LA CALAMIDAD EUROPEA[2]

Muchas y grandes han sido las calamidades con que la Providencia en sus

secretos fines quiso afligir en distintas épocas al hombre. Ya desde

un principio pudo conocer el más lego la desgracia que presidía á la

creación de este mísero globo. El que vió en los primeros tiempos que

fué preciso arrancar al hombre de su propia costilla la mujer, ó había

de tener poco olfato, ó debía ya decir para su capote (permítaseme el

anacronismo) que había de venir presto abajo nuestra felicidad. Así

fué; habló una serpiente; la mujer dió oídos al primer advenedizo,

fragilidad que desgraciadamente se ha transmitido de siglo en siglo;

cortóse la manzana del árbol del bien y del mal, que por lo visto

sólo tenía el mal para nosotros, hincóle el diente el crédulo esposo,

y vínose abajo á renglón seguido todo el edificio del primaveral

paraíso. Primera calamidad, y no la más floja. Henos aquí ya habitando

la tierra, merced á la picia del primer hombre: nace el segundo mortal,

y segunda picia: lo primero que hace es matar al tercero: he aquí una

raza maldita, y la segunda calamidad. Con tan galanos principios no

debió de ser difícil augurar los fines. El primer homicidio no debía

de ser el último. Endurécese el hombre en el mal, sucédele un vicio á

otro, un crimen abona el anterior, y pónese la cosa tan de mala data,

que cansado y arrepentido el Hacedor, lluévele encima al hombre, y

pónelo perdido. ¡Día de agua! Ni sirven ramas, ni valen altos montes.

Se abren las cataratas del cielo, derrámase el líquido abundante,

ahógase todo bicho, y he aquí la tercera calamidad.

Vuelve el hombre á poblar, y ya de aquí en adelante imposible fuera

poner orden en las calamidades. No bien sale del reciente escarmiento,

lánzase de nuevo al crimen: olvida su Dios y su religión; de nada ha

servido el diluvio; el Criador lo conoce, y vista la ineficacia del

agua, aquí prueba con Sodoma y Gomorra la virtud del fuego: igual

resultado. Allá convierte en sal al curioso. Acá confunde en Babel

las lenguas insolentes, y vuélvese la torre una cazuela de un teatro

de Madrid. Tiempo perdido. Desde entonces todos hablan y ninguno se

entiende; pero no por eso se ha mejorado nuestra condición. Caiga

agua, baje fuego, venga sal, lluevan lenguas sobre nosotros; el hombre

insolente todo lo aprovecha. Inventa barcos, y anda sobre el agua;

recoge la lumbre, y caliéntase á ella; toma la sal, y échala en el

puchero; aprende las lenguas, y corre á enseñarlas por el equitativo

estipendio de treinta reales al mes...

¿Quién tendría desde entonces el vano proyecto de seguir en su curso

las calamidades del hombre? Poco antes de llegar á la tierra de

promisión, adora el becerro de oro, figura simbólica del siglo XIX,

que había de adorar el oro, aunque fuese en un becerro; en Jericó hace

añicos todos los cántaros de la provincia; en Egipto adora la cebolla,

ídolo por cierto de muy mal tono; en el Indostán tributa honores al sol

y al fuego; en la India occidental, que tenía más de occidental que de

India, adora la luna entera; más económico en Asia, adora media luna

no más; en África reverencia á los bichos ponzoñosos; en Europa rinde

culto á sus grandes ladrones y asesinos, y erige altares á sus tiranos;

aquí se hunde la Atlántida, preparando á navegantes con su hundimiento

descubrimientos fatales; ábrense volcanes por todas partes, vomitando

lumbre sobre él; las tempestades aquí, la peste allí, la guerra de

nación en nación, las preocupaciones doquiera, la mujer en todas

partes; todo es error y desgracia, todo crimen y confusión el mundo;

todo es, en fin, calamidades.

Dejemos, pues, á un lado las del mundo para ocuparnos sólo de las de

Europa.

Nace apenas la sociedad europea, y surgiendo de ella Elena, lánzase

aquélla contra el Asia en mil frágiles barquillos á llevar á las playas

troyanas el hierro y la destrucción. _Nótese que la primera calamidad

europea emanó de la importancia dada á la fidelidad de una mujer._

El adulterio, el asesinato y el incesto reciben á su vuelta á los

vencedores argivos. Cien repúblicas en seguida, ansiosas de libertad,

se aherrojan mutuamente, y un ejército de Persas viene hasta Maratón

á sembrar el luto en la sociedad europea. _Nótese que la segunda

calamidad es una intervención extranjera._

Dos bandoleros famosos, Remo y Rómulo, echan los cimientos de la ciudad

universal, que con las armas en la mano avasalla después y esclaviza

á la Europa entera. _Nótese que el principio de la tercera calamidad

fueron dos ladrones públicos._

El Norte vomita sobre el Mediodía hordas innumerables de Vándalos

y Godos, que mudan á sangre y fuego la faz de la malhadada Europa.

