Muy incrédulo sería preciso ser para negar que estamos en el siglo de
las luces y de la más extremada civilización: el hombre ha dado ya
con la verdad, y la razón más severa preside á todas las acciones y
costumbres de la generación del año 1835.
Dejaremos á un lado, por no ser hoy de nuestro asunto, la perfección
á que se ha llegado en punto á religión y á política, dos cosas
esencialísimas en nuestra manera actual de existir, y á que los pueblos
dan toda la importancia que indudablemente se merecen. En el primero no
tenemos preocupación ninguna, no abrigamos el más mínimo error; cuando
decimos con orgullo que el hombre es el ser más perfecto, la hechura
más acabada de la creación, sólo añadimos á las verdades reconocidas
otra verdad más innegable todavía. Hacemos muy bien en tener vanidad.
Si hemos adelantado en política, dígalo la estabilidad que alcanzamos,
la fijación de nuestras ideas y principios: no sólo sabemos ya cuál es
el buen gobierno, el único bueno, el verdadero secreto para constituir
y conservar una sociedad bien organizada, sino que lo sabemos
establecer y lo gozamos con toda paz y tranquilidad. Acerca de sus
bases estamos todos acordes, y es tal nuestra ilustración, que una vez
reconocida la verdad y el interés político de la sociedad, toda guerra
civil, toda discordia viene á ser imposible entre nosotros; así es que
no las hay. Que hubiese guerra en los tiempos bárbaros y de atraso, en
los cuales era preciso valerse hasta de la fuerza para hacer conocer
al hombre cuál era el Dios á quien había de adorar, ó el rey á quien
había de servir... nada más natural. Ignorantes entonces los más, y
poco ilustrados, no fijadas sus ideas sobre ninguna cosa, forzoso era
que fuese presa de multitud de ambiciosos, cuyos intereses estaban
encontrados. Empero ahora, en el siglo de la ilustración, es cosa
bien difícil que haya una guerra en el mundo. Así es que no las hay.
Y si las hubiera sería en defensa de derechos positivos, de intereses
materiales, no de un apellido, no del nombre de un ídolo. La prueba de
esto mismo es bien fácil de encontrar. Esa poca de guerra, _que empieza
ahora_, en nuestras provincias, es indudablemente por derechos claros
y bien entendidos: sobre todo, si alguno de los partidos contendientes
pudiese ir á ciegas en la lid, é ignorar lo que defiende, no sería
ciertamente el partido más ilustrado, es decir, el liberal. Éste bien
sabe por lo que pelea; pelea por lo que tiene, por lo que le han
concedido, por lo que él ha conquistado.
En un siglo en que ya se ven las cosas tan claras, y en que ya no es
fácil abusar de nadie, en el siglo de las luces, una de las cosas sobre
que está más fijada la pública opinión, es el honor, quisicosa que, _en
el sentido que en el día le damos_, no se encuentra nombrada en ninguna
lengua antigua. Hijo este _honor_ de la edad media y de la confluencia
de los Godos y los Árabes, se ha ido comprendiendo y perfeccionando á
tal grado, á la par de la civilización, que en el día no hay una sola
persona que no tenga su honor á su manera: todo el mundo tiene honor.
En los tiempos antiguos, tiempos de confusión y de barbarie, el que
faltando á otro abusaba de cualquier superioridad que le daban las
circunstancias ó su atrevimiento, se infamaba á sí mismo, y sin hablar
tanto de honor quedaba deshonrado. Ahora es enteramente al revés.
Si una persona baja ó mal intencionada le falta á usted, usted es
el infamado. ¿Le dan á usted un bofetón? Todo el mundo le desprecia
á usted, no al que le dió. ¿Le faltan á usted su mujer, su hija, su
querida? Ya no tiene usted honor. ¿Le roban á usted? Usted robado queda
pobre, y por consiguiente deshonrado. El que le robó, que quedó rico,
es un hombre de honor. Va en el coche de usted y es un hombre decente,
caballero. Usted se quedó á pie, es usted gente ordinaria, canalla.
¡Milagros todos de la ilustración!
En la historia antigua no se ve un solo ejemplo de un duelo. Agamenón
injuria á Aquilea, y Aquiles se encierra en su tienda, pero no le pide
satisfacción: Alcibíades alza el palo sobre Temístocles, y el gran
Temístocles, según una expresión de nuestra moderna civilización, queda
como un cobarde.
El duelo, en medio de la duración del mundo, es una invención de ayer:
cerca de seis mil años se ha tardado en comprender que cuando uno se
porta mal con otro, le queda siempre un medio de enmendar el daño que
le ha hecho, y este medio es matarle. El hombre es lento en todos sus
adelantos, y si bien camina indudablemente hacia la verdad, suele
tardar en encontrarla.
