NOTAS:

[2] Todo el mundo recuerda la expulsión del señor Burgos del Estamento

de ilustres Próceres. Aquel acto, legal ó ilegal, y el párrafo del

artículo citado más abajo, y publicado en los periódicos de la época

por el destituido, son datos más que suficientes para la inteligencia

de este escrito, que entonces no vió la luz por circunstancias

independientes de la voluntad del autor.

[3] Poco después despareció efectivamente el profeta, y la profecía

todavía no ha parecido.

TERCERA CARTA

DE UN LIBERAL DE ACÁ

Á UN LIBERAL DE ALLÁ

Dos cartas he recibido tuyas, querido Silva, la una en letra de molde

por el conducto de esta estafeta pública, y secreta la otra en que nos

haces á los liberales de acá estupendos cargos. No tiene la primera

contestación, ó al menos á mí no me ocurre, lo cual es lo mismo, puesto

que he de ser yo quien la ha de dar. Tiénela sí la segunda, y larga;

tanto que pudiera ocupar con ella más pliegos que ocupó la memoria de

marina presentada en las Cortes, más tiempo que dura una facción, y más

terreno que el que reconoce cuándo y cómo quiere Zumalacárregui, sin

darte por eso más fruto ni más sustancia que el que pueden dar de sí

todas esas cosas juntas.

¿Me preguntas si es gobierno representativo lo que tenemos? No entiendo

yo muchas veces tus preguntas. Todo es aquí representativo. Cada

liberal es una pura y viva representación de los trabajos y pasión de

Cristo, porque el que no anda azotado, anda crucificado. Luego, no hay

oficina en que no se encuentren representaciones de algún quejoso:

hay por otra parte muchos que están representando á cada paso sobre

lo mucho que no se hace y lo poco que se deshace; verdad es que no se

cuida más de estas representaciones que de las teatrales; pero, ¿son

ó no son representaciones? Cada español por otra parte representa un

triste papel en el drama general, y toda nuestra patria misma está

á dos dedos de representar el cuadro del hambre... Todo es, pues,

pura representación; venirnos, pues, con la pregunta truhanesca de si

estamos ó no en un sistema representativo, es burlarse de uno en sus

barbas y preguntarle á un borracho si bebe vino. Desengáñate de una

vez, y acaba de creer á pies juntillas, no sólo que vivimos bajo un

régimen representativo, aunque te engañen las apariencias, sino que

todo esto no es más que una pura representación, á la cual, para ser de

todo punto igual á una del teatro, no le faltan más que los silbidos,

los cuales, si se ha de creer en corazonadas y en síntomas y señales

anteriores, no deben andar muy lejos, ni de hacerse esperar mucho,

según la mareta sorda que se empieza ya á sentir.

Añades que no somos libres. Menos entiendo yo esto que lo otro. Gozamos

de la más amplia libertad posible; y en esto te juro que hemos llegado

á tal altura de tolerancia y despreocupación, que ninguna nación culta

ni inculta rayó jamás tan alto. Y voy á darte la prueba. Suponte por

un momento, aunque te pese hasta el figurártelo, que eres español. No

te aflijas, que esto no es más que una suposición. Que eres español,

y que dices para tu capote, por ejemplo: «Yo quiero ser carlista». En

hora buena: coges tu fusil y tu canana, y ancha Castilla; nadie te lo

estorba; que te cansas de la facción y que te vas á tu casa, nadie

te dice una palabra, con tal que tantas cuantas veces lo hagas, uses

de la fórmula de decir que te acoges á algún indulto de los últimos

que hayan salido, ó de los primeros que vayan á salir. Ya ves tú que

esto no cuesta trabajo. Que te levantas un día de mal humor, y que

conspiras como carlista, ó que te defiendes en tu cuartel á balazos ó

con cualquiera otro medio inocente: vas á Filipinas y ves tierras, y

siempre aprendes geografía.

Verdad es, que si como te había de dar por conspirar en favor de

los diez años, te da por conspirar en favor de los tres, hay una

diferencia, y que entonces no necesitas salir al campo ni tirar un tiro

para que te prendan, sino que te vienen á prender á tu misma casa, que

es gran comodidad; pero, amigo, no se cogen truchas á bragas enjutas,

y algo le ha de costar á uno ser liberal. Y luego que eso te sucederá

si eres tonto, porque nadie te manda ser liberal; tú puedes ser lo

que te dé la gana. Añade á eso que libertad completa no la hay en el

mundo, que eso es un disparate. Así es, que cuando yo digo que somos

libres, no quiero yo decir por eso que podemos ser libres á banderas

desplegadas y salir diciendo por las calles: «¡Viva la libertad!» ú

otros despropósitos de esta especie; ni que podemos dar en tierra con

los empleados de Calomarde que quedan en su destino, lo cual tampoco

sería justo, porque yo no creo que porque los haya empleado éste ú

aquél dejen por eso de necesitar un sueldo. ¡Pobrecillos! Nada de eso:

quiero decir que podemos gritar en días solemnes: «¡Viva el Estatuto!»,

y podemos estarnos cada uno en su casa, y callar á todo siempre y

cuando nos dé la gana. Si esto no es libertad, venga Dios y véalo. Lo

mismo es esto que lo que acerca de la libertad de imprenta me añades.

