que se
ha puesto en ridículo en sociedad por haber estampado en las paredes de
la venerable antigüedad de que acabamos de hablar, debajo del letrero
puesto por Chateaubriand: «Aquí estuvo también Pedro Fernández el día
tantos de tal año». Sin embargo, la acción es la misma, por parte del
que la hace.
He aquí cómo motiva el origen de la moda del _álbum_ un autor francés,
que escribía como nosotros un artículo de costumbres acerca de él el
año 11, época en que comenzó á hacer furor esta moda en París:
«El origen del _álbum_ es noble, santo, majestuoso. San Bruno había
fundado en el corazón de los Alpes la cuna de su orden; dábase allí
hospitalidad por espacio de tres días á todo viajero. En el momento de
su partida se le presentaba un registro, invitándole á escribir en él
su nombre, el cual iba acompañado por lo regular de algunas frases de
agradecimiento, frases verdaderamente inspiradas. El aspecto de las
montañas, el ruido de los torrentes, el silencio del monasterio, la
religión grande y majestuosa, los religiosos humildes y penitentes,
el tiempo despreciado, y la eternidad siempre presente, debían de
hacer nacer bajo la pluma de los huéspedes que se sucedían en la
augusta morada altos pensamientos y delicadas expresiones. Hombres
de gran mérito depositaron en este repertorio cantidad de versos y
pensamientos justamente célebres. El _álbum_ de la Gran Cartuja es
incontestablemente el padre y modelo de los _albums_».
Esta afición, recién nacida, cundió extraordinariamente; los ingleses
asieron de ella; los franceses no la despreciaron, y todo hombre de
alguna celebridad fué puesto á contribución: el valor por consiguiente
de un _álbum_ puede ser considerable; una pincelada de Goya, un
capricho de David, ó de Vernet, un trozo de Chateaubriand, ó de lord
Byron, la firma de Napoleón, todo esto puede llegar á hacer de un
_álbum_ un mayorazgo para una familia.
Nuestras señoras han sido las últimas en esta moda como en otras, pero
no las que han sabido apreciar menos el valor de un _álbum_: ni es de
extrañar: el libro en blanco es un templo colgado todo de sus trofeos;
es su _lista civil_, su presupuesto, ó por lo menos el de su amor
propio. Y en rigor, ¿qué es una bella sino un _álbum_, á cuyos pies
todo el que pasa deposita su tributo de admiración? ¿Qué es su corazón
muchas veces sino _álbum_? Perdónenos la atrevida comparación; ¡pero
dichoso el que encuentra en esta especie de _álbum_ todas las hojas en
blanco! ¡Dichoso el que no pudiendo ser el primero (no pende siempre de
uno el madrugar) puede ser siquiera el último!
El _álbum_ no se llama nunca _el álbum_, sino _mi álbum_: esto es
esencial. En rigor las señoras no han tomado de él más que la parte
agradable: todos los inconvenientes están de parte de los que han de
quitarle hoja á hoja la calidad de _blanco_. ¡Qué admirable fecundidad
no se necesita para grabar un cumplimiento, por lo regular el mismo,
y siempre de distinto modo, en todos los _albums_ que vienen á parar
á manos de uno! Luego, ¡hay tantas mujeres á quienes es más fácil
profesar amor que decírselo! ¡Cuánta habilidad no es menester para que
comparados después estos diversos depósitos no pueda picarse ningún
amor propio! ¡Qué delicadeza para decir galanterías, que no sean más
que galanterías, á una hermosa de la cual sólo se conoce el _álbum_!
Si éste es el mueble indispensable de una mujer de moda, también es
la desesperación del poeta, del hombre de mérito, del amigo. Siempre
se espera mucho del talento, y nunca es más difícil lucirle que en
semejantes ocasiones.
Nosotros para tales casos, si en ellos nos encontrásemos, reclamaríamos
siempre toda indulgencia, y no concluiremos este artículo sin recordar
á las hermosas que cada una de ellas no tiene más que un _álbum_ que
dar á llenar, y que cada poeta suele tener á la vez varios á que
contribuir.
LAS ANTIGÜEDADES DE MÉRIDA
PRIMER ARTÍCULO
Hace mucho tiempo creo haber dado cuenta á mis lectores de cierta
inconstancia y versatilidad, bases de mi carácter, el cual podría muy
bien venir á ser el de no tener ninguno: yo no sé si hace demasiada
falta el carácter para vivir; pero en caso de duda bien se podrían
encontrar no lejos de nosotros multitud de ejemplares de gentes, que
no teniendo ninguno conocido, no sólo aciertan á vivir, sino que están
sanas y gordas, y aun cómodamente establecidas.
Ahora bien, aquella comezón singular, aquel mi prurito de mudar de
casa, que puse en conocimiento del público en uno de mis artículos,
titulado _las Casas nuevas_, cuyo título recuerdo porque no estoy muy
seguro de que se acuerde todo el mundo de mis artículos tan bien como
yo, debía llegar á ser con el tiempo, según ya entonces se anunciaba,
síntoma de más grave importancia. Afición naciente entonces, creíala
contentar yo siempre, inocente de mí, con pasar de un barrio de Madrid
á otro, de una calle á su vecina, de un piso al que encima ó debajo
tenía. Pero sucedió con ella lo que con toda afición mal reprimida: de
idea pasajera pasó á idea fija, y no cortado el mal en su principio,
debía llegar á ser una pasión devoradora de mudar de sitio; pasión que
indudablemente me hubiera llevado al sepulcro, como todas las pasiones
vehementes, á no verse satisfecha.
Felizmente el mundo es grande, mucho más grande que yo, y es de esperar
por mi fortuna que sea todavía más grande que mi pasión de amovilidad.
¿Qué hago yo en Madrid, exclamé una mañana, después de haberle rodado
en todas direcciones, en este Madrid, tan limitado como todas nuestras
cosas, en el cual no puede uno echarse á la calle un día con ánimo de
andar sin encontrarse á los cuatro pasos con la puerta de Atocha, ó la
de Alcalá, con el campo de los Moros, ó la Pradera de los Guardias?
¿En este Madrid, que sólo se puede comparar en eso nuestra libertad,
dentro de la cual no puede uno aventurarse á moverse sin tropezar en
una traba? ¿Qué hago en Madrid?, me dije. Primero es preciso saber si
hay alguien que haga algo en Madrid: todo es chico en Madrid: no quepo
en el teatro; no quepo en el café; no quepo en los empleos; todo está
lleno, todo obstruido, refugiado, escondido, empotrado en un rincón de
la Revista española... _j'étouffe_. Fuera, pues, de Madrid: no bien
lo había dicho, un mozo llevaba ya debajo del brazo el equipaje de
_Fígaro_, más ligero que unas poesías fugitivas. Un lente para observar
á los hombres, recado de escribir para bosquejarlos, y mi mal ó buen
humor para reirme de los más de ellos. _Omnia mea mecum porto._
El carruaje marchaba lentamente; sin embargo, no era carruaje del
gobierno, y tardé en perder de vista el delicioso empedrado, las
desiguales cúpulas de los numerosos conventos, que, semejantes al
espectro descrito por Virgilio, hunden su planta en los abismos y
esconden su cabeza en las nubes, ocupándolo todo. De cuando en cuando
volvía la cabeza á mirar atrás, no como Héctor hacia su Andrómaca sino
que me parecía oir todavía fuera de puertas el ruido de los abogados
y poetas del café del Príncipe; resonaba en mis oídos la canturia
monótona de nuestros actores cómicos; oía las silbas dadas á nuestros
ingenios clásicos y románticos; perseguíame la deuda interior como un
remordimiento: sin embargo, yo no la había arreglado: las reformas
eran las únicas que no me perseguían, ellas debían ser sin duda las
perseguidas.
