LA VIDA DE MADRID

Muchas cosas me admiran en este mundo: esto prueba que mi alma debe

pertenecer á la clase vulgar, al justo medio de las almas; sólo á

las muy superiores, ó á las muy estúpidas les es dado no admirarse

de nada. Para aquéllas no hay cosa que valga algo, para éstas no hay

cosa que valga nada. Colocada la mía á igual distancia de las unas

y de las otras, confieso que vivo todo de admiración, y estoy tanto

más distante de ellas cuanto menos concibo que se pueda vivir sin

admirar. Cuando en un día de ésos, en que un insomnio prolongado, ó un

contratiempo de la víspera preparan al hombre á la meditación, me paro

á considerar el destino del mundo: cuando me veo rodando dentro de él

con mis semejantes por los espacios imaginarios, sin que sepa nadie

para qué, ni adónde; cuando veo nacer á todos para morir, y morir sólo

por haber nacido; cuando veo la verdad igualmente distante de todos los

puntos del orbe, donde se la anda buscando, y la felicidad siempre en

casa del vecino á juicio de cada uno; cuando reflexiono que no se le

ve el fin á este cuadro halagüeño, que según todas las probabilidades

tampoco tuvo principio; cuando pregunto á todos y me responde cada cual

quejándose de su suerte; cuando contemplo que la vida es un amasijo de

contradicciones, de llanto, de enfermedades, de errores, de culpas y de

arrepentimientos, me admiro de varias cosas. Primera, del gran poder

del Ser supremo, que haciendo marchar el mundo de un modo dado, ha

podido hacer que todos tengan deseos diferentes y encontrados, que no

suceda más que una sola cosa á la vez, y que todos queden descontentos.

Segunda, de su gran sabiduría en hacer corta la vida. Y tercera, en

fin, y de ésta me asombro más que de las otras todavía, de ese apego

que todos tienen sin embargo á esta vida tan mala. Esto último bastaría

á confundir á un ateo, si un ateo, al serlo, no diese ya claras

muestras de no tener su cerebro organizado para el convencimiento;

porque sólo un Dios y un Dios Todopoderoso podía hacer amar una cosa

como la vida.

Esto, considerada la vida en general, donde quiera que la tomemos

por tipo; en las naciones civilizadas, en los países incultos, en

todas partes, en fin. Porque en este punto, me inclino á creer que el

hombre variará de necesidades, y se colocará en una escala más alta ó

más baja; pero en cuanto á su felicidad nada habrá adelantado. Toda

la diferencia entre el hombre ilustrado y el salvaje estará en los

términos de su conversación. Lord Wellington hablará de los whigs, el

Indio nómade hablará de las panteras; pero iguales penas le acarreará

á aquél el concluir con los primeros, que á éste el dar caza á las

segundas. La civilización le hará variar al hombre de ocupaciones y

de palabras; de suerte, es imposible. Nació víctima, y su verdugo le

persigue enseñándole el dogal, así debajo del dorado artesón, como

debajo de la rústica techumbre de ramas. Pero si se considera luego la

vida de Madrid, es preciso cerrar el entendimiento á toda reflexión

para desearla.

El joven que voy á tomar por tipo general es un muchacho de regular

entendimiento, pero que posee sin embargo más doblones que ideas, lo

cual no parecerá inverosímil si se atiende al modo que tiene la sabia

naturaleza de distribuir sus dones. En una palabra, es rico sin ser

enteramente tonto. Paseábame días pasados con él, no precisamente

porque nos estreche una grande amistad, sino porque no hay más que

dos modos de pasear, ó solo ó acompañado. La conversación de los

jóvenes más suele pecar de indiscreta que de reservada: así fué, que

á pocas preguntas y respuestas nos hallamos á la altura de lo que se

llama en el mundo franqueza, sinónimo casi siempre de imprudencia.

Preguntóme qué especie de vida hacía yo, y si estaba contento con ella.