¿Y quién duda que tenemos libertad de imprenta? Que quieres imprimir

una esquela de convite; más, una esquela de muerte; más todavía, una

tarjeta con todo tu nombre y tu apellido, bien especificado: nadie

te lo estorba. Ahí verás cuán equivocados vivís, y cuán peligroso es

creerse de los informes que da cualquiera. Que eres poeta, y que llega

un día de su Majestad y haces una oda: allí puedes alabar todo lo

que pasa, y puedes decir que todo va bien en buenos ó malos versos,

que toda esa libertad te dejan. Y también puedes decirlo en prosa, y

puedes no decirlo de ninguna manera, si eres hombre de sentido común,

y nadie se mete contigo. Que quieres publicar un periódico, nada más

fácil. Vas, y ¿qué haces? Lo primero reúnes seis mil reales de renta,

que esto en España todos nacen con ellos, y si no los encuentras á

la vuelta de una esquina. Lo segundo, entregas veinte mil reales en

depósito: que no los tienes; también los encuentras al momento. Aquí

todo el mundo te convida con una talega á primera vista. Y estos

veinte mil reales son sagrados, como todos los depósitos, como los de

Gremios, etc., etc. El día de mañana, ó al otro, por ejemplo, te los

vuelven. Pides luego tu licencia; que te la niegan, ó que no tienes las

cualidades necesarias... no publicas tu periódico. Y está muy bien,

porque si no eres empleado de nombramiento real, ó no eres mayorazgo

de seis mil reales de renta, ó no eres abogado del colegio, que es

lo que hay que ser en España, ¿qué has de publicar en tu periódico,

sino tonterías y oscurantismo? Pero que eres apto, no por tus luces

ó tu patriotismo, sino por tus reales ó tus pedimentos del colegio

(de otra parte no), y que te dan tu licencia, te ponen tu censor

correspondiente, que te deja decir todo, por supuesto, y lluévete

suscripción encima, porque eso sí, el país es amigo de leer, y es una

viña para especulaciones, sobre todo literarias.

Rectifica, pues, amigo Silva, tus ideas con respecto á España, y cree

no sólo que vivimos bajo un régimen representativo, sino que somos

libres más que ninguna nación del mundo, y que tenemos amplia libertad

de imprenta.

Una vez convencido de estas tres bases fundamentales, tratará de

convencerte de esas otras menudísimas dudas que abrigas acerca de la

prosperidad de la España, que no le va en zaga en nada á Portugal,--_El

liberal de acá_.

_P. D._ La cuádrupla alianza sigue produciendo saludables efectos.

LO QUE NO SE PUEDE DECIR

NO SE DEBE DECIR

Hay verdades de verdades, y á imitación del _diplomático_ de Scribe

podríamos clasificarlas con mucha razón en dos: la verdad que no es

verdad, y... Dejando á un lado las muchas de esa especie que en todos

los ángulos del mundo pasan convencionalmente por lo que no son,

vamos á la verdad verdadera, que es indudablemente la contenida en el

epígrafe de este capítulo.

Una cosa aborrezco, pero de ganas, á saber, esos hombres naturalmente

turbulentos que se alimentan de oposición, á quienes ningún gobierno

les gusta, ni aun el que tenemos en el día; hombres que no dan tiempo

al tiempo, para quienes no hay ministro bueno, sobre todo desde que se

ha convencido con ellos en que Calomarde era el peor de todos; esos

hombres que quieren que las guerras no duren, que se acaben pronto las

facciones, que haya libertad de imprenta, que todos sean milicianos

urbanos... Vaya usted á saber lo que quieren esos hombres. ¿No es un

horror?

Yo no. Dios me libre. El hombre ha de ser dócil y sumiso, y cuando

está sobre todo en la clase de los súbditos, ¿qué quiere decir esa

petulancia de juzgar á los que le gobiernan? ¿No es esto la débil y

mezquina criatura pidiendo cuentas á su Criador?

La ley, señor, la ley. Clara está y terminante: impresa y todo: no

es decir que se la dan á uno de tapadillo. Ése es mi norte. Cójame

Zumalacárregui, si se me ve jamás separarme un ápice de la ley.