El ruido se iba por fin apagando, y Castilla en tanto desarrollaba á
mi vista el árido mapa de su desierto arenal, como una infeliz mendiga
despliega á los ojos del pasajero su falda raída y agujereada en
ademán de pedirle con qué cubrir sus macilentas y desnudas carnes. Un
gemido sordo, pero prolongado, había sustituido al ruidoso murmullo
de la ciudad populosa: era la contribución que resonaba por el
yermo. _Felicidad_, decía el segundo con acento irónico, para el que
sabía oirle: _miseria_, decía el primero con acento de verdad y de
desesperación.
No eran ciertamente los pueblos los que podían estorbarme en el camino;
viajando por España se cree uno á cada momento la paloma de Noé,
que sale á ver si está habitable el país; y el carruaje vaga solo,
como el arca, en la inmensa extensión del más desnudo horizonte. Ni
habitaciones, ni pueblos. ¿Dónde está la España?
Tres días rodamos por el vacío: hacia el fin del cuarto una explanada
sin límites se desenvolvió á mis ojos, y se dibujaban en el fondo
pálido de un cielo nebuloso los confusos y altísimos vestigios de una
magnifica población. ¿Hay hombres por fin allí?, me pregunté. No; los
ha habido. Eran las ruinas de la antigua _Emerita-Augusta_.
La humilde Mérida, semejante á las aves nocturnas, hace su habitación
en las altas ruinas. Es un hijo raquítico, que apenas alienta, cobijado
por la rica faldamenta de una matrona decrépita. Es un niño dormido en
brazos de un gigante.
Mérida es indudablemente una de las poblaciones, mejor diremos, uno
de los recuerdos más antiguos de nuestra España. Sus fundadores
eligieron un terreno fértil, un clima productor, y un río cuyas aguas,
pérfidamente mansas como la sonrisa de una mujer, debían regar una
campiña deleitosa. Convencidos de las ventajas de su posición, los
dominadores del mundo la llevaron al más alto grado de esplendor; y
es fama conservada por los más de nuestros autores, que ha tenido un
millón de habitantes. Erigida en _colonia romana_, y gozando de todos
los fueros é inmunidades de tal, fué la segunda ciudad del imperio, y
el sitio del descanso á que aspiraban altos funcionarios y guerreros
cansados del aplauso de la victoria.
La caída del imperio, las irrupciones de los vándalos y de los
godos, la dominación de árabes, han pasado como un trillo sobre la
frente de Mérida, y no han sido bastantes á allanar y nivelar su
suelo, incrustado de colosales bellezas romanas. Las habitaciones
han desaparecido carcomidas por el tiempo; pero las altas ruinas al
desplomarse han desigualado la llanura, y han formado, reducidas á
polvo, un segundo suelo artificial y enteramente humano sobre el suelo
primitivo de la naturaleza. Se puede asegurar que no hay una piedra en
Mérida que no haya formado parte de una habitación romana: nada más
común que ver en una pared de una choza del siglo XIX un fragmento
de mármol ó de piedra, labrado, de un palacio del siglo I. Zaguanes
hemos visto empedrados con lápidas y losas sepulcrales: y un labrador,
creyendo pisar la tierra, huella todos los días con su rústica suela
el _aquí yace_ de un procónsul, ó la advocación de un dios. Trozos de
jaspe de un trabajo verdaderamente romano no tienen aquí otro museo
que una cuadra, y sirven de pesebre al bruto que acaban de desuncir
del arado. Diariamente el azadón de un extremeño tropieza en su camino
con los manes de un héroe, y es común allí el hallazgo de una urna
cineraria, ó de un tesoro numismático, coetáneo de los emperadores. Lo
que es más asombroso, gran número de cosecheros se sirven aún en sus
bodegas de las mismas tinajas romanas, que se conservan empotradas en
sus suelos, y cuyo barro duradero, impuesto de tres capas diferentes
superpuestas y admirablemente unidas, parece desafiar todavía al tiempo
por más siglos de los que lleva vividos. Las vasijas mismas que se
construyen en el país tienen una forma elegante, y participan de un
carácter respetable de su antigüedad que difícilmente puede ocultarse á
la perspicacia de un arqueólogo.
Una vez en Mérida, y rodeado de ruinas, la imaginación cree percibir
el ruido de la gran ciudad, el son confuso de las armas, el _hervir
vividor_ de la inmensa población romana. ¡Error! Un silencio sepulcral
y respetuoso no es interrumpido siquiera por el _aquí fué_ del hombre
reflexivo y meditador.
LAS ANTIGÜEDADES DE MÉRIDA
SEGUNDO Y ÚLTIMO ARTÍCULO
Mi primer cuidado en Mérida fué hacerme con un _cicerone_; pero no
ofreciéndome alicientes la entrevista con ningún _literato_ del país,
ni queriendo que me contase ningún pedante lo que acaso sabría yo mejor
que él, después de haber buscado inútilmente en aquel museo del tiempo
alguna historia de las antigüedades ó de la misma ciudad, sólo traté de
sorprender la tradición popular en su curso, y atúveme á un extremeño
que se me presentó como el hombre más instruido del común del pueblo
acerca de las bellezas de Mérida, y que haría por tanto oficio de
enseñarlas.
Mi _cicerone_ era una verdadera ruina, no tan bien conservada como
las romanas; sus piernas se plegaban en arco, como si el peso de la
cabeza hubiese sido por mucho tiempo oneroso á la base del edificio;
sus brazos pendían también como dos arcos laterales cuyo pie hubiesen
carcomido dos ramales de un río, que hubiesen lamido por muchos años
los costados del hombre. La cara hubiera dado lugar á las más graves
investigaciones de una academia: semejante á una moneda largo tiempo
enterrada, y tomada á trechos del orín y de la tierra, sus facciones
estaban medio borradas, y ora parecían letras en estilo lapidario,
ora vistas á otra luz semejaban algo un rostro humano maltratado por
la intemperie ó la incuria de sus guardianes. La fecha no se conocía,
y aquel fragmento podía ser de varias épocas. Su desigual cabello,
blandamente meneado por el viento, remedaba esa yerbecilla que por
entre las cornisas y coronamiento de una torre antigua hace nacer la
humedad; sus dientes eran almenados, y la posición inclinada del cuerpo
todo, fuera al parecer del centro de gravedad, le hacía parecer una
pared que comienza á cuartearse, cuyas grietas hubiesen sido la boca y
los ojos, y me trajo á la memoria la célebre torre de Pisa.