Por mi parte pronto hube despachado: á lo primero le contesté: «Soy

periodista; paso la mayor parte del tiempo, como todo escritor público,

en escribir lo que no pienso y en hacer creer á los demás lo que no

creo. ¡Cómo sólo se puede escribir alabando! Esto es, que mi vida está

reducida á querer decir lo que otros no quieren oir». Á lo segundo, de

si estaba contento con esta vida, le contesté, que estaba por lo menos

tan resignado como lo está con irse á la gloria el que se muere.

¿Y usted?, le dije. ¿Cuál es su vida en Madrid?--Yo, me repuso, soy

muchacho de muy regular fortuna; por consiguiente no escribo. Es

decir... escribo... ayer escribí una esquela á Borrel para que me

enviase cuanto antes un pantalón de patincour que me tiene hace meses

por allá. Siempre escribe uno algo. Por lo demás, le contaré á usted.

Yo no soy amigo de levantarme tarde; á veces hasta madrugo; días hay

que á las diez ya estoy en pie. Tomo té, y alguna vez chocolate;

es preciso vivir con el país. Si á esas horas ha parecido ya algún

periódico me lo entra mi criado, después de haberle ojeado él: tiendo

la vista por encima; leo los partes, que se me figura siempre haberlos

leído ya; todos me suenan á lo mismo: entra otro, lo cojo, y es la

segunda edición del primero. Los periódicos son como los jóvenes de

Madrid, no se diferencian sino en el nombre. Cansado estoy ya de que

me digan todas las mañanas en artículos muy graves todo lo felices que

seríamos si fuésemos libres, y lo que es preciso hacer para serlo.

Tanto valdría decirle á un ciego que no hay cosa como ver.

Como á aquellas horas no tengo ganas de volverme á dormir, dejo los

periódicos: me rodeo al cuello un echarpe, me introduzco en un surtú,

y á la calle. Doy una vuelta á la Carrera de San Jerónimo, á la calle

de Carretas, del Príncipe, y de la Montera, encuentro en un palmo de

terreno á todos mis amigos que hacen otro tanto, me paro con todos

ellos, compro cigarros en un café, saludo á alguna asomada, y me vuelvo

á casa á vestir.

¿Está malo el día?, el capote de barragán: á casa de la marquesa hasta

las dos; á casa de la condesa hasta las tres; á tal otra casa hasta las

cuatro: en todas partes voy dejando la misma conversación; en donde

entro oigo hablar mal de la casa de donde vengo, y de la otra adonde

voy: ésta es toda la conversación de Madrid.

¿Está el día regular? Á la calle de la Montera. Á ver á La Gallarde ó á

Tomás. Dos horas, tres horas, según. Mina, los facciosos, la que pasa,

el sufrimiento y las esperanzas.

¿Está muy bueno el día? Á caballo. De la puerta de Atocha á la de

Recoletos, de la de Recoletos á la de Atocha. Andado y desandado

este camino muchas veces, una vuelta á pie. Á comer á Genieys, ó al

Comercio: alguna vez en mi casa; las más fuera de ella.

¿Acabé de comer? Á Solito. Allí dos horas, dos cigarros, y dos amigos.

Se hace una segunda edición de la conversación de la calle de la

Montera. ¡Oh!, y felizmente esta semana no ha faltado materia. Un poco

se ha ponderado, otro poco se ha... Pero en fin, en un país donde no se

hace nada, sea lícito al menos hablar.

--¿Qué se da en el teatro?, dice uno.

--Aquí: 1.° sinfonía; 2.º pieza del célebre Scribe; 3.º sinfonía; 4.º

pieza nueva del fecundo Scribe; 5.° sinfonía; 6.º baile nacional; 7.º

la comedia nueva en dos actos, traducida también del ingenioso Scribe;

8.º sinfonía; 9.º...

--Basta, basta; ¡santo Dios!

--Pero, chico, ¿qué lees ahí?, si ése es el Diario de ayer.

--Hombre, parece el de todos los días.

--Sí, aquí es _Guillermo_ hoy.

--_¿Guillermo?_ ¡Oh, si fuera ayer! ¿Y allá?