_Nótese que la cuarta calamidad vínole á Europa del Norte._

El hijo de Dios había descendido ya á morir en la tierra por los

hombres; una religión nueva alzaba sus bienhechoras cruces por todas

partes; más de cien hijos espúreos, saliendo del río principal, como

sangrías de licor ponzoñoso, inundan el mundo de sectas parciales:

los hijos de un innovador atrevido se arrojan de Asia á Europa con

el alfanje en la una mano y el Korán en la otra: numerosas cruzadas

se levantan por la religión, y encienden la guerra general: nuevas

sectas derraman luego la sangre alemana, y poco después la inglesa

y la francesa. La reacción, sangrienta, como la acción, establece

tribunales horribles, y cada pueblo, durante siglos enteros, aquí por

la guerra civil, allí por la conquista de otro hemisferio, es una ara

inmensa cubierta de mártires; los hombres son mitad víctimas, mitad

sacrificadores. _Obsérvese que la quinta calamidad le vino al hombre de

la preocupación religiosa, de la superstición, del fanatismo._

Sobre la sangre humeante de los _autos de fe_ nace la política, y

con ella el soñado equilibrio de los reinos; guerras de sucesión,

guerras de familia suceden á las guerras religiosas; pueblos enteros

perecen víctimas de guerras personales de sus reyes, y de etiquetas

palaciegas. _Adviértase que la sexta calamidad le vino á la Europa de

la importancia dada al apellido de sus pretendidos dueños absolutos._

Vencedores éstos contemplan como instrumentos á sus súbditos; pero

cansados al fin los pueblos, caen en la cuenta de sus derechos, y un

grito unánime de libertad resuena en el universo. La Europa le acoge,

y responde á él; se abre una lucha sangrienta de principios; una

revolución espantosa traspasa todos los límites posibles; un coloso

nace de ella á detenerla; vencido empero el coloso, la libertad vuelve

á desplegar sus alas. Desde entonces los hombres siguen vertiendo

anchos ríos de sangre para reconquistar de la rutina el derecho

más sencillo y claro de todos: su propia voluntad. _Nótese que la

sétima calamidad nos viene de haber conferido nuestros poderes sin

restricción, sin prenda, sin garantía; de haber dejado prescribir un

derecho._

Hemos llegado á la octava calamidad europea. ¿Pues cuál otra horrible

calamidad nos amenaza? ¿Otro cólera? Si el hombre nació para morir,

la peste es una muerte cualquiera. Mayor es la calamidad que nos

amaga: más terrible la prueba á que nos sujeta la Providencia. ¿Algún

reglamento? Eso sería una gota más en el mar. ¿Algún empréstito? El

deber es calamidad sólo para quien ha de pagar, ó para quien presta.

¿Otra invasión de Rusos? Más todavía. ¿Qué sería una invasión de Rusos?

Algunos años de despotismo. Para pueblos tan acostumbrados, para

pueblos donde hay quien pelee por él, nada. Es volver la tortilla. No

faltaría quien la comiera.

La gran calamidad europea, la calamidad de las calamidades, he aquí

cómo la hallamos consignada en un comunicado que en un periódico leemos.

«Que conmigo se haga una injusticia (nos dice un personaje, un tanto

cuanto atropellado en las formas), puede ser un triunfo para mis

enemigos; pero en el caso presente la violencia usada hacia mí es un

desastre para todos, es una brecha abierta en el corazón de nuestras

instituciones, es una calamidad nacional; ¿y quién sabe si no podrá

hacerse una calamidad europea? Los trastornos que podrían resultar

de tan evidente violación de los principios conservadores de nuestro

régimen, podrían ir más allá de los Pirineos».

He aquí bien clara la gran calamidad, que entre tanto que lo es para la

Europa, lo es indudablemente para el que escribe. La cosa en verdad no

es insignificante como muchos creen; bien pudiera ser trascendental;

pero lo que ni nosotros habíamos presumido, ni nuestros lectores

tampoco, es que esto podría trastornar el mundo. Curiosos por demás de

lo que nos podría acontecer, hemos recorrido, como ha visto el lector,

la historia del mundo y de sus calamidades. Hemos temblado por nosotros

y por la Europa. ¿Obrará este accidente como el robo de Elena? ¿Será

Troya nuestra patria? ¿Tendrá los resultados del levantamiento de Remo

y Rómulo? ¿Será la voz del destituido el grito de Lutero? ¿Imperará á

los mares como el _quos ego_ de Virgilio? ¿Será su desgracia, justa ó

injusta, legal ó ilegalmente llevada á cabo, el Waterloo de nuestra

pequeña libertad? ¿Qué parte del mundo se hundirá? ¿Obrará como un

diluvio, como un castigo del cielo, ó como una calamidad puramente

humana?

¡Ah!, ¡plegue al cielo apartar de nosotros tan terribles infortunios!

_¡¡¡Lejos, pobre España, lejos de nosotros el profeta y la

profecía!!!_[3]

Obras completas de Fígaro, Tomo 2 · 第 54 / 75 题