Tal se me representó á mí al menos mi _cicerone_: tal me pintaba mi
imaginación cuanto en Mérida veía.
--¿De qué año es usted, buen hombre?, no pude menos de
preguntarle.--Tres duros y medio, señor, me contestó, en estilo
monetario, queriéndome decir que tenía tantos años como reales aquellas
medallas.--Pardiez, no le hubiera creído tan del día. ¿Y usted es el
que suele enseñar á los viajeros las otras ruinas de esta ciudad?
--Sí, señor... estoy algo enterado...
--¿Y vienen muchos viajeros?...
--Extranjeros, sí, señor. Ingleses sobre todo, y se han solido llevar
algunas cosas. Pintan ahí, y dibujan, y escriben, y qué sé yo... nos
muelen á preguntas... parecen locos los ingleses. Pero españoles,
señor, pocos: los más pasan sin preguntar; como no vengan de estancia
al pueblo...
--Mérida ha sido gran ciudad, interrumpí al hombre de la tradición,
poniéndonos en camino para recorrer las antigüedades, y siguiendo yo á
la que me servía de guía.
--¡Oh!, sí, señor. La historia dice que tenía ochenta puertas, y que
cada puerta estaba guardada por cuatrocientos soldados de á pie y
ciento _de caballería_; tenía cuatro palacios magníficos en los cuatro
ángulos, que eran de cuatro _príncipes_ muy ricos.
--¿Y estas ruinas son muy antiguas?
--¡Vaya!
--¿De los romanos todas?
--¡Qué!, más antiguas, señor, mucho más; de los moros, y de los godos,
y de los... qué sé yo de cuánta casta de gentes... mucho antes que los
romanos.
--¡Hola! Perfectamente.
En esto llegábamos al puente, verdadera obra romana: colocado sobre
uno de los puntos en que presenta el río mayor latitud, más de sesenta
ojos espaciosos le dan una longitud que se pierde de vista: él solo
es una historia de las dominaciones que han pasado por nuestro suelo:
sólo las dos cabezas, en una extensión regular, se conservan puras é
intactas: remendado lo demás á trechos, ora por los godos, ora por los
árabes, la distinta forma de los espolones, el color de la piedra y su
diversa labor, revelan las fechas de las composturas: la más moderna es
la mayor, y se hizo á costa de los tributos rendidos por los pueblos
de cincuenta leguas á la redonda. Nuestras pobres piedras, unidas con
hierro y argamasa, declaran toda la debilidad de nuestros medios, al
lado de los pedruscos romanos, cuya única trabazón consiste en su
colocación, y que durarán todavía más que las nuestras.
Perdíase mi fantasía en la investigación de los tiempos: romano ya
enteramente, figurábaseme ver el dios tutelar del río, que, levantando
la espalda colosal, repelía indignado la mísera traba que la moderna
arquitectura osaba enlazar á la antigua sobre sus ondas, cuando la voz
de mi _cicerone_, semejante á un aire colado, me sacó de mi estupor,
y volviéndome hacia un nicho de ladrillo levantado sobre el trozo más
romano del puente, en el cual se divisaba una pequeña é informe efigie
de yeso, me dijo:
--Éste, señor, es san Antonio.
--¡Muy poderosa es una religión, exclamé, cayendo de más alto que la
catarata del Niágara, que ha podido colocar esa efigie de yeso sobre
este puente romano! ¡El agua se ha llevado los dioses; sus piedras han
durado más que ellos; y nuestro yeso dura más que ellos y sus piedras!
Dos acueductos magníficos enriquecían de aguas á Mérida: otro moderno
parece elevado entre los antiguos como una parodia de piedra, como
una insolencia, como un insulto y una befa hecha al poder caído: sin
embargo, las ruinas son las triunfantes; arcos colosales y gigantes
asombran la vista: allí todo es obra del hombre, que ha hecho hasta la
piedra; no son ya trozos cortados de una cantería: el hombre ha cogido
la tierra y el guijo, lo ha amasado entre sus manos como harina, y ha
hecho una mole indestructible, una argamasa compacta, á la cual el
tiempo ha dado la última mano, prestándole al mismo tiempo color, y
sobre la cual salta en pedazos el pico de hierro: el poder del hombre
se estrella en su propia obra.
Uno de los dos acueductos romanos parecía no tener otro objeto que
formar un gran depósito de aguas destinado á una _naumaquia_, gran
diversión de un gran pueblo, para quien era sólo obra del deseo el
crear un mar en medio de la tierra.
--Éste es, me dijo gravemente mi _cicerone_ al llegar á la naumaquia,
casi terraplenada por el tiempo, éste es el baño de los moros.
--Gracias, buen hombre, le respondí lleno de agradecimiento. ¿Y como
cuántos moros cabrían en este baño?, le pregunté.
--¡Ui! ¡Figúrese usted!, me dijo con aire de respeto y voz solemne,
como aterrado del número de los moros, y de la capacidad del baño.
El trozo mejor conservado es el circo; las ruinas han designado el
terreno sin embargo, elevándolo sobre su antiguo nivel hasta el
punto de enterrar varias de las puertas que le daban entrada; pero
se distinguen todavía enteras muchas de las divisiones destinadas á
las fieras y á los reos y atletas; la gradería, perfectamente buena á
trechos, parece acabarse de desocupar, y cree uno oir el crujido de las
clámides y las togas barriendo los escalones.
--Ésta era, me dijo mi _cicerone_, la plaza de los toros; por allí
salía el toro, me añadió, indicándome una puerta medio terraplenada, y
por aquí, concluyó en voz baja y misteriosa, enseñándome la jaula de
una fiera, entraban el viático cuando el toro hería á alguno de muerte.
Una ruidosa carcajada que no fuí dueño de contener resonó por el ancho
y destrozado circo, y pasamos á ver el anfiteatro, peor conservado,
el hipódromo, apenas reconocible por la meta, y de allí nos dirigimos
hacia la _vía romana_, vulgo en el país _calzada romana_; aquí
es tradición que debe de haber muchos sepulcros: se han hallado
efectivamente algunos. Sabida es la costumbre de los romanos de colocar
los sepulcros á orillas de los caminos, por la cual ellos solían en sus
epitafios dirigir la palabra á los pasajeros.
Nosotros, al heredar las frases hechas y las locuciones enteras de
su lenguaje, sin heredar sus costumbres, hemos tenido que hacer
metafóricas sus expresiones propias; así, cuando hablemos de las
cenizas de un muerto, que nosotros no quemamos, y cuando en un epitafio
apostrofamos un viajero que no ha de ver á orillas del camino nuestro
sepulcro, cometemos según los hablistas una belleza, llamada figura
retórica, y según mi entender una tontería, que pudiera llamarse _decir
una cosa por otra_.
