Muchas cosas me admiran en este mundo: esto prueba que mi alma debe
pertenecer á la clase vulgar, al justo medio de las almas; sólo á
las muy superiores, ó á las muy estúpidas les es dado no admirarse
de nada. Para aquéllas no hay cosa que valga algo, para éstas no hay
cosa que valga nada. Colocada la mía á igual distancia de las unas
y de las otras, confieso que vivo todo de admiración, y estoy tanto
más distante de ellas cuanto menos concibo que se pueda vivir sin
admirar. Cuando en un día de ésos, en que un insomnio prolongado, ó un
contratiempo de la víspera preparan al hombre á la meditación, me paro
á considerar el destino del mundo: cuando me veo rodando dentro de él
con mis semejantes por los espacios imaginarios, sin que sepa nadie
para qué, ni adónde; cuando veo nacer á todos para morir, y morir sólo
por haber nacido; cuando veo la verdad igualmente distante de todos los
puntos del orbe, donde se la anda buscando, y la felicidad siempre en
casa del vecino á juicio de cada uno; cuando reflexiono que no se le
ve el fin á este cuadro halagüeño, que según todas las probabilidades
tampoco tuvo principio; cuando pregunto á todos y me responde cada cual
quejándose de su suerte; cuando contemplo que la vida es un amasijo de
contradicciones, de llanto, de enfermedades, de errores, de culpas y de
arrepentimientos, me admiro de varias cosas. Primera, del gran poder
del Ser supremo, que haciendo marchar el mundo de un modo dado, ha
podido hacer que todos tengan deseos diferentes y encontrados, que no
suceda más que una sola cosa á la vez, y que todos queden descontentos.
Segunda, de su gran sabiduría en hacer corta la vida. Y tercera, en
fin, y de ésta me asombro más que de las otras todavía, de ese apego
que todos tienen sin embargo á esta vida tan mala. Esto último bastaría
á confundir á un ateo, si un ateo, al serlo, no diese ya claras
muestras de no tener su cerebro organizado para el convencimiento;
porque sólo un Dios y un Dios Todopoderoso podía hacer amar una cosa
como la vida.
Esto, considerada la vida en general, donde quiera que la tomemos
por tipo; en las naciones civilizadas, en los países incultos, en
todas partes, en fin. Porque en este punto, me inclino á creer que el
hombre variará de necesidades, y se colocará en una escala más alta ó
más baja; pero en cuanto á su felicidad nada habrá adelantado. Toda
la diferencia entre el hombre ilustrado y el salvaje estará en los
términos de su conversación. Lord Wellington hablará de los whigs, el
Indio nómade hablará de las panteras; pero iguales penas le acarreará
á aquél el concluir con los primeros, que á éste el dar caza á las
segundas. La civilización le hará variar al hombre de ocupaciones y
de palabras; de suerte, es imposible. Nació víctima, y su verdugo le
persigue enseñándole el dogal, así debajo del dorado artesón, como
debajo de la rústica techumbre de ramas. Pero si se considera luego la
vida de Madrid, es preciso cerrar el entendimiento á toda reflexión
para desearla.
El joven que voy á tomar por tipo general es un muchacho de regular
entendimiento, pero que posee sin embargo más doblones que ideas, lo
cual no parecerá inverosímil si se atiende al modo que tiene la sabia
naturaleza de distribuir sus dones. En una palabra, es rico sin ser
enteramente tonto. Paseábame días pasados con él, no precisamente
porque nos estreche una grande amistad, sino porque no hay más que
dos modos de pasear, ó solo ó acompañado. La conversación de los
jóvenes más suele pecar de indiscreta que de reservada: así fué, que
á pocas preguntas y respuestas nos hallamos á la altura de lo que se
llama en el mundo franqueza, sinónimo casi siempre de imprudencia.
Preguntóme qué especie de vida hacía yo, y si estaba contento con ella.