Pero una vez hallado el desafío, se apresuraron los reyes y los
pueblos, visto que era cosa buena, á erigirlo en ley, y por espacio
de muchos siglos no hubo entre caballeros otra forma de enjuiciar y
sentenciar el combate. El muerto, el caído era el culpable siempre en
aquellos tiempos: la cosa no ha cambiado por cierto. Siguiendo, empero,
el curso de nuestros adelantos, se fueron haciendo cabida los jueces en
la sociedad, se levantó el edificio de los tribunales con su séquito de
escribanos, notarios, autos, fiscales y abogados, que dura todavía y
parece tener larga vida, y se convino en que los _juicios de Dios_ (así
se había llamado á los desafíos jurídicos, merced al empeño de mezclar
constantemente á Dios en nuestras pequeñeces) eran cosa mala. Los
reyes entonces alzaron la voz en nombre del Altísimo, y dijeron á los
pueblos: «No más juicios de Dios; en lo sucesivo nosotros juzgaremos».
Prohibidos los juicios de Dios, no tardaron en prohibirse los duelos;
pero si las leyes dijeron: «No os batiréis», los hombres dijeron: «No
os obedeceremos»; y un autor de muy buen criterio asegura que las
épocas de rigorosa prohibición han sido las más señaladas por el abuso
del desafío. Cuando los delitos llegan á ser de cierto bulto, no hay
pena que los reprima. Efectivamente, decir á un hombre: «No te harás
matar, pena de muerte», es provocarle á que se ría del legislador
cara á cara; es casi tan ridículo como la pena de muerte establecida
en algunos países contra el suicidio; sabia ley que determina que se
quite la vida á todo el que se mate, sin duda para su escarmiento.
Se podría hacer á propósito de esto la observación general de que sólo
se han obedecido en todos tiempos las leyes que han mandado hacer á
los hombres su gusto; las demás se han infringido y han acabado por
caducar. El lector podrá sacar de esto alguna consecuencia importante.
Efectivamente, al prohibir los duelos en distintas épocas, no se ha
hecho más que lo que haría un jardinero que tirase la fruta queriendo
acabarla; el árbol en pie todos los años volvería á darle nueva tarea.
Mientras el _honor_ siga entronizado donde se le ha puesto; mientras
la opinión pública valga algo, y mientras la ley no esté de acuerdo
con la opinión pública, el duelo será una consecuencia forzosa de esta
contradicción social. Mientras todo el mundo se ría del que se deje
injuriar impunemente, ó del que acuda á un tribunal para decir: «Me han
injuriado», será forzoso que todo agraviado elija entre la muerte y una
posición ridícula en sociedad. Para todo corazón bien puesto la duda no
puede ser de larga duración: y el mismo juez que con la ley en la mano
sentencia á pena capital al desafiado indistintamente ó al agresor,
deja acaso la pluma para tomar le espada en desagravio de una ofensa
personal.
Por otra parte, si se prescinde de la parte de preocupación más ó
menos visible ó sublime del pundonor, y si se considera en el duelo
el mero hecho de satisfacer una cuenta personal, diré francamente que
comprendo que el asesino no tenga derecho á quitar la vida á otro, por
dos razones: primera, porque se la quita contra su gusto siendo suya:
segunda, porque él no da nada en cambio.
Los duelos han tenido sus épocas y sus fases enteramente distintas: en
un principio se batían los duelistas á muerte, á todas armas, y tras
ellos sus segundos: cada injuria producía entonces una escaramuza.
Posteriormente se introdujo el duelo á primera sangre; el primero le
comprendo sin disculparle; el segundo ni le comprendo ni le disculpo;
es de todas las ridiculeces la mayor: los padrinos ó testigos han
sucedido á los segundos, y su incumbencia en el día se reduce á impedir
que su mala fe abuse del valor ó del miedo. Al arma blanca se sustituye
muchas veces la pistola, arma de cobarde, con que nada le queda
que hacer al valor sino morir; en que la destreza es infame si hay
superioridad, é inútil si hay igualdad.
La libertad empero, si no es la licencia de mi imaginación, me ha
llevado más lejos de lo que yo pretendía ir: al comenzar este artículo
no era mi objeto explorar si las sociedades modernas entienden bien el
honor, ni si esta palabra es algo; individuo de ellas y amamantado con
sus preocupaciones, no seré yo quien me ponga de parte de unas leyes
que la opinión pública repugna, ni menos de parte de una costumbre que
la razón reprueba. Confieso que pensaré siempre en este particular
como Rousseau, y los más rígidos moralistas y legisladores, y obraré
como el primer calavera de Madrid. ¡Triste lote del hombre el de la
inconsecuencia!
Mi objeto era referir simplemente un hecho de que no ha muchos meses
fuí testigo ocular; pero como yo no presencié, digámoslo así, más que
el desenlace, mis lectores me perdonarán si tomo mi relación _ab ovo_.