Á la parte opuesta de Mérida suélense encontrar sepulcros de niños, á
juzgar por sus dimensiones.
El arco de Trajano colocado en el centro de la actual población está en
buen estado, y lo que me asombró fué encontrar en dos nichos laterales
de su parte interior dos estatuas de mármol blanco, de un trabajo
acabado y del gusto griego más puro, considerablemente maltratadas, en
verdad, pero muy capaces de lucir como dos trozos antiguos de primer
orden: y digo que esto me asombró por dos razones: primera, porque
en Madrid creo haber visto un museo de escultura extraordinariamente
pobre; segunda, porque la posteridad de los romanos se advierte en
acabar de desmoronar á pedradas la obra de algún Fidias del imperio.
Á un tiro de bala de Mérida existe una capilla dedicada á santa Olalla,
patrona de la que fué _colonia romana_, llamada _el hornillo de la
Santa_, por haber sido martirizada allí: está construida con fragmentos
de un templo de Marte: el viajero no se cansa de admirar los relieves,
los trozos de columnas: aquel pequeño monumento se me representaba
un hombre de una estatura colosal, á quien el tiempo y los achaques
hubiesen encorvado y reducido á la altura de un enano. Dentro se ve ó
se adivina la efigie de santa Olalla, y en la portada de la ermita se
lee en letras gruesas la inscripción siguiente:
MARTI SACRUM
VETILLA PACULLI
La idea que este contraste presenta, imagínela el lector; estas letras
parecen haber sido de bronce, pero habiendo saltado el metal, sólo ha
quedado el hueco de ellas, y éste hace el mismo efecto que el cóncavo
vacío de los ojos de una calavera.
En la ciudad hay otros restos de igual importancia; entre ellos es de
citar la casa del conde de los Corvos, construida de moderno ladrillo y
cal, entre los huecos que han dejado las magníficas y desmesuradamente
altas columnas de un templo de Diana, de pie todavía y empotradas
en ella; el conjunto presenta la disforme idea de un vivo atado á un
cadáver; aquella suma de dos épocas tan encontradas forma un verdadero
matrimonio, en que los consortes parecen estar riñendo continuamente.
El _conventual_ es otra ruina, pero más moderna; colocado á la cabeza
del puente, ofrece el aspecto de un edificio grandioso, y sus murallas
siguen largo trecho la dirección del río; parece haber sido una
fortaleza gótica; posteriormente perteneció á los templarios, y se
arruinuó en poder de los caballeros de Santiago.
Sobre una alta columna romana, que se levanta en medio de una plaza,
domina una efigie de santa Olalla mirando al oriente. Al llegar aquí
y concluir nuestro paseo, se acercó á mí mi _cicerone_, y me dijo con
notable fervor:--Repare usted, señor: ésta es otra vez santa Olalla: yo
no me acuerdo qué año hubo en Mérida una peste muy mortífera; la santa
miraba entonces á poniente; hiciéronle grandes rogativas, y una mañana
amaneció vuelta al oriente y cesó la peste; desde entonces mira á esa
parte, y ya no se teme la peste en Mérida.
Efectivamente, parece que desde entonces no ha vuelto ningún azote de
esa especie á afligir á la antigua colonia romana, si se exceptúa el
cólera; y ése, todo el mundo sabe que no es peste: con lo cual queda en
pie la tradición, y la santa siempre vuelta.
No concluiré este artículo, por largo que sea ya, sin hacer mención del
último descubrimiento que ha llamado la atención de los meridenses,
si se puede hablar así de unos hombres que viven entre sus ruinas tan
ignorantes de ellas como los búhos y vencejos que en su compañía las
habitan.
Cavando un labrador su corral, encontró recientemente debajo de su
miserable casa el pavimento de una habitación, indudablemente romana,
hecho de un precioso mosaico, en el cual asombra tanto la obra de
la apariencia como el lujo que revela. Piedrecitas iguales de media
pulgada de diámetro, y de colores hábilmente combinados, forman figuras
simbólicas, cuya inteligencia no es fácil; algunas tienen un carácter
egipcio, lo cual puede hacer sospechar si habrá pertenecido la casa
á algún sacerdote ó arúspice; á la cabeza de la pieza se descubre,
pero no se descifra, una inscripción en letras latinas, y á los dos
lados parece prolongarse el precioso mosaico á otras habitaciones no
descubiertas todavía.
La autoridad de Mérida parece haber dado parte convenientemente al
gobierno; pero no habiéndose dispuesto nada todavía, el dueño de la
casa reclama que se le deje usar de su terreno como mejor le convenga,
ó que se le compre; en el ínterin, no habiendo fondos destinados
á continuar esta importante excavación, y habiendo quedado á la
intemperie el pavimento descubierto hasta la presente, el polvo, el
agua llovediza y el desmoronamiento de la tierra circunstante, echa á
perder diariamente el peregrino hallazgo, lleno ya de quebraduras y
lagunas; sin embargo, bastaría una cantidad muy pequeña para construir
un cobertizo y comprar la choza, ya que no fuese para continuar la
excavación.
Mérida, la antigua _Emerita-Augusta_, posesora de tantos tesoros
numismáticos, olvidada de ellos, y olvidada ella misma, es en el día
una población de cortísima importancia; puéblanla apenas mil vecinos,
y de su grandeza pasada sólo le quedan suntuosas ruinas y orgullosos
recuerdos. Después de haber saludado á las unas con supersticioso
respeto, y de haber enlazado los otros con vanidad al nombre español
que llevo, proseguí mi viaje, lleno de aquella impresión sublime y
melancólica que deja en el ánimo por largo espacio la contemplación
filosófica de las grandezas humanas, y de la nada de que salieron,
para volver á entrar en ella más tarde ó más temprano.
LOS CALAVERAS
ARTÍCULO PRIMERO
Es cosa que daría que hacer á los etimologistas y á los anatómicos
de lenguas el averiguar el origen de la voz calavera en su acepción
figurada, puesto que la propia no puede tener otro sentido que la
designación del cráneo de un muerto, ya vacío y descarnado. Yo no
recuerdo haber visto empleada esta voz, como sustantivo masculino, en
ninguno de nuestros autores antiguos, y esto prueba que esta acepción
picaresca es de uso moderno. La especie sin embargo de seres á que
se aplica ha sido de todos los tiempos. El famoso Alcibíades era el
_calavera_ más perfecto de Atenas: el célebre filósofo que arrojó sus
tesoros al mar, no hizo en eso más que una _calaverada_, á mi entender
de muy mal gusto: César, marido de todas las mujeres de Roma, hubiera
pasado en el día por un excelente _calavera_: Marco Antonio echando
á Cleopatra por contrapeso en la balanza del destino del imperio, no
podía ser más que un _calavera_; en una palabra, la suerte de más
de un pueblo se ha decidido á veces por una simple _calaverada_. Si
la historia, en vez de escribirse como un índice de los crímenes de
los reyes y una crónica de unas cuantas familias, se escribiera con
esta especie de filosofía, como un cuadro de costumbres privadas, se
vería probada aquella verdad; y muchos de los importantes trastornos
que han cambiado la faz del mundo, á los cuales han solido achacar
grandes causas los políticos, encontrarían una clave de muy verosímil y
sencilla explicación en las _calaveradas_.