Quiero hacer un artículo, por ejemplo: no quiero que me lo prohíban,

aunque no sea más que por no hacer dos en vez de uno. ¿Y qué hace

usted? me dirán esos perturbadores que tienen siempre la anarquía entre

los dedos para soltársela encima al primer ministro que trasluzcan,

¿qué hace usted para que no se lo prohíban?

¡Qué he de hacer, hombres exigentes! Nada: lo que debe hacer un

escritor independiente en tiempos como éstos de independencia. Empiezo

por poner al frente de mi artículo, para que me sirva de eterno

recuerdo: «Lo que no se puede decir, no se debe decir». Sentada en el

papel esta provechosa verdad, que es la verdadera, abro el reglamento

de censura: no me pongo á criticarlo: ¡nada de eso! no me compete. Sea

reglamento ó no sea reglamento, cierro los ojos, y venero la ley, y la

bendigo que es más. Y continúo:

Artículo 12. «No permitirán los censores que se inserten en los

periódicos:

«Primero: artículos en que viertan máximas ó doctrinas que conspiren

á destruir ó alterar la religión, el respeto á los derechos y

prerrogativas del trono, el Estatuto Real, y demás leyes fundamentales

de la monarquía».

Esto dice la ley. Ahora bien: doy el caso que me ocurra una idea que

conspira á destruir la religión. La callo, no la escribo, me la como.

Éste es el modo.

No digo nada del respeto á los derechos y prerrogativas del trono,

el Estatuto, etc., etc. ¿Si les parecerá á esos hombres de oposición

que no me ocurre nada sobre esto? Pues se equivocan; ni cómo he de

impedir yo que me ocurran los mayores disparates del mundo. Ya se ve

que me ocurriría entrar en el examen de ese respeto, y que me ocurriría

investigar los fundamentos de todas las cosas más fundamentales. Pero

me llamo aparte, y digo para mí: ¿No está clara la ley? Pues punto

en boca. Es verdad que me ocurrió; pero la ley no condena ocurrencia

alguna. Ahora; en cuanto á escribirlo, ¿no fuera una necedad? No

pasaría. Callo, pues; no lo pongo, y no me lo prohíben. He aquí el

medio sencillo, sencillísimo. Los escritores, por otra parte, debemos

dar el ejemplo de la sumisión. Ó es ley, ó no es ley. Mal haya los

descontentadizos. ¡Mal haya esa funesta oposición! ¿No es buena manía

la de oponerse á todo, la de querer escribirlo todo?

Que no pasan las _sátiras_ é _invectivas_ contra la autoridad; pues

no se ponen tales sátiras ni invectivas. Que las prohíben, aunque se

_disfracen_ con _alusiones_ ó _alegorías_. Pues no se disfrazan. Así

como así ¡no parece sino que es cosa fácil inventar las tales alusiones

y alegorías!

Los _escritos injuriosos_ están en el mismo caso, aun cuando vayan con

_anagramas_ ó en otra cualquiera forma, _siempre que los censores se

convenzan de que se alude á personas determinadas_.

En hora buena; voy á escribir ya; pero llego á este párrafo y no

escribo. Que no es injurioso, que no es libelo, que no pongo anagrama.

No importa; puede convencerse el censor de que se alude, aunque no se

aluda. ¿Cómo haré, pues, que el censor no se convenza? Gran trabajo: no

escribo nada; mejor para mí; mejor para él; mejor para el gobierno: que

encuentre alusiones en lo que no escribo. He aquí, he aquí el sistema.

He aquí la gran dificultad por tierra. Desengañémonos: nada más fácil

que obedecer. Pues entonces, ¿en qué se fundan las quejas? ¡Miserables

que somos!

Los _escritos licenciosos_, por ejemplo. ¿Y qué son escritos

licenciosos? ¿Y qué son costumbres? Discurro, y á mi primera

resolución, nada escribo; más fácil es no escribir nada, que ir á

averiguarlo.

Buenas ganas se me pasan de injuriar á _algunos soberanos_ y _gobiernos

extranjeros_. ¿Pero no lo prohíbe la ley? Pues chitón.

Hecho mi examen de la ley, voy á ver mi artículo; con el reglamento de

censura á la vista, con la intención que me asiste, no puedo haberlo

infringido. Examino mi papel; no he escrito nada, no he hecho artículo,

es verdad. Pero en cambio he cumplido con la ley. Éste será eternamente

mi sistema; buen ciudadano, respetaré el látigo que me gobierna, y

concluiré siempre diciendo:

«Lo que no se puede decir, no se debe decir».

Obras completas de Fígaro, Tomo 2 · 第 55 / 75 题