Por mi parte pronto hube despachado: á lo primero le contesté: «Soy
periodista; paso la mayor parte del tiempo, como todo escritor público,
en escribir lo que no pienso y en hacer creer á los demás lo que no
creo. ¡Cómo sólo se puede escribir alabando! Esto es, que mi vida está
reducida á querer decir lo que otros no quieren oir». Á lo segundo, de
si estaba contento con esta vida, le contesté, que estaba por lo menos
tan resignado como lo está con irse á la gloria el que se muere.
¿Y usted?, le dije. ¿Cuál es su vida en Madrid?--Yo, me repuso, soy
muchacho de muy regular fortuna; por consiguiente no escribo. Es
decir... escribo... ayer escribí una esquela á Borrel para que me
enviase cuanto antes un pantalón de patincour que me tiene hace meses
por allá. Siempre escribe uno algo. Por lo demás, le contaré á usted.
Yo no soy amigo de levantarme tarde; á veces hasta madrugo; días hay
que á las diez ya estoy en pie. Tomo té, y alguna vez chocolate;
es preciso vivir con el país. Si á esas horas ha parecido ya algún
periódico me lo entra mi criado, después de haberle ojeado él: tiendo
la vista por encima; leo los partes, que se me figura siempre haberlos
leído ya; todos me suenan á lo mismo: entra otro, lo cojo, y es la
segunda edición del primero. Los periódicos son como los jóvenes de
Madrid, no se diferencian sino en el nombre. Cansado estoy ya de que
me digan todas las mañanas en artículos muy graves todo lo felices que
seríamos si fuésemos libres, y lo que es preciso hacer para serlo.
Tanto valdría decirle á un ciego que no hay cosa como ver.
Como á aquellas horas no tengo ganas de volverme á dormir, dejo los
periódicos: me rodeo al cuello un echarpe, me introduzco en un surtú,
y á la calle. Doy una vuelta á la Carrera de San Jerónimo, á la calle
de Carretas, del Príncipe, y de la Montera, encuentro en un palmo de
terreno á todos mis amigos que hacen otro tanto, me paro con todos
ellos, compro cigarros en un café, saludo á alguna asomada, y me vuelvo
á casa á vestir.
¿Está malo el día?, el capote de barragán: á casa de la marquesa hasta
las dos; á casa de la condesa hasta las tres; á tal otra casa hasta las
cuatro: en todas partes voy dejando la misma conversación; en donde
entro oigo hablar mal de la casa de donde vengo, y de la otra adonde
voy: ésta es toda la conversación de Madrid.
¿Está el día regular? Á la calle de la Montera. Á ver á La Gallarde ó á
Tomás. Dos horas, tres horas, según. Mina, los facciosos, la que pasa,
el sufrimiento y las esperanzas.
¿Está muy bueno el día? Á caballo. De la puerta de Atocha á la de
Recoletos, de la de Recoletos á la de Atocha. Andado y desandado
este camino muchas veces, una vuelta á pie. Á comer á Genieys, ó al
Comercio: alguna vez en mi casa; las más fuera de ella.
¿Acabé de comer? Á Solito. Allí dos horas, dos cigarros, y dos amigos.
Se hace una segunda edición de la conversación de la calle de la
Montera. ¡Oh!, y felizmente esta semana no ha faltado materia. Un poco
se ha ponderado, otro poco se ha... Pero en fin, en un país donde no se
hace nada, sea lícito al menos hablar.
--¿Qué se da en el teatro?, dice uno.
--Aquí: 1.° sinfonía; 2.º pieza del célebre Scribe; 3.º sinfonía; 4.º
pieza nueva del fecundo Scribe; 5.° sinfonía; 6.º baile nacional; 7.º
la comedia nueva en dos actos, traducida también del ingenioso Scribe;
8.º sinfonía; 9.º...
--Basta, basta; ¡santo Dios!
--Pero, chico, ¿qué lees ahí?, si ése es el Diario de ayer.
--Hombre, parece el de todos los días.
--Sí, aquí es _Guillermo_ hoy.