Dejando aparte la antigüedad (por más mérito que les añada, puesto que
hay muchas gentes que no tienen otro), y volviendo á la etimología de
la voz, confieso que no encuentro qué relación puede existir entre un
_calavera_ y una _calaverada_. ¡Cuánto exceso de vida no supone el
primero! ¡Cuánta ausencia de ella no supone la segunda! Si se quiere
decir que hay un punto de similitud entre el vacío del uno y de la
otra, no tardaremos en demostrar que es un error. Aun concediendo que
las cabezas se dividan en vacías y en llenas, y que la ausencia del
talento y del juicio se refiera á la primera clase, espero que por mi
artículo se convencerá cualquiera de que para pocas cosas se necesita
más talento y buen juicio que para ser _calavera_.
Por tanto, el haber querido dar un aire de apodo y de vilipendio á
los _calaveras_ es una injusticia de la lengua y de los hombres que
acertaron á darle los primeros ese giro malicioso: yo por mí rehúso esa
voz; confieso que quisiera darle una nobleza, un sentido favorable,
un carácter de dignidad que desgraciadamente no tiene, y así sólo la
usaré, porque no teniendo otra á mano, y encontrando esa establecida,
aquellos mismos cuya causa defiendo se harán cargo de lo difícil
que me sería darme á entender valiéndome para designarlos de una
palabra nueva; ellos mismos no se reconocerían, y no reconociéndolos
seguramente el público tampoco, vendría á ser inútil la descripción que
de ellos voy á hacer.
Todos tenemos algo de _calaveras_, más ó menos. ¿Quién no hace locuras
y disparates alguna vez en su vida? ¿Quién no ha hecho versos, quién no
ha creído en alguna mujer, quién no se ha dado malos ratos algún día
por ella, quién no ha prestado dinero, quién no ha debido, quién no ha
abandonado alguna cosa que le importase por otra que le gustase, quién
no se casa en fin?... Todos lo somos; pero así como no se llama locos
sino á aquéllos cuya locura no está en armonía con la de los más, así
sólo se llama _calaveras_ á aquéllos cuya serie de acciones continuadas
son diferentes de las que los otros tuvieran en iguales casos.
El _calavera_ se divide y subdivide hasta lo infinito, y es difícil
encontrar en la naturaleza una especie que presente al observador mayor
número de castas distintas: tienen todas empero un tipo común de donde
parten, y en rigor sólo dos son las calidades esenciales que determinan
su ser, y que las reúnen en una sola especie: en ellas se reconoce al
_calavera_, de cualquier casta que sea.
1.°. El _calavera_ debe tener por base de su ser lo que se llama
_talento natural_ por unos; _despejo_ por otros; _viveza_ por los más:
entiéndase esto bien; _talento natural_: es decir, no cultivado. Esto
se explica: toda clase de estudio profundo, ó de extensa instrucción,
sería lastre demasiado pesado que se opondría á esa ligereza, que es
una de sus más amables calidades.
2.°. El _calavera_ debe tener lo que se llama en el mundo _poca
aprehensión_. No se interprete esto tampoco en mal sentido. Todo lo
contrario. Esta _poca aprehensión_ es aquella indiferencia filosófica
con que considera _el qué dirán_ el que no hace más que cosas
naturales, el que no hace cosas vergonzosas. Se reduce á arrostrar en
todas nuestras acciones la publicidad, á vivir ante los otros, más
para ellos que para uno mismo. El _calavera_ es un hombre público
cuyos actos todos pasan por el tamiz de la opinión, saliendo de él
más depurados. Es un espectáculo cuyo telón está siempre descorrido;
quítensele los espectadores, y á Dios teatro. Sabido es que con mucha
aprehensión no hay teatro.
El _talento natural_, pues, y la _poca aprehensión_, son las dos
cualidades distintas de la especie: sin ellas no se da _calavera_. Un
tonto, un timorato del _qué dirán_, no lo serán jamás. Sería tiempo
perdido.
El _calavera_ se divide en _silvestre_ y _doméstico_.
El _calavera silvestre_ es hombre de la plebe, sin educación ninguna y
sin modales; es el capataz del barrio, tiene honores de jaque, habla
andaluz; su conversación va salpicada de chistes; enciende un cigarro
en otro, escupe por el colmillo; convida siempre, y nadie paga donde
está él; es chulo nato: dos cosas son indispensables á su existencia:
la querida, que es manola, condición _sine qua non_, y la navaja, que
es grande; por un quítame allá esas pajas le da honrosa sepultura en
un cuerpo humano. Sus manos siempre están ocupadas: ó empaqueta el
cigarro, ó saca la navaja, ó tercia la capa, ó se cala el chapeo, ó
se aprieta la faja, ó vibra el garrote: siempre está haciendo algo.
Se le conoce á larga distancia, y es bueno dejarle pasar como al
jabalí. ¡Ay del que mire á su Dulcinea! ¡Ay del que la tropiece! Si es
hombre de levita, sobre todo, si es señorito delicado, más le valiera
no haber nacido. Con esa especie está á matar, y la mayor parte de
sus calaveradas recaen sobre ella; se perece por asustar á uno, por
desplumar á otro. El _calavera silvestre_ es el gato del _lechuguino_:
así es que éste le ve con terror; de quimera en quimera, de _qué se me
da á mí_ en _qué se me da á mí_, para en la cárcel; á veces en presidio
¡pero esto último es raro: se diferencia esencialmente del ladrón en su
condición generosa: da y no recibe; puede ser homicida, nunca asesino.
Este _calavera_ es esencialmente español.
El _calavera doméstico_ admite diferentes grados de civilización, y
su cuna, su edad, su profesión, su dinero le subdividen después en
diversas castas. Las principales son las siguientes:
El _calavera-lampiño_ tiene catorce ó quince años, lo más diez y ocho.
Sus padres no pudieron nunca hacer carrera con él: le metieron en el
colegio para quitársele de encima, y hubieron de sacarle porque no
dejaba allí cosa con cosa. Mientras que sus compañeros más laboriosos
devoraban los libros para entenderlos, él los despedazaba para hacer
balitas de papel, las cuales arrojaba disimuladamente y con singular
tino á las narices del maestro. Á pesar de eso, el día de examen el
talento profundo y tímido se cortaba, y nuestro audaz muchacho repetía
con osadía las cuatro voces tercas que había recogido aquí y allí, y
se llevaba el premio. Su carácter resuelto ejercía predominio sobre la
multitud, y capitaneaba por lo regular las pandillas y los partidos.
Despreciador de los bienes mundanos, su sombrero, que le servía de
blanco ó de pelota, se distinguía de los demás sombreros como él de los
demás jóvenes.