--Allá es el teatro de la Cruz. Cualquier cosa.

--Á mí me toca el turno aquí. ¿Sabe usted lo que es tocar el turno?

--Sí, sí, respondo á mi compañero de paseo; á mí también me suele tocar

el turno.

Pues bien, subo al palco un rato. Acabado el teatro, si no es noche de

sociedad, al café otra vez á disputar un poco de tiempo al dueño. Luego

á ninguna parte. Si es noche de sociedad, á vestirme; gran tualeta.

Á casa de E... Bonita sociedad; muy bonita. Ello sí, las mismas de

la sociedad de la víspera, y del lunes, y de... y las mismas de las

visitas de la mañana, del Prado, y del teatro, y... pero lo bueno,

nunca se cansa uno de verlo.

--¿Y qué hace usted en la sociedad?

--Nada; entro en la sala; paso al gabinete; vuelvo á la sala; entro al

ecarté; vuelvo á entrar en la sala; vuelvo á salir al gabinete; vuelvo

á entrar en el ecarté...

--¿Y luego?

--Luego á casa, y ¡buenas noches!

Ésta es la vida que de sí me contó mi amigo. Después de leerla y

de releerla, figurándome que no he ofendido á nadie, y que á nadie

retrato en ella, é inclinándome casi á creer que por ésta no tendré

ningún desafío, aunque necios conozco yo para todo, trasládola á la

consideración de los que tienen apego á la vida.

BAILE DE MÁSCARAS

BILLETES POR EMBARGO

Desgraciadamente para la empresa de teatros, que no se cansa de hacer

en obsequio del público todos los sacrificios que están al alcance

de una especulación que con tantas dificultades tiene que luchar, el

tiempo no ha favorecido la entrada del segundo. Sólo á esta causa

podemos achacar la poca concurrencia, si es que no se quiere seguir la

opinión de los que aseguran que no es Madrid pueblo que pueda resistir

tres meses de carnaval. Acaso han empezado los bailes demasiado pronto,

si bien nosotros tenemos entendido que para embromarse y engañarse los

hombres unos á otros todos los meses son buenos. Sea de esto lo que

quiera, el hecho es que el teatro del Príncipe ha presentado, sobre

todo en este segundo baile, en que se han procurado corregir los leves

defectos notados en el primero, un aspecto de lujo y de hermosura

poco común en bailes de esta especie; y es de esperar que el sentido

común venza por fin la resistencia que ideas ridículas de intempestiva

aristocracia parecen oponer todavía entre nosotros á la igualdad y

publicidad que reina en esta diversión, aun en tiempos en que dicen

que la libertad tiende sus alas protectoras sobre todas las clases

indistintamente.

Sólo una cosa encontramos notable y digna de ser al público referida

en estos bailes de teatro hasta ahora; cosa que contaremos, pero como

es conocido el cuidado que siempre en nuestros artículos ponemos de

huir de toda inculpación de personalidad, y como por repetidas órdenes,

instrucciones censoriales y reglamentos, todavía vigentes, no le es

permitido á la libertad de imprenta decir todo lo que piensa, la

contaremos sencillamente, y sin darle color, con la natural malignidad

que suelen encontrar en nuestros escritos los benévolos lectores. Al

referir un hecho, sucedido en Madrid, en estos tiempos y á vista de

todo el que lo haya querido ver, no podemos hacernos culpables de nada;

si la cosa hace reir por sí, no estará la malicia en nosotros, sino en

la cosa.

Sabido es, y ojalá no lo fuera, que el excelentísimo ayuntamiento

tiene en cada teatro de esta ilustrada capital de esta renegada patria,

un palco, palco que por más señas vale por dos; localidad que en la

contrata del gobierno con el empresario de teatros ha sido conservada

para el uso de los señores capitulares.