--_¿Guillermo?_ ¡Oh, si fuera ayer! ¿Y allá?
--Allá es el teatro de la Cruz. Cualquier cosa.
--Á mí me toca el turno aquí. ¿Sabe usted lo que es tocar el turno?
--Sí, sí, respondo á mi compañero de paseo; á mí también me suele tocar
el turno.
Pues bien, subo al palco un rato. Acabado el teatro, si no es noche de
sociedad, al café otra vez á disputar un poco de tiempo al dueño. Luego
á ninguna parte. Si es noche de sociedad, á vestirme; gran tualeta.
Á casa de E... Bonita sociedad; muy bonita. Ello sí, las mismas de
la sociedad de la víspera, y del lunes, y de... y las mismas de las
visitas de la mañana, del Prado, y del teatro, y... pero lo bueno,
nunca se cansa uno de verlo.
--¿Y qué hace usted en la sociedad?
--Nada; entro en la sala; paso al gabinete; vuelvo á la sala; entro al
ecarté; vuelvo á entrar en la sala; vuelvo á salir al gabinete; vuelvo
á entrar en el ecarté...
--¿Y luego?
--Luego á casa, y ¡buenas noches!
Ésta es la vida que de sí me contó mi amigo. Después de leerla y
de releerla, figurándome que no he ofendido á nadie, y que á nadie
retrato en ella, é inclinándome casi á creer que por ésta no tendré
ningún desafío, aunque necios conozco yo para todo, trasládola á la
consideración de los que tienen apego á la vida.
BAILE DE MÁSCARAS
BILLETES POR EMBARGO
Desgraciadamente para la empresa de teatros, que no se cansa de hacer
en obsequio del público todos los sacrificios que están al alcance
de una especulación que con tantas dificultades tiene que luchar, el
tiempo no ha favorecido la entrada del segundo. Sólo á esta causa
podemos achacar la poca concurrencia, si es que no se quiere seguir la
opinión de los que aseguran que no es Madrid pueblo que pueda resistir
tres meses de carnaval. Acaso han empezado los bailes demasiado pronto,
si bien nosotros tenemos entendido que para embromarse y engañarse los
hombres unos á otros todos los meses son buenos. Sea de esto lo que
quiera, el hecho es que el teatro del Príncipe ha presentado, sobre
todo en este segundo baile, en que se han procurado corregir los leves
defectos notados en el primero, un aspecto de lujo y de hermosura
poco común en bailes de esta especie; y es de esperar que el sentido
común venza por fin la resistencia que ideas ridículas de intempestiva
aristocracia parecen oponer todavía entre nosotros á la igualdad y
publicidad que reina en esta diversión, aun en tiempos en que dicen
que la libertad tiende sus alas protectoras sobre todas las clases
indistintamente.
Sólo una cosa encontramos notable y digna de ser al público referida
en estos bailes de teatro hasta ahora; cosa que contaremos, pero como
es conocido el cuidado que siempre en nuestros artículos ponemos de
huir de toda inculpación de personalidad, y como por repetidas órdenes,
instrucciones censoriales y reglamentos, todavía vigentes, no le es
permitido á la libertad de imprenta decir todo lo que piensa, la
contaremos sencillamente, y sin darle color, con la natural malignidad
que suelen encontrar en nuestros escritos los benévolos lectores. Al
referir un hecho, sucedido en Madrid, en estos tiempos y á vista de
todo el que lo haya querido ver, no podemos hacernos culpables de nada;
si la cosa hace reir por sí, no estará la malicia en nosotros, sino en
la cosa.
Sabido es, y ojalá no lo fuera, que el excelentísimo ayuntamiento
tiene en cada teatro de esta ilustrada capital de esta renegada patria,
un palco, palco que por más señas vale por dos; localidad que en la
contrata del gobierno con el empresario de teatros ha sido conservada
para el uso de los señores capitulares.