En carnaval era el que ponía las mazas á todo el mundo, y aun las manos
encima si tenían la torpeza de enfadarse; si era descubierto hacía
pasar á otro por el culpable, ó sufría en el último caso la pena con
valor, y riéndose todavía del feliz éxito de su travesura. Es decir que
el _calavera_, como todo el que ha de ser algo en el mundo, comienza á
descubrir desde su más tierna edad el germen que encierra. El número de
sus hazañas era infinito. Un maestro había perdido unos anteojos, que
se habían encontrado en su faltriquera: el rapé de otro había pasado
al chocolate de sus compañeros, ó á las narices de los gatos, que
recorrían bufando los corredores con gran risa de los más juiciosos; la
peluca del maestro de matemáticas había quedado un día enganchada en un
sillón, al levantarse el pobre Euclides, con notable perturbación de un
problema que estaba por resolver. Aquel día no se despejó más incógnita
que la calva del buen señor.
Fuera ya del colegio, se trató de sujetarlo en casa y se le puso
bajo llave, pero á la mañana siguiente se encontraron colgadas las
sábanas de la ventana; el pájaro había volado; y como sus padres se
convencieron de que no había forma de contenerle, convinieron en
que era preciso dejarle. De aquí fecha la libertad del _lampiño_.
Es el más pesado, el más incómodo: careciendo todavía de barba y de
reputación, necesita hacer dobles esfuerzos para llamar la pública
atención; privado él de medios, le es forzoso afectarlos. Es risa oirle
hablar de las mujeres como un hombre ya maduro; sacar el reloj como si
tuviera que hacer; contar todas sus acciones del día como si pudieran
importarle á alguien, pero con despejo, con soltura, con aire cansado y
corrido.
Por la mañana madrugó porque tenía una cita: á las diez se vino á
encargar el billete para la ópera, porque hoy daría cien onzas por
un billete; no puede faltar. ¡Estas mujeres le hacen á uno hacer
tantos disparates! Á media mañana se fué al billar; aunque hijo
de familia no come nunca en casa; entra en el café metiendo mucho
ruido, su duro es el que más suena; sus bienes se reducen á algunas
monedas que debe de vez en cuando á la generosidad de su mamá, ó de
su hermana, pero los luce sobremanera. El billar es su elemento; los
intervalos que le deja libre el juego suéleselos ocupar cierta clase
de mujeres, únicas que pueden hacerle cara todavía, y en cuyo trato
toma sus peregrinos conocimientos acerca del corazón femenino. Á veces
el _calavera-lampiño_ se finge malo para darse importancia; y si
puede estarlo de veras mejor; entonces está de enhorabuena. Empieza
asimismo á fumar, es más cigarro que hombre, jura y perjura y habla
detestablemente; su boca es una sentina, si bien tal vez con chiste.
Va por la calle deseando que alguien le tropiece; y cuando no lo hace
nadie, tropieza él á alguno; su honor entonces está comprometido, y
hay de fijo un desafío; si éste acaba mal, y si mete ruido, en aquel
mismo punto empieza á tomar importancia; y entrando en otra casta,
como la oruga que se torna mariposa, deja de ser _calavera-lampiño_.
Sus padres, que ven por fin decididamente que no hay forma de hacerle
abogado, le hacen meritorio; pero como no asiste á la oficina, como
bosqueja en ella las caricaturas de los jefes, porque tiene el instinto
del dibujo, se muda de bisiesto y se trata de hacerlo militar: en
cuanto está declarado irremisiblemente mala cabeza se le busca una
charretera, y si se encuentra ya es un hombre hecho.
Aquí empieza el _calavera-temerón_, que es el gran calavera. Pero
nuestro artículo ha crecido debajo de la pluma más de lo que hubiéramos
querido, y de aquélla que para un periódico convendría: ¡tan fecunda
es la materia! Por tanto nuestros lectores nos concederán algún ligero
descanso, y remitirán al número siguiente su curiosidad si alguna
tienen.
LOS CALAVERAS
ARTÍCULO SEGUNDO Y CONCLUSIÓN
Quedábamos al fin de nuestro artículo anterior en el
_calavera-temerón_. Éste se divide en paisano y militar; si el influjo
no fué bastante para lograr su charretera (porque alguna vez ocurre
que las charreteras se dan por influjo), entonces es paisano; pero no
existe entre uno y otro más que la diferencia del uniforme. Verdad es
que es muy esencial, y más importante de lo que parece: el uniforme ya
es la mitad. Es decir, que el paisano necesita hacer dobles esfuerzos
para darse á conocer; es una casa pública sin muestra; es preciso
saber que existe para entrar en ella. Pero por un contraste singular
el _calavera-temerón_, una vez militar, afecta no llevar el uniforme,
viste de paisano, salvo el bigote; sin embargo, si se examina el modo
suelto que tiene de llevar el frac ó la levita, se puede decir que
hasta este traje es uniforme en él. Falta la plata y el oro, pero queda
el despejo y la marcialidad, y eso se trasluce siempre; no hay paño
bastante negro ni tupido que le ahogue.
El _calavera-temerón_ tiene indispensablemente, ó ha tenido alguna
temporada una cerbatana, en la cual adquiere singular tino. Colocado en
alguna tienda de la calle de la Montera, se parapeta detrás de dos ó
tres amigos, que fingen discurrir seriamente.
--Aquel viejo que viene allí: ¡mírale que serio viene!--Sí; al de la
casaca verde, ¡va bueno!--Dejad, dejad. ¡Pum!, en el sombrero. Seguid
hablando y no miréis.
Efectivamente, el sombrero del buen hombre produjo un sonido seco: el
acometido se para, se quita el sombrero, lo examina.
--¡Ahora!, dice la turba. ¡Pum!, otra en la calva.--El viejo da un
salto y echa una mano á la calva; mira á todas partes... nada.
--¡Está bueno!, dice por fin, poniéndose el sombrero; algún
pillastre... bien podía irse á divertir...
--¡Pobre señor!, dice entonces el _calavera_, acercándosele; ¿le han
dado á usted?, es una desvergüenza... ¿pero le han hecho á usted mal?...
--No, señor, felizmente.
--¿Quiere usted algo?
--Tantas gracias.
Después de haber dado gracias, el hombre se va alejando, volviendo poco
á poco la cabeza á ver si descubría... pero entonces el _calavera_ le
asesta su último tiro, que acierta á darle en medio de las narices,
y el hombre derrotado aprieta el paso, sin tratar ya de averiguar de
dónde procede el fuego; ya no piensa más que en alejarse. Suéltase
entonces la carcajada en el corrillo, y empiezan los comentarios sobre
el viejo, sobre el sombrero, sobre la calva, sobre el frac verde. Nada
causa más risa que la extrañeza y el enfado del pobre; sin embargo,
nada más natural.
El _calavera-temerón_ escoge á veces para su centro de operaciones la
parte interior de una persiana; este medio permite más abandono en la
risa de los amigos, y es el más oculto; el _calavera_ fino le desdeña
por poco expuesto.