Llegada sin embargo la época de los bailes de máscaras parece que el

señor corregidor de esta muy heroica villa pasó al empresario un bando,

ó sea instrucción, relativa á varias medidas de policía interior de

estas funciones, en la cual no dejó de tocarse la grave cuestión de

si los señores capitulares, cuyo número parece montar á setenta y

cinco, deberían ó no tener entrada á las funciones. Pareció indudable

que tenían derecho á su palco, pero no tan indudable que lo tuviesen

igualmente á entrar en el salón y disfrutar en él y en las demás

localidades dispuestas ad hoc por el empresario, á fuerza de dinero

suyo. El empresario creyó cumplir con lo que la justicia exigía dando

pase á los señores setenta y cinco para su palco; pero no satisfaciendo

esto á dichos señores setenta y cinco, parece que se recrecieron

disturbios y reyertas de graves consecuencias para la república.

Nuestro corregidor, cuya ilustración sería difícil poner en duda,

ofició al empresario para que se diesen á los setenta y cinco señores

otros tantos billetes, es decir, setenta y cinco. Pero montando setenta

y cinco billetes, á razón de 23 reales por cada uno, á la cantidad de

1885 reales de vellón, desfalco notable en la entrada de cada noche, y

pudiendo estos billetes ser luego regalados y no servir aun para su uso

primitivo, dado caso que éste fuese de justicia, el empresario no sólo

se negó á darlos, sino que elevó la cuestión al señor gobernador civil,

y con ánimo, según creemos, de seguirlo elevando en todo caso hasta la

última potencia posible, y de no ceder de su derecho sino á la fuerza.

En tan apuradas circunstancias, yendo y viniendo días, llegábase el

día del baile, y en el ínterin que se decidía si los señores setenta

y cinco capitulares, por representar la villa de Madrid, la cual ha

cedido en una contrata particular los teatros á una empresa, deben

disfrutar ó no gratis de todas las funciones que en el local puede

dar la empresa, incluso alumbrado, alfombra, mesas de juego, ambigú y

demás; en el ínterin, repetimos, que esto se decidía, se presentó en

el despacho de los billetes el alguacil mayor, con su correspondiente

escribano y demás alguaciles menores, y embargó dichos setenta y cinco

billetes, para dichos setenta y cinco capitulares, previa la competente

protesta del despachador de ceder á la fuerza, y el competente recibo

del competente escribano. Ignoramos cuáles puedan ser las decisiones

ulteriores que sobre esta cuestión, que pudiéramos llamar de los

setenta y cinco, recaigan, ni es esto de nuestra incumbencia, ni nos

adelantaremos á dar nuestro voto en el particular, si bien nadie ha

dicho que no lo podemos tener como cada vecino de esta villa, á quien

representan los setenta y cinco capitulares.

Sólo sí contaremos un caso que nada tiene que ver con lo que llevamos

contado, y al referir el cual protestamos contra toda alusión. Es

capítulo aparte: táchesenos, si se quiere, de confundir unas materias

con otras: en un periódico no pueden venir las materias muy separadas

aunque uno quiera; pero no se nos tache de malignos, que ésta fuera

inculpación á la cual no podríamos resistir.

El caso era que en un pueblo solía salir en un día señalado todos

los años una procesión, no sabemos á qué propósito, la cual tenía de

costumbre inmemorial designada la carrera que debía seguir. Ocurrió

un año, antes del tiempo de la procesión, tapiar é incomunicar

cierta calleja, por la cual solía pasar aquélla; y convertida ya la

calleja en callejón sin salida, fué preciso variar la carrera que la

solemnidad ambulante llevaba. Alborotóse empero el pueblo, y sobre

todo los vecinos de la calleja, que querían disfrutar del paso de la

Virgen; y tanta fué la grita y la zalagarda, que fué indispensable la

intervención del alcalde, el cual oídas las partes, que fué cosa rara,

decretó: «En atención á lo que se me ha dicho por una y otra parte, y

á pesar de estar hecha la calleja callejón sin salida, mando y ordeno

que se guarden los usos y costumbres, y que vaya la procesión por la

calleja».

Obras completas de Fígaro, Tomo 2 · 第 53 / 75 题