Llegada sin embargo la época de los bailes de máscaras parece que el
señor corregidor de esta muy heroica villa pasó al empresario un bando,
ó sea instrucción, relativa á varias medidas de policía interior de
estas funciones, en la cual no dejó de tocarse la grave cuestión de
si los señores capitulares, cuyo número parece montar á setenta y
cinco, deberían ó no tener entrada á las funciones. Pareció indudable
que tenían derecho á su palco, pero no tan indudable que lo tuviesen
igualmente á entrar en el salón y disfrutar en él y en las demás
localidades dispuestas ad hoc por el empresario, á fuerza de dinero
suyo. El empresario creyó cumplir con lo que la justicia exigía dando
pase á los señores setenta y cinco para su palco; pero no satisfaciendo
esto á dichos señores setenta y cinco, parece que se recrecieron
disturbios y reyertas de graves consecuencias para la república.
Nuestro corregidor, cuya ilustración sería difícil poner en duda,
ofició al empresario para que se diesen á los setenta y cinco señores
otros tantos billetes, es decir, setenta y cinco. Pero montando setenta
y cinco billetes, á razón de 23 reales por cada uno, á la cantidad de
1885 reales de vellón, desfalco notable en la entrada de cada noche, y
pudiendo estos billetes ser luego regalados y no servir aun para su uso
primitivo, dado caso que éste fuese de justicia, el empresario no sólo
se negó á darlos, sino que elevó la cuestión al señor gobernador civil,
y con ánimo, según creemos, de seguirlo elevando en todo caso hasta la
última potencia posible, y de no ceder de su derecho sino á la fuerza.
En tan apuradas circunstancias, yendo y viniendo días, llegábase el
día del baile, y en el ínterin que se decidía si los señores setenta
y cinco capitulares, por representar la villa de Madrid, la cual ha
cedido en una contrata particular los teatros á una empresa, deben
disfrutar ó no gratis de todas las funciones que en el local puede
dar la empresa, incluso alumbrado, alfombra, mesas de juego, ambigú y
demás; en el ínterin, repetimos, que esto se decidía, se presentó en
el despacho de los billetes el alguacil mayor, con su correspondiente
escribano y demás alguaciles menores, y embargó dichos setenta y cinco
billetes, para dichos setenta y cinco capitulares, previa la competente
protesta del despachador de ceder á la fuerza, y el competente recibo
del competente escribano. Ignoramos cuáles puedan ser las decisiones
ulteriores que sobre esta cuestión, que pudiéramos llamar de los
setenta y cinco, recaigan, ni es esto de nuestra incumbencia, ni nos
adelantaremos á dar nuestro voto en el particular, si bien nadie ha
dicho que no lo podemos tener como cada vecino de esta villa, á quien
representan los setenta y cinco capitulares.
Sólo sí contaremos un caso que nada tiene que ver con lo que llevamos
contado, y al referir el cual protestamos contra toda alusión. Es
capítulo aparte: táchesenos, si se quiere, de confundir unas materias
con otras: en un periódico no pueden venir las materias muy separadas
aunque uno quiera; pero no se nos tache de malignos, que ésta fuera
inculpación á la cual no podríamos resistir.
El caso era que en un pueblo solía salir en un día señalado todos
los años una procesión, no sabemos á qué propósito, la cual tenía de
costumbre inmemorial designada la carrera que debía seguir. Ocurrió
un año, antes del tiempo de la procesión, tapiar é incomunicar
cierta calleja, por la cual solía pasar aquélla; y convertida ya la
calleja en callejón sin salida, fué preciso variar la carrera que la
solemnidad ambulante llevaba. Alborotóse empero el pueblo, y sobre
todo los vecinos de la calleja, que querían disfrutar del paso de la
Virgen; y tanta fué la grita y la zalagarda, que fué indispensable la
intervención del alcalde, el cual oídas las partes, que fué cosa rara,
decretó: «En atención á lo que se me ha dicho por una y otra parte, y
á pesar de estar hecha la calleja callejón sin salida, mando y ordeno
que se guarden los usos y costumbres, y que vaya la procesión por la
calleja».