Á veces se dispara la cerbatana en guerrilla; entonces se escoge por
blanco el farolillo de un escarolero, el fanal de un confitero, las
botellas de una tienda; objetos todos en que produce el barro cocido
un sonido sonoro y argentino. ¡Pim!, las ansias mortales, las agonías,
y los votos del gallego y del fabricante de merengues, son el alimento
del _calavera_.
Otras veces el _calavera_ se coloca en el confín de la acera y
fingiendo buscar el número de una casa, ve venir á uno, y andando con
la cabeza alta, arriba, abajo, á un lado, á otro, sortea todos los
movimientos del transeúnte, cerrándole por todas partes el paso á su
camino. Cuando quiere poner un término á la escena, finge tropezar con
él, y le da un pisotón; el otro entonces le dice: _perdone usted_; y el
_calavera_ se incorpora con su gente.
Á los pocos pasos, se va con los brazos abiertos á un hombre muy
formal, y ahogándole entre ellos:--Pepe, exclama, _¿cuándo has vuelto?
¡Sí, tú eres!_ Y lo mira: el hombre, todo aturdido, duda si es un
conocimiento antiguo... y tartamudea... Fingiendo entonces la mayor
sorpresa: ¡Ah!, usted perdone, dice retirándose el _calavera_: creí que
era usted un amigo mío...--No hay de qué.--Usted perdone. ¡Qué diantre!
No he visto cosa más parecida.
Si se retira á la una ó las dos de su tertulia, y pasa por una botica,
llama: el mancebo, medio dormido, se asoma á la ventanilla.--¿Quién
es?--Dígame usted, pregunta el _calavera_, ¿tendría usted espolines?
Cualquiera puede figurarse la respuesta: feliz el mancebo, si en vez de
hacerle esa sencilla pregunta, no le ocurre al _calavera_ asirle de las
narices al través de la rejilla, diciéndole:--Retírese usted; la noche
está muy fresca, y puede usted atrapar un constipado.
Otra noche llama á deshoras á una puerta.--¿Quién?, pregunta de allí á
un rato un hombre que sale al balcón medio desnudo.--Nada, contesta:
soy yo, á quien no conoce, no quería irme á mi casa sin darle á usted
las buenas noches.--¡Bribón!, ¡insolente! Si bajo...--Á ver cómo baja
usted; baje usted: usted perdería más: figúrese usted dónde estaré yo
cuando usted llegue á la calle. Conque buenas noches: sosiéguese usted,
y que usted descanse.
Claro está que el _calavera_ necesita espectadores para todas estas
escenas: sólo lo son en cuanto pueden comunicarse; por tanto el
_calavera_ cría á su alrededor constantemente una pequeña corte de
aprendices, ó de meros curiosos, que no teniendo valor ó gracia
bastante para serlo ellos mismos, se contentan con el papel de
cómplices y partícipes: éstos le miran con envidia, y son las trompetas
de su fama.
El _calavera-langosta_ se forma del anterior, y tiene el aire más
decidido, el sombrero más ladeado, la corbata más _négligé_: sus
hazañas son más serias; éste es aquél que se reúne en pandillas:
semejante á la _langosta_, de que toma nombre, tala el campo donde
cae; pero como ella no es de todos los años, tiene temporadas, y como
en el día no es de lo más en boga, pasaremos muy rápidamente sobre él.
Concurre á los bailes llamados de _candil_, donde entra sin que nadie
le presente, y donde su sola presencia difunde el terror: arma camorra,
apaga las luces, y se escurre antes de la llegada de la policía, y
después de haber dado unos cuantos palos á derecha é izquierda: en
las máscaras suele mover también su zipizape: en viendo una figura
antipática, dice: _aquel hombre me carga_; se va para él, y le aplica
un bofetón: de diez hombres que reciban bofetón, los nueve se quedan
tranquilamente con él, pero si alguno quiere devolverle, hay desafío;
la suerte decide entonces, porque el _calavera_ es valiente: éste es
el difícil de mirar: tiene un duelo hoy con uno que le miró de frente,
mañana con uno que le miró de soslayo, y al día siguiente lo tendrá con
otro que no le mire: éste es el que suele ir á las casas públicas con
ánimo de no pagar: éste es el que talla y apunta con furor; es jugador,
griego nato, y gran billarista además. En una palabra, éste es el
venenoso, el _calavera-plaga_: los demás divierten; éste mata.
Dos líneas más allá de éste está otra casta, que nosotros rehusaremos
desde luego; el _calavera-tramposo_, ó trapalón, el que hace deudas,
el parásito, el que comete á veces picardías, el que empresta para no
devolver, el que vive á costa de todo el mundo, etc., etc.: pero éstos
no son verdaderamente calaveras; son indignos de este nombre: ésos son
los que desacreditan el oficio, y por ellos pierden los demás. No los
reconocemos.
Sólo tres clases hemos conocido más detestables que ésta: la primera
es común en el día, y como al describirla habríamos de rozarnos con
materias muy delicadas, y para nosotros respetables, no haremos más que
indicarla. Queremos hablar del _calavera-cura_. Vuelvo á pedir perdón;
pero ¿quién no conoce en el día algún sacerdote de ésos que queriendo
pasar por hombres despreocupados, y limpiarse de la fama de carlistas,
dan en el extremo opuesto; de ésos que para exagerar su liberalismo
y su ilustración empiezan por llorar su ministerio; á quienes se ve
siempre al rededor del tapete y de las bellas en bailes y en teatros,
y en todo paraje profano, vestidos siempre y hablando mundanamente;
que hacen alarde de?... Pero nuestros lectores nos comprenden. Este
_calavera_ es detestable, porque el cura liberal y despreocupado debe
ser el más timorato de Dios, y el mejor morigerado. No creer en Dios y
decirse su ministro, ó creer en él y faltarle descaradamente, son la
hipocresía ó el crimen más hediondos. Vale más ser cura carlista de
buena fe.
La segunda de estas aborrecibles castas es el _viejo-calavera_,
planta como la caña, hueca y árida con hojas verdes. No necesitamos
describirla, ni dar las razones de nuestro fallo. Recuerde el lector
esos viejos que conocerá, un decrépito que persigue á las bellas, y
se roza entre ellas como se arrastra un caracol entre las flores,
llenándolas de baba; un viejo sin orden, sin casa, sin método... el
joven al fin tiene delante de sí tiempo para la enmienda y disculpa en
la sangre ardiente que corre por sus venas; el _viejo-calavera_ es la
torre antigua y cuarteada que amenaza sepultar en su ruina la planta
inocente que nace á sus pies; sin embargo, éste es el único á quien
cuadraría el nombre de _calavera_.
La tercera, en fin, es la _mujer-calavera_. La mujer con _poca
aprehensión_, y que prescinde del primer mérito de su sexo, de ese
miedo á todo, que tanto la hermosea, cesa de ser mujer para ser hombre;
es la confusión de los sexos, el único hermafrodita de la naturaleza;
¿qué deja para nosotros? La mujer, reprimiendo sus pasiones, puede ser
desgraciada, pero no le es lícito ser _calavera_. Cuanto es interesante
la primera, tanto es despreciable la segunda.
Después del _calavera-temerón_ hablaremos del _seudo-calavera_. Éste es
aquél que sin gracia, sin ingenio, sin viveza y sin valor verdadero, se
esfuerza para pasar por _calavera_: es género bastardo, y pudiérasele
llamar por lo pesado y lo enfadoso el _calavera-mosca. Rien n'est beau
que le vrai_, ha dicho Boileau, y en esta sentencia se encierra toda la
crítica de esa apócrifa casta.
Dejando por fin á un lado otras varias, cuyas diferencias estriban
principalmente en matices y en medias tintas, pero que en realidad se
refieren á las castas madres de que hemos hablado, concluiremos nuestro
cuadro en un ligero bosquejo de la más delicada y exquisita, es decir,
del _calavera de buen tono_.
El _calavera de buen tono_ es el tipo de la civilización, el emblema
del siglo XIX. Perteneciendo á la primera clase de la sociedad,
ó debiendo á su mérito y á su carácter la introducción en ella,
ha recibido una educación esmerada; dibuja con primor y toca un
instrumento: filarmónico nato, dirige el aplauso en la ópera, y le
dirige siempre á la más graciosa, ó á la más sentimental: más de
una mala cantatriz le es deudora de su boga: se ríe de los actores
españoles y acaudilla las silbas contra el verso: sus carcajadas se
oyen en el teatro á larga distancia: por el sonido se le encuentra:
reside en la luneta al principio del espectáculo, donde entra tarde en
el paso más crítico, y del cual se va temprano: reconoce los palcos,
donde habla muy alto, y rara noche se olvida de aparecer un momento por
la _tertulia_ á asestar su doble anteojo á la banda opuesta, maneja
bien las armas y se bate á menudo, semejante en eso al _temerón_,
pero siempre con fortuna y á primera sangre: sus duelos rematan en
almuerzo, y son siempre por poca cosa. Monta á caballo y atropella con
gracia á la gente de á pie: habla el francés, el inglés y el italiano:
saluda en una lengua, contesta en otra, cita en las tres: sabe casi
de memoria á Paul de Kock, ha leído á Walter Scott, á D'Arlincourt, á
Cooper, no ignora á Voltaire, cita á Pigault-Lebrun, mienta á Ariosto,
y habla con desenfado de los poetas y del teatro. Baila bien y baila
siempre. Cuenta anécdotas picantes, le suceden cosas raras, habla de
prisa, y tiene _salidas_. Todo el mundo sabe lo que es tener _salidas_.
Las suyas se cuentan por todas partes; siempre son originales: en
los casos en que él se ha visto, sólo él hubiera hecho, hubiera
respondido aquello. Cuando ha dicho una gracia, tiene el singular tino
de marcharse inmediatamente: esto prueba gran conocimiento: la última
impresión es la mejor de esta suerte, y todos pueden quedar riendo y
diciendo además de él: _¡Qué cabeza! ¡Es mucho fulano!_
No tiene formalidad, ni vuelve visitas, ni cumple palabras; pero de él
es de quien se dice: _¡Cosas de fulano!_ y el hombre que llega á tener
_cosas_ es libre, es independiente. Niéguesenos, pues, ahora que se
necesita talento y buen juicio para ser _calavera_. Cuando otro falta á
una mujer, cuando otro es insolente, él es sólo atrevido, amable; las
bellas que se enfadarían con otro, se contentan con decirle á él: _¡No
sea usted loco! ¡Qué calavera! ¿Cuándo ha de sentar usted la cabeza?_
Cuando se concede que un hombre está loco, ¿cómo es posible enfadarse
con él? Sería preciso ser más loca todavía.
Dichoso aquél á quien llaman las mujeres _calavera_, porque el bello
sexo gusta sobremanera de toda especie de fama; es preciso conocerle,
fijarle, probar á sentarle, es una obra de caridad. El _calavera de
buen tono_ es, pues, el adorno primero del siglo, el que anima un
círculo, el cupido de las damas, _l'enfant gâté_ de la sociedad y de
las hermosas.
Es el único que ve el mundo y sus cosas en su verdadero punto de
vista: desprecia el dinero, le juega, le pierde, le debe; pero siempre
noblemente y en gran cantidad: trata, frecuenta, quiere á alguna
bailarina ó á alguna operista; pero amores volanderos, mariposa ligera
vuela de flor en flor. Tiene algún amor sentimental, y no está nunca
sin intrigas, pero intrigas de peligro y consecuencia: es el terror de
los padres y de los maridos. Sabe que, semejante á la moneda, sólo toma
su valor de su curso y circulación, y por consiguiente no se adhiere á
una mujer sino el tiempo necesario para que se sepa. Una vez satisfecha
la vanidad, ¿qué podría hacer de ella? El estancarse sería perecer; se
creería falta de recursos ó de mérito su constancia. Cuando su boga
decae, la reanima con algún escándalo ligero; un escándalo es para la
fama y la fortuna del _calavera_ un leño seco en la lumbre: una hermosa
ligeramente comprometida, un marido batido en duelo, son sus despachos
y su pasaporte: todas le obsequian, le pretenden, se le disputan. Una
mujer arruinada por él, es un mérito contraído para con las demás. El
hombre no _calavera_, el hombre de _talento y juicio_ se enamora, y por
consiguiente es víctima de las mujeres: por el contrario las mujeres
son las víctimas del _calavera_. Dígasenos ahora si el hombre de
_talento y juicio_ no es un necio á su lado.
El fin de éste es la edad misma; una posición social nueva, un
empleo distinguido, una boda ventajosa, ponen término honroso á sus
inocentes travesuras. Semejante entonces al sol en su ocaso, se retira
majestuosamente, dejando, si se casa, su puesto á otros, que vengan en
él á la sociedad ofendida, y cobren en el nuevo marido, á veces, con
crecidos intereses las letras que él contra sus antecesores girara.
Sólo una observación general haremos antes de concluir nuestro artículo
acerca de lo que se llama en el mundo vulgarmente _calaveradas_. Nos
parece que éstas se juzgan siempre por los resultados: por consiguiente
á veces una línea imperceptible divide únicamente al _calavera_ del
_genio_, y la suerte caprichosa los separa ó los confunde en una para
siempre. Supóngase que Cristóbal Colón perece víctima del furor de su
gente antes de encontrar el nuevo mundo, y que Napoleón es fusilado
de vuelta de Egipto, como acaso merecía: la intentona de aquél y la
insubordinación de éste hubieran pasado por dos _calaveradas_, y ellos
no hubieran sido más que dos _calaveras_. Por el contrario, en el día
están sentados en gran libro como dos _grandes hombres, dos genios_.
Tal es el modo de juzgar de los hombres; sin embargo, eso se aprecia,
eso sirve muchas veces de regla. ¿Y por qué?... Porque tal es la
_opinión pública_.
MODOS DE VIVIR
QUE NO DAN DE VIVIR