Mi amigo Carlos, hijo del marqués de ***, era heredero de bienes
cuantiosos, que eran en él, al revés que en el mundo, la menos
apreciable de sus circunstancias. Adorado de sus padres, que habían
empleado en su educación cuanto esmero es imaginable, Carlos se
presentó en el mundo con talento, con instrucción, con todas esas
superfluidades de primera necesidad, con una herencia capaz de
asegurar la fortuna de varias familias, con una figura á propósito para
hacer la de muchas mujeres, y con un carácter destinado á constituir la
de todo el que de él dependiese.
Pero desgraciadamente la diferencia que existe entre los necios y los
hombres de talento suele ser sólo que los primeros dicen necedades, y
los segundos las hacen: mi amigo entró en sociedad, y á poco tiempo
hubo de enamorarse; los hombres de imaginación necesitan mujeres muy
picantes ó muy sensibles, y esta especie de mujeres deben de ser
mejores para ajenas que para propias. La joven Adela era sin duda
alguna de las picantes: hermosa á sabiendas suyas, y con una conciencia
de su belleza acaso harto pronunciada, sus padres habían tratado de
adornarla de todas las buenas cualidades de sociedad; la sociedad llama
buenas cualidades en una mujer lo que se llama alcance en una escopeta
y tino en un cazador; es decir, que se había formado á Adela como una
arma ofensiva con todas las reglas de la destrucción: en punto á la
coquetería era una obra acabada, y capaz de acabar con cualquiera;
muy poco sensible, en realidad, podía fingir admirablemente todo ese
sentimentalismo, sin el cual no se alcanza en el día una sola victoria;
cantaba con una languidez mortal; le miraba á usted con ojos de víctima
espirante, siendo ella el verdugo; bailaba como una sílfida desmayada;
hablaba con el acento del candor y de la conmoción; y de cuando en
cuando un destello de talento ó de gracia venía á iluminar su tétrica
conversación, como un relámpago derrama una ráfaga de luz sobre una
noche oscura.
¿Cómo no adorar á Adela? Era la verdad entre la mentira, el candor
entre la malicia, decía mi amigo al verla en el gran mundo; era el
cielo en la tierra.
Los padres no deseaban otra cosa: era un partido brillante, la boda era
para entrambos una especulación; de suerte que lo que sin razón de
estado no hubiera pasado de ser un amor, una calamidad, pasó á ser un
matrimonio. Pero cuando el mundo exige sacrificios los exige completos,
y el de Carlos lo fué; la víctima debía ir adornada al altar. Negocio
hecho: de allí á poco Carlos y Adela eran uno.
He oído decir muchas veces que suele salir de una coqueta una buena
madre de familias: también suele salir de una tormenta una cosecha: yo
soy de opinión que la mujer que empieza mal, acaba peor. Adela fué un
ejemplo de esta verdad: medio año hacía que se había unido con santos
vínculos á Carlos; la moda exigía cierta separación, cierto abandono.
¿Cuánto no se hubiera reído el mundo de un marido atento á su mujer?
Adela por otra parte estaba demasiado bien educada para hacer caso de
su marido. ¡La sociedad es tan divertida y los jóvenes tan amables!
¿Qué hace usted en un rigodón si le oprimen la mano? ¿Qué contesta
usted si le repiten cien veces que es interesante? Si tiene usted
visita todos los días, ¿cómo cierra usted sus puertas? Es forzoso
abrirlas, y por lo regular de par en par.
Un joven del mejor tono fué más asiduo y mañoso, y Adela abrazó por fin
las reglas del gran mundo: el joven era orgulloso, y entre el cúmulo de
adoradores de camino trillado parece despreciar á Adela; con mujeres
coquetas y acostumbradas á vencer, rara vez se deja de llegar á la meta
por ese camino.¡¡¡Adela no quería faltar á su virtud... pero Eduardo
era tan orgulloso!!! Era preciso humillarlo: esto no era malo; era un
juego; siempre se empieza jugando. Cómo se acaba no lo diré; pero así
acabó Adela como se acaba siempre.
La mala suerte de mi amigo quiso que entre tanto marido como llega
á una edad avanzada diariamente con la venda de himeneo sobre los
ojos, él sólo entreviese primero su destino, y lo supiese después
positivamente. La cosa desgraciadamente fué escandalosa, y el mundo
exigía una satisfacción. Carlos hubo de dársela. Eduardo fué retado, y
llamado yo como padrino no pude menos de asistir á la satisfacción.
Á las cinco de la mañana estábamos los contendientes y los padrinos en
la puerta de..., de donde nos dirigimos al teatro frecuente de esta
especie de luchas. Ésta no era de aquéllas que debían acabar con su
almuerzo. Una mujer había faltado, y el _honor_ exigía en reparación la
muerte de dos hombres. Es incomprensible, pero es cierto.
Se eligió el terreno, se dió la señal, y los dos tiros salieron á un
tiempo: de allí á poco había espirado un hombre útil á la sociedad.
Carlos había caído, pero habían quedado en pie su _mujer_ y su _honor_.
Un año hizo ayer de la muerte de Carlos: su familia, sus amigos le
lloran todavía.
¡He aquí el mundo!, ¡he aquí el honor!, ¡he aquí